Mi lucha secreta con la pornografía

Testimonio anónimo

Todo inició cuando tenía unos 11 años, mi hermana y yo encontramos en la habitación de mi hermano mayor unas cajas con revistas para adultos, ver las imágenes no provocaba nada a esa edad pero con el tiempo serían lo peor que me pudo haber pasado. Nuestra curiosidad iba en aumento y el sabor de “lo prohibido” nos llevaba a querer ver más y más.

Luego siguió la televisión, toda mi infancia sentía un deseo de conocer lo que había detrás de la famosa clasificación C (material apto para mayores de 18 años) si era necesario crecer para poder ver ese tipo de películas algo muy bueno debía haber tras ello. Desconocía que era un intento del mundo por proteger mi inocencia, un intento vano obviamente porque mucho antes de cumplir la edad requerida y luego de esperar hasta la madrugada, la programación de los canales locales me ofrecía vastas oportunidad de satisfacer mi curiosidad.

Antes de cumplir 14 años ya había suficiente información en mi sistema como para dudar con sinceridad de mi virginidad, todas esas imágenes fueron empañando mi pureza sexual y a los 15 comprobé que todo eso que se vendía en las películas pornográficas, los libros de erótica y las revistas no era más que otro cruel y sucio engaño del diablo para arruinar el diseño de Dios para el sexo.

Cada día miles de mujeres luchan como yo con la adicción a la pornografía, que tiene aunque no lo creas efectos adictivos en el cerebro, debido en parte a que provoca sensaciones placenteras a través de un atajo engañoso. Y no quiero que tengas una imagen equivocada de lo que hablo, no entro diariamente a sitios pornográficos ni mucho menos veo revistas (aunque por mucho tiempo sí estuve ahí), pero en ocasiones he caido al consumir material que tiene como objetivo estimularme sexualmente y hacerme disfrutar de algo que Dios planeó únicamente para el matrimonio y eso no se limita a pornografía explícita.

Hablemos claro, si haces, ves, escuchas en fin, consumes, algo que te estimula sexualmente, eso es pornografía y es un pecado. Y eso incluye conversaciones indecorosas, sexting,  leer 50 sombras de Grey entre otras. Puede que como yo terminaras en esta lucha porque no fuiste “protegida de este tipo de cosas” o porque tú misma las buscaste. Sea como sea que hayas llegado ahí, estás en el lugar incorrecto, y ahora el tiempo para salir. Quizás te sientas muy cómoda con este secreto y te aterra que alguien más se entere de algo tan sucio como esto y quiero que recuerdes que no hay pecado tan negro que la sangre de Cristo no pueda limpiar, de manera que, no hay nada que hayas visto o hecho que Él no sepa y nada, NADA que Él no pueda perdonar y restaurar.

Uno de mis mayores temores era que alguien se enterara de “ese secreto” pero no fue hasta que confesé mi pecado a una mujer mayor y piadosa, quien me ayudó a traer la luz del Evangelio a esta situación y me ha acompañado a mantenerme firme en la batalla.  No estás sola en esta lucha aunque así lo creas, sé lo que se siente, lo que parece “bueno” y todo lo malo. Sé la soledad y desesperación que pueden llevarte a caer otra vez, sé lo que pasa por tu mente cuando lees la palabra “confesar”. Pero también sé la libertad que puedes encontrar en Cristo.  Sé que no hay cadenas con que el pecado te pueda atar que Cristo no pueda romper. Lo he visto en mi vida y sé que  Cristo puede hacerlo en la tuya.

Si has leído hasta aquí, quizás te interese continuar y explorar junto conmigo algunas de las formas que me han servido para mantenerme firme y que pueden servirte a ti también.

1. Ponte de acuerdo con Dios. Reconoce que eso que estás haciendo es pecado.

2. Confiesa tu pecado. Ve delante del trono de gracia al que tienes acceso a través de Cristo, y deja que la misericordia de Dios te rodee.

3. Busca ayuda. Esta lucha en particular, por sus características, es difícil de superar estando a solas. Encuentra a quien rendirle cuentas y que pueda estar pendiente de ti y guiarte en el camino de restauración.

4. Llénate de la Palabra y deja que penetre y lave cada parte de tu ser.

5. Obedece la Palabra. Este versículo es un ejemplo para memorizar y obedecer

6. Corre a Cristo cada vez que te sientas débil

7. Deja que el Evangelio brille en tu vida. Haz del las Buenas Nuevas de salvación tu mayor tesoro.

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