¿Ansiedad o fe? Una perspectiva bíblica de la ansiedad

«Podemos considerar el año que tenemos por delante como un escritorio que contiene 365 cartas dirigidas a nosotros, una para cada día, anunciando sus pruebas y prescribiendo la forma en que deben ser empleadas, con la orden de abrir solo una carta por día. Podemos ser fuertemente tentados a abrir de antemano algunas de las restantes; pero esto solo serviría para avergonzarnos, a la vez que estaríamos violando la regla dejada por nuestro amo y Señor: ‘No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal’ (Mt.6:34)» William Jay.

Vivimos en un mundo caracterizado por la incertidumbre. Dios nos ha permitido conocer algunas cosas reveladas en su plan perfecto para nuestras vidas, pero muchas son un misterio. Un misterio que puede llevarnos a la ansiedad; como decía William Jay en su cita, no queramos abrir más que la carta de hoy. El telón de Dios se va descubriendo en la medida en que damos un paso a la vez.

Las mujeres somos especialistas en preocuparnos o afanarnos y la preocupación es sinónimo de ansiedad. La ansiedad viene de tener una mente dividida. Una mente dividida nos roba la energía del presente, nos paraliza, nos quita el sueño, no nos permite ser productivas. En ocasiones, llegamos a creer que estamos avanzando porque al preocuparnos sentimos que estamos en movimiento. Lo que no comprendemos es que nos movemos como en una mecedora: de adelante hacia atrás, sin avanzar ni un ápice.

Si eres ansiosa, muy a menudo te encontrarás pensando en todo lo que tienes por delante o en lo que no ha llegado todavía. En esa carta que no debes abrir. ¿Cuál de nosotras, cuando siente un dolor o ha visitado al médico y le dicen que hay algo que necesita volver a revisarse en los exámenes realizados, no se traslada a los peores escenarios? Olvidamos el mandato de nuestro Dios de no afanarnos por el día de mañana, porque basta a cada día su propio afán.

Gracia para cada día

Cada día trae su cuota de responsabilidades y desafíos. El mismo Señor lo llama «su propio afán», sus propios problemas, pero lo cierto es que somos especialistas en crear todo un mundo imaginario de preocupaciones y catástrofes en nuestras mentes acerca de ese afán que trae el día o el futuro. Si somos madres, avanzamos años en las vidas de nuestros hijos cuando apenas tienen dos o tres meses de nacidos. Nos preocupamos por cosas como: ¿con quién se casarán?, ¿si llegarán a la vida adulta?, ¿tendrán salud?, ¿podremos pagarles los estudios?, a qué universidad asistirán… Estas y otras tempestades en nuestras mentes y corazones nos roban la paz de Dios para actuar en el presente.

Si eres soltera y deseas casarte, pasa por tu mente ese pensamiento cientos de veces al día buscando cuándo y cómo Dios traerá la solución para tu situación. Y si no, cómo será tu vida si Dios decide no traerte ese hombre que tanto anhelas que sea tu esposo. Te ves a ti misma anciana, sola, triste y abandonada y entras en una fiesta de autolástima donde tú eres la protagonista, perdiendo así las oportunidades que Dios trae delante de ti ese día. Nuestra tendencia es a preocuparnos por algo que no es real, o que si es real, queremos cambiar y controlar.

Controlar. Esa es una palabra clave si queremos comprender nuestra ansiedad como mujeres. Nacemos controladoras: unas más, otras menos. Ante la incertidumbre de no conocer el misterio que hay en el futuro para nosotras o para los nuestros, queremos por lo menos «hacer nuestra parte» y pretendemos controlar nuestro mundo. Creemos la mentira del Edén cuando Satanás le dijo a Eva que sería como Dios sabiendo el bien y el mal. Por eso, creemos saber qué es lo mejor para cada persona o situación que nos rodea, en especial, en nuestro entorno más cercano: nuestro hogar, padres, marido, hijos, el ambiente laboral. Queremos controlar TODO lo que sucede a nuestro alrededor y, aunque lo hacemos con buena intención, esto nos deja exhaustas y nos llena de ansiedad porque en realidad, en última instancia, no controlamos NADA.

La ansiedad es pecado porque dudamos de Dios, murmuramos de Dios y, finalmente, pretendemos tomar el lugar de Dios.

