Aviva Nuestros Corazones Radio

Cantar de los cantares, día 25

Annamarie Sauter: ¿Anticipas el regreso de Jesucristo?

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Este es el clamor del corazón de todo verdadero creyente: «Ven pronto, Señor Jesús. Te anhelamos. Te buscamos a Ti. Ven rápidamente desde los montes de los aromas y llévame contigo para que nuestro amor pueda ser totalmente consumado».

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Muchas personas se preguntan por qué Dios puso el Cantar de los cantares en la Bíblia, pero si has estado con nosotras durante las últimas semanas, habrás visto que este libro nos ayuda a crecer en pasión por Jesucristo.

Hemos estado estudiando versículo a versículo el Cantar de Salomón, en esta serie titulada, «Cómo enamorarnos y permanecer enamoradas de Jesús». Aquí está Nancy con nosotras.

Nancy: Bueno, llegamos hoy al punto final, al cierre, algunas de ustedes no estaban seguras de que llegaríamos jamás, y es al final del Cantar de los cantares, al final de esta increíble historia. Estaba hablando con una señora, antes de esta sesión, que me dijo:

Todo este asunto del amor de Dios... quita el aliento. Solo me recuerda estar parada en la parte de atrás de la iglesia mirando hacia el altar, y en el otro extremo estar viendo al final del pasillo el amado que has esperado y vas caminando hacia él para casarte. Simplemente eso me deja sin aliento.

Y lo hace. Espero que eso sea algo que nunca deje de maravillarnos. Y asimismo, Padre, has sido bueno en hablarnos a través de esta serie, y abrirnos Tus caminos y Tu corazón hacia nosotras, y mostrarnos Tu increíble amor. Y ahora mientras nos acercamos a estos últimos versículos, otra vez, solo te pedimos que seas nuestro maestro Espíritu Santo, para mostrarnos Tu corazón y poder vislumbrar lo que está reservado para aquellos que te aman, para aquellos que aguardamos Tu venida. Oramos en el nombre de Jesús, Amén.

En la sesión anterior, miramos el pasaje donde la novia está preocupada por la madurez y el bienestar de su hermana pequeña, y qué podían hacer para ayudarla a crecer, para ayudarla a madurar, para ayudarla a prepararse para el matrimonio. Y ahora que llegamos al versículo 11 del capítulo 8, volvemos a este tema recurrente que ha estado en todo el trayecto a través del Cantar de los cantares, el tema de los viñedos, de la fertilidad, de los frutos.

La novia dice en el versículo 11:

«Salomón tuvo una viña en Baal-hamón: (ese es un lugar que no sabemos qué ni dónde es, ¿de acuerdo?) Él tenía una viña, la cual entregó a guardas, cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto».

Ella está hablando aquí de un viñedo que era propiedad de Salomón y que él dejó a los aparceros, y los aparceros estaban autorizados a tomar del fruto como recompensa por su trabajo. Pero a cambio de eso, para poder vivir de la tierra, ellos debían dar mil monedas de plata a Salomón, quien es el dueño de la viña. Esta descripción creo que representa las demandas de la ley. Es lo que tienes que pagar. Es un requisito de la ley, que Salomón reciba el pago de aquellos que cosechan la fruta y se benefician del fruto de sus viñedos.

Esto representa una imagen para nosotras de lo que significa trabajar bajo la ley, estando motivadas por el deber, por la obligación o por el temor a lo que ocurrirá si no se lleva a cabo lo que la ley demanda. Estas personas trabajaron en este viñedo como aparceros. Eran los guardas. Tenían un requisito que cumplir. La ley requería que trajeran estas mil monedas de plata para entregárselas al dueño de la viña. No era que él no lo merecía, era simplemente un requisito. Era una obligación a pagar.

