Seguramente has escuchado, o quizá en tu ciudad puede haber, un lugar que se denomine: «el salón de la fama»; este lugar regularmente es un recinto o un pasillo en el que hay fotografías y a veces trofeos de personas que han sido reconocidas en el mundo por su desempeño en alguna disciplina o área en su vida. Bueno, el capítulo 11 de Hebreos ha sido llamado por muchos «el salón de la fama de los santos» o «los héroes de la fe». Pareciera que estamos hablando de superhéroes, como el mundo considera a quienes sobresalen entre los demás, pero la realidad es que este capítulo podría ser mejor titulado «El testimonio de los que viven por fe».
Después de todo lo que hemos escuchado en los primeros diez capítulos de Hebreos, no habría necesidad de exaltar a nadie; el único que puede y debe ser exaltado es Cristo, …
Seguramente has escuchado, o quizá en tu ciudad puede haber, un lugar que se denomine: «el salón de la fama»; este lugar regularmente es un recinto o un pasillo en el que hay fotografías y a veces trofeos de personas que han sido reconocidas en el mundo por su desempeño en alguna disciplina o área en su vida. Bueno, el capítulo 11 de Hebreos ha sido llamado por muchos «el salón de la fama de los santos» o «los héroes de la fe». Pareciera que estamos hablando de superhéroes, como el mundo considera a quienes sobresalen entre los demás, pero la realidad es que este capítulo podría ser mejor titulado «El testimonio de los que viven por fe».
Después de todo lo que hemos escuchado en los primeros diez capítulos de Hebreos, no habría necesidad de exaltar a nadie; el único que puede y debe ser exaltado es Cristo, ese Sumo Sacerdote en quien el autor abundó en detalles para describir Su obra a favor de todo aquel que cree. El propósito de mencionarlos es que estos hombres solo fueron personas que eran pecadoras y en un punto entendieron que tenían que vivir por fe; esa seguridad que uno tiene en el presente sobre una realidad futura que es inconmovible.
La fe descansa en la realidad de lo que Dios ha prometido
A la luz del llamado a perseverar en los últimos versículos del capítulo anterior, el autor describe la fe como «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». No se trata de una seguridad producida por nuestros deseos, sino de confiar en Dios y considerar verdadero lo que Él ha revelado, aun cuando todavía no podamos verlo. Por esa fe vivieron los creyentes del pasado y recibieron la aprobación de Dios. También por la fe comprendemos que el universo fue creado por Su Palabra pues nadie presenció la creación; pero aceptamos el testimonio de Aquel que estaba allí y la llevó a cabo. Hoy creemos con certeza que lo visible tuvo su origen en el Dios que no vemos.
La fe, por tanto, no es irracional ni un salto hacia lo desconocido. Es una respuesta confiada a la revelación de Dios.
Entonces, el autor comienza la lista de hombres y mujeres que vivieron por fe. A medida que estudias este pasaje, podrás profundizar en cada una de sus historias; aquí mencionaremos solo algunos detalles.
Abel ofreció un sacrificio mejor
Hebreos no dice, sencillamente, que Abel «dio lo mejor». Afirma que ofreció un sacrificio mejor «por la fe» y que, mediante ella, recibió testimonio de que era justo. No se trataba principalmente en la calidad material de la ofrenda, sino de la fe con la que Abel se acercó a Dios. Su ofrenda evidenciaba que confiaba en Él. Aunque Caín le quitó la vida, no pudo silenciar el testimonio de su fe, porque dice la Palabra que «estando muerto, todavía habla».
Enoc agradó a Dios
Enoc caminó con Dios y fue trasladado para que no viera la muerte. Su vida lleva al autor a establecer un principio central: «Sin fe es imposible agradar a Dios».
Creer que Dios existe no significa aceptar únicamente Su existencia intelectualmente. La fe se acerca a Dios confiando en quién es Él, y en que recompensa a quienes lo buscan. Esa recompensa no es, como falsos maestros pueden llegar a enseñar, prosperidad o bienestar terrenal; Dios mismo y la vida en Su presencia constituyen la esperanza suprema del creyente.
Noé obedeció ante lo que todavía no veía
Noé recibió una advertencia sobre acontecimientos que nunca había presenciado. Creyó la palabra de Dios y, con temor reverente, construyó el arca; mediante su obediencia, condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe.
