Avancemos hacia la madurez
Este capítulo continúa lo que el autor venía exhortando desde el anterior, la advertencia de volverse tardos para oír y no poder avanzar desde la infancia espiritual hacia la madurez. Así que, dice: «Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios».
El escritor no los está llamando a abandonar el evangelio ni a considerar innecesarias sus verdades fundamentales, sino a dejar de colocar repetidamente el mismo fundamento para avanzar hacia una comprensión más profunda de la persona y la obra de Cristo. Porque la madurez no consiste en superar el evangelio, sino en comprender cada vez mejor sus implicaciones y vivir conforme a ellas.
El autor menciona seis de esas enseñanzas fundamentales que, en el contexto de los lectores judíos, probablemente …
Avancemos hacia la madurez
Este capítulo continúa lo que el autor venía exhortando desde el anterior, la advertencia de volverse tardos para oír y no poder avanzar desde la infancia espiritual hacia la madurez. Así que, dice: «Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios».
El escritor no los está llamando a abandonar el evangelio ni a considerar innecesarias sus verdades fundamentales, sino a dejar de colocar repetidamente el mismo fundamento para avanzar hacia una comprensión más profunda de la persona y la obra de Cristo. Porque la madurez no consiste en superar el evangelio, sino en comprender cada vez mejor sus implicaciones y vivir conforme a ellas.
El autor menciona seis de esas enseñanzas fundamentales que, en el contexto de los lectores judíos, probablemente describen verdades básicas que ya conocían a través del Antiguo Testamento y que debían comprender ahora a la luz de Cristo.
Las primeras dos son el arrepentimiento de obras muertas y la fe en Dios, que eran necesarios, pero no podían detenerse allí sin abrazar plenamente la revelación de Dios en Su Hijo. Después, la enseñanza acerca de lavamientos, que probablemente se relacionan con las purificaciones ceremoniales judías, no solamente con el bautismo cristiano. Y, finalmente, la resurrección de los muertos y el juicio eterno; enseñanzas presentes en la revelación del Antiguo Testamento.
Estas verdades preparaban el camino, pero ahora los hermanos creyentes en Cristo debían avanzar hacia la plena comprensión de Su sacrificio definitivo y Su sacerdocio eterno.
La expresión «y esto haremos, si Dios lo permite» reconoce que el crecimiento espiritual depende de la gracia de Dios. El creyente debe esforzarse y responder con diligencia, pero no puede producir madurez separado de la obra divina. La madurez cristiana requiere responsabilidad humana y dependencia de Dios. No podemos crecer sin Su gracia, pero tampoco debemos utilizar esa dependencia como excusa para la pasividad.
La advertencia contra la apostasía
Los versículos del 4 al 8 de este capítulo contienen una de las advertencias más solemnes y debatidas de esta carta porque describen a personas que habían recibido una exposición extraordinaria a la verdad y a las bendiciones de la comunidad del nuevo pacto:
- habían sido iluminadas;
- habían probado el don celestial;
- habían participado de la obra del Espíritu Santo;
- habían probado la buena palabra de Dios;
- habían experimentado los poderes del siglo venidero.
Estas expresiones describen personas que estuvieron profundamente expuestas a la verdad del evangelio y experimentaron las bendiciones relacionadas con la presencia y la obra del Espíritu en la iglesia; sin embargo, el texto no afirma necesariamente que habían sido regeneradas, justificadas o habitadas por el Espíritu. MacArthur entiende que se trata de personas que conocieron la verdad, participaron de las bendiciones de la comunidad cristiana y llegaron muy cerca de la salvación, pero nunca se rindieron verdaderamente a Cristo.
La apostasía aquí descrita no es una caída momentánea, una temporada de debilidad ni la lucha cotidiana del creyente contra el pecado. Tampoco se refiere a una creyente que cae, se arrepiente y regresa al Señor. Se trata de un abandono consciente y definitivo de Cristo, tras haber conocido plenamente la verdad acerca de Él. Al rechazar al único Hijo de Dios y regresar al sistema que lo había condenado, estas personas se identificaban de nuevo con quienes lo crucificaron y lo expusieron a la vergüenza pública.
No existe otro sacrificio, otro Salvador ni una revelación superior que pueda conducir al arrepentimiento. Si las personas rechazan deliberadamente a Cristo después de conocer quién es, han rechazado el único camino de salvación. El autor no está diciendo que resulte simplemente difícil restaurarlas, sino que «es imposible» renovarlas al arrepentimiento mientras persisten en ese rechazo definitivo de Cristo.
