¿Dónde llevar tu corazón destrozado?

Escrito por Josh Squires

«Necesito ayuda. Tengo el corazón roto.» Es uno de los estribillos más comunes en el ministerio de consejería. Puede deberse a muchas causas diferentes: amor no correspondido, pérdida del trabajo, sueños aplastados, pérdida de pareja o hijos. No importa su raíz, el dolor es insoportablemente similar para quienes lo sufren. Y la pregunta que prevalece es: «¿Y ahora qué?»

Llora bien

Afligirse es tanto una acción como un sentimiento. Cuando los corazones están destrozados, las mejillas deben estar húmedas. Quisiera que no fuese así, pero esa es la verdad. Hay algo acerca de llorar que provoca un miedo increíble. Es un acto de vulnerabilidad que inunda nuestros pensamientos y sentimientos, dejándonos fatigados. No es de extrañar entonces, que las personas lo eviten como si fuera una plaga, o sientan que necesitan pedir disculpas por ello.

Las Escrituras no tienen una perspectiva tan negativa respecto al duelo. Dios no dice a Sus hijos que «¡cierren la boca!» Más bien Dios pone nuestras lágrimas en su redoma (Sal. 56:8) En una antigua tierra árida donde las botellas no costaban a peso la docena, estas solamente guardaban cosas valiosas. Es más, Dios mismo llora y no pide disculpas por hacerlo (Lc. 19:41-44, Juan 11:35). Cuando el corazón de Dios experimenta dolor, Sus mejillas no están secas, y no debe avergonzarte que tampoco las tuyas lo estén.

No es suficiente simplemente desahogar nuestras emociones, éstas necesitan ser pastoreadas (Sal. 120:1, 130:1). Los cristianos no son simplemente aquellos que lloran, sino aquellos que lloran bien. No es verdad que nuestro estrés, tristeza, enojo y emociones negativas solo necesiten una válvula de escape emocional para dejar salir la presión. Esta visión «hidráulica» de los afectos generalmente hace más daño que bien. Sin darnos cuenta creemos que apenas ponemos nuestra vasija sobre el fuego, comienza a dejar escapar el lamento.

En lugar de eso, la clave es conectar la válvula de escape emocional con la esperanza. Esto no significa que siempre y a cada momento necesitamos mantener un sentimiento consciente de esperanza a la par de nuestro dolor. Dios deja un espacio en las Escrituras para pasajes como el Salmo 88 y Job 3. Él no le pide al creyente que tome una visión optimista de la vida en el Señor, pero Pablo les recuerda a los tesalonicenses que su dolor es diferente a un simple fluir emocional (1Ts. 4:13). Su dolor está fundamentado en la verdad del evangelio que es el manantial de esperanza y de la vida misma (Ro. 15:13; 1Ts. 4:14-17). La esperanza del evangelio es el fundamento para un dolor sano.  No siempre lo veremos o nos enfocaremos en él, pero está ahí. Y volverá a levantarse (Sal. 51:12).

Acude a la oración

El dolor necesita oración. Es la comunión de nuestra alma con su Creador y Sustentador. Los salmos no son una colección de cancioncitas para creyentes, sino el vivo ejemplo de las oraciones de los fieles. La oración no se trata de cambiarle la mente a Dios sino de rendir a Él los más ardientes deseos de nuestro corazón, y confiar en Su control soberano sobre ellos, aun cuando esos deseos sean frustrados.

Cristo clama en oración en Su hora de mayor desesperación (Mat. 26:36-39). Y Pablo nos dice que cuando no sabemos cómo orar como debemos, el Espíritu Santo intercede por nosotros, acomodando nuestras oraciones conforme suben a la presencia del Señor (Rom. 8:26). Hay algo sobre la oración, acerca de darle al Señor esos pensamientos y sentimientos más íntimos, que flexibiliza nuestros corazones hacia el consuelo que solamente el evangelio puede darnos.

Dios ama escuchar las crudas oraciones espontáneas del corazón de Sus hijos (Sal. 62:8). Pero la oración es más que solo un vertedero emocional. Nuestras oraciones son oraciones a un Dios que en Su Palabra nos ha dejado provisión y se ha revelado a Sí mismo. En el dolor, nuestras oraciones y nuestra alma serán