La sombra no podía quitar los pecados
La ley poseía «solo una sombra de los bienes futuros», no la realidad definitiva. No porque fuera mala o falsa, pues había sido establecida por Dios y cumplía una función dentro de Su plan redentor; sino porque sus sacrificios anticipaban la obra de Cristo, aunque no podían perfeccionar definitivamente a quienes se acercaban a Dios.
Si hubieran quitado verdaderamente el pecado, habrían dejado de ofrecerse, pero su repetición constante demostraba su insuficiencia. Lejos de eliminar completamente la conciencia del pecado, cada Día de la Expiación traía nuevamente a la memoria los pecados del pueblo. Era imposible que la sangre de toros y machos cabríos quitara el pecado, porque ningún animal podía sustituir plenamente a un ser humano culpable ni satisfacer definitivamente la justicia divina.
Los creyentes del Antiguo Testamento no fueron salvados por la eficacia de aquellos sacrificios, sino por …
La sombra no podía quitar los pecados
La ley poseía «solo una sombra de los bienes futuros», no la realidad definitiva. No porque fuera mala o falsa, pues había sido establecida por Dios y cumplía una función dentro de Su plan redentor; sino porque sus sacrificios anticipaban la obra de Cristo, aunque no podían perfeccionar definitivamente a quienes se acercaban a Dios.
Si hubieran quitado verdaderamente el pecado, habrían dejado de ofrecerse, pero su repetición constante demostraba su insuficiencia. Lejos de eliminar completamente la conciencia del pecado, cada Día de la Expiación traía nuevamente a la memoria los pecados del pueblo. Era imposible que la sangre de toros y machos cabríos quitara el pecado, porque ningún animal podía sustituir plenamente a un ser humano culpable ni satisfacer definitivamente la justicia divina.
Los creyentes del Antiguo Testamento no fueron salvados por la eficacia de aquellos sacrificios, sino por gracia mediante la fe en las promesas de Dios. Los sacrificios apuntaban a Cristo, el único fundamento de la salvación en todas las épocas.
Cristo vino para hacer la voluntad del Padre; una ofrenda perfecta para siempre
El autor cita el Salmo 40:6 con estas palabras:
«Sacrificio y ofrenda no has querido, pero un cuerpo has preparado para Mí».
Dios no se complacía en sacrificios ofrecidos sin fe, arrepentimiento y obediencia; los sacrificios de animales nunca fueron el fin último de Su plan. Por eso el sacrificio de Cristo era necesario, para que pudiera representarnos y morir en nuestro lugar. Él entró al mundo con un cuerpo humano preparado para ser ofrecido.
Allí donde el ser humano había desobedecido, el Hijo respondió: «He aquí, Yo he venido para hacer Tu voluntad». Y la obediencia de Cristo no se limitó al momento de la cruz; toda Su vida fue una obediencia perfecta al Padre que culminó en Su entrega sacrificial.
Así, al establecer el sacrificio definitivo de Cristo, Dios puso fin al antiguo orden sacrificial.
Ese sistema en el que los sacerdotes levíticos permanecían de pie diariamente, ofrecían repetidamente los mismos sacrificios que nunca podían quitar los pecados; su trabajo sacrificial nunca terminaba. En cambio, nuestro Señor Jesucristo se sentó a la diestra de Dios porque Su sacrificio, que fue único, fue enteramente aceptado, y ahora perfecciona para siempre a Su pueblo; así, Su obra expiatoria quedó consumada, y espera el momento en que Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies.
La expresión «ha hecho perfectos para siempre» no significa que los creyentes ya vivan sin pecado. Significa que, por medio de Su sacrificio, Cristo les ha concedido una posición definitiva de aceptación delante de Dios. Su culpa ha sido expiada y ya no necesitan otra ofrenda. Al mismo tiempo, son personas «que están siendo santificadas»: Dios continúa transformándolas en santidad.
Hermana, no existe ritual, tradición, obra ni sacrificio humano que pueda lograr lo que Cristo cumplió al entregar Su vida. Quienes han recibido el perdón por medio de la fe en Cristo no necesitan presentar otra ofrenda por sus pecados ni acudir a otro sacerdote que ofrezca un sacrificio en su lugar. Nuestra salvación es enteramente por gracia y descansa en la obra perfecta y suficiente de Jesucristo.
¡Hemos sido santificadas mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo una vez y para siempre!
