Cuando hablamos de «esperar», casi siempre pensamos en esperar al hombre correcto.
Y sí, quizá algunas de ustedes están en esa temporada. Pero honestamente, esa no es la única espera que enfrentamos. Ni siquiera diría que es la más importante; es una de las importantes.
Hay otras esperas relacionadas con nuestro futuro, nuestros sueños, nuestras decisiones y nuestro propósito. Esperas que pueden sentirse largas, incómodas y hasta injustas. Déjame contarte una de las mías.
¿Recuerdas qué querías ser cuando fueras grande?
Tal vez maestra, doctora, astronauta, cantante, veterinaria o algo completamente diferente.
Si hoy estás estudiando o trabajando en aquello que soñabas desde niña, ¡qué bendición! Pero si no es así, quiero que sepas que no estás sola.
La verdad es que yo nunca tuve muy claro qué quería para mi futuro. Pasé por muchas etapas: quería ser cantante, chef, conductora, dentista, actuaria... pero nunca hubo algo que realmente definiera mi camino.
Mis papás querían darme herramientas para ser independiente lo antes posible. Ambos estaban enfermos y, creo que por amor y por temor a que algún día faltaran, me impulsaron a estudiar una carrera comercial al terminar la secundaria. Para mí fue una catástrofe.
Era una estudiante aplicada y soñaba con seguir estudiando. De repente, sentí que mi camino se había reducido. Mientras otras jóvenes se preparaban para la preparatoria y la universidad, yo estaba estudiando para convertirme en secretaria.
Y ahí comenzó mi temporada de espera.
Por la gracia de Dios terminé esa carrera un año antes que mis compañeras, pero mi corazón estaba lejos de estar agradecido. Lo único que podía ver era lo que no tenía. Mientras otras avanzaban hacia los planes que deseaban, yo sentía que mi vida había tomado un rumbo que nunca elegí.
Pasaron los años, ocho para ser exacta.
Ocho años viendo cómo otras personas parecían avanzar más rápido que yo, preguntándome si algún día tendría la oportunidad que tanto deseaba y creyendo que mi historia estaba retrasada
Mirando atrás, puedo reconocer algo que en ese momento no veía. Dios no me dejó sola durante esa espera. Él fue paciente con mis quejas, con mis comparaciones y con mi tendencia a medir Su bondad por las oportunidades que tenía o dejaba de tener.
Muchas veces luché con la envida al ver cómo otras personas alcanzaban metas que yo anhelaba. Hubo momentos en los que cuestioné si Dios realmente sabía lo que estaba haciendo, sin embargo, una y otra vez, Él me recordaba a través de Su Palabra que Su amor por mí no se basaba en la velocidad con la que avanzara hacia mis metas.
Poco a poco, Dios comenzó a exponer los ídolos en mi corazón. Me mostró cuánto valor estaba encontrando en mis planes, en mis expectativas y en una idea muy específica de cómo debía verse mi futuro. También me enseñó que la verdadera seguridad no se encuentra fuera de pertenecer a Cristo.
Lo que entonces parecía un retraso empezó a convertirse en una «escuela de dependencia». Dios estaba usando la espera para enseñarme a confiar en Él cuando no entendía Sus caminos, a descansar en Su soberanía y a creer que seguía siendo bueno aunque no me daba lo que yo quería en el momento que lo quería.
Finalmente, llegó la oportunidad. Conseguí el trabajo que siempre había querido y estudié la carrera de Derecho. Terminé los estudios, pero nunca imaginé lo que vendría después.
Aquí viene la parte curiosa de la historia… ¿lista?
No ejerzo la abogacía. Y sigo siendo secretaria.
Durante mucho tiempo lo había considerado un fracaso, y hoy lo veo de una manera completamente diferente porque entiendo algo que no podía ver mientras esperaba: Dios nunca estuvo retrasando mi vida, Él estaba obrando.