Un camino mejor

Ahora, además de haber expuesto que nuestra ansiedad viene por nuestro deseo de controlar todas las cosas, por pretender entrar en el futuro de los misterios de Dios y por no esperar la gracia que cada día Él nos da, quiero resaltar que todo esto se resume en falta de fe.

Un remedio para la ansiedad es la fe. En un mismo corazón no pueden habitar juntos la ansiedad y la fe. Echa sobre el Señor tu carga, confía en Él. Él es quien hace esta invitación: vengan a mí todos las que están trabajados, cargados (por tantos afanes) y Yo los haré descansar (Mt. 11:28). Acepta la invitación del Señor, echa sobre Él lo que te causa ansiedad en el día de hoy, sabiendo que Él tiene cuidado de ti y de los tuyos. Escucha al Señor decirte con ternura lo mismo que le dijo a Marta ante su afán: «afanada y turbada estás con muchas cosas, pero solo una cosa es necesaria» (Lc. 10:41). Lo único que necesitamos es esa buena parte que no nos será quitada.

¿Qué es eso que no nos será quitado? Mirar a Cristo y postrarnos en adoración reconociendo al Dios Soberano que controla todas las cosas, que tiene el futuro en sus manos y que nada puede frustrarlo. Su dominio es un dominio eterno: «Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra y nadie puede detener su mano, ni decirle ¿qué has hecho?» (Dn. 4:35); «No hay nadie como Tú, oh Señor. Grande eres Tú, y grande es Tu nombre en poderío» (Jr. 10:6). El Señor es el Dios verdadero. Él es el Dios vivo y Rey eterno. Él es el que hizo la tierra con su poder, El que estableció el mundo con su sabiduría y con su inteligencia extendió los cielos, porque Él es el Hacedor de todo. Creer estas verdades y vivir conforme a ellas es lo que permite que no crezca la ansiedad en tu corazón.

Vivimos por fe y no por vista

Dios nos pide que vivamos por fe, no por vista. Pero nuestra naturaleza caída tiene la tendencia a todo lo contrario. Lo que esperamos, lo que no vemos, nos genera ansiedad. Por eso, es que mientras la fe es confianza y certeza de lo que se espera y no se ve, la ansiedad es desconfianza en eso que esperamos y no vemos. Sin embargo, debemos recordar quién es el que nos pide que vivamos por fe. El Dios que conoce el final desde el principio. El Dios que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotras.

En sus cartas está todo lo que necesitamos para vivir esta vida y para la piedad, porque nos ha dejado preciosas y grandísimas promesas; no obstante, nosotras desconfiamos. Dios nos está llamando a depender de Él en todo. ¿Qué a veces sentimos ansiedad? Sí, es verdad, pero debemos recordarnos a nosotras mismas que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana, su gracia para la situación que enfrentas llega cada día en abundancia, la del día de hoy llega en la carta del día de hoy: de nada te vale tratar de abrir la carta del miércoles de la semana que viene. Estamos más seguras con Él en la tormenta que sin Él en un mar en calma. Él es nuestro guía, quien nos provee y nuestro Capitán. Si Dios es por nosotros, quién contra nosotros. Sus promesas son fieles y verdaderas. El cielo y la tierra pasarán, mas su Palabra no pasará (Mt. 24:35).

«¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?…no se preocupen … porque los gentiles (los paganos) buscan ansiosamente todas estas cosas (vida, sustento, abrigo, etc.), que el Padre celestial sabe que ustedes necesitan. Pero busquen primero su reino y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» Mt. 6:27,31-34

Ahora, ¿cuál será tu elección? ¿Ansiedad o fe?

Una versión de este artículo fue publicado originalmente en Coalición por el Evangelio https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/ansiedad-o-fe/

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Sobre el autor

Patricia de Saladín

Patricia de Saladín

Patricia vive en Santo Domingo, República Dominicana. Está casada con Eduardo Saladín, pastor de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo. Actualmente dirige el Ministerio de Mujeres en su iglesia y le apasiona llevar el mensaje de la feminidad bíblica a las mujeres de habla hispana. Su anhelo es verlas conocer y abrazar la Verdad que las hace libres en Cristo.  Sirve en el ministerio de Aviva Nuestros Corazones como la voz de Nancy DeMoss Wolgemuth. Tiene tres hijos adultos, Rosalía (casada con Daniel), Sarah (casada con Nazario) y Eduardo Alfredo. Además, Dios le ha regalado cuatro nietos: Patricia, Daniel, Samuel y Nazario.