Escritora invitada: Yeimy de Robainas
Hace unos días vi la imagen de un tren en movimiento, pero que al llegar a un punto en la línea, las vías comenzaban a bifurcarse. ¿Por cuánto tiempo podría permanecer en ambos caminos?
Justo en el punto de esta intersección, el conductor debe tomar una decisión y continuar por una de las dos vías frente a él. Es imposible que pueda marchar por ambas al mismo tiempo.
Al meditar en esta imagen, pensaba en nuestras vidas como creyentes. Cuando Jesús nos salva, creemos en Él como el único camino, verdad y vida (Jn. 14:6). Comenzamos a andar en la nueva vida en Cristo y a seguirle, con el llamado de perseverar en este camino. Un camino de devoción total y rendición al único Dios vivo y verdadero. Seguir Su camino implica alejarnos de las sendas de este mundo que vive en rebeldía abierta contra Dios. Es adorar y atesorar al Señor por encima de todo; es vivir vidas santas y piadosas, separadas para Él.
Sin embargo, siempre lidiamos con el peligro constante de desviarnos y ser seducidas nuevamente por los caminos engañosos. Poco a poco y a veces sutilmente, sin percatarnos de ello, nos vamos distrayendo y entreteniendo. Nuestros corazones se van endureciendo, nuestra pasión se duerme, nuestro primer amor se enfría y nuestra adoración se seca.
En 1 Reyes 18 encontramos un pasaje bíblico que nos habla de esta condición espiritual de nuestros corazones a través del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento. Ellos eran el pueblo escogido por el Señor, y destinados a vivir solo para glorificarle a Él, pero pronto se fueron alejando de este propósito.
De ser apartados para Dios, pasaron a apartarse de Él y a adorar a otros dioses falsos. Estas prácticas eran rechazadas y abominadas rotundamente por Dios, quien no comparte Su gloria con nadie más. Por lo cual, el Señor les castigó con juicios y disciplina en varias ocasiones, debido a Su amor por ellos y a Su deseo de que se volvieran de sus malos caminos hacia Él.
Para entender mejor el contexto de este capítulo, debemos mencionar que, por medio del profeta Elías, Dios había anunciado a Acab, el rey en ese momento, que no habría lluvia. Eso había ocurrido durante tres años y era el resultado de uno de Sus juicios por los pecados de Israel. Para este momento, Elías es enviado nuevamente a Acab para decirle que volvería a llover; pero antes, el profeta solicita tener un encuentro con los profetas de Baal, uno de los dioses falsos que Israel adoraba. Este enfrentamiento sería un momento en el que el Señor sería glorificado y en el que demostraría una vez más que solo Él era el Dios verdadero.
Corazones divididos
Elías reunió a todo Israel y retó a los profetas de Baal a hacer un sacrificio, para ver quién respondía enviando fuego que consumiera el holocausto.
Antes de comenzar el reto, les hizo una pregunta al pueblo: «¿Hasta cuándo vacilarán entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal, síganlo a él. Pero el pueblo no le respondió ni una palabra» (1 Rey. 18:21).
Con esta pregunta, Elías confronta de forma directa la idolatría de los israelitas y sus corazones divididos. Ellos estaban mezclando su adoración con el culto a otros ídolos. Por eso, Elías describe lo que ellos hacían como estar indecisos y dudando entre dos pensamientos.
La idolatría de Israel, al igual que la nuestra, viene de corazones que no están firmes en el Señor y que no están siendo gobernados por Él. Ellos estaban compartiendo la devoción y la lealtad que solo debían ofrecer a Dios.
Sus corazones estaban inseguros e inestables. No tenían un compromiso verdadero y sincero con el Dios a quien debían seguir. El llamado que les hace Elías no deja lugar a rodeos. Con pocas palabras, pero las suficientes para ser claro y radical. No había lugar para términos medios. No podían adorar a dos dioses al mismo tiempo. O era Dios, o era Baal.
Nosotras no somos la excepción de la regla. Como creyentes escogidas, también luchamos continuamente con la idolatría de nuestros corazones. Sí, aun yendo a los cultos cada domingo, leyendo nuestras Biblias, orando, ofrendando y haciendo buenas obras, podemos tener corazones divididos entre Dios y el mundo. Podemos hacer todas estas cosas, pero llegar a verlas de forma mecánica y fría, como un formalismo que hacemos por rutina y adaptación; pero nos alejamos del corazón de la verdadera adoración y devoción a Dios. Vamos perdiendo así el rumbo en la brújula de la vida cristiana y nos distanciamos de la fiel comunión con Dios, que ardía en nuestros corazones cuando le conocimos.
¡El Señor, Él es Dios!
Los profetas de Baal llamaron sin parar a su dios, pero no obtuvieron respuesta alguna. Llegó entonces el turno de Elías, y me encanta que lo primero que hizo fue reparar el altar del Señor que había sido derribado, y edificó un altar en el nombre del Señor. Después de esto oró: «Oh Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que Tú eres Dios en Israel, que yo soy Tu siervo y que he hecho todas estas cosas por palabra Tuya» (1 Rey. 18:36).
El deseo de Elías era que el Señor se revelara una vez más a Su pueblo, y acudió al Único que podía hacer volver el corazón de ellos a Él. El profeta quería recordarles que solo Él era Dios, y que el Señor, en Su fidelidad, desea celosamente que nuestros corazones sean solo para Él. Él extiende Su misericordia, nos quebranta y abre nuestros ojos para volver a Él. Su gracia inmerecida nos atrae a Él. Lo hacía con Su pueblo, y lo hace con nosotras hoy. Mira estos pasajes:
«Respóndeme, oh Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que Tú, oh Señor, eres Dios, y que has hecho volver sus corazones». —1 Reyes 18:37
«Porque como están de altos los cielos sobre la tierra,
Así es de grande Su misericordia para los que le temen.
Como está de lejos el oriente del occidente,
Así alejó de nosotros nuestras transgresiones». —Salmos 103:11-12
¡Quién como nuestro Dios que llama al hombre a arrepentirse y se deleita en extender salvación!
Después de la oración, el Señor respondió: «Entonces cayó el fuego del Señor, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. Cuando todo el pueblo lo vio, se postraron sobre su rostro y dijeron: “El Señor, Él es Dios; el Señor, Él es Dios”» (1 Rey. 18:38-39).
No sé si, como yo, te sientes confrontada con este pasaje, pero hoy es un buen momento para reaccionar ante la pregunta de Elías; poder callar y recibir la convicción que el Señor nos esté dando; examinar nuestras vidas y lamentar y sentir tristeza por la realidad de los ídolos en nuestro corazón.
En Cristo hay perdón, nuevas misericordias, gozo, paz y esperanza de restauración. El hecho de que el Señor nos confronte no es para destruirnos, sino para volvernos a Él y porque nos ama firme y profundamente. Qué bendición y asombro es saber que el Dios Creador de cielos, tierra y mar, y de nuestras vidas, nos ama y anhela celosamente. Él es digno de una entrega y consagración completa de nuestras vidas. Dios desea corazones íntegros y afirmados en Él que le busquen con deseo y pasión, como su principal tesoro.
Hoy te invito a responder a estas preguntas en tu corazón y meditar en ellas:
- ¿Qué tememos perder más que la comunión con Dios?
- ¿De qué depende nuestra sensación de seguridad o valor?
- ¿Qué deseo estamos justificando, aunque compita con la obediencia al Señor?
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