Tenemos tal Sumo Sacerdote
Este capítulo presenta el punto principal de todo lo que el autor ha venido explicando: tenemos un Sumo Sacerdote perfecto sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. El énfasis no recae solamente en que necesitamos un sacerdote, sino en que ya tenemos al Sumo Sacerdote perfecto descrito en el capítulo anterior.
Los sacerdotes levíticos servían en un santuario terrenal y temporal, pero Cristo ministra en el verdadero tabernáculo, establecido por Dios. Esto no significa que el tabernáculo levantado por Moisés fuera falso, sino que se refiere a la realidad definitiva y celestial de la cual el tabernáculo terrenal era una representación. Porque el santuario terrenal fue construido por seres humanos según las instrucciones de Dios; pero el celestial fue establecido por el Señor mismo, y Cristo no se limita a visitar la presencia de Dios momentáneamente.
¡Él se …
Tenemos tal Sumo Sacerdote
Este capítulo presenta el punto principal de todo lo que el autor ha venido explicando: tenemos un Sumo Sacerdote perfecto sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. El énfasis no recae solamente en que necesitamos un sacerdote, sino en que ya tenemos al Sumo Sacerdote perfecto descrito en el capítulo anterior.
Los sacerdotes levíticos servían en un santuario terrenal y temporal, pero Cristo ministra en el verdadero tabernáculo, establecido por Dios. Esto no significa que el tabernáculo levantado por Moisés fuera falso, sino que se refiere a la realidad definitiva y celestial de la cual el tabernáculo terrenal era una representación. Porque el santuario terrenal fue construido por seres humanos según las instrucciones de Dios; pero el celestial fue establecido por el Señor mismo, y Cristo no se limita a visitar la presencia de Dios momentáneamente.
¡Él se encuentra sentado a la diestra de Dios, en el lugar de mayor honor y autoridad, como nuestro Sumo Sacerdote y representante perfecto!
La copia y la sombra de las realidades celestiales
Todo sumo sacerdote era instituido para presentar ofrendas y sacrificios. Por tanto, Cristo también debía tener algo que ofrecer, pero si Jesús hubiera permanecido ejerciendo un sacerdocio terrenal, no habría podido ser sacerdote bajo la ley mosaica, porque pertenecía a la tribu de Judá y no a la de Leví.
Dios ordenó a Moisés construir el tabernáculo conforme al modelo que le había mostrado en el monte. El tabernáculo, sus sacerdotes y sus sacrificios no eran invenciones humanas ni algo malo; habían sido establecidos por Dios para revelar Su santidad y anticipar la obra de Cristo.
Sin embargo, una sombra no constituye la realidad definitiva. Señala hacia algo mayor que ella misma. Los sacerdotes levíticos servían en un lugar que era «copia y sombra de las cosas celestiales»; por lo tanto, el ministerio sacerdotal de Cristo pertenece a un orden diferente y se desarrolla en el santuario celestial.
Por eso, regresar al sistema levítico después de la venida de Cristo equivaldría a abandonar la realidad para volver a su representación.
Mediador de un mejor pacto
«Pero ahora Jesús ha obtenido un ministerio tanto mejor, por cuanto Él es también el mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas».
Este versículo resume la superioridad del ministerio de Cristo porque se desarrolla en un mejor santuario y porque Él es Mediador de un mejor pacto.1
Un mediador interviene para establecer una relación entre dos partes. Es lo que Cristo hace; por eso, es el único que puede reconciliar al Dios santo con seres humanos pecadores.
Además, Jesús no se limita a comunicar las condiciones del nuevo pacto; mediante Su muerte, resurrección e intercesión, garantiza sus bendiciones, pues el nuevo pacto establecido sobre «mejores promesas». Y estas promesas incluyen la transformación interna, una relación verdadera con Dios, el conocimiento personal del Señor y el perdón completo de los pecados.
Esta es la gloriosa verdad: no se trata simplemente de una versión mejorada del antiguo sistema. Dios provee en Cristo aquello que la ley, debido a la debilidad y al pecado humanos, no podía producir.
La necesidad y las mejores promesas de un nuevo pacto
Si el primer pacto hubiera podido producir todo lo necesario para reconciliar y transformar al pecador, no habría sido necesario anunciar otro. Esto no significa que la ley dada por Dios fuera defectuosa, injusta o pecaminosa; al contrario, era santa y cumplía el propósito para el cual fue dada: revelar la voluntad de Dios, exponer el pecado y mostrar la necesidad de un Salvador.
El problema radicaba en el corazón pecaminoso del pueblo. Por eso el versículo 8 dice que Dios estaba «reprochándolos». Israel no permaneció fiel al pacto que Dios había establecido tras sacarlo de Egipto; entonces, los mandamientos externos tenían el propósito de mostrarle al pueblo cómo debía vivir, pero no podían producir por sí mismos un corazón obediente.
Esa es la razón por la que el pecado en nuestras vidas no puede resolverse simplemente siguiendo más instrucciones; necesitamos perdón y transformación interior.
