Vivimos en una cultura que asocia la abundancia con la acumulación. Más dinero, más experiencias, más comodidad, más oportunidades. Sin embargo, cuando llegamos a las páginas de la Escritura descubrimos que la abundancia de la que Dios habla es muy diferente.

Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10).

Esa abundancia no consiste principalmente en lo que poseemos, sino en Aquel a quien poseemos. Es la riqueza de una vida llena de Cristo, llena de Su Palabra y guiada por Su Espíritu.

A lo largo de los años he descubierto que la abundancia bíblica no siempre camina de la mano con la comodidad o facilidad. He experimentado temporadas de incertidumbre, pruebas, pérdidas y desafíos. Sin embargo, también he comprobado que en medio de cada una de ellas Dios ha sido suficiente. 

Más que suficiente.

La abundancia de Cristo se manifiesta en una paz que permanece cuando las circunstancias son inciertas. Se expresa en una sabiduría que nos guía cuando no sabemos qué decisión tomar. Se ve en un gozo profundo que no depende de que todo salga bien. Y se experimenta en un contentamiento que descansa en la bondad y la soberanía de Dios.

Esta abundancia crece a medida que permanecemos en Él. No es algo que producimos por nuestras propias fuerzas. Fluye de una vida que se alimenta diariamente de la Palabra de Dios y que aprende a depender del Espíritu Santo. Cuanto más conocemos a Cristo, más descubrimos que Él es el tesoro que nuestro corazón realmente necesita.

En esta etapa de mi vida, una de las formas más dulces en las que experimento esa abundancia es mirando hacia atrás y contemplando la providencia de Dios. Al observar el espejo retrovisor de los años, puedo ver cómo Su mano ha guiado cada detalle de mi historia. Muchas veces no entendí lo que Él estaba haciendo en el momento. Hubo circunstancias que parecían confusas e incluso dolorosas. Pero hoy puedo conectar muchos de esos puntos y reconocer Su fidelidad.

Veo Su misericordia en cada temporada. Veo Su paciencia conmigo. Veo Su cuidado constante. Veo cómo abrió puertas que yo jamás habría podido abrir y cómo cerró otras que, en Su sabiduría, no eran para mi bien.

La gratitud también ha sido uno de los frutos más dulces de caminar con Cristo. He aprendido que cuando reconocemos que cada temporada viene de la mano de un Padre bueno y sabio, nuestro corazón encuentra descanso. La juventud, los años de criar a mi hija, las temporadas de prueba, los tiempos de espera y ahora esta etapa de la vida; todas han sido regalos de Su providencia. 

Al recordar Su fidelidad pasada, mi corazón encuentra paz para enfrentar el futuro.

También experimento esta abundancia al contemplar las bendiciones que Dios ha derramado a lo largo de los años de caminar en Sus caminos. No hablo de una vida perfecta, porque ciertamente no lo ha sido. Hablo de la bendición de ver la mano de Dios sosteniendo mi matrimonio a través de las alegrías y las dificultades. Hablo del privilegio de contemplar la fidelidad de Dios a través de las generaciones y de ver cómo Su obra continúa mucho más allá de mí. Hablo de la profunda gratitud que produce reconocer que toda buena dádiva proviene de Él.

Hoy, una de mis mayores alegrías es ver a mis nietos. Observar sus rostros, escuchar sus risas, ver cómo Dios está obrando en sus vidas… y tener el privilegio de acompañarlos en su caminar me recuerda diariamente la bondad del Señor. Y es que la gratitud transforma nuestra perspectiva: en lugar de enfocarnos en lo que nos falta, nos ayuda a contemplar las innumerables evidencias de la gracia de Dios que nos rodean. Y cuando nuestro corazón se llena de gratitud, también se llena de gozo, de paz y de una profunda satisfacción en Él.

Nada de esto es fruto de mi propia capacidad. Todo ha sido gracia.

Por eso, cuando pienso en la abundancia, no pienso primero en lo que Dios me ha dado, sino en lo que Dios ha sido para mí. Él ha sido mi salvador, mi refugio, mi pastor, mi guía, mi proveedor y mi esperanza. Y mientras más le conozco, más convencida estoy de que la verdadera plenitud se encuentra únicamente en Él.

Quizás te encuentras en una temporada muy distinta a la mía. Tal vez estás criando niños pequeños, atravesando una prueba difícil o esperando respuestas que aún no llegan. Pero la fuente de la abundancia sigue siendo la misma:

Cristo.

La abundancia que Él ofrece está disponible para toda mujer que camina con Él en fe, que se somete a Su Palabra y que aprende a descansar en Sus caminos. No es una promesa de comodidad terrenal, sino una invitación a disfrutar de una comunión tan profunda con Él que transforme tu manera de vivir, de esperar y de perseverar.

Al final, la mayor abundancia que poseemos no está detrás de nosotras, sino delante de nosotras. Como hijas de Dios vivimos con la esperanza segura de un hogar eterno. Un día veremos a nuestro Salvador cara a cara. Un día nuestra fe será vista. Un día disfrutaremos de Su presencia sin la sombra del pecado ni del dolor.

Y entonces comprenderemos plenamente que la abundancia que anhelábamos siempre tuvo un nombre: Jesucristo.

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Sobre el autor

Laura González-De-Chávez

Laura vive en Illinois, Estados Unidos. Su pasión es discipular a las mujeres de todas las edades con el fundamento sólido de la Palabra de Dios y animarlas a vivir de acuerdo a la fe que han abrazado. Laura es … leer más …


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