Abraham, Sara y los peregrinos de la fe
Abraham dejó su tierra porque Dios lo llamó y le prometió una herencia. Salió sin conocer el destino exacto, pero conocía y confiaba en Aquel que lo guiaba. Vivió como extranjero aun dentro de la Tierra Prometida y habitó en tiendas porque esperaba una ciudad permanente cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Sara, su esposa, recibió fuerza para concebir porque consideró fiel a Aquel que había hecho la promesa.
Si conocemos la historia de este matrimonio, podemos recordar que la fe de ambos no fue perfecta ni estuvo libre de momentos de duda, pero finalmente descansó en la fidelidad de Dios.
Entonces, el autor dice de todos ellos: «Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto desde lejos».
Esto quiere decir que murieron sin recibir la plenitud de la promesa, confesaron que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra, no regresaron a la patria que habían dejado porque anhelaban una mejor, es decir, la celestial. Dios no se avergonzó de ser llamado Dios de ellos y les preparó una ciudad.
Fe que descansa en la promesa aun frente a la muerte
Dios había prometido que la descendencia vendría por medio de Isaac, pero después ordenó a Abraham ofrecer precisamente a ese hijo. Para el pensamiento humano esto es incoherente; de hecho, Abraham no sabía cómo armonizar el mandato con la promesa en medio de sus circunstancias. Sin embargo, razonó que Dios era poderoso aun para levantar a Isaac de entre los muertos.
Así que su fe descansaba en que Dios no podía incumplir Su palabra. Él recibió a Isaac nuevamente, en sentido figurado, como de entre los muertos.
Isaac, Jacob y José también actuaron por fe cuando se acercaban a la muerte.
- Isaac bendijo a Jacob y Esaú acerca de cosas futuras.
- Jacob bendijo a los hijos de José y adoró a Dios.
- José habló del éxodo que todavía no había ocurrido y dio instrucciones sobre sus restos.
Sus cuerpos morirían fuera de la Tierra Prometida, pero murieron confiando en que Dios llevaría a Su pueblo hasta allí.
Moisés escogió el oprobio de Cristo
Cuando creció, Moisés rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón y prefirió sufrir con el pueblo de Dios. Teniendo un futuro prometedor lleno de poder y riquezas, rechazó los placeres temporales del pecado y consideró el oprobio de Cristo como una riqueza mayor que los tesoros de Egipto.
«El oprobio de Cristo» no significa que Moisés poseyera el mismo grado de conocimiento acerca de Jesús que tenemos nosotras. Significa que se identificó con el pueblo y las promesas de Dios, cuya consumación se encuentra en Cristo. Prefirió compartir el sufrimiento del pueblo antes que disfrutar temporalmente de los privilegios de Egipto.
Y esto solo pudo suceder porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Él se mantuvo firme «como viendo al Invisible», y por esta razón salieron de la esclavitud en Egipto sin temor al rey, celebraron la Pascua y el rociamiento de sangre para cuidar a sus primogénitos y cruzaron el Mar Rojo como por tierra seca.
Las victorias obtenidas por fe
El autor, entonces, acelera el recorrido histórico y menciona diferentes acontecimientos que ocurrieron por fe: cayeron los muros de Jericó; Rahab no pereció con los desobedientes, aunque era una mujer gentil y prostituta, creyó en el Dios de Israel, recibió a los espías y fue librada del juicio; los jueces y profetas confiaron en Dios en diferentes momentos de la historia de Israel, y ellos:
- Conquistaron reinos.
- Administraron justicia.
- Alcanzaron promesas.
- Cerraron bocas de leones.
- Apagaron fuegos poderosos.
- Escaparon del filo de la espada.
- Siendo débiles, fueron hechos fuertes.
También, algunas mujeres, como la sunamita, recibieron por fe a sus muertos mediante la resurrección.
Y aunque conocemos las historias de estos hombres y mujeres, muchas de ellas con acontecimientos muy tristes por las desviaciones pecaminosas de su corazón, la mención de sus nombres en este pasaje de la Biblia no significa que Dios apruebe todas sus decisiones, sino que el autor reconoce actos específicos de fe realizados por personas imperfectas.
Que Dios haya inspirado al autor de esta carta para incluirlos aquí no demuestra la impecabilidad de sus vidas ni que la fe salvadora pertenezca a una élite moral, étnica o social, sino la pura gracia de Dios.
La fe también persevera cuando no llega la liberación
Hasta la primera parte del versículo 35, el autor menciona grandes victorias; sin embargo, introduce un contraste:
«Otros fueron torturados, no aceptando su liberación, a fin de obtener una mejor resurrección».
