¡Dame la gloria a Mí!

“…Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar;

sobre ti fijaré mis ojos…” Salmo 32:8 (RV1995)

En un devocional para mujeres leí sobre la práctica de orar para tomar un versículo al inicio de cada año con el cual quisiéramos que Dios trabajara en nuestras vidas. En 2005 creí que el mío era el Salmo 32:8.

Desde hacía 2 años servía en el ministerio de mujeres de mi iglesia y aunque sentía que ese era Su llamado para mi vida con regularidad me resultaba agobiador. Meses más tarde entendí que Dios me dirigía a hacer un alto…estaba agotada, no sentía gozo en servir.

Con más tiempo disponible me dediqué a leer biografías de grandes cristianos que cautivaron mi corazón, entre ellos, Jonathan Edwards cuyo sermón “Pecadores en manos de un Dios airado” busqué sin resultados para compartirlo con alguien que no caminaba correctamente con el Señor. Él no me permitió conseguirlo y por el contrario orquestó una serie de eventos que me llevaron en pocas semanas a estar frente a esa persona confesándole mi pecado y pidiéndole perdón…cazadora, cazada.

En esos días al visitar unos familiares con conflictos entre sí les invité a meditar en el Salmo 32; al leer cada versículo Dios encendía un farol sobre hábitos pecaminosos en mi vida que me parecían  “normales”; me dio un entendimiento diferente de del versículo 2 “…en cuyo espíritu no hay engaño...” al traer a mi mente distintas oportunidades en que ante los demás, me victimizaba y tapaba mi falta.

Y el calor subía con cada versículo, ya en el 3“…mientras callé se envejecieron mis huesos…porque de día y de noche pesó sobre mí Tu mano…” vi de dónde provenía la carga tan pesada con que siempre andaba.

Esa noche en mi habitación sostuve una fuerte lucha con el Señor porque parecía que Él me demandaba “…declarar mi pecado…no encubrir mi iniquidad…confesar mis rebeliones” no solamente a Él sino también a varias personas—en particular, hermanas en Cristo a quienes les servía. En mi resistencia, le decía al Señor que si  lo hacía no creerían jamás en mí, y venía a mi corazón una fuerte convicción de que “cómo era posible que me importara más lo que ellas pensaran que lo que Él sabía”; además, “cómo pretendía ayudar a las mujeres si tapaba mi pecado” y que lo único que El demandaba era “Isabel, dame la gloria a mí sino fuera por mi cruz no pudieras servirme”.

Luego de mucho llorar y argumentarle todas mis razones para no hacerlo…finalmente me rendí y le dije “Si, lo haré no tengo otra opción”…al terminar esa lucha, vino a mi mente “ahora te mostraré un camino más excelente…” aunque me parecía que era un versículo bíblico no recordaba donde se encontraba, para mi sorpresa descubrí que es el preludio  de 1ª Corintios 13 “El Amor”, fue cuando comprendí que ese era el camino que El me había anunciado, desde principios de año, que me iba a mostrar.

Terminé pidiendo perdón a unas 20 personas por haberles contado algunas de mis aflicciones, presentándoles una sola cara de la moneda, la de “pobrecita yo”, entre ellas aquella quien quería confrontar con el sermón de Jonathan Edwards.

¿Hay personas a quienes temes confesarle algún pecado? ¿Y si te dijera, que al final fui confrontada por mi pastor al dejarme ver que tapar mis faltas, es orgullo?

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.

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