En su libro But for the Grace of God (disponible solo en inglés) que traducido sería «Pero por la gracia de Dios», Philip Hughes escribió: «La gracia habla de la iniciativa de Dios, de la prioridad de la acción de Dios a favor de nosotros, pobres pecadores. . . . La gracia divina precede a todo. Ese es precisamente el punto de la gracia».

Amar a Dios es amar la gracia. Encontramos gracia de principio a fin en Su Palabra. La gracia está siempre presente porque Dios es «el Dios de toda gracia» (1 Pd. 5:10). Él es «compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad» (Ex. 34:6). La gracia es la esencia misma de Su ser, y en Él encontramos un suministro inagotable de dones buenos y llenos de gracia.

Yo no soy como Dios. Mis motivos están contaminados de egoísmo, pero Dios no da para recibir algo a cambio. Él es absolutamente autosuficiente; perdona a ofensores que no merecen nada más que juicio. En Su abundante gracia, los pecadores no son condenados gracias a la obra de Jesús por nosotros y en nosotros.

La gracia desde la eternidad pasada

Un concepto erróneo muy común es pensar que Dios no siempre fue misericordioso, sino que de alguna manera el sacrificio de Su Hijo lo transformó de un amo iracundo en un Padre lleno de gracia. Esto simplemente no es verdad. Dios no cambió repentinamente para conceder gracia.

La Escritura revela que Dios era lleno de gracia antes de que el mundo comenzara. Pablo dijo que el pueblo de Dios fue salvo y llamado por Su propósito y gracia en Cristo «desde la eternidad» (2 Tim. 1:9), antes de que los seres humanos pecaran. Dios ya había planeado extender vida eterna a Sus hijos antes del principio del tiempo.

A su debido tiempo, el Padre envió a Su Hijo para ser el Redentor, un acto de gracia diseñado para dar vida en Cristo a aquellos que estaban muertos en pecado. Personas espiritualmente muertas jamás podrían cumplir las condiciones de Dios, pero Dios es «rico en misericordia» y amor, y abrió un camino para que los pecadores pudieran venir a Él.

La gracia para los santos del Antiguo Testamento

Las expresiones de la gracia de Dios en el Antiguo Testamento tenían el propósito de señalar a la humanidad hacia el misterio de la gracia suprema de Dios en Cristo.

Antes pensaba que Adán y Eva fueron el punto de partida de la obra misericordiosa de Dios. Pero creo que el acto de la creación de Dios fue en sí mismo pura gracia. Dios no tiene necesidades. Él no «necesitaba» crear nada ni a nadie. Simplemente quiso crear y amar, Su gracia ya estaba obrando antes del principio de los tiempos, sabiendo que las personas rechazarían Su amor y seguirían su propio camino, y que Él tendría que enviar un Salvador.

A través de Adán y Eva vemos la primera promesa de gracia. Dios pudo haberlos matado en ese mismo instante por su desobediencia. En cambio, prometió una «simiente» que algún día triunfaría sobre el pecado y mientras tanto, el Señor proveyó un camino para que los seres humanos pudieran estar bien con Él. Sacrificó un animal para hacer vestiduras para Adán y Eva, un patrón que continuó a lo largo de todo el Antiguo Testamento como recordatorio de que solo la sangre de un sustituto sufriente puede expiar el pecado.

Luego, «Noé halló gracia ante los ojos del Señor» (Gn. 6:8). En medio de una cultura saturada de pecado y merecedora de juicio, Noé recibió gracia inmerecida. Aunque era pecador, vino a Dios en fe, y el Padre le imputó justicia. Esta gracia fue extendida a aquellos que sobrevivieron al juicio catastrófico de Dios en el diluvio. La gracia de Dios preservó la «simiente» del Mesías venidero.

La historia de la gracia de Dios fue entretejida a lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento.

  • La gracia de Dios permaneció a pesar de la incredulidad de Abraham y Sara, y de la distorsión de la verdad por parte de ellos.
  • Dios mostró gracia a José, dándole fortaleza para soportar grandes abusos, pero también colocándolo en una posición de autoridad para cumplir Su voluntad para Su pueblo.
  • Dios caminó junto a Moisés, concediéndole gracia, instrucción y dirección para Su pueblo.
  • Rahab, una ramera, encontró gracia transformadora cuando Dios le mostró gran misericordia.
  • David, un rey a quien honramos como «un hombre conforme al corazón de Dios», ¡fue un pecador grave y reincidente! Él es un gran ejemplo de la gracia de Dios: favor inmerecido. Dios escogió amar a Su siervo arrepentido y perdonarlo.
  • Y por supuesto, estaban los israelitas. Su continuo patrón de rebelión, arrepentimiento y clamores de restauración entristecía a Dios, pero Él, en Su gracia, los rescataba y siempre preservaba un remanente. Esta gracia continuó a través de los años de los profetas. Dios siguió expresando Su compasión en medio del juicio.

La gracia también se encuentra en los rituales del Antiguo Testamento: la Pascua, la redención de los primogénitos, los sacrificios, el Día de la Expiación y el santo sacerdocio. Estos rituales fueron establecidos para expresar la gracia de Dios y el derramamiento de Su amor, misericordia y perdón en medio de un juicio bien merecido. Más adelante, estos rituales fueron corrompidos cuando las personas los convirtieron en medios para «ganarse el favor» de Dios.

Descubrimos la gracia en todos los pactos. A diferencia de los pactos típicos de aquella época, los pactos de Dios con Su pueblo fueron iniciados por Él, y Él será fiel en cumplirlos. Las condiciones de los pactos fueron decididas y decretadas por el Señor para Su pueblo como expresiones de Su gracia soberana.