La misma fe que permitió a algunos escapar de la espada y sostuvo a otros cuando murieron por ella; pues fueron torturados, soportaron burlas y azotes; fueron encarcelados y ejecutados; vivieron necesitados, afligidos y maltratados; y rechazaron negarse a Dios para ser liberados.
Podemos ver que la fe no se mide por haber recibido aquello que esperábamos ni garantiza que Dios nos librará de todo sufrimiento en esta vida. A veces Dios obra por medio de la fe para conceder liberación; otras veces sostiene por medio de la fe para soportar el sufrimiento y la muerte. Pero en ambos casos, Dios permanece fiel.
El resultado visible no determina la autenticidad de la fe. Quienes sufrieron esperaban «una mejor resurrección», y aunque el mundo los rechazó, Dios declara que el mundo no era digno de ellos.
Y, debido a que los destinatarios de Hebreos enfrentaban persecución y podían sentirse tentados a retroceder, el autor los anima con este contraste de testimonios porque el sufrimiento no demostraba que su fe hubiera fracasado; más bien, podía convertirse precisamente en el escenario en el cual perseverarían por fe.
La promesa cumplida en Cristo
«Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros».
Todos recibieron aprobación por la fe. Ninguno alcanzó durante su vida la plenitud de lo prometido, pero eso no significa que Dios incumpliera Su palabra. Muchos vieron cumplimientos parciales, pero ninguno presenció durante su vida la consumación de la promesa en la encarnación, muerte, resurrección y exaltación de Cristo.
Dios había preparado «algo mejor»: el nuevo pacto inaugurado por el Salvador, por el cual hoy nosotras también somos beneficiadas y bendecidas, pues los creyentes del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento forman un solo pueblo redimido. Ellos no serían perfeccionados aparte de nosotros. Todos alcanzamos la salvación por la misma obra de Cristo, aunque ellos miraban hacia la promesa y nosotras hacia su cumplimiento.
Querida hermana, Hebreos 11 no fue escrito para que admiremos desde lejos a un grupo de personas extraordinarias. Fue escrito para mostrarnos cómo vive quien cree que Dios es fiel. Estos hombres y mujeres no fueron perfectos; pecaron, dudaron y tuvieron debilidades. Lo que los distinguió fue que confiaron en la palabra de Dios y esa confianza produjo obediencia.
La fe no es la certeza de que Dios cumplirá nuestros deseos. Es la certeza de que todo lo que Él ha dicho es verdadero. Por eso Abel ofreció, Noé construyó, Abraham salió, Sara recibió fuerzas, Moisés renunció a los tesoros de Egipto y Rahab recibió a los espías. La fe invisible se hizo visible a través de sus decisiones.
Sin embargo, no todos experimentaron el mismo resultado, pero en medio de la tortura, encarcelamiento y muerte inminente, confiaron en Dios aun cuando obedecerlo no produjo alivio, sino mayor sufrimiento. Aun así, su fe no era inferior.
Eso era precisamente lo que los lectores de Hebreos necesitaban recordar. La persecución no significaba que Dios hubiera dejado de ser fiel. Debían continuar creyendo, aunque no vieran todavía el cumplimiento de todo lo prometido.
Los creyentes del Antiguo Testamento miraron desde lejos hacia una promesa que nosotras hemos visto cumplida en Cristo. Él es «algo mejor» que Dios había preparado: el Sumo Sacerdote perfecto, el sacrificio definitivo y el Mediador del nuevo pacto. Ellos fueron salvados confiando en la promesa; nosotras somos salvadas confiando en Aquel en quien la promesa se cumplió.
La fe genuina no retrocede cuando no recibe resultados inmediatos. Persevera porque sabe que Dios no miente, que Cristo ha asegurado nuestra herencia y que aun la muerte no puede impedir el cumplimiento de Sus promesas.
Para meditar:
- ¿Estás confiando en la fidelidad de Dios aun cuando todavía no puedes ver el cumplimiento de Sus promesas, permitiendo que tu fe produzca obediencia en tus decisiones?
- ¿Estás dispuesta a permanecer firme en Cristo aun cuando seguirle implique renunciar a las comodidades, enfrentar el sufrimiento o no recibir la respuesta que esperabas?
- ¿Estás viviendo hoy con los ojos puestos en Cristo y en la herencia eterna que Él ha asegurado, en lugar de permitir que las circunstancias presentes te hagan retroceder?
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