Bueno, la relación de la novia con su amado es totalmente diferente a la de los aparceros que trabajan bajo la demanda de la ley, y esto ella lo describe en el siguiente versículo. En el versículo 12 ella dice: «Mi viña, que es mía, está delante de mí». Ahora, el versículo anterior comienza afirmando que Salomón tenía una viña. Ahora ella dice: «Tengo un viñedo. Mi propia viña está delante de mí. (Esto es mío). Las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto».

Así que ella dice, «tengo un viñedo, es mío». Pero también reconoce que separada de Salomón, no tendría nada. Él es quien le dio el viñedo. Él es quien lo ha cultivado, atendido y mantenido, y ella quiere que él reciba el beneficio y la ganancia de esa viña.

Así que ella dice, «es mi viña, pero quiero que tú, Salomón, recibas mil». Ahora, así es como dicen las traducciones: mil, pero en realidad, literalmente, debería ser «las mil». Las mil serán tuyas, Salomón. Creo que esto implica que ella quiere toda la utilidad de su viña para Salomón. Es toda suya. Es su viña. Es decir, él se la dio a ella, así que es de ella, pero ella dice, «es tuya, quiero que la tengas toda». Ella no se queda con nada para ella misma.

Y en efecto, ella está diciendo, «aunque no tenga que darte nada de este viñedo, yo quiero hacerlo. ¿Por qué debería darte menos de lo que requiere la ley?» Lo que ella está ilustrando aquí es un retrato del deleite en el amor. Le devuelves a Él no porque tienes que hacerlo, no porque tienes una obligación, sino porque lo deseas. Lo haces libremente. Lo haces voluntariamente. Su viña es realmente su vida, y ella quiere dar todo lo que tiene, todo lo que ella es a Salomón. No porque ella tiene que hacerlo, sino voluntariamente. Es un regalo que está motivado por amor, gracia y gratitud.

Y no solamente ella le entrega las mil monedas a Salomón, sino que le da las ganancias de este viñedo, pero también da un doble diezmo a aquellos que han trabajado para guardar la viña. «Y doscientas para los que guardan su fruto». Y nuevamente, aquí está la misma motivación. Ella no está haciendo esto por obligación, coerción o deber. Esto no es un requerimiento de la ley. Ella da libremente. Esto es deleite en el amor.

Ella reconoce el trabajo de ellos y su papel en ayudar a hacer que su viñedo fuera fructífero y productivo, y ella quiere que ellos recojan la recompensa por sus esfuerzos. Así que ella dice, «quiero pagarles generosamente. Quiero darles una propina generosa». Esto es más que una propina. Esta es una muy generosa respuesta para aquellos que han guardado la viña.

Así que al parecer ella no se está quedando con nada para sí misma. Ella le está entregando todas sus ganancias a Salomón, quien le dio la viña en primer lugar, pero también, está ahorrando lo suficiente para dar a quienes ayudaron a atender el viñedo.

Aquí tenemos a una mujer motivada, no por el deber, no por el miedo, sino por una alegría pura, un gozo genuino de estar relacionada con este rey que le permite disponer de este viñedo. Ella ha entregado voluntariamente todo lo que tiene, todo lo que ella es para él, y quiere que él recoja los frutos que ella ha producido para él.

Otra vez, es una imagen de cómo madura nuestro amor por Cristo. Le servimos, le damos a Él, le damos nuestras ofrendas, nuestros diezmos, nuestros dones, nuestro tiempo y a nosotras mismas, no porque tenemos que hacerlo, no porque estamos obligadas a hacerlo, sino porque lo amamos porque Él nos ha amado primero, porque Él ha sido tan generoso con nosotras, porque queremos que Él sea bendecido.

Bueno, con los versículos 13 y 14, llegamos al final de esta estrofa del Cantar de los cantares, y la novia y su amado tienen una última palabra el uno para el otro.

Ahora, cuando ves una película romántica, estás acostumbrada a estos finales increíbles donde los amantes caminan juntos en el atardecer. ¿Cierto? Es así cómo termina. Esta historia tiene un final un poco diferente. Termina con los dos amantes conscientes de que todavía están separados, y anhelando el día en que puedan estar juntos para siempre, para nunca separarse de nuevo.

