Comenzó como una conversación normal en medio de un día cualquiera de trabajo.
Dos minutos después de que mi amiga entró en la habitación, ya estábamos a mitad de una historia sobre lo terrible que había sido su cita del fin de semana. Entre bocados de comida recalentada, se inclinó sobre la mesa y me preguntó: «Esto es ridículo… Si se supone que debemos orar por todo, entonces voy a empezar a orar por un esposo. ¿Qué te parece? ¿Está bien pedir algo así?».
Han pasado años desde que escuché esa pregunta por primera vez, pero recientemente volvió a mi memoria mientras conversaba con Asheritah Ciuciu acerca de su libro Prayers of REST (solo disponible en inglés), una colección de 365 oraciones escritas alrededor de necesidades reales y luchas comunes. Le pregunté qué pensaba sobre hacer oraciones específicas.
Su respuesta me sorprendió por lo sencilla y cercana que fue.
«Durante mucho tiempo» —me dijo— «evitaba orar con demasiada especificidad porque tenía miedo de estar pidiendo las cosas equivocadas». Ella se preguntaba si sus oraciones realmente estaban alineadas con la voluntad de Dios y, como resultado, terminaba haciendo oraciones generales, seguras, distantes.
Algo como: «Dios, necesito tomar una decisión… hágase Tu voluntad».
Pero cuando abrimos las Escrituras encontramos una invitación distinta. Las oraciones de Jesús, los Salmos, las conversaciones sinceras de hombres y mujeres con Dios. Todo parece mostrarnos que Él no espera que lleguemos con discursos impecables ni con peticiones cuidadosamente editadas. Nos invita a acercarnos con lo que realmente está ocurriendo en nuestra vida.
- Con los detalles.
- Con las preguntas.
- Con los deseos.
Incluso con las emociones que nos avergüenza admitir. Dios no se intimida con nuestra humanidad; podemos acercarnos y decir: «Señor, si soy honesta, estoy enojada». O: «Estoy luchando con celos». O: «No entiendo por qué esto me duele tanto».
Y aun cuando ni siquiera encontramos palabras para explicarlo, el Espíritu Santo intercede por nosotras en nuestra debilidad (Ro. 8:26).
Hay algo profundamente liberador en descubrir que la oración no comienza con respuestas correctas, sino con honestidad. Asheritah explica que comenzó a practicar una forma distinta de orar. En lugar de llegar inmediatamente con peticiones y terminar rápido con un «amén», aprendió primero a detenerse y recordar quién es Dios.
Porque con demasiada frecuencia sufrimos una especie de amnesia espiritual.
- Olvidamos cómo ha sido fiel.
- Olvidamos cómo ha sostenido nuestra vida.
- Olvidamos que Su carácter permanece igual aun cuando nuestras circunstancias todavía no cambian.
Y entonces la oración deja de ser una lista de necesidades y se convierte otra vez en un encuentro.
A veces basta una oración sencilla: «Dios, Tú eres bueno». «Gracias porque estás cerca». «Gracias porque no retienes nada que sea verdaderamente bueno».
Desde ese lugar de confianza podemos hablar con libertad acerca de nuestras necesidades. Podemos decir: «Señor, esto me duele», y podemos pedir algo específico. Podemos reconocer miedo, tristeza, desconfianza o cansancio; podemos confesar cuando sentimos que Dios está reteniéndonos algo o cuando sospechamos de Su bondad; y también podemos pedir con sinceridad: «Si esto es bueno y está dentro de Tu voluntad, ábreme la puerta en el tiempo correcto».
Muchas veces pensamos que expresar deseo delante de Dios demuestra poca fe, cuando en realidad puede ser una expresión de dependencia; sin embargo, quizás lo más desafiante viene después.
Porque muchas de nosotras sabemos pedir… pero pocas sabemos permanecer.
Sin embargo, la Escritura una y otra vez nos invita a algo diferente: «Estén quietos y sepan que Yo soy Dios» (Sal. 46:10), «En arrepentimiento y reposo serán salvos» (Is. 30:15), «Mis ovejas oyen Mi voz» (Jn. 10:27).
Queremos escuchar a Dios, buscamos Su dirección y ansiamos claridad, pero vivimos tan rápido que casi nunca nos quedamos quietas el tiempo suficiente para recordar que también somos amadas.
Tal vez una de las formas más profundas de oración sea simplemente permanecer delante de Dios sin apresurarnos a llenar cada espacio, sino dejar que Su presencia nos alcance, y entonces descansar, escuchar y finalmente confiar.
- Confiar en que Dios sigue siendo quien dijo ser.
- Confiar en que hará lo que prometió hacer.
- Confiar en que si hoy algo no está en nuestras manos, sigue estando en las Suyas.
Porque muchas veces entregamos algo al Señor… y dos horas después volvemos a preocuparnos. Tal vez en esos momentos no necesitamos condenarnos ni empezar desde cero; quizás solo necesitamos volver a decir: «Señor, esto sigue siendo difícil para mí, pero elijo confiar otra vez».
Y descansar una vez más.
Que este versículo también se convierta en el himno de tu corazón: «En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación» (Sal.62:1).
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