Cuando la debilidad se siente más grande que yo

Creo que todas podemos estar de acuerdo en que la debilidad es común al ser humano, ¿no es así? Nuestra salud atestigua esto. El cansancio cotidiano, las luchas emocionales, las grietas de nuestro carácter, los temores al lidiar con los cambios, la fragilidad de nuestra fe en Dios, y en general, el no poder controlar absolutamente nada. Somos débiles y dependientes del Todopoderoso. 

Es cierto que tenemos diversas flaquezas y, dependiendo de la estación de vida en la que nos encontremos, las sentiremos con más intensidad o a veces con menos. Cuando entramos a una nueva escuela, cuando intentamos adaptarnos a un nuevo trabajo, cuando se nos muere un ser querido, cuando se divorcian nuestros padres, cuando tenemos una enfermedad que no quiere ceder, cuando lidiamos con desánimo, ansiedad, preocupación, depresión… es en momentos como esos cuando la debilidad se siente más grande que nosotras. Pero tenemos un Dios más grande que lo que cualquiera de estas pruebas pudiera significar. Somos débiles, pero Él es infinitamente fuerte.

En la Palabra escrita de Dios nos encontramos con varios personajes que batallaron con debilidades similares a las nuestras. Algunos de ellos son: Elías, quien huyó y deseó morir (1 Reyes 19); David, cuyo registro de sus múltiples lamentos los encontramos en el Libro de los Salmos; Juan el Bautista, a quien encarcelaron por profetizar la verdad y dudó que Cristo era el Mesías (Lc. 7:20), entre otros. 

El apóstol Pablo también luchó con una situación aflictiva y repetitiva en su vida que lo debilitaba significativamente. Leamos su narración en 2 Corintios 12:7-10:

«Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca. Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. Y Él me ha dicho: “Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, con muchísimo gustome gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (énfasis añadido).

Hay varias lecciones que podemos sacar de este pasaje relacionado con nuestras debilidades. Permítanme plantearlo con algunas preguntas:

  1. ¿Cuál es la razón de ser de nuestras debilidades?

Dios las usa para humillarnos. En dos ocasiones en el versículo 7 Pablo explica que se le dio una espina en su carne para protegerlo del orgullo de su corazón caído (impedir que me enalteciera)

Debido a nuestra naturaleza pecaminosa y caída, necesitamos que Dios nos humille y que nos limpie a través de nuestras flaquezas. Nos hace bien que las debilidades nos demuestren quiénes en verdad somos: criaturas pecadoras e indefensas, necesitadas segundo a segundo de la gracia de Dios. Debemos admitir que no somos buenas por naturaleza, que necesitamos ayuda, necesitamos consejo bíblico, necesitamos también escuchar a nuestros padres y pastores, así como cultivar amistades sanas, y por supuesto, necesitamos mucha oración.

  1. ¿De qué nos ha provisto Dios para ayudarnos a honrarle a pesar de nuestras debilidades?

Su gracia. Las Escrituras hablan sobre ese regalo especial que Dios da a Sus hijos para ser salvos y para poder crecer en santificación. La multiforme gracia de Dios está disponible gratuitamente cuando vamos en oración sincera a nuestro Padre bondadoso. La garantía es que será suficiente para toda clase de circunstancia.

  1. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta al Señor si Él decide no quitarnos las pruebas de nuestra vida?

Alegrarnos en ellas. ¡¿Qué?! Sí, regocijarnos en Dios porque Él sabe el bien que le harán a nuestra alma. Pablo lo dice de esta manera: «con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí».

No es que el apóstol haya perdido la razón, sino que aprendió que es preferible ser debilitados por el Señor para que Su poder actúe de mejor forma en Sus redimidos. Aprendió que, para ser de carácter manso y humilde como Jesús, primero, nuestro orgullo tiene que ser quebrantado de múltiples formas. Pues como escuché a alguien decir en alguna ocasión: el orgullo es como la barba en la cara de un señor que no desea tenerla. Si no quiere verla crecer, cada mañana de su vida tendrá que rasurarla. Las debilidades que Dios nos ha dado son las mejores rasuradoras del enaltecimiento de nuestro ser interior.

Consejos prácticos cuando la debilidad se siente más grande que nosotras

Mis queridas chicas, estoy aquí como una persona de carne y hueso como ustedes. De hecho, les confieso que ahora mismo estoy batallando con la más debilitante de las flaquezas que Dios en Su abundante gracia me ha dado. Recibo Su ayuda oportuna y les comparto algunos consejos que me han servido:

  • Pidamos la gracia de Dios segundo a segundo, tantas veces como sea necesario (He. 4:16).
  • Cuidemos cómo pensamos acerca de nuestro Salvador. Él no es una persona que está lista para regañarnos cada vez que flaqueamos. Cristo es tierno, misericordioso y compasivo. Él nos entiende y nos ayuda (He. 4:15).
  • No nos exijamos más allá de lo que estamos en capacidad de dar en medio de la prueba.
  • Aunque nuestras pocas fuerzas o salud nos pidan rendirnos, nuestro Señor es Jesús y Él nos demanda que le sigamos hasta el final.
  • Recordemos la buena mayordomía del cuerpo: durmamos bien, alimentémonos bien, tomemos suficiente agua, hagamos algún tipo de ejercicio.

«¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído?

El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra

No se fatiga ni se cansa.

Su entendimiento es inescrutable.

Él da fuerzas al fatigado,

Y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor.

Aun los mancebos se fatigan y se cansan,

Y los jóvenes tropiezan y vacilan,

Pero los que esperan en el Señor

Renovarán sus fuerzas.

Se remontarán con alas como las águilas,

Correrán y no se cansarán,

Caminarán y no se fatigarán».

Isaías 40:28-31

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Sobre el autor

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Masi Meyer

Discípula de Cristo, dominicana, esposa de Leo y mamá de Mia. Con un corazón para servir al Señor comunicando Su Palabra especialmente a mujeres, a través de la mentoría, la consejería y la exposición bíblica. Sirve junto a su esposo en el grupo de Jóvenes Universitarios (JAD) de la Iglesia Bautista Internacional en la Republica Dominicana, colabora en el programa radial “Mujer para la Gloria de Dios”, y escribe para el Ministerio de Mujeres Ezer. Además, contribuye en el blog de Joven Verdadera. Actualmente cursa un Diplomado en Estudios Bíblicos en el Instituto Integridad & Sabiduría.

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