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¿Cómo podría Dios perdonar todo lo que he hecho?

R: «¿Por dónde empiezo?». Esa fue la pregunta con la que Krista escribió a Revive Our Hearts.

Durante muchos años, Krista cargó con el peso del pecado y la culpa.

«En mis últimos años de preparatoria participé en actos sexuales. Me decía a mí misma que estaba bien porque nunca llegué a “tener relaciones sexuales completas”, pero en mi corazón sabía que estaba mal. Llegaba a casa y, literalmente, me restregaba la piel en la regadera hasta dejarla en carne viva. Quería lavar la vergüenza de mi propio pecado, porque no entendía que ¡Jesús ya lo había hecho por mí!».

En su carta, Krista contó que comenzó a beber con sus amigos y a acostarse con su novio. Quedó embarazada de manera inesperada y consideró seriamente abortar. Aunque finalmente decidió tener a su bebé, y ella y su novio se casaron, siguió luchando. Krista estaba llena de amargura hacia su esposo, desilusionada con su fe y lista para divorciarse. 

Puede que tu historia no se parezca exactamente a la de Krista. Quizá nunca enfrentaste un embarazo inesperado o una relación sexual fuera del matrimonio. Pero todas sabemos lo que es cargar con algo que desearíamos borrar. Ese momento del que nadie sabe. Esa decisión que todavía nos avergüenza. Ese pecado que pensamos: «Si alguien supiera esto, jamás volvería a verme igual».

El peso de los pecados del pasado (o incluso de las luchas del presente) puede sentirse increíblemente abrumador. Al igual que Krista, quizá vives con culpa por pecados sexuales del pasado. Tal vez también enfrentaste un embarazo no planeado, pero tomaste una decisión diferente y ahora cargas con una culpa que no deja de perseguirte. Quizá llevas sobre tus hombros la vergüenza de una relación que fracasó, una mala decisión financiera o algún otro patrón de pecado. O tal vez una tentación te atrae con tanta fuerza que temes no poder vencerla jamás. Es posible que dudes de que la gracia de Dios sea suficiente para cubrir tus fracasos repetidos.

Una deuda imposible de pagar

Pecamos cuando dejamos de hacer lo que Dios dice que debemos hacer o cuando hacemos aquello que Él nos prohíbe. Muchas veces pensamos que el pecado consiste únicamente en hacer cosas malas. Pero la Biblia va mucho más profundo. También pecamos cuando vivimos independientemente de Dios, cuando amamos más Sus regalos que a Él o cuando buscamos nuestra identidad fuera de Cristo. También pecamos cuando hacemos lo correcto con un corazón equivocado, cuando deseamos lo que no debemos.

Como Dios es santo, no puede tolerar nuestro pecado. Nuestro pecado nos separa de Él. Y esa separación puede hacer que el peso de nuestra culpa se sienta insoportable.

Puesto que «todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro. 3:23), todos necesitamos ser reconciliados con Dios. Porque Dios nos ama (Jn. 3:16), se deleita en mostrarnos misericordia (Heb. 4:16). Pero, porque Dios es justo, no puede simplemente pasar por alto nuestro pecado ni hacer como si nunca hubiera existido.

Romanos 6:23 nos revela que el pecado tiene un alto costo: «Porque la paga del pecado es muerte». La deuda de nuestro pecado tiene que ser pagada.

Dios podría haber exigido que nosotros mismos pagáramos esa deuda, y habría sido completamente justo al hacerlo. Sin embargo, envió a Su santo Hijo, Jesús, quien no tenía ninguna deuda propia, para asumir la nuestra y, por medio de Su muerte, pagar el castigo que se requería.

Nuestra deuda —todo lo que debíamos— fue puesta sobre Jesucristo cuando Él entregó Su vida en la cruz.

Como declara 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él».

Los teólogos llaman a esto el gran intercambio. Cristo tomó nuestro pecado para darnos Su justicia. Él recibió el castigo que nosotros merecíamos para que recibiéramos la aceptación que solo Él merecía.

Quienes confían en Jesús —no en sí mismos, ni en sus obras religiosas, ni en sus esfuerzos, ni en sus actos de penitencia, ni en sus buenas obras, sino en Cristo como Aquel que llevó su culpa y ocupó su lugar— son declarados libres de toda deuda delante del Dios santo.

El sacrificio de Cristo en el Calvario es suficiente para perdonar todo pecado que haya sido cometido, incluso el tuyo. Él compró el perdón para ti y te lo ofrece como un regalo.

Si tu propio pecado te parece imperdonable, pregúntate: ¿estás descansando en el poder y en la promesa de Dios de perdonar, o estás tratando de ganarte Su misericordia con tus propias fuerzas?

Se necesita fe para decir: «No puedo ganar el perdón de Dios. Aceptaré lo que Cristo hizo como el pago suficiente por mi pecado».

Si te sientes aplastada por el peso de tu pecado, pídele a Dios que te conceda la fe para creer que Él ya hizo todo lo necesario para cancelar esa deuda y quitar esa carga.

Saca el pecado a la luz

Aunque no puedes ganarte el perdón, la Palabra de Dios te llama a arrepentirte y a ser honesta con Él, reconociendo voluntariamente tu pecado y pidiendo Su gracia. El pecado crece mejor en la oscuridad. La vergüenza nos convence de esconderlo, pero el evangelio nos invita a traerlo a la luz.

«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad». -1 Juan 1:9

En lugar de simplemente pedirle a Dios que te ayude a ser una mejor persona, el arrepentimiento implica estar de acuerdo con Él acerca de la gravedad de tu pecado y confesarlo cuando has pecado contra Él.

La Escritura también anima a los seguidores de Cristo a confesar nuestros pecados unos a otros, para ayudarnos a rendir cuentas mutuamente y sacar a la luz aquello que ha permanecido oculto (Stg. 5:16).

Cuando Krista aceptó el perdón de Cristo, incluso por los pecados que más la atormentaban, experimentó una verdadera libertad.

«Cuando miro hacia atrás y veo dónde estaba… ¡simplemente puedo decir: wow, Dios! Él me libró del aborto, del divorcio, del dolor y de las relaciones rotas; me sacó de una vida marcada por la inseguridad y la vergüenza para llevarme a una vida de restauración, donde ya no necesito demostrar mi valor, porque Cristo tomó sobre Sí toda mi vergüenza y todo mi pecado, porque me ama. ¡Dios me ama! ¡Eso es todo lo que necesito! Ya no busco mi gozo ni mi satisfacción en las personas. Solo en Dios. Gracias a la obra de Cristo, Dios es lo único que podrá darme verdadera paz, gozo y plenitud».

La historia de Krista no es extraordinaria porque ella logró cambiar su vida. Es extraordinaria porque Cristo hizo por ella lo que ella jamás habría podido hacer por sí misma.

Esa misma gracia sigue estando disponible hoy. No importa cuán grande sea tu pecado. La cruz siempre será más grande.

Nunca podrías ganar este regalo, pero sí puedes responder arrepintiéndote de tu pecado, pidiéndole a Dios que te ayude a apartarte de él y a caminar en justicia, y alabándolo por la misericordia que ha tenido contigo.

BUSCA RESPUESTAS EN LA PALABRA DE DIOS

  • Isaías 1:18
  • Hechos 3:18–21
  • Efesios 1:7–8

Te invitamos a alabar al Señor por el regalo de Su perdón con este canto: Glorioso intercambio.

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