En medio de tu sufrimiento, no quites tu mirada de Cristo

Como humanos somos frágiles y las consecuencias de habernos rebelado contra nuestro Creador nos hieren profundamente. Es imposible no experimentar dolor en este mundo quebrantado por nuestro pecado. El dolor es real, la muerte parece reinar, y nosotras junto con la creación gemimos.

Recuerdo ver a mi mamá bajando las escaleras hacia la sala de espera del hospital mientras mis hermanos y yo la abordábamos para preguntarle: «¿Qué dijo el doctor? ¿Cómo está papá?». El cáncer (del cual hacía apenas unas semanas nos habíamos enterado) había invadido y dañado 3 órganos importantes … no había nada que se pudiera hacer, la esperanza de vida era solo de dos semanas.

Nos permitieron volver a casa con él para que terminara sus días rodeado de su familia. Fueron los días más dulces y difíciles que hasta ahora he vivido. ¿Te puedes imaginar lo que es saber que no puedes hacer nada más que solo acompañar? Vi sus fuerzas consumirse frente a mis ojos, lo vi sufrir, pero también lo vi confiar en la buena y sabia voluntad de su Dios y fui testigo de cómo el Señor lo llenó de Su paz sustentándolo y fortaleciéndolo hasta el último suspiro.

Cuando experimentamos dolor, nuestra mirada cae, caminamos con nuestros hombros encorvados, y sentimos que una pesada piedra oprime nuestro pecho y nos impide respirar. Parece que hay una nube que nos sigue y oscurece todo a nuestro alrededor. Así me sentía yo los meses que siguieron a la muerte de mi papá, ¡qué difícil era poner mi mirada en el Señor! ¡Todo lo que sentía era dolor! Pero el Señor no me dejó ahí, sino que en Su misericordia usó la verdad de Su Palabra para levantar mi mirada a Él y contemplar Su precioso amor. 

Hebreos 2 ha sido un bálsamo para mi alma y oro que lo que el Señor usó para consolarme en este último año, pueda también consolarte a ti si estás pasando por circunstancias de dolor, o lo puedas compartir con alguna amiga que necesite refugiarse en las verdades del evangelio. 

Él participó de lo mismo

«Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo» (v.14).

Estas palabras han sido mi más grande consuelo en momentos de profundo dolor. Cada vez que las leo, mi corazón se deshace y mi cabeza estalla al no poder comprender este amor. ¿Cómo es posible que el Dios por quien y para quien fueron creadas todas las cosas se humillara para participar de mi fragilidad?

Calvino lo dice de esta forma: «El Hijo de Dios se hizo hombre, para que pudiera participar de la misma condición y naturaleza con nosotros, aquí resplandece su infinito amor para con nosotros; pero su infinita misericordia se manifiesta en esto: en que se vistió de nuestra naturaleza con el fin de poder morir, porque como Dios no podría experimentar la muerte»1 (p. 62).

La muerte entró al mundo como consecuencia del pecado, ¿qué Dios es este que se humilla a la condición de hombre y sufre la muerte que Sus criaturas rebeldes merecen para poder redimirlas y darles vida? 

Él no tenía necesidad de sufrir, pero eligió sufrir para que nuestro sufrimiento no sea eterno. Esto es algo que no puedo entender, ¡yo jamás elegiría el sufrimiento! Pero Él lo eligió por amor a nosotras.

Cuando sufrimos podemos recordar y encontrar consuelo en que no sufrimos bajo la ira de Dios, pues Cristo ya bebió esa copa por nosotras. Ahora podemos correr a ampararnos bajo Sus alas hasta que pasen los quebrantos (Salmo 57:1) sabiendo que el sufrimiento es temporal y que en el cielo tenemos un Sumo Sacerdote que no es ajeno al dolor y miseria humana, sino Uno que la experimentó por amor. ¡Él entiende tu dolor! ¡Corre y ampárate en Él!

¡Qué maravilloso es ver que por Sus llagas hemos sido sanadas y que Su sufrimiento es nuestra gloria!

No hay más temor

«y librar a los que, por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (v. 15).

No fuimos creadas para morir, y debido a que la paga del pecado es la muerte, es completamente razonable que le tengamos temor, pues nos anuncia el juicio de Dios en el cual nadie podrá ser hallado inocente. 

Pero es temible solamente cuando la contemplamos sin Cristo, cuando nuestra esperanza está puesta en que Él murió llevando sobre Sí nuestra maldición, soportando la ira de Dios y comprando con Su sangre nuestra reconciliación con el Padre, no hay más temor porque la muerte solo es un paso a Su presencia y a disfrutar de Su favor para siempre.

Cuando el momento de morir llegue, pongamos nuestros ojos en Aquel que venció, que nos guía y acompaña más allá de la muerte, y a quien al abrir nuevamente los ojos contemplaremos por toda la eternidad sentadas a la mesa en el lugar que Él compró para nosotras.

Tenemos un misericordioso y fiel Sumo Sacerdote 

«Porque ciertamente [Jesús] no ayuda a los ángeles, sino que ayuda a la descendencia de Abraham. Por tanto, tenía que ser hecho semejante a Sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo.Pues por cuanto Él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados» (vv. 16-18, énfasis añadido).

El sumo sacerdote era instituido para representar e interceder por el pueblo delante de Dios. Cristo, como vimos unos versículos atrás, «participó de carne y sangre», y asumió forma humana porque fue a los humanos (descendencia de Abraham) a quienes quiso socorrer. Él es fiel porque, a diferencia de los sumos sacerdotes que eran ordenados por la ley, Él no tiene pecado y no tiene que ofrecer sacrificio por Sí mismo, sino que Él es el perfecto sacrificio que cumple con las demandas de un Dios santo.

Es misericordioso «porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).

En el mundo tendremos aflicción, eso es seguro, pero qué tesoro, qué refugio y qué consuelo tenemos de saber que en medio de la prueba o el dolor podemos levantar nuestra mirada a nuestro Salvador cuyas heridas han sanado las nuestras y por quien tenemos esperanza y certeza de que el sufrimiento no es eterno… Su amor sí lo es. 

Tal vez esta temporada que comienza puede ser difícil para ti. En tu casa, como en la mía, hay un asiento vacío que deja el mismo vacío en tu estómago, o tal vez no hay asientos vacíos, pero hay peleas o tal vez lo único que escuchas es el beep de la máquina infusora que pasa el medicamento a través de tus venas en el hospital. 

Cualquiera que sea la situación, recuerda que celebramos que por la entrañable misericordia del Dios que habita en lo alto y sublime, Cristo se encarnó para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz y porque Él nació para sufrir y morir, tú y yo tenemos vida eterna.

Pon tu esperanza en esa verdad, y cuando te sea difícil poner tu mirada en el Señor como muchas veces me ha pasado a mí, recuerda las palabras del salmista e imprímelas en tu corazón: «Si digo: “Mi pie ha resbalado”, Tu misericordia, oh Señor, me sostendrá» (Salmo 94:18). 

No necesitas mirar a ningún otro lado, ¡Él es suficiente!

 

Escrito por: Sofía Núñez

 

  1. Calvino, J. (1977). Epístola a los Hebreos. EE. UU. : Subcomisión literatura Cristiana de la Iglesia Cristiana Reformada

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