Hemos visto estas últimas semanas en el Cantar de los cantares de Salomón, la historia de Cristo y Su novia. Cristo que vino a esta tierra, que buscó y compró una novia para Sí, que se dio a conocer a nosotras, pero que se marchó, volvió al cielo y nos ha dejado aquí en la tierra. Entonces, ¿dónde estamos hoy? Estamos aquí en la tierra. ¿Dónde está Cristo hoy? Cristo está en el cielo, sentado a la diestra del Padre.

Ahora, Él hizo una promesa de que volvería; que está preparando un lugar para nosotras; que Él vendrá a buscarnos; que nos llevará hacia Él. Pero ahora estamos separados. Estamos pero no estamos. Nosotros lo tenemos. Él nos ha dado un anillo de compromiso, ¿y cuál es? El sello, la garantía de nuestra herencia aún por llegar, es el Espíritu Santo. ¿Verdad? Así que tenemos esa promesa. Tenemos el Espíritu Santo que se nos ha entregado a nosotras. Pero mientras estemos aquí en la tierra en estos cuerpos, estamos ausentes del Señor a quien amamos.

Amamos a Uno; adoramos a Uno; servimos a Uno que no podemos ver, que no podemos tocar, que no podemos sentir. Lo conocemos por fe, pero todavía estamos separados. Y nuestros corazones anhelan el día en que estaremos juntos para siempre con Él en el cielo, en persona, con Él. Y ese es el anhelo que se expresa en estos dos últimos versículos del Cantar de los cantares. Déjame leerlos, y entonces hablaremos sobre ellos.

En el versículo 13, dice el amado: «Oh, tú que habitas en los huertos, (hablando con su novia) los compañeros escuchan tu voz, ¡házmela oír!»

Y luego la novia dice: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas» (v.14).

Retrocedamos un poco y miremos el versículo 13. El amado le dice a su novia: «Oh, tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz, ¡Házmela oír!» Tú que habitas en los huertos, ahora, otra vez, ¿dónde está el amado? Él está ausente.

Nuestro Amado está en el cielo. ¿Y dónde estamos nosotras? Nosotras estamos aquí en la tierra viviendo en sus jardines. Algunos más lindos que otros. Estamos guardando esta tierra como nos asignaron que hiciéramos desde el principio de Génesis y estamos esperando ese día cuando finalmente estemos en el hermoso jardín del paraíso, el paraíso restaurado. Pero en el ínterin, este es el paraíso caído, el paraíso roto. Es un jardín roto. Es un jardín con espinas y cardos. Lo atendemos, lo trabajamos y nos frustramos en él, pero es aquí donde vivimos. Nosotras vivimos en estos jardines aquí en la tierra.

Y él dice, «tú que habitas en esta tierra, aquí en estos huertos, los compañeros escuchan tu voz», y le dice a la novia: «Házmela oír». Creo que estos compañeros son otros creyentes, y que hemos visto a lo largo de este estudio. A veces eran llamadas las hijas de Jerusalén. Eran observadoras. Eran espectadoras. Y estos otros creyentes, estos compañeros que tenemos mientras habitamos en los jardines, con ellos hablamos mutuamente. Nos escuchamos mutuamente. Disfrutamos conversando unos con otros.

¿Acaso no te encanta hablar con otros creyentes sobre asuntos espirituales? Me recuerda ese versículo de Malaquías donde dice: «Los que temían al Señor hablaron entre sí». Esto es algo enriquecedor, que nosotras conversemos juntas sobre las cosas de Dios.

Y entonces Él dice, «los compañeros escuchan tu voz. Ustedes hablan entre sí. Te gusta eso». Pero entonces, ¿qué es lo que él dice? «Déjame oír tu voz». Él quiere oír su voz. Ahora, hemos visto esto antes en este Cantar, en el capítulo 2, versículo 14, donde dijo: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto». Y hablamos de lo maravilloso que eso es, que Él quería ver nuestro rostro, que Él quería escuchar nuestra voz.

