Al final del capítulo anterior fuimos llamadas a retener firmemente nuestra fe y a acercarnos con confianza al trono de la gracia, porque tenemos un gran Sumo Sacerdote: Jesús, el Hijo de Dios. Ahora el autor explica por qué Cristo está perfectamente capacitado para representarnos delante del Padre y por qué Su sacerdocio supera al de Aarón.
Los requisitos del sumo sacerdote
Los sumos sacerdotes del antiguo pacto eran escogidos de entre los hombres para representarlos delante de Dios y ofrecer sacrificios por sus pecados. Su función consistía en presentar ofrendas y sacrificios por los pecados, actuando como mediadores en «las cosas que a Dios se refieren».
Pero como ellos mismos estaban sujetos al pecado y la debilidad, debían ofrecer sacrificios tanto por el pueblo como por sí mismos. Además, nadie podía tomar para sí este honor; debía ser llamado por Dios, como Aarón.
Pero Cristo …
Al final del capítulo anterior fuimos llamadas a retener firmemente nuestra fe y a acercarnos con confianza al trono de la gracia, porque tenemos un gran Sumo Sacerdote: Jesús, el Hijo de Dios. Ahora el autor explica por qué Cristo está perfectamente capacitado para representarnos delante del Padre y por qué Su sacerdocio supera al de Aarón.
Los requisitos del sumo sacerdote
Los sumos sacerdotes del antiguo pacto eran escogidos de entre los hombres para representarlos delante de Dios y ofrecer sacrificios por sus pecados. Su función consistía en presentar ofrendas y sacrificios por los pecados, actuando como mediadores en «las cosas que a Dios se refieren».
Pero como ellos mismos estaban sujetos al pecado y la debilidad, debían ofrecer sacrificios tanto por el pueblo como por sí mismos. Además, nadie podía tomar para sí este honor; debía ser llamado por Dios, como Aarón.
Pero Cristo es diferente. Él cumple ambos requisitos de manera perfecta: participó verdaderamente de nuestra humanidad y fue designado Sumo Sacerdote por el Padre; y, a diferencia de aquellos sacerdotes, permaneció sin pecado y no necesitó ofrecer sacrificios por Sí mismo.
Los sacerdotes del antiguo pacto podían compadecerse porque compartían nuestras debilidades y también nuestra naturaleza pecaminosa; Cristo se compadece perfectamente porque compartió verdaderamente nuestras flaquezas y tentaciones, pero sin cometer pecado. Por tanto, Jesús no es simplemente otro sacerdote dentro del sistema antiguo; ¡Él es el gran Sumo Sacerdote perfecto hacia quien aquel sistema apuntaba!
Cristo, Sumo Sacerdote y fuente de eterna salvación
Cristo no se atribuyó a Sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote; fue el Padre quien lo designó. Por eso el autor une dos salmos mesiánicos para mostrar la identidad y el oficio de Cristo.
El Salmo 2:7 —«Hijo Mío eres Tú; Yo te he engendrado hoy»— declara Su dignidad como Hijo y Rey mesiánico; y el Salmo 110:4 —«Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»— declara que Su sacerdocio procede de Dios, pertenece a un orden distinto del levítico y permanece para siempre. El autor desarrollará con mayor profundidad el significado del orden de Melquisedec en el capítulo 7.
Cristo no era descendiente de Aarón ni pertenecía a la tribu de Leví, sino a la tribu de Judá. Su sacerdocio no depende de la genealogía levítica, sino del nombramiento directo de Dios, que, además, no sería por un tiempo corto. Los sacerdotes aarónicos morían y eran reemplazados; el sacerdocio de Cristo es permanente.
Lo que el autor quiere explicar a continuación es que nuestro Sumo Sacerdote no nos acompaña desde una distancia segura. Él conoce el costo de obedecer en medio del sufrimiento porque no se acercó a la cruz de manera impasible. En Su verdadera humanidad, experimentó profundamente la angustia del sufrimiento y de la muerte. Ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al Padre; nos recuerdan especialmente Su agonía en Getsemaní, donde sometió Su voluntad humana a la voluntad divina.
Y fue escuchado, pero no para librarlo de morir en la cruz, sino que recibió Su oración reverente, lo sostuvo en Su obediencia y finalmente lo libró de la muerte mediante la resurrección, levantándolo de entre los muertos.
Aunque era el Hijo eterno y nunca había desobedecido al Padre, Cristo aprendió la obediencia de manera experiencial por medio de lo que padeció. Como verdadero hombre, obedeció en circunstancias que nunca había experimentado antes de la encarnación, y permaneció fiel hasta la muerte. No aprendió a dejar de desobedecer; experimentó plenamente lo que implicaba obedecer hasta el extremo. Y por eso fue «hecho perfecto», no porque pasó de la imperfección moral a la perfección, sino porque mediante Su obediencia, sufrimiento, muerte y resurrección, completó la misión necesaria para convertirse en el Sumo Sacerdote perfecto y la fuente de nuestra eterna salvación: Su misión redentora fue consumada.
Por Su obediencia perfecta y Su obra consumada, Cristo vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen. Esto no significa que nuestra obediencia merezca la salvación; somos salvas únicamente por gracia mediante la fe en Cristo; sin embargo, una profesión de fe genuina produce una vida que reconoce la autoridad de Cristo y desea someterse a Su voluntad. La obediencia no es la raíz de nuestra salvación, sino uno de sus frutos visibles. El creyente todavía lucha contra el pecado y puede caer, pero no permanece cómodamente entregado a una vida de rebelión contra el Señor.
