Carta a la joven que no puede perdonarse a sí misma

Querida joven que no puede perdonarse a sí misma,

Sé que te sientes prisionera de ese momento y no puedes creer que fueras capaz de caer tan bajo y pecar de tal manera. Sí, cada vez que te acuerdas, a tu mente saltan las mismas preguntas: “¿qué me pasó?, ¿en qué estaba pensando?”. Aunque todo luzca normal a la luz del sol, por dentro las tinieblas arropan tu alma. Te odias por lo que hiciste y quieres castigar al monstruo que llevas dentro.

A ti que estás huyendo de ti misma, con la culpabilidad como tu única compañera, a ti te quiero hablar. Quiero decirte que esta agonía que no te deja conciliar el sueño, es solo un gran malentendido. En esta historia de terror hay una culpable (esa eres tú), pero también hay un juez y un abogado. ¿Te has dado cuenta de que estás intentando jugar todos estos papeles? ¿Cómo es posible que vayas a un juicio, te sientes en la banca para confesar, luego bajes al estrado a defenderte y luego te sientes en la silla del juez a dar un veredicto? ¿No te parece eso imposible?

Esa es la raíz de todo este dolor que llevas por dentro. Crees que la ofendida eres tú y por eso te sientes con el derecho de tomar este juicio en tus manos. Lamento decirte que tu falta es mucho más grande de lo que te imaginas, porque no fue cometida primordialmente contra ti misma. Fue cometida contra Dios. Toda transgresión humana es realizada contra un Dios tres veces santo. (Salmos 51:4) De manera que, en lugar de quedarte en la cueva de tu auto-justicia (Rom 3:10-11), en realidad deberías correr. Y puedes preguntarte, “¿a dónde voy a correr si Dios aborrece el pecado?, ¿cómo puedo escapar de la ira de Dios?”. (Salmos 7:11)

La respuesta a esa pregunta es la solución al mayor problema de los seres humanos. No existe forma alguna en la que puedas librarte del juicio del pecado por tu propio esfuerzo. Necesitas ayuda de Dios mismo.

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Romanos 5:8

Es probable que pienses que, si no has podido perdonarte a ti misma después de lo que hiciste, ¿cómo Dios puede hacerlo? Tú no has podido ni podrás hacerlo porque no eres Dios. Solo Dios ha provisto la solución para el perdón de pecados. Cristo se encarnó, vivió la vida perfecta que ni tú ni yo hemos sido capaces de vivir, recibió el castigo que merecíamos en la cruz, y venció la muerte. (Isaías 53:5) Cristo ganó toda la aprobación de Dios (la que siempre has intentado ganar con ser una niña buena) en lugar del pecador. ¡Esta verdad no deja de asombrarme!

No puedes perdonarte a ti misma porque no eres Dios; solo en Cristo se obtiene el perdón absoluto de los pecados.

Entonces, sigamos aclarando el malentendido. Volvamos al juicio otra vez. Estás en el banco de los acusados, está el Padre en la silla del juez y el abogado es Jesús. Él, más que defender tu causa, te toma de la mano y se sienta en el lugar que te corresponde a ti y te ofrece un costoso intercambio. Su vida perfecta por la tuya. Imagínate que abren la puerta y que sales en libertad. ¿No te parece increíble? Dios mismo tomó tu condenación en la cruz y te perdonó. (Romanos 8:1)

Sigamos con la historia. Saliste en libertad, el Hijo de Dios tomó tu castigo, Él venció la muerte. Pero no se quedó ahí. En el pasillo, Él te tomó de la mano y te dijo “vamos a casa”. Jesús te trajo de vuelta al Padre (¡el juez!), el cual te recibió en sus brazos y te adoptó en su familia. (Romanos 8:15) Ahora eres coheredera en Cristo. (Romanos 8:16-17)

Así que, si preguntabas a donde podías correr de la ira de Dios, la respuesta es: a Jesús. Él es el camino al Padre y la única solución para el pecado que te atormenta. Desecha los sentimientos de culpabilidad, y reemplázalos con un genuino arrepentimiento. Desecha los trapos de auto-justicia que tienes puestos y vístete de la justicia de Cristo. (Romanos 5:1)

Quita tus ojos del espejo y mira a Cristo. Llénate de su Verdad y deja que su Palabra abunde en tu corazón.

¿Te das cuenta que todo era un gran malentendido? Solo Dios puede otorgar el perdón de los pecados. Ya puedes descansar porque Él llevó esa carga que te pesaba tanto.

Conocer su amor y recibir su perdón no nos deja con los brazos cruzados, ignorando el daño que le hemos hecho a otros. Hay que recordar que hemos sido justificadas delante de Dios nos da la libertad de confesar nuestros pecados unos a otros, porque nuestra identidad no se alimenta de nuestro pasado; sino de la obra perfecta de Cristo en nuestro favor. El perdón que has recibido te empuja a pedir perdón a los que has dañado y restituir las faltas contra otros, sabiendo que eres aceptada y amada en Cristo.  (Santiago 5:16)

Cuanto quisiera abrazarte y decirte que no hay pecado que pueda superar el poder de la sangre de Cristo y que no hay hoyo tan profundo del cual la gracia de Dios no pueda rescatarte. Pero, no puedo porque no estoy allí a tu lado. Así que pido que te acerques a tu madre, a una mujer madura en la fe, o a tus pastores. Dios nos ha regalado la iglesia local para que no caminemos solas y para que recibamos su amor a través de abrazos reales de la familia de la fe.

Con amor, tu hermana en Cristo,

Betsy

PD: Si quieres ampliar en este tema te recomiendo leer esta publicación.

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Sobre el autor

Betsy Gómez

Betsy Gómez

Hija y sierva de Dios por gracia, esposa de Moisés, madre de Josué y Samuel, portadora de un ferviente anhelo por llevar el evangelio a las siguientes generaciones. Forma parte del ministerio para mujeres Aviva Nuestros Corazones, administrando los blogs Mujer Verdadera y Joven Verdadera. Además supervisa el área de Media. Actualmente está cursando un M.A. en Ministerio a Mujeres en el Southeastern Baptist Theological Seminary. Escribe en Aviva Nuestros Corazones, en su blog personal y contribuye en Coalición por el Evangelio.

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