El autor lo ilustra con una imagen de dos terrenos que reciben la misma cantidad de lluvia. Uno produce vegetación útil y recibe bendición; el otro produce espinos y termina siendo quemado. De esta manera, explica la diferencia entre recibir bendiciones externas y producir el fruto de la salvación. La lluvia no determina por sí sola la naturaleza del terreno; el fruto revela lo que realmente hay en él.
Y esta advertencia contra la apostasía debe tomarse con toda seriedad. Dos personas pueden escuchar la misma Palabra, participar de la misma comunidad y presenciar la misma obra de Dios, pero responder de maneras completamente distintas. Es posible encontrarse muy cerca de las bendiciones del evangelio, participar de la vida de la comunidad cristiana y conocer ampliamente la verdad, sin haber rendido verdaderamente el corazón a Cristo. No basta con haber sido expuestas a la Palabra; necesitamos acudir al Hijo con fe y permanecer en Él. Porque la cercanía a las bendiciones de Dios no sustituye la fe salvadora. El fruto de perseverancia y obediencia evidencia una respuesta genuina al evangelio.
La evidencia de una esperanza genuina
Tras la severa advertencia, el tono del autor cambia. Se dirige a sus lectores como «amados» y expresa su confianza de que hay en ellos «cosas que son mejores» que pertenecen a la salvación, a diferencia de la lista de cosas que había mencionado en los versículos 4–6, que no deben identificarse automáticamente con la salvación.
El autor había visto en ellos evidencias concretas de la gracia de Dios: su trabajo, su amor y el servicio que habían prestado a los santos mostraban fruto espiritual. Esto no significa que sus obras merecieran la salvación. El servicio cristiano no compra el favor de Dios, pero puede evidenciar la realidad de una fe transformadora.
Y Dios no es injusto para olvidar las obras que proceden de la fe ni el amor mostrado por causa de Su nombre. Por eso, el autor no quiere que descansen en experiencias pasadas, sino que cada uno muestre la misma diligencia «hasta el fin».
Como hemos visto en los devocionales anteriores, la perseverancia no es opcional en la vida cristiana. La fe genuina permanece aferrada a Cristo porque la diligencia fortalece la plena seguridad de la esperanza. No somos aceptadas por Dios debido a nuestro desempeño, pero una vida de perseverancia confirma que nuestra esperanza está verdaderamente depositada en Cristo.
La seguridad de la salvación no debe producir pasividad, sino fidelidad. Por tanto, el autor vuelve a advertirles que no se hagan perezosos, como mencionó en el capítulo anterior: «tardos para oír». Recordemos: el estancamiento comienza cuando escuchamos la verdad sin responder a ella; la perseverancia, por el contrario, requiere diligencia sostenida.
El pastor Sugel Michelén, en un sermón titulado «¿Cómo perseverar hasta el fin?», recalca que perseverar hasta el fin requiere cuidar nuestra alma con diligencia y emplear los medios de gracia en dependencia del Espíritu Santo. Nadie puede ejercitarse espiritualmente en nuestro lugar; necesitamos recibir la Palabra, orar, congregarnos y obedecer, confiando en que Dios utiliza esos medios para preservarnos.
Y hay algo importante aquí que debemos tener en cuenta: la preservación de Dios y la perseverancia del creyente no se contradicen. Dios guarda a los Suyos y lo hace produciendo en ellos una fe que continúa confiando en Cristo, teniendo en cuenta que no se desarrolla en aislamiento, sino que Dios utiliza Su Palabra y la comunidad de la fe para animarnos a continuar.
Hermana, si en tu vida hay evidencias pertenecientes a la salvación: tu trabajo, tu amor por el nombre de Dios y tu servicio a los santos, no te conformes con ello, sé diligente hasta el final evitando la pereza e imita a quienes heredan las promesas por medio de la fe y la paciencia.
Abraham esperó con fe y paciencia
El autor presenta a Abraham como ejemplo de quienes heredan las promesas mediante la fe y la paciencia. Dios le prometió que lo bendeciría y multiplicaría, y confirmó Su palabra jurando por Sí mismo, pues no existe nadie mayor. Aunque Dios no necesitaba jurar para hacer verdadera Su Palabra, Su juramento fue una confirmación añadida, dada misericordiosamente para fortalecer la confianza de los herederos de la promesa.