Y ahora él lo repite otra vez. Es su última palabra para ella: «Déjame oír tu voz». Creo que es increíble. Nunca dejaré de asombrarme en esto que sería lo que está en Su corazón, especialmente cuando piensas en lo que normalmente hablamos con el Señor, cuántas veces nos quejamos, cuántas veces tenemos que volvernos a Él pidiendo perdón porque metimos una vez más la pata, cuántas veces vamos a Él diciendo: «Necesito esto; necesito aquello», con cuánta frecuencia hacemos preguntas tontas e infantiles.

¿Acaso cuando tu niño de tres años viene hacerte la misma pregunta, una y otra vez, no te sientes frustrada? Sí, a veces sí, pero como madre, te encanta escuchar la voz de tu hijo. ¿No es verdad? Puescomo Papá, como Padre, a Él le encanta oír nuestra voz. Como Novio, le encanta oír la voz de Su novia. Quizás pienses que Él se cansaría de escuchar nuestra voz, de oírnos.

Él que tiene a ángeles cantando en el cielo. ¿Por qué necesitaría oírnos cantar? Cuanto más años pasan, más rechinante se pone mi voz y digo, «¿por qué querrías oír mi voz». Mis oraciones son tan débiles, anémicas, pobres. Están afectadas por la pobreza. ¿Por qué Él querría escucharlas? Pero lo hace.

Esto me ha llenado de convicción en la medida en que he estado estacionada en este pasaje en las últimas semanas, pensando en cuánto tiempo paso hablando con otros sobre todo tipo de cosas, incluyendo acerca del Señor, y sin embargo, lo poco que hablo con Él.

Mi buen amigo Charles Spurgeon tiene esto que decir acerca de este versículo. Él dice:

¿Qué diría un marido si su esposa fuera muy conversadora y alegre con todos los demás, pero nunca hablara con él? Oh creyente, ¿dejarías que el Señor Jesús, con lágrimas en sus ojos te dijera, «hablas con todo el mundo menos conmigo; complaces a todos excepto a mí; eres una compañera encantadora para todos menos para mí»? Oh, amado, ¡cuán mal te hemos tratado! ¡Cuánto te hemos menospreciado! El texto viene a mí como una daga en mi alma, porque me he pasado todo el día hablándoles a otros, y han sido muy escasas las palabras para aquel que ama mi alma.

Otro escritor lo pone de esta manera: «Él desea saber de nosotros a menudo en la alabanza y la oración. ¿Estaríamos pasando mucho tiempo con los demás y muy poco tiempo con Él? ¿Estaríamos diciendo todo tipo de cosas a nuestros hermanos espirituales y fallando en derramar nuestros corazones delante de Él?»

Él dice: «Oh, tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; ¡Házmela oír!»

Luego en el versículo 14, el último versículo del Cantar de los cantares, la novia responde a su amado y ella expresa el anhelo de que él vuelva a estar junto a ella, de que ellos puedan estar unidos para siempre. Ella dice: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas».

Y amamos cada vez más esta expresión, amado mío, porque así es como ella lo llama a él en este libro. Ese es el nombre de ella para él. Es un término de afecto, un término de intimidad. No puedo evitar preguntar, otra vez, a medida que llegamos al final de este libro: ¿Reconoces a Cristo como tu Amado? ¿Lo haces? ¿Solamente sabes acerca de Él, o lo conoces? Vas a la iglesia. Hablas de Él. Cantas sobre Él. Has oído sobre Él. Conoces a otras que lo conocen. Pero, ¿tú lo conoces?

Es la diferencia entre la religión y el cristianismo. Si eres cristiana, entonces Cristo es tu Amado. Pero me temo que muchas solo lo conocen. Tienen una religión, pero no tienen a Jesús.

