Mujer Verdadera 365 Podcast

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Día 258 | Joel

Día 258 – septiembre 15

Joel

Llegamos al libro del profeta Joel, y nos encontramos un relato que inicia con un cuadro triste de anuncio de destrucción por plagas pero que termina con la esperanza de gloria. Dios estaba profetizando pruebas a su pueblo con el fin de que ellos vinieran a un arrepentimiento genuino, un quebrantamiento de corazón. Al leerlo solamente venía a mi mente que es un llamado que se repite una y otra vez en la Palabra. De esta forma llegamos a Dios, desoladas, muchas veces desgastadas, llenas de dolor y sequedad por vivir vidas lejos de Él, por abrazar creencias y costumbres de este mundo como algo en que podemos tener seguridad. 

Al igual que Judá podemos ver nuestras vidas en este libro y recordar que las cosas que se escribieron antes para nuestra enseñanza se escribieron, para que con la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengamos esperanza (Ro. 15:4). De esta manera te invito a que nos acerquemos al segundo profeta menor, con un libro corto, pero con un mensaje poderoso. 

El profeta en el Antiguo Testamento era llamado por Dios para anunciar los designios de Él. A veces el profeta podría hablar cosas para su tiempo y para el momento que el pueblo vivía, y otras veces no sabría cuando estas sucederían, porque estaban varios cientos de años lejanas de él como pasó con Isaías cuando anunció la llegada del Mesías. En el caso de Joel, sucedió de las dos maneras. Las plagas hablaban de la condición presente y los años siguientes, pero también vemos cómo se menciona por primera vez el día del Señor, y se hace con relación a ese día futuro de juicio. Este se convierte en el tema principal del libro de Joel.

Empezamos el recorrido por el libro. 

De una forma casi poética, Joel anuncia una sucesión de plagas que vendrían sobre Judá, Jerusalén y Sión. Se cree que se trata de Judá porque no se menciona a Babilonia, ni a Asiria ni los enemigos de ella. Tampoco menciona reyes.

  1. El anuncio de las plagas. Dios le va a hablar a los moradores de la tierra con plagas literales y tan grandes como nunca se habían visto en la tierra, pero, por otro lado, también eran un símbolo de un pueblo fuerte e innumerable que caería sobre Judá (Jl.2:2). Pero lo que va a suceder no ha acontecido antes, cuatro tipos de insectos serían las plagas que destruirían todo. Se entiende que eran la caballeta, el saltón, langosta y langostón. Y la desolación no será solo en el campo, si no en el pueblo y en el santuario. 

Dios llama a su pueblo al ayuno, a la humillación y a volverse a Él. Desde los ministros del Señor a cada hombre, a volverse en ayuno y aflicción, en gemido y oración (Jl 2:12-13). Nosotras también debemos ver nuestras vidas ante nuestro Dios. 

Hoy no vivimos en una sociedad puramente agrícola como ellos, pero otro tipo de plagas destruyen nuestras familias, vidas y posesiones más importantes. Damos cabida a larvas de insectos espirituales, no lidiamos con pecado, y estos nos secan por dentro, el pecado deja desolación y amargura. Hay deterioro en nuestras relaciones fruto de esa destrucción y si callamos nos pasa como decía David. «Mientras callé se consumieron mis huesos…» Nos consumimos por dentro. 

Quizás hemos sido tolerantes permitiendo que lo que Dios llama malo lo llamemos bueno. No defendiendo la vida, no haciendo misericordia. Quizás por no parecer fanáticas o religiosas, dejamos que el pecado nos seque y no permita que estemos dando frutos porque nos alejamos de la vid verdadera. Tal vez hemos preferido cavar cisternas rotas que no retienen agua, que la fuente de agua viva. ¿Qué podemos hacer? Clamar a nuestro Dios y volvernos a Él. 

  • Señor ten misericordia cuando no veo el mal como tú lo ves, cuando no llamo al pecado como tú lo llamas, vivifícame y hazme sensible al pecado.

Estos versos fueron muy significativos para mí en un tiempo de pérdidas materiales muy grandes. Cómo Judá, años atrás, todo lo que teníamos como familia fue arrasado y solamente recibimos el daño y la desolación como con los insectos. Pero con este libro y en ese momento, Dios me mostró que el camino siempre es el mismo: volvernos al Señor.

  1. El lamento del profeta. ¡Ay de ese día, porque cercano está el día del Señor! El día del Señor es un día de tinieblas, pero también es un día de luz y de promesas. Hermosos son los contrastes que Dios nos invita a vivir como sus hijos: morir para vivir, dejarlo todo para tenerlo todo, a Jesús. Este es el día de nuestro Señor Jesucristo, el que menciona 2 Pe. 3:10, que no sabemos cuándo será, pero es seguro: «Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche, en la cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas».