Hermana, si tú has reconocido que tu salvación no es por obras, sino que fluye de la salvación eterna que Cristo concede, esfuérzate en el poder del Espíritu y acércate al trono de la gracia para vivir una vida rendida a Él que aprenda a decir: «Si Dios no quiere esto para mí, yo tampoco quiero aferrarme a ello». Porque la obediencia revela quién gobierna verdaderamente tu corazón.
Pero si en tu vida hay ausencia total y persistente de arrepentimiento y de obediencia, hoy te animo a examinar la autenticidad de tu profesión de fe. Como enseña el Pastor Miguel Núñez: «No basta con llamar a Cristo “Señor” mientras persistimos en rechazar Su autoridad. Como enseñó Jesús en Lucas 6:46: “¿Por qué ustedes me llaman: ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que Yo digo?”».
Recuerda que Jesús no es una fuente de ayuda entre muchas. Él es la fuente de eterna salvación y el único Sumo Sacerdote capaz de conducirnos hasta la presencia de Dios. ¡La salvación que Él concede es eterna porque Su sacrificio es suficiente, Su sacerdocio permanece para siempre y Su obra no necesita repetirse!
La advertencia contra la inmadurez espiritual
Este capítulo termina con una seria advertencia sobre la manera en que escuchamos la Palabra, por lo que conviene prestar mucha atención.
El autor quería profundizar en el sacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec, pero sus lectores se habían vuelto tardos para oír. Habían recibido suficiente enseñanza y, por el tiempo transcurrido, deberían estar capacitados para enseñar a otros. No significa que todos debían ocupar formalmente el oficio de maestros, sino que debían comprender suficientemente la verdad para comunicarla y ayudar a otros.
Sin embargo, en lugar de avanzar, necesitaban volver a los principios elementales, porque en ellos había una apatía espiritual. No siempre habían sido así; «se habían vuelto» insensibles por no responder adecuadamente a la verdad recibida, y habían «llegado a tener necesidad de leche y no de alimento sólido».
La leche representa las verdades elementales que todo creyente necesita; y el problema no era que la tomaran, sino que, después de tanto tiempo, continuaran siendo incapaces de recibir alimento sólido. Por eso se volvían personas inmaduras, «inexpertas en la palabra de justicia». Conocían ciertos contenidos, pero no habían aprendido a utilizar la Palabra para pensar, discernir y vivir.
En cambio, cuando un creyente madura, consume el alimento sólido, que representa una comprensión más profunda y madura de las verdades de la Palabra y de sus implicaciones. Este alimento pertenece a quienes «por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal».
Hermanas, cuidemos cuando desarrollamos el hábito de escuchar sin responder, porque eso nos llevará a un estancamiento espiritual. La exposición constante a la verdad no garantiza, por sí sola, la madurez. Oír bíblicamente implica recibir la Palabra con fe, obedecerla y permitir que transforme nuestra vida. Es posible escuchar durante mucho tiempo y permanecer espiritualmente inmaduras porque la verdad recibida pero desatendida no produce crecimiento. Quien deja de ejercitarse en la Palabra pierde sensibilidad espiritual y queda más expuesto a pensar conforme a los criterios del mundo.
Considera esto: la madurez no se mide simplemente por cuánto tiempo llevamos en la iglesia ni por cuánta doctrina podemos repetir, ni por la cantidad de estudios realizados ni por el vocabulario teológico. La persona madura se ejercita en la Palabra: aprende a aplicarla, somete a ella sus pensamientos, deseos y decisiones, y desarrolla discernimiento para distinguir el bien del mal. Necesitamos que la verdad confronte y renueve continuamente nuestra manera de pensar, porque lo que gobierna nuestra mente termina por gobernar nuestra vida.
Así que, medita en esto con detenimiento: contemplar a Cristo exige una respuesta.
La meta del creyente no es permanecer en la infancia espiritual, sino crecer hacia la madurez y «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo», como dice Efesios 4:13. Porque la falta de discernimiento trae consecuencias graves, nos deja vulnerables frente al engaño y los valores del mundo. En cambio, el discernimiento espiritual, que viene de la madurez, nos lleva a aprender a pensar conforme a la mente de Cristo. No aparece automáticamente; pero los sentidos espirituales se ejercitan mediante el uso constante de la Palabra, de manera semejante a como los músculos se fortalecen mediante el ejercicio.
Así que, no podemos conformarnos con escuchar las verdades de la Escritura sin permitir que nos transformen. La exposición prolongada a la Palabra no producirá automáticamente madurez. Necesitamos recibirla con fe, practicarla y ejercitar por medio de ella nuestro discernimiento. A medida que la verdad renueva nuestra mente y gobierna nuestras decisiones, crecemos hacia la madurez y aprendemos a distinguir entre lo que agrada a Dios de lo que refleja los valores del mundo.
Para meditar:
- ¿Estás acercándote hoy al trono de la gracia con la confianza de que Cristo es tu perfecto y eterno Sumo Sacerdote?
- ¿Qué área de tu vida necesitas rendir a la autoridad de Cristo, diciendo: «Si Dios no quiere esto para mí, yo tampoco quiero aferrarme a ello»?
- ¿Estás permitiendo que la Palabra transforme tu manera de pensar y actuar, o te has acostumbrado a escucharla sin ponerla en práctica?
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