El autor cita un pasaje muy conocido: Jeremías 31:31–34. Este pasaje es una profecía pronunciada siglos antes de la llegada de Cristo. En él podemos ver que el hecho de que el propio Antiguo Testamento anunciara un nuevo pacto demostraba que el pacto mosaico nunca había sido la etapa final del plan redentor de Dios. La promesa fue dada originalmente a «la casa de Israel y la casa de Judá»; pero, por medio de Cristo, los creyentes disfrutamos ahora las bendiciones salvadoras de ese nuevo pacto.
Considero importante mencionar las cuatro bendiciones fundamentales presentes en este pasaje.
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La ley escrita en la mente y el corazón
«Pondré Mis leyes en la mente de ellos, y las escribiré sobre sus corazones».
Bajo el antiguo pacto, la ley fue escrita en tablas de piedra; en el nuevo pacto, Dios realiza una obra interior por medio de Su Espíritu. Esto no significa que el creyente ya no necesite la Palabra escrita ni que obedezca perfectamente; significa que Dios concede un nuevo corazón que ama Su voluntad y desea obedecerlo. La obediencia ya no consiste solamente en una conformidad externa, sino que fluye de una vida transformada por la gracia.
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Una relación de pertenencia
«Yo seré su Dios, y ellos serán Mi pueblo».
Esta expresión resume la relación de pacto que Dios establece con los Suyos: el propósito de la redención no es solamente librarnos del castigo, sino llevarnos a pertenecer a Dios. Él se entrega a Sí mismo como nuestro Dios y nos recibe como Su pueblo, porque la mayor bendición del nuevo pacto no son los dones de Dios separados de Él, sino Dios mismo.
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El conocimiento personal de Dios
«Todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos».
Esto no significa que ya no sean necesarios los maestros, los pastores ni la instrucción bíblica. El Nuevo Testamento continúa mandando a la iglesia que enseñe la Palabra. El énfasis radica en que todos los miembros del nuevo pacto conocen verdaderamente al Señor. No dependemos de una élite sacerdotal humana que se acerque a Dios en nuestro lugar. Desde el menor hasta el mayor, cada creyente puede conocer a Dios de manera personal y salvadora por medio de Cristo.
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El perdón definitivo de los pecados
«Tendré misericordia de sus iniquidades, y nunca más me acordaré de sus pecados».
Esta es la base de todas las demás bendiciones: Dios no promete ignorar el pecado ni tratarlo como algo insignificante; puede perdonarlo porque Cristo llevó sobre Sí la condenación que merecíamos. Es decir, el Dios omnisciente no pierde conocimiento de nuestros pecados; pero no los levanta nuevamente en contra de quienes han sido perdonados en Cristo, ni los condenará por ellos.
Los sacrificios del antiguo pacto debían repetirse, pero la obra de Cristo ofrece un perdón completo y definitivo.
El primer pacto ha quedado obsoleto
El capítulo concluye:
«Cuando Dios dijo: “Un nuevo pacto”, hizo anticuado al primero».
Desde el momento en que Dios anunció un nuevo pacto por medio de Jeremías, declaró que el primero era provisional. El pacto mosaico había cumplido su función dentro del plan redentor de Dios, pero no debía permanecer como medio por el cual el pueblo procurara acercarse a Él.
Con la llegada de Cristo, su función preparatoria alcanzó su cumplimiento. Para los destinatarios de Hebreos, regresar a los sacrificios, al sacerdocio levítico y al santuario terrenal no era una opción espiritualmente neutral; más bien, significaba abandonar al Mediador del nuevo pacto y regresar a un sistema que Dios mismo había declarado antiguo.
Así, pues, el creyente no debe buscar completar la obra de Cristo mediante rituales, méritos o esfuerzos humanos. En Él tenemos todo lo necesario para acercarnos a Dios.
Estas promesas se cumplen por medio de Cristo, el Mediador del nuevo pacto. En Él no solamente sabemos lo que Dios exige; recibimos misericordia por haber desobedecido y gracia para caminar en una nueva vida. No lo olvidemos, la obediencia no compra nuestra entrada al pacto, sino que brota de un corazón alcanzado y transformado por Dios.
Por eso podemos acercarnos al Padre con confianza, pero nunca con ligereza. El Dios al que nos acercamos sigue siendo santo y digno de reverencia. Pero nuestra seguridad nunca descansa en que Su santidad haya disminuido, sino en que Cristo satisfizo plenamente Sus demandas y permanece delante de Él como nuestro Sumo Sacerdote.
Para meditar:
- ¿Estás confiando plenamente en Cristo como el único Mediador del nuevo pacto, o sigues intentando acercarte a Dios por tus propios méritos y esfuerzos?
- ¿Estás permitiendo que Dios escriba Su Palabra en tu mente y en tu corazón, de manera que tu obediencia brote de un corazón transformado y no solo de conformidad externa?
- ¿Te acercas diariamente a Dios con confianza y reverencia, descansando en el perdón completo que Cristo obtuvo para ti, o sigues viviendo bajo la culpa de pecados que Dios ya ha perdonado en Cristo?
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