Abraham esperó muchos años antes de recibir a Isaac, pero el paso del tiempo no anuló la promesa. Aunque no vio durante su vida el cumplimiento total de todo lo prometido: la multiplicación de su descendencia, la formación de una nación ni la llegada de Cristo, la Descendencia prometida; sí recibió un cumplimiento real que confirmó la fidelidad de Dios en el nacimiento y la preservación de Isaac. Dios confirmó Su palabra mediante un juramento para mostrar que Su propósito no puede cambiar.
Es verdad que la fe de Abraham en la espera no fue perfecta —Génesis muestra sus tropiezos—, pero Dios permaneció fiel. Este hombre aprendió que su fe no debía descansar en su capacidad para comprender cómo o cuándo ocurriría todo, sino en el carácter del Dios que había hablado.
Con este ejemplo, el autor no pretendía convencer a los hebreos de abandonar los rituales levíticos, aunque ese tema pertenece al argumento general de la carta; más bien, quería animarlos a perseverar con fe y paciencia, seguros de que Dios cumple lo que promete.
La promesa y el juramento de Dios
Entre los seres humanos, un juramento apela a alguien mayor y sirve para confirmar una declaración. En el caso de las promesas de Dios, y como nadie es mayor que Él, el autor nos dice que Dios juró por Sí mismo, no añadiendo veracidad a una palabra que pudiera resultar dudosa, porque todo lo que dice es verdadero. Más bien, lo hizo para mostrar la inmutabilidad de Su propósito con mayor claridad a los herederos de la promesa.
Y esas «dos cosas inmutables» que el autor menciona son: Su promesa y Su juramento. Es imposible que Dios mienta porque mentir sería contrario a Su propia naturaleza. Y en eso, mi hermana, descansa el alma del creyente; porque nuestra seguridad no depende de la fuerza con la que podamos aferrarnos a Dios, sino de la inmutabilidad de Su carácter, Su propósito y Su Palabra: Dios ha prometido y Dios no puede mentir.
Como hijas de Dios, acudimos a Él para refugiarnos y aferrarnos a la esperanza puesta delante de nosotras, porque nuestra única seguridad frente al juicio y la apostasía se encuentra en Cristo. Y porque tenemos completa certeza en Sus promesas, podemos perseverar en la carrera de la fe.
Cristo, nuestra ancla y nuestro Precursor
Nuestra esperanza es segura y firme porque está anclada en la persona y la obra de Cristo. Medita en este maravilloso ejemplo del ancla, una representación de algo que no puede movernos. Así, el ancla de nuestra alma no desciende hasta el fondo del mar, sino que penetra hacia arriba, hasta la presencia misma de Dios. Allí donde Cristo, nuestro «Precursor», permanece, nuestra esperanza está asegurada.
Porque un precursor no solo llega primero, sino que abre el camino para que otros lo sigan. Bajo el antiguo pacto, solamente el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año, llevando sangre; sin embargo, Jesús, el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, entró por nosotras detrás del velo, hasta la presencia misma de Dios, y nos abrió camino para reconciliarnos con Dios y gozar de la eternidad con Él.
Cristo está ahora ahí, a la diestra del Padre en representación de Su pueblo; de ti y de mí.
¿No es maravilloso que Cristo sea simultáneamente el fundamento de nuestra esperanza, nuestro representante delante del Padre y quien nos conduce hacia la gloria?
Mi hermana, nuestra esperanza es «segura y firme» porque no está anclada en nosotras, en nuestra capacidad para controlar el futuro, en la estabilidad de nuestras circunstancias o en la fuerza de nuestras emociones; está asegurada detrás del velo, en la presencia de Dios, donde Jesús entró por nosotras. ¡La obra consumada de Cristo garantiza que nuestra esperanza no será defraudada, que los Suyos llegarán a la presencia del Padre donde Él se encuentra sentado hoy!
Para meditar:
- ¿Estás avanzando hacia la madurez espiritual, o te has conformado con permanecer en las verdades que ya conoces sin permitir que la Palabra transforme cada vez más tu vida?
- ¿Estás perseverando con diligencia en la fe, utilizando los medios de gracia que Dios te ha dado: Su Palabra, la oración y la comunión con Su iglesia?
- ¿Dónde está puesta hoy tu esperanza: en tus circunstancias, en tus emociones y en tu capacidad para permanecer firme, o en Cristo, quien es tu ancla segura y firme delante de la presencia de Dios?
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