Autocompasión: idolatría

Hace un rato terminé de pintar un mueblecito que perteneció a mi abuela. Quedó lindo, creo yo, pero tuve que cambiarme de ropa porque tenía un olor intenso a pintura fresca; sin embargo, a pesar de la nueva ropa el olor persistía porque me di cuenta que estaba en mi piel y, por eso, me fue necesario tomar un segundo baño a tan temprana hora de la mañana. Más tarde, mientras me peinaba, me quedé pensando cómo nuestra alma se impregna de cosas, de emociones, de sentimientos que huelen a todo, menos a santidad.

Uno de ellos es la autocompasión. ¿Algunos de estos ejemplos te suena familiar?: «Me tratan mal. Esta situación es injusta para mí. Sus acciones me humillan. No valoran lo que hago. Siempre soy yo la que paga los platos rotos. Nadie sabe cuánto sufro».

Hay un deleite perverso en sentirse humillado y en seguir, una y otra vez, revolcándose en ese amor propio devastado. De esta forma, pasamos largo tiempo creando y fabricando nuestra propia tragedia con voces de queja y autocompasión que son sinuosas, efectivas y persistentes. Esa voz de autocompasión es la que me hace pasar ante los ojos del mundo como una mujer sufrida, digna de ayuda, pobre; pero disfraza efectivamente la preocupación que tengo por mi más ferviente amor: yo misma.

El principal problema de la autocompasión es el desorden que hay cuando nuestro concepto de Dios y amor hacia Él es menor que el que tenemos por nosotras mismas, como dice Eric Davis en su artículo A self-pity refresher: «autocompasión es la sensación de lástima por uno mismo, alimentada por un alto concepto de sí mismo, una visión baja de Dios y una actitud de orgullo».

Si estoy centrada en mí y mis circunstancias, ¿qué espacio dejo a Dios? Cuando medito en mí, en lugar de meditar en las verdades de Dios, yo misma me convierto en un ídolo. Soy mi principal adoradora y mi corazón se aleja cada vez más de Dios conforme más se concentra en mí. Ese es el corazón de la idolatría. 

Digo que soy hija del Rey, que soy discípula de Cristo, pero eso no combina con la autocompasión. Y no me malentiendas: no estoy diciendo que no debes de cuidar tu cuerpo o tu seguridad. Lo que estoy diciendo es que la autocompasión es una trampa poderosa que nos hace evadir nuestra responsabilidad y mirar hacia otro lado para adjudicar mi caída, mi falta y mi pecado.

«Reaccioné así porque tú dijiste que… Yo no hubiera hecho eso si él no… Es que tengo el mismo carácter que mi abuela. Es que nadie me atiende y por eso me deprimo. Es que mi esposo no me entiende, pero él sí. Es que cuido a mis hijos y por eso no me da tiempo de tener la casa en orden». Excusas siempre nos sobran, querida. Siempre tendremos argumentos para defendernos, siempre tenemos con nosotras mismas una clemencia que difícilmente le adjudicamos a otros, pero la Escritura dice:

«Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno» Ro. 12:3.

Pensar que no debería tener problemas, no es pensar con cordura. Tampoco lo es evadir nuestra responsabilidad culpando a otros. Tampoco es pensar con cordura olvidar que mi Maestro, el Señor Jesucristo, es quien siempre me da ejemplo:

«Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día» Mt. 16:21.

Jesús siempre habló con la verdad y nos dijo que tendríamos aflicciones, pero que Él ya había vencido. No obstante, nuestro corazón siempre busca corregir el plan al Soberano Rey:

«Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca» Mt. 16:22.

Ah, ese consejo de Pedro: «Ten compasión de ti». Suena inteligente, hasta solidario; pero es un consejo necio para Aquel que sabía que el sacrificio que vendría era necesario.

 «Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» Mt. 16:23.

¡Ay querida! Esas palabras son para ti y para mí cuando somos necias y nos negamos a aceptar los planes sabios de Dios. ¿Hacia dónde miramos en tiempos de aflicción?, ¿miramos a Cristo como nuestro ejemplo perfecto?, ¿miramos a la cruz como nuestra oportunidad para renacer?

«Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca» Is. 53:7.

Si he fallado, Dios me llama a arrepentirme, a dejar de centrarme en mí y a buscarle a Él.

Recuerdo vívidamente un tiempo difícil en mi vida, donde me hallé sola con grandes y dolorosas pruebas. Durante ese tiempo, recuerdo que mi oración constante era: «Señor, no me gusta esto que estoy viviendo, no lo quiero en mi vida, pero sé que lo permites para algo. Dame más de tu Espíritu Santo, para vivir este tiempo honrando tu Nombre, a través de mi aflicción». Fue en las muchas lágrimas y en la gran soledad en la que me encontraba, donde Dios se reveló como mi Único, el Suficiente y me enseñó que gracias a Él no soy alguien que deba buscar la compasión de los demás, porque nada me falta y mi valor y dignidad están completos en Cristo.

La aflicción querida hermana, tiene un propósito. Ora. Búscale a Él. Estoy segura de que Dios no pide que disfrutemos los tiempos oscuros y de dolor, sino que Él sabe que nuestro corazón necesita ser entrenado, santificado y limpiado para que nuestra relación con Él crezca. Así que ciñe tus lomos, valiente mujer, y lo que sea que estés pasando, elige vivirlo en obediencia, en dependencia intensa de Cristo y en el poder del Espíritu Santo para que el nombre de Dios sea alabado por aquellos que te ven atravesar la prueba de la mano de Jesús.

Que nuestra piel y nuestro espíritu sea siempre lavado por su Palabra, su amor, su poder, su dominio propio y exhalemos olor a nueva criatura, dependiendo de Cristo, todo el tiempo.

*Los versículos usados fueron tomados de la versión Reina Valera 1960.

Una versión de este articulo fue publicado originalmente en https://vestidadesugracia.wordpress.com/2018/05/05/autocompasion-idolatria/

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Sobre el autor

Claudia Sosa

Claudia Sosa

Claudia Sosa es mexicana, de la ciudad de Mérida, para ser más especifica. Nacida de nuevo, por gracia de Dios, en Enero de 2009. Casada con Rubén, su novio de toda la vida, desde hace casi 28 años. ¡Matrimonio rescatado para gloria de Dios! Bendecidos con tres preciosos hijos, adultos todos. Escribe desde niña, pero hasta que el Señor Jesucristo vino a su rescate y le hizo nueva, sus letras tuvieron propósito real. Tiene un blog personal, el cual es:  vestidadesugracia.wordpress.com
«Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén».  Romanos 11:36

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