  • En el Pacto con Noé, Dios prometió a Noé —y por extensión, a la humanidad— no volver a destruir jamás la tierra con un diluvio (Gn. 9:11).
  • En el Pacto Abrahámico, Dios escogió y llamó a Abraham y le prometió tres cosas: que sus descendientes llegarían a ser una gran nación, que esa nación sería guiada a la tierra prometida y que por medio de Abraham todas las naciones del mundo serían bendecidas (Gn. 12:1–3).
  • En el Pacto Mosaico (del Sinaí), Dios entregó la ley para gobernar a Su pueblo y enseñarles cómo ser Su especial tesoro: un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex. 19:3–6).
  • En el Pacto Davídico, Dios prometió un descendiente (Jesús) que establecería Su reino y edificaría una casa para honra de Dios. Su trono sería eterno (2 Sam. 7:12–17).
  • Jeremías profetizó un futuro Nuevo Pacto. Dios daría a Su pueblo el deseo y la capacidad de obedecerle, Él sería su Dios para siempre, y misericordiosamente los perdonaría (Jer. 31:31–34).

Me sorprendió encontrar la gracia de Dios en la Ley del Antiguo Testamento. Los judíos nunca fueron salvos por guardar la ley; solo fueron justificados por gracia mediante la fe.

El propósito de la ley

Entonces, ¿por qué la ley?

La ley sirvió como ayo, como guardián y tutor, para llevar a las personas a Cristo a fin de que pudieran ser justificadas por la fe. Abraham fue salvo por la fe más de cuatrocientos años antes de que la Ley fuera dada. Del mismo modo, David también fue salvo únicamente por la fe.

Los santos del Antiguo Testamento miraban hacia adelante, por fe, a las «buenas nuevas» de la venida del Mesías, y los santos del Nuevo Testamento —y todos los que siguen a Cristo hoy— miran hacia atrás a Su venida y creen el evangelio.

Algunas personas dicen que el Antiguo Testamento trata acerca de la ley y el Nuevo Testamento acerca de la gracia (citando Juan 1:17), pero la verdad es que tanto la ley como la gracia están obrando en ambos testamentos. La función de la Ley señala hacia la salvación, pero también refleja siempre la gracia de Dios. Y los creyentes nunca deben usar la gracia como excusa para vivir una vida desenfrenada.

Cómo la ley demuestra la gracia

Entonces, ¿cómo muestra la ley la gracia de Dios hacia Sus hijos?

La Ley nos ayuda a entender más acerca de quién es Dios. Podemos comprender por Levítico 19:2 que Dios es santo y requiere que nosotras también seamos santas. Descubrimos que Dios desea que vivamos a la luz de Su santidad. En el Nuevo Testamento aprendemos que Cristo vino para cumplir perfectamente los requisitos de la Ley en nuestro lugar.

Los sacrificios requeridos nos ayudan a comprender nuestra necesidad de un sumo sacerdote: un representante mediador. El Nuevo Testamento revela que Jesús es ese santo Sumo Sacerdote y Mediador ante el «trono de la gracia».

Lejos de haber sido dada para intimidarnos, la ley es, en realidad, un regalo lleno de gracia de parte de Dios para motivarnos a buscarle y clamar a Él. Tenemos convicción de pecado y nos damos cuenta de cuán desesperadamente necesitamos un Salvador.

La Ley también nos enseña a escuchar y obedecer a Dios porque Él es Dios —la Autoridad suprema— y nosotras no lo somos. Nuestro Padre sabe qué es lo mejor. El profeta Jeremías dijo que Dios escribiría la esencia de Su ley en nuestros corazones (Jer. 31:33).

Los seguidores de Cristo han sido libertados del pecado y de la muerte, no para vivir sin ley, sino para obedecer la «ley del Espíritu» (Ro. 8:2). No somos libres para convertirnos en nuestra propia ley, viviendo con libertinaje o pervirtiendo la gracia de Dios; más bien, debemos rendirnos a la autoridad de Dios para poder vivir bajo la Ley de Cristo que honra a Dios.

La gracia en el evangelio

Es el evangelio de la gracia el que continúa transformando vidas hoy, mientras los creyentes confían y siguen al glorioso Salvador que es «lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14).

El poderoso mensaje del evangelio muchas veces se usa como sinónimo de gracia. «La gracia de Dios se ha manifestado» a nosotros en la salvación de Cristo, enseñándonos a vivir vidas piadosas después de haber confiado en Él. El orden bíblico siempre es que somos rescatadas por gracia, no por obras (Tit. 2:11).

Para entender la magnitud de la gracia de Dios en el evangelio, necesitamos comprender la profundidad de nuestro pecado. No podemos ganar Su favor. Somos desesperadamente malvadas y jamás podremos alcanzar el estándar perfecto de justicia de Dios.

La gracia en la eternidad futura

La gracia de Dios que nos salva también nos guardará salvas en Cristo por toda la eternidad. Él ha extendido hacia nosotras una gracia tan increíble, y nuestra gratitud florecerá plenamente en la eternidad. Aquel que puede salvarnos «perpetuamente» —de una vez y para siempre— intercede por nosotros. Él es nuestro gran Sumo Sacerdote y Abogado para siempre.

¡A Dios sea la gloria por los siglos de los siglos a causa de Su maravillosa gracia! 

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Sobre el autor

Dawn Wilson

Dawn Wilson y su esposo Bob viven en el sur de California. Tienen dos hijos casados y tres nietas. Dawn ayuda a Nancy DeMoss Wolgemuth con la investigación y trabaja con varios departamentos en Revive Our Hearts. Es la fundadora … leer más …


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