 Dios está llamando al arrepentimiento. Este se convierte en el tema central de este libro, pero siempre su mensaje es el mismo cuando nos arrepentimos: «Y Dios celoso por su pueblo, responde favorablemente y perdona la maldad por ellos humillarse». –2:18

¿Cómo puedo responder ante un llamado como este? ¿Me lleva a ver mis caminos, mis motivaciones, me lleva a ver si vivo para el Señor de manera que lo agrado en cómo hablo y cómo vivo cada día ante mi familia, mi jefe, mis hermanos, o aquellos ante quienes Dios me ha colocado? Muchas veces estamos solo envueltos en nosotros mismos, olvidando para quién hemos sido rescatados, pero este fue y es siempre un llamado a volvernos a Él, a regresar a sus sendas. 

  1. La invitación al regocijo. Dios ha respondido y hecho grandes cosas, y el profeta invita a que el pueblo se goce en sus obras. En respuesta a la oración, Dios traerá la lluvia, la temprana y la lluvia tardía. Él hará maravillas, cosas imposibles para los hombres. Dios puede hacer más allá de cómo pedimos o entendemos por su poder en nosotros (Ef. 3:20). Porque nada es imposible para Él si está en sus propósitos. Por eso, estos versos del 2:21-27, han sido un consuelo enorme para Judá en esos tiempos tan difíciles. Lo fueron entonces y lo son ahora para nosotros. Nuestro Dios es el mismo ayer, hoy y siempre (He. 13:8) y consolará a su pueblo siempre, traerá lo necesario en su tiempo, siempre que nos hayamos vuelto a Él. Por eso el consuelo de Judá es el nuestro.«El nombre de nuestro Dios es la única garantía para que esto sea necesario», dice Mathew Henry. Dios promete no dejarnos avergonzados (Jl 2:27). 
  2. La promesa de su Espíritu y la esperanza futura. Su Espíritu es prometido a través de Joel a su pueblo una vez llegara Jesús y cumpliera su cometido. Esto se cumplió en Hechos 2:17-18, en Pentecostés. Antes de esto el Espíritu iba a la persona que Dios lo enviaba. Pero ahora sabemos que Él vive en nosotras al conocer íntimamente a Jesús. Al dar tu vida a Él, ese mismo Espíritu prometido es el que vive en ti, el que te muestra cómo vivir de una manera que le agrade al Padre. Es Él quien edifica la iglesia como un cuerpo (Ef. 2:21-22). Quién nos hace a ti y a mi templo de Dios (1 Co. 3:16). Solo que ahora el Espíritu vive ya en nosotros. No viene y va como antes de la venida de Jesús. «Por eso pues, ahora, dice el Señor, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios». –Joel 2:12-13. 

Rasguemos nuestros corazones amadas, no nuestras ropas. Que nuestro arrepentimiento venga desde el interior y se muestre externamente al dar frutos, y Dios que escudriña los corazones, pueda ver el dolor y arrepentimiento en ellos. ¿La promesa? Dios perdonará a su pueblo y no hay nada más hermoso, preciado que esto. Su gracia nos levanta y nos restaura una vez nos volvemos a Él y es amplio en perdonar. «Pero Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel». –Jl 3:16.

En este libro como en ningún otro se nos da una mirada de la batalla de las naciones, en el Valle de Josafat, muy lejano aún para Judá, pero cuando Jesús vuelva, separará las ovejas de los cabritos. ¡Día grande para la tierra! Día de victoria y de gozo que sus hijos hemos esperado por siglos. Nosotras esperamos ese día.

Finalmente, el Señor mismo promete ser nuestra esperanza, fortaleza y nuestra salvación (Jl 3:16). 

  • ¿Cómo hablan a tu vida hoy estas verdades? 
  • ¿Te llevan a invocar su nombre? 
  • ¿Es Dios tu fortaleza y la canción de tus días? Ven, y díselo en tus palabras.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Elba Ordeix de Reyes

Elba Ordeix de Reyes

Esposa de Roby y madre de tres hijos adultos: Gabriel, Anna Gabriela y Andrés. Abuela de Noël, Lucas, Olivia y Vera.

Anhela vivir Coram Deo, o en su Presencia cada día. Tiene pasión porque las mujeres conozcan a Dios y vivan sus vidas centradas en el Evangelio y abrazando su diseño y propósito divino en cada etapa que se encuentren.

Trabaja en Aviva Nuestros Corazones ejerciendo como Corresponsal Bíblica, ademas de contestar toda la correspondencia y mensajes de la página. También sirve en el ministerio de consejería en su iglesia local. Elba trabaja también en el ministerio de Hospitalidad en su iglesia junto a su esposo Roby Reyes, quien labora para el Ministerio Integridad y Sabiduría. 

Roby y Elba han estado casados por 34 años y juntos preparan parejas para el matrimonio y dan charlas y retiros para matrimonios. 

En sus ratos libres Elba pinta con acuarelas, lo que disfruta enormemente. Puedes encontrarla en IG en su página Elbaquarella

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