Acerquémonos, mantengámonos firmes y considerémonos
La segunda parte del capítulo comienza con las consecuencias prácticas de todo lo que el autor ha enseñado. Puesto que la sangre de Cristo ha abierto el camino hacia la presencia de Dios, encontramos tres exhortaciones.
1. Acerquémonos a Dios.
«Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe».
Por medio de la sangre de Cristo tenemos libertad para entrar al Lugar Santísimo. El velo señalaba anteriormente que el acceso permanecía restringido, pero ahora Cristo ha inaugurado «un camino nuevo y vivo» por medio de Su cuerpo entregado.
Podemos acercarnos porque tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios. No nos acercamos confiando en nuestros méritos, sino en la obra de Cristo. La plena certidumbre de la fe no es confianza en nosotras mismas, sino seguridad en la suficiencia de nuestro Salvador.
2. Mantengamos firme nuestra esperanza.
«Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió».
La perseverancia no depende, finalmente, de la fuerza de nuestra voluntad, sino de la fidelidad de Dios. Él cumplirá todo lo que ha prometido, y la fe perseverante del creyente se aferra a Su carácter incluso cuando las circunstancias parecen contradecir Sus promesas.
3. Considerémonos unos a otros.
«Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras».
La perseverancia cristiana no es un proyecto individual. Necesitamos considerar intencionalmente cómo animar a nuestros hermanos a amar y obedecer a Dios; no abandonando la congregación, como algunos habían adquirido por costumbre. Aunque congregarnos no es una obra que nos salva, es uno de los medios que Dios utiliza para sostenernos y hacernos perseverar. Así que, juntos aguardamos el Día de Cristo, no enfocándonos en la especulación, sino en una mayor fidelidad, comunión y ánimo mutuo.
Una advertencia contra la apostasía
El autor describe la apostasía mediante tres expresiones: pisotear al Hijo de Dios, considerar inmunda la sangre del pacto e insultar al Espíritu de gracia.
Quien rechaza deliberada, consciente y persistentemente a Cristo después de conocer la verdad queda expuesto al juicio de Dios.
Por eso, el autor exclama:
«¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!».
Al rechazar el único sacrificio capaz de quitar el pecado, «ya no queda sacrificio por los pecados». Es importante recalcar, que el apóstata no tropieza mientras intenta seguir a Cristo; más bien repudia deliberadamente al Cristo que había profesado, rechaza la verdad que había conocido y desprecia Su sacrificio.
Esto no significa que la sangre de Cristo sea insuficiente para cierto pecado, sino que, fuera de Cristo, no existe ninguna otra ofrenda ni posibilidad de salvación.
Sin embargo, la advertencia también sirve como uno de los medios que Dios utiliza para hacer perseverar a los verdaderos creyentes.
Recordar para perseverar
En la última parte de este capítulo, el autor les pide recordar «los días pasados». No quería que vivieran anclados nostálgicamente al pasado, sino que recordaran cómo la gracia de Dios ya los había sostenido.
Después de ser iluminados, habían soportado una gran lucha de padecimientos; algunos fueron expuestos públicamente a insultos y aflicciones; otros se identificaron con los hermanos perseguidos y compartieron sus sufrimientos; también mostraron compasión por los encarcelados; y aceptaron con gozo el despojo de sus bienes porque sabían que poseían algo mejor y más duradero.
Pero su gozo no provenía del sufrimiento mismo, sino de la certeza de que ninguna pérdida terrenal podía arrebatarles su herencia eterna; por eso no debían abandonar su confianza. Necesitaban perseverancia para hacer la voluntad de Dios y recibir lo prometido. Así que ellos vivían por fe; es decir, continuaban confiando en Dios en medio de la oposición, sin retroceder ni abandonar a Cristo.
Por eso, el autor concluye esta sección de su carta expresando confianza en que ellos no pertenecen a quienes retroceden para perdición, sino a quienes tienen fe para la preservación del alma.
Para meditar:
- ¿Te estás acercando a Dios con un corazón sincero y plena confianza en Cristo, descansando en Su sacrificio perfecto y no en tus propios méritos?
- ¿Estás manteniendo firme tu esperanza en las promesas de Dios y perseverando en la fe, aun cuando las circunstancias te tientan a retroceder?
- ¿Estás considerando intencionalmente cómo animar a otros creyentes al amor, a las buenas obras y a permanecer firmes en Cristo mientras esperan Su regreso?
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