Si alguna vez has participado en un juego para romper el hielo, sabes la importancia de tener preparados algunos datos sobre ti para compartirlos en cualquier momento. Durante años, recurrí a los mismos tres detalles cada vez que me encontraba en una ronda de «Dos verdades y una mentira». A ver si puedes descubrir cuál no es verdad:

  • He viajado a Japón.
  • Mi segundo nombre es Raquel.
  • Una vez vomité dentro del edificio de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Aquí está la respuesta: aunque sí tengo un segundo nombre bíblico, no es Raquel, sino Lea. Si conoces la historia de las dos hermanas en Génesis 29, entenderás por qué muchas veces he bromeado diciendo que este segundo nombre es la «verdadera» razón por la que sigo soltera: una Raquel habría sido la primera elección de alguien. (Mi mamá, para que conste, nunca ha encontrado esto gracioso. Lo siento, mamá).

Cuando leemos esta historia en el Antiguo Testamento, ninguna mujer quiere ser Lea. Identificarse con ella es exponer los lugares más sensibles de tu corazón, esos que normalmente mantienes ocultos bajo la competencia o el humor autocrítico.

En su historia, quizá reconozcas lo que se siente ser comparada con alguien más desde el principio, o aprender desde temprano que el amor es condicional, basado más en tu utilidad que en un valor inherente. Tal vez aún llevas contigo la sensación de ser la segunda opción en cada lugar al que entras. Puede que conozcas el dolor de no ser vista, mirando a otras ser elegidas mientras tú esperas ser notada. O quizá te sientas aún más sola dentro del matrimonio, anhelando ser apreciada y esperando que el amor finalmente llegue.

Mientras estudiaba Génesis en las últimas semanas, algo me llamó la atención: cuando comienza la historia de Raquel y Lea, el autor documenta cuidadosamente la entrada de Raquel, pero Lea no es mencionada sino hasta más adelante. La narrativa sigue el punto de vista de su futuro esposo, Jacob, y en esas primeras escenas, es Raquel quien capta toda su atención. Lea nunca aparece dentro del campo visual de Jacob, mucho menos dentro de su afecto.

Antes de que Lea llegue a formar parte de este triángulo amoroso innegablemente complicado, ella es invisible dentro de la misma historia. Antes de ser entregada a Jacob en la oscuridad de la noche, antes de que el engaño la convierta en esposa, ya había sido ignorada a plena luz del día. Parece apropiado, entonces, que en las sombras de la historia de otra persona, comience la historia de Lea.

La otra hermana

En los capítulos anteriores a la introducción de Raquel y Lea en Génesis 29, el enfoque está en Jacob, nieto de Abraham. Seguimos su vida a través de años de disfunción familiar: el favoritismo de sus padres dividido entre Jacob y su hermano gemelo Esaú; un plan engañoso mediante el cual Jacob obtuvo tanto la primogenitura de su hermano como la bendición de su padre; y una relación fracturada entre hermanos que obligó a Jacob a huir de su tierra.

La vida de Jacob, tal como la conocía, había terminado. Cargando con todo este equipaje emocional y más, dejó la tierra de Israel. «Llegó a cierto lugar y pasó la noche allí, porque el sol ya se había puesto» (28:11a). Esa noche, el Señor se le apareció en un sueño, reafirmando el pacto que había hecho con Abraham. Dios prometió que la línea familiar de Jacob continuaría — generación tras generación — hasta que un día, un hijo, una Simiente, vendría como el Mesías que salvaría al mundo.

El Señor concluyó con esta promesa: «Yo estoy contigo. Te guardaré por dondequiera que vayas y te haré volver a esta tierra. No te dejaré hasta que haya hecho lo que te he prometido» (v. 15).

Entonces «Jacob siguió su camino», y la narrativa se acerca a lo que él ve. «Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, hermano de su madre, y las ovejas de Labán, hermano de su madre, Jacob subió y quitó la piedra de la boca del pozo, y dio de beber al rebaño de Labán, hermano de su madre. Entonces Jacob besó a Raquel, y alzó su voz y lloró…Cuando Labán oyó las noticias de Jacob, hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lo trajo a su casa. Entonces él contó a Labán todas estas cosas» (vv. 10-13).

Pero ¿dónde estaba Lea?

La Escritura no lo dice. Sin embargo, como la hija mayor de la casa, Lea habría conocido el ritmo de su hogar y notado la emoción que rodeaba la llegada de un visitante. Tal vez estaba cerca cuando Raquel corrió a casa para contarle a su padre, escuchando desde una puerta mientras la historia era relatada nuevamente.

Durante un mes, Jacob permaneció en la casa de Labán: un mes de comidas y trabajo, de espacio compartido y conversaciones compartidas. Probablemente Lea escuchó historias acerca de la familia de Jacob, de su tierra y de la promesa que Dios le había dado. Cuando finalmente es presentada, el contraste entre las dos hermanas refleja la rivalidad que había marcado la relación de Jacob con Esaú:

«Labán tenía dos hijas: la mayor se llamaba Lea y la menor Raquel. Lea tenía ojos tiernos, pero Raquel era de hermosa figura y de bello parecer. Y Jacob amaba a Raquel» (Gn. 29:16–18).

Labán vio en Jacob una oportunidad para resolver dos problemas a la vez: podía aprovecharse de Jacob para enriquecerse y también casar a su hija menos deseada, una que quizá de otra manera nunca habría sido escogida. Conociendo la debilidad de Jacob — que haría cualquier cosa por Raquel — Labán se aprovechó de ello. Siendo él mismo un engañador, engañó a Jacob, cuya vida ya había sido marcada por el engaño.

Jacob aceptó trabajar siete años para casarse con Raquel. Al terminar ese tiempo, Jacob, impaciente y frustrado, fue a Labán y le exigió: «Dame mi mujer». Y recibió una esposa, pero no la que quería. «Al anochecer tomó a su hija Lea y se la trajo, y Jacob se llegó a ella» (v. 23).

No se puede exagerar el impacto del shock, la ira y la decepción de Jacob; leemos en el relato: «Cuando fue de mañana, sucedió que era Lea» (v. 25). Pero imagina las emociones de Raquel, sabiendo que su hermana se había casado con Jacob, sin mencionar cómo se sintió Lea al ver la reacción de Jacob cuando se dio cuenta de quién era ella.

«¿Por qué, pues, me has engañado?», preguntó Jacob a Labán en Génesis 29:25. «Y Labán respondió: “No se acostumbra en nuestro lugar dar a la menor antes que a la mayor. Cumple la semana nupcial de esta, y te daremos también la otra por el servicio que habrás de rendirme aún otros siete años”» (v. 26). Jacob hizo justamente eso; y «se llegó también a Raquel, y amó más a Raquel que a Lea; y sirvió a Labán durante otros siete años» (v. 30).

Del rechazo a la bendición

¿Qué se supone que hagamos con Lea? ¿Qué esperanza hay en su historia?

La historia de Lea no termina en el rechazo ni en el dolor. En medio de una vida marcada por la comparación y el anhelo de ser amada, Dios estaba obrando algo mucho más grande de lo que ella podía ver.

La próxima semana continuaremos estudiando cómo el Señor transformó el sufrimiento de Lea en una historia de gracia, redención y esperanza.

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Sobre el autor

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Katie Laitkep

Katie trabajaba como maestra en un hospital cuando Dios la llamó a unirse a Revive Our Hearts como escritora del personal. Su sitio web, apatientprocess.com, es un registro de la fidelidad del Señor en las enfermedades crónicas, porque incluso en … leer más …


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