Si viste los Juegos Olímpicos en su última edición , seguramente te acostumbraste a esa cobertura donde todo pasa al mismo tiempo: pantalla dividida, repeticiones instantáneas, comentaristas analizando cada movimiento y reacciones en tiempo real.

Pero imagina por un momento que hicieran eso con tu vida.

Llegas a la iglesia un domingo por la mañana. Te bajas del carro. Entras al salón. Y de pronto aparecen comentaristas narrando cada detalle.

«Ahí va otra vez». «Parece que sigue soltera». «Quizá si cambiara esto…». «Tal vez debería intentar aquello».

Ridículo… pero si eres una mujer soltera, probablemente sabes que no está tan lejos de la realidad.

A veces parece que todos tienen algo que decir sobre tu historia, padres que preguntan con buena intención, amigas que quieren ayudarte, familiares que hacen comentarios casuales, personas que convierten cada decisión en una estrategia para dejar de estar soltera.

Y aunque algunas voces vienen desde el amor y realmente quieren tu bien, otras llegan como comentaristas deportivos que hablan desde la banca; tienen muchas opiniones, pero no necesariamente entienden el peso de lo que estás viviendo.

Quizá te han dicho cosas como: «Cuando dejes de buscar, llegará», «Solo necesitas estar completamente satisfecha en Dios», «Todavía no es tu tiempo», «Tal vez deberías salir más», «¿Ya intentaste…?».

Y aunque esas frases suelen nacer de buenas intenciones, a veces terminan dejando una sensación difícil de explicar: como si hubiera una fórmula que todavía no descubriste. Como si estuvieras haciendo algo mal. Como si esta temporada necesitara ser corregida.

Pero ¿y si el contentamiento no fuera una meta que alcanzas para desbloquear la siguiente etapa?

Durante mucho tiempo algunas mujeres han sentido presión por llegar a ese supuesto lugar donde finalmente ya no desean el matrimonio y entonces —como premio espiritual— Dios responde; pero eso no es contentamiento bíblico.

El contentamiento no es dejar de desear algo bueno. Tampoco es llegar a una versión tan madura de ti misma que ya nada te duela. Es aprender a volver a Cristo una y otra vez.

Hay días donde descansas y hay días donde preguntas; hay días donde estás agradecida, y hay días donde lloras porque algo sigue sin llegar. Eso no significa que estás fallando espiritualmente.

Pablo escribió que había aprendido el secreto del contentamiento (Flp. 4:11–12). Aprender implica proceso, implica volver, implica dependencia. Tal vez el regalo escondido de esta temporada no sea dejar de querer ciertas cosas, sino descubrir que Jesús puede sostenerte incluso mientras las sigues esperando.

Pero hay otro tipo de comentario que puede doler todavía más, cuando alguien te hace sentir que eres un problema que necesita solución, insinúan: «Eres tan increíble… no entiendo por qué sigues soltera».

Y debajo de eso aparece la idea silenciosa: «Debe haber algo mal».

Entonces llegan las recomendaciones: «Cambia esto, haz aquello, involúcrate más, mejora esto otro». Hay una diferencia enorme entre crecer porque el Espíritu Santo nos está moldeando y vivir intentando arreglarnos para sentir que finalmente merecemos una vida distinta.

Tu estado civil nunca ha sido la medida de tu valor.

  • Ya fuiste escogida.
  • Ya fuiste amada.
  • Ya perteneces a Cristo.

Y mientras Él sigue obrando en ti, puedes descansar sabiendo que no estás atrasada.

Quizá también vale la pena recordar algo más: muchas veces quienes hacen más preguntas también están viviendo sus propios duelos. Tal vez tus papás imaginaron otra historia para ti. Tal vez soñaban con bodas, con nietos o con ver ciertas cosas suceder en un momento diferente. Y quizá, aunque no siempre sepan expresarlo bien, también están aprendiendo —igual que tú— a confiar en que Dios sigue siendo bueno incluso cuando la vida no se ve como esperaban.

Pensar en eso puede cambiar la manera en que respondes. Porque ya no respondes desde la defensa ni desde la necesidad de justificar tu historia. Respondes desde la gracia. Recordando esta verdad sencilla y profunda: «El Señor es mi pastor, nada me faltará» (Sal. 23:1).

Nada.

No porque Dios haya prometido darnos exactamente todo lo que imaginamos, sino porque nunca deja de dar lo que verdaderamente necesitamos.

Así que antes de apagar todas las voces y decidir que ya no quieres escuchar a nadie, quizá puedes hacer una pausa. Escucha con discernimiento. Recibe lo que venga desde el amor de Dios. Suelta lo que nazca de expectativas humanas. Y vuelve una vez más a la única voz que realmente define tu historia.

Tu vida no está en pausa. Tu historia no está llegando tarde. Cristo está presente aquí. Y si Él es suficiente para esta temporada, entonces esta temporada también tiene propósito.

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Sobre el autor

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Katie Laitkep

Katie trabajaba como maestra en un hospital cuando Dios la llamó a unirse a Revive Our Hearts como escritora del personal. Su sitio web, apatientprocess.com, es un registro de la fidelidad del Señor en las enfermedades crónicas, porque incluso en … leer más …

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