Mientras yo estaba enfocada en llegar a una meta; Dios estaba interesado en algo más profundo. Mientras yo pensaba en títulos, puestos y logros; Él estaba trabajando en mi carácter. Mientras yo veía una demora; Él veía una oportunidad para enseñarme a confiar en Él.
Porque el propósito de Dios nunca fue solamente llevarme a una carrera. Su propósito era llevarme a Cristo.
Y esa es una verdad que aplica a todas nuestras temporadas de espera. No estamos esperando simplemente una carrera, un esposo, una oportunidad o una respuesta. En realidad, estamos esperando que Dios cumpla Sus propósitos en Su tiempo, y mientras esperamos, Él nos está transformando, enseñando y formando para Su gloria.
Por eso amo tanto las palabras de Jeremías 29:11: «“Porque Yo sé los planes que tengo para ustedes”, declara el Señor, “planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza”».
Este versículo no promete que todo saldrá exactamente como imaginamos. Tampoco promete que tendremos cada cosa que deseamos en el momento que la deseamos. Lo que sí promete es que Dios tiene un propósito y que ese propósito es bueno.
A veces pensamos que la esperanza está al final de la espera, que llegará cuando consigamos el trabajo, entremos a la universidad, encontremos nuestra vocación o alcancemos cierta meta, pero la esperanza cristiana no está en ninguna de esas cosas. Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo.
La mayor evidencia del amor de Dios no es que nuestros planes se cumplan exactamente como imaginamos. La mayor evidencia es que Él entregó a Su Hijo para salvarnos y llevarnos a una relación con Él.
Joven, tal vez hoy estás esperando; esperando saber qué estudiar, esperando una oportunidad, esperando que Dios te muestre el siguiente paso, esperando que algo tenga sentido o simplemente entender lo que Dios está haciendo.
Y sí, esperar puede ser difícil. Puede ser frustrante, incómodo e incierto; pero mientras esperas, recuerda esto: Dios nunca está perdiendo el tiempo. Aunque tú no veas movimiento, Él sigue obrando; aunque tú no entiendas el proceso, Él sigue guiando la historia; aunque tus planes parezcan detenidos, los Suyos siguen avanzando.
Y si Sus planes son para tu bien, entonces puedes confiar en que incluso esta temporada tiene un propósito. La pregunta es: ¿lo crees?
Mirando hacia atrás, puedo ver que aquello que consideré una demora fue, en realidad, una muestra de la paciencia y la bondad de Dios. Él sabía exactamentente dónde quería llevarme y también sabía quién necesitaba que yo fuera cuando llegara allí.
Por eso, si hoy te encuentras en una temporada de espera, no la desperdicies deseando estar en otro lugar. Dios puede hacer en esos momentos una obra que no podría realizar de ninguna otra manera. Sus tiempos son perfectos, Sus planes son buenos y Su propósito siempre es mayor de lo que alcanzamos a ver.
Como nos recuerda Proverbios 3:5-6: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas».
No necesitas tener todas las respuestas para avanzar. Solo necesitas confiar en Aquel que sí las tiene. El mismo Dios que dirige tus pasos conoce tu futuro, sostiene tu presente y promete acompañarte en cada etapa del camino.
Eso fue lo que Él hizo conmigo durante aquellos ocho años. Yo pensaba que la espera se trataba de llegar a una meta. Dios sabía que se trataba de algo más profundo; mientras yo estaba preocupada por dónde estaría en el futuro, Él estaba transformando quién era en el presente.
Amada, Dios no está comprometido solamente con llevarnos a un destino; está comprometido con hacernos semejantes a Cristo. Por eso, no desperdicies tu espera pensando en lo que «no tienes». Pregúntate también lo que Dios está haciendo en ti hoy ¿Te está enseñando a depender más de Él? ¿Está revelando áreas de tu corazón que debes rendir? ¿Está fortaleciendo tu fe? ¿Está mostrándote que tu seguridad nunca estuvo en un plan, sino en Cristo?
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