Una vez más, ella lo llama, «mi amado». Y entonces ella habla de estas montañas de los aromas. «Y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas». Hemos visto como las montañas surgen periódicamente a través del Cantar de los cantares, por lo menos en cuatro ocasiones.

En el capítulo 2, vimos las montañas de Beter, las montañas de la separación. Pero ahora ya no existe más distancia entre ellos, eso es lo que ella está anhelando, el día en que no habrá más separación.

Y luego en el capítulo 4, vimos los montes de los leopardos, un retrato de los grandes obstáculos que él vence por su poder.

Vimos en el capítulo 4, el monte de la mirra, un retrato de la muerte y del entierro de Cristo antes de Su resurrección.

Y ahora tenemos las montañas de los aromas. Creo que esas montañas tienen que referirse al cielo, donde Cristo está a la diestra del Padre, intercediendo por nosotras, el incienso, la oración que sube al trono del Padre, no solo las oraciones de los creyentes aquí en la tierra, las oraciones de los santos, sino también las oraciones de Cristo, las montañas de los aromas, una imagen del cielo.

Ella dice: «Estás en el cielo. Yo estoy en la tierra. Apresúrate».

Ahora, permítanme decirles que Cristo viene a Su pueblo de muchas maneras diferentes. Él viene a nosotras a través de la oración. Él viene y nos ministra a nosotras mientras intercedemos, mientras Él intercede por nosotras. Él viene a nosotras a través del ministerio de Su Espíritu. Él viene a nosotras a través del ministerio de sus ángeles. En temporadas de avivamiento en la iglesia, Él hace manifiesta Su presencia a nosotras en formas extraordinarias.

Pero ella quiere que él venga de una manera en la que nunca más exista barrera o distancia entre ellos. Este anhelo está en toda la Escritura.

El libro de los Salmos lo dice de esta manera: «Anhela mi alma, y aun ardientemente desea los atrios de JEHOVÁ; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo» (84:2).

Realmente ese es su deseo. Ahora Él nos visita de dulces maneras. Hoy nos ha visitado con Su presencia. ¿Acaso no es así? Ha sido muy dulce. Pero esperamos y anhelamos aquel día en el que estemos juntas con el Señor, con Él, en Su presencia, lejos de la presencia del pecado, nada terrenal atándonos, nada carnal atándonos, ninguna barrera entre nosotros, solo nosotras y el Señor para siempre juntos.

Y entonces ella dice, «apresúrate, no demores tu regreso». Este es el clamor del corazón de todo verdadero creyente: «Ven pronto, Señor Jesús. Te anhelamos. Te buscamos. Ven rápidamente desde los montes de los aromas y llévame contigo para que nuestro amor pueda ser totalmente consumado».

Juan de la Cruz dijo: «No puedo esperar a que la edad y los años me lleven hacia Tu presencia, porque anhelo ese día cuando pueda amarte plenamente con mayor satisfacción, sin fin y por los siglos».

Y esa es la esperanza gloriosa de la novia. Esa es mi esperanza. Esa es tu esperanza. Esa es nuestra esperanza. Esa es la esperanza de la cual el apóstol Pedro habló cuando dijo: «A quien amáis sin haberle visto». Aunque ahora no lo ves, tú crees en Él, y te regocijas grandemente con gozo inefable y glorioso. ¿Por qué? Porque sabes que Él vendrá. Sabes que lo verás. Sabes que las nubes serán removidas y estarás con el Señor para siempre.

Esa es la esperanza que nos sostendrá mientras vivamos nuestras vidas aquí en la tierra, y estemos a la espera de la consumación final de nuestro matrimonio con el Señor Jesús, nuestro Novio celestial.

Un escritor describe lo que sucede en el corazón de la novia en este momento, y quiero leerte algunos de estos párrafos en la medida en que llevamos esta serie a su final. Él dice:

En este punto ella experimenta algo similar a una gota perdiéndose en el océano, mezclándose profundamente y cada vez más profundo con el amor de Cristo. Parece que queda muy poco en el reino de la tierra excepto el cuerpo físico. Los afectos de su corazón están en otro mundo.

