Qué tan pecadora soy si nací en una familia cristiana

Si has asistido a la iglesia desde pequeña al igual que yo, es probable que, entre tu madre y tú, se hayan dado diálogos similares a este:

Inés: «Hija, acuérdate que mañana es domingo. Aparta uno de los vestidos bonitos para ir a la iglesia». 

Masi: «De acuerdo, mami».

Inés: «Ah, y ven a lavarte el cabello, para que estés bien linda para ir a adorar al Señor». 

Masi: «¡Claro mamá!».

Inés: «Y no olvides que después del culto almorzaremos en casa de la hermana María».

Masi: «Mami, podré jugar con sus hijos, ¿verdad?».

Inés: «Sí, mi amor».

Desde muy pequeña fui a la iglesia cada domingo de mi vida. Tenía una Biblia, mi mamá me leía una de sus historias cada noche y me ayudaba a memorizar versículos. Aprendí a orar desde muy niña, y lo hacía con confianza en Dios como lo más grande que hay. Cantaba alabanzas, asistía a la escuela dominical... En fin, era una «niña buena de iglesia», quienes me rodeaban lo pensaban así, pero Dios y yo sabíamos que en lo íntimo de mi ser era una vil pecadora que, al igual que todos los demás, necesitaba arrepentimiento y fe en Jesús. Necesitaba el poder de Dios para salvación que solo se encuentra en el evangelio.

¿Qué tan pecadora soy si nací en una familia cristiana? ¡Exactamente igual de pecadora que los que nacieron en una familia inconversa! Romanos 3:23 lo dice mucho mejor que yo: «Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios» (NTV, énfasis añadido).

Las palabras «todos» y «nadie» no excluyen a ningún individuo que en todos los tiempos haya vivido sobre la faz de la Tierra. «…todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta…». Sin importar las condiciones que han rodeado nuestros entornos, nos urge arrepentirnos de nuestra rebelión contra el Creador y confesar a Jesucristo Su Hijo como único mediador entre Dios y los hombres.

El ejemplo de Pablo

El testimonio que el apóstol Pablo da (debido a su trasfondo religioso), nos sirve como ilustración bíblica. Veámoslo en Filipenses 3:5-7:

«Fui circuncidado cuando tenía ocho días de vida. Soy un ciudadano de Israel de pura cepa y miembro de la tribu de Benjamín, ¡un verdadero hebreo como no ha habido otro! Fui miembro de los fariseos, quienes exigen la obediencia más estricta a la ley judía. Era tan fanático que perseguía con crueldad a la iglesia, y en cuanto a la justicia, obedecía la ley al pie de la letra. Antes creía que esas cosas eran valiosas, pero ahora considero que no tienen ningún valor debido alo que Cristo ha hecho» (NTV, énfasis añadido). 

Pablo, de la misma manera que algunas de nosotras, había crecido en una familia donde se le instruyó rigurosamente a hacer lo que agradaba a Dios. Externamente cumplía con todos los requisitos de la religión, se enorgullecía de sí mismo y era admirado por todos, sin embargo, cuando por la gracia de Dios pudo valorarlo que Cristo hizo,comenzó a considerar como basura todos sus esfuerzos y logros. Dejó de hacer cosas para «ganarse» el favor de Dios y se humilló para recibir la misericordia divina demostrada en lo que Cristo hizo en aquella cruz. En sus palabras, se lee de esta manera:

«…Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores», de los cuales yo soy el peor de todos. Pero Dios tuvo misericordia de mí, para que Cristo Jesús me usara como principal ejemplo de su gran paciencia aun con los peores pecadores...» (1 Timoteo 1:15-16, NTV, énfasis añadido).

El hermano Pablo dejó de poner su confianza en sus obras y la puso en las de Cristo. Fue convencido de que Jesús vino a esta Tierra para salvarlo, siendo él un pecador entre muchos.

¿Qué fue lo que Cristo hizo?

Pablo nos habla de desechar todo esfuerzo humano para valorar la incalculable obra del Señor Jesús para obtener nuestro perdón. Pero, ¿qué fue lo que Cristo hizo?

El plan predeterminado de Dios Padre (Hch. 2:23a) contempló la encarnación, vida perfecta, crucifixión, muerte, resurrección y ascensión de Su unigénito Hijo para nuestra salvación. Gracias a esa victoriosa obra, el Cordero de Dios quita el pecado de todo aquel se acerca a Él (Jn. 1:29).

  1. Encarnación: la segunda Persona de la Trinidad se hizo hombre (Jn. 1:14) para más adelante, en forma de hombre, tomar nuestro lugar. 
  2. Vida perfecta: Cristo es el Cordero perfecto y sin mancha, el único que pudo vivir en perfecta santidad (He. 4:15).
  3. Crucifixión y muerte: La sangrienta crucifixión y posterior muerte de Jesús fueron necesarias para que se llevara a cabo lo que en teología se conoce como Sustitución. John MacArthur dice sobre ella: «…significa que Cristo murió nuestra muerte. Él sufrió el castigo de nuestro pecado. Él mismo sufrió la ira de Dios que nosotros merecíamos» (Hch. 2:23b).
  4. Resurrección: «...la muerte no pudo retenerlo bajo su dominio» (Hch. 2:24, NTV) ¡Sí, el Señor resucitó! Y eso representa para nosotras perdón, gracia, justificación y garantía de que también resucitaremos como Él.
  5. Ascensión: después que Cristo comisionó a los apóstoles, ascendió. «...Jesús fue tomado de entre ustedes y llevado al cielo, ¡pero un día volverá del cielo de la misma manera en que lo vieron irse!» (Hch. 1:11).

¡Qué provechoso es meditar en lo que Jesús hizo! ¡Qué esperanzador es centrar la atención en Él y no en nosotras! Sí, es cierto que somos malas, pero el Señor es bueno. Él es un Salvador autosuficiente y poderoso, disponible para quienes se humillan y reciben Su redención. ¡Alabado sea Cristo!

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Sobre el autor

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Masi Meyer

Discípula de Cristo, dominicana, esposa de Leo y mamá de Mia. Con un corazón para servir al Señor comunicando Su Palabra especialmente a mujeres, a través de la mentoría, la consejería y la exposición bíblica. Sirve junto a su esposo en el grupo de Jóvenes Universitarios (JAD) de la Iglesia Bautista Internacional en la Republica Dominicana, colabora en el programa radial “Mujer para la Gloria de Dios”, y escribe para el Ministerio de Mujeres Ezer. Además, contribuye en el blog de Joven Verdadera. Actualmente cursa un Diplomado en Estudios Bíblicos en el Instituto Integridad & Sabiduría.

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