Por lo tanto, no es de extrañar que ella grita con urgencia: «Apresúrate, amado mío, y sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre las montañas de los aromas, así que desciende con Tu reino glorioso. A pesar de lo pleno y maduro que mi amor se ha vuelto por Ti, aun así, existe algo más, que solo puede ser satisfecho por Tu venida.

Entonces la fe se convertirá en vista y las oraciones serán alabanzas para siempre. El amor alcanzará su punto más alto y será liberado de las sombras de las nubes. Entonces delante de Ti, te serviré y te adoraré en un estado libre de pecado.

¡Qué día será ese! Así que, Señor Jesús, apresúrate. Ven pronto. Aun así, ven, Señor Jesús. Y hasta que llegue ese día glorioso, que mi jardín continuamente produzca frutos para el deleite de Tu corazón» (Watchman Nee).

Oh Señor, unimos nuestros corazones con ese escritor y con otras personas y con esta novia sulamita, orando para que te apresures; para que vengas pronto; que tu novia esté lista; que seamos delante de Ti una novia radiante y santa. Que nuestro caminar alcance la altura y suba hasta ese día perfecto cuando te veamos cara a cara, cuando el matrimonio sea finalmente consumado. Y encerradas en ese abrazo por toda la eternidad, digamos, «si alguna vez te he amado mi Jesús, es ahora». Amén.

Annamarie: Has estado escuchando a Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la conclusión de la serie, «Cómo enamorarnos y permanecer enamoradas de Jesús». Nancy nos ha estado describiendo el anhelo de cada creyente, por el regreso de su rey Jesucristo.

Esperamos que estas semanas sumergidas en el Cantar de los cantares hayan avivado tu pasión por Jesús, tu amor y devoción por Él. Si te perdiste cualquiera de los programas anteriores, o quieres compartir esta serie con otras mujeres, visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com. Allí encontrarás tanto los audios como las transcripciones de esta y series anteriores.

Nancy: Y cuando nos visites, asegurate de suscribirte para recibir el correo diario, nuestra «Conexión diaria». ¡Es fácil!

Annamarie: El lunes, acompáñanos en un próximo programa donde estaremos viendo el impacto que orar por seis mil mujeres tuvo en la vida de un hombre.

Ron Kasik: Muchas, muchas veces la petición es algo como, «Dios, no sé cómo orar. Espíritu, guíame en esto». Esos son momentos dulces en los que dependes totalmente del Espíritu de Dios para orar las palabras que Dios quiere escuchar.

Annamarie:Te animamos a participar activamente en tu iglesia local y a reencontrarte con nosotras el lunes, para una nueva entrega de Aviva Nuestros Corazones.

Contemplando la belleza del evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Hazlo personal

Día 25- Amor maduro 6: Déjame oír Tu voz
(Cantar de los cantares 8:11-14)

Escuchar programa #25:

  1. ¿Qué motiva tu servicio al Señor? ¿Te motiva el temor, el deber, el amor, o algo más?
  2. ¿Es el deseo de tu corazón vivir una vida abundante para complacer y satisfacer a tu Esposo celestial? Exprésale ese anhelo a Él.
  3. «El amado le dice a su novia: tú, que moras en los huertos, mis compañeros están atentos a tu voz; déjame que la oiga» (8:13). ¿Estás satisfecha con la cantidad de tiempo que pasas regularmente escuchando y hablando con el Señor (a través de Su Palabra y la oración)? Si no lo estás, ¿qué ajustes podrías hacer que te permitan tener más tiempo para cultivar tu relación con Él?
  4. La novia en el Cantar de los cantares está ansiosa por el regreso de su amado, «Apresúrate, amado mío. . . » (8:14) ¿Estás ansiando el regreso de Jesús por Su novia? ¿Qué diferencia haría esta expectativa y este anhelo en tu vida de servicio hasta Su venida? ¿Eres una novia que está lista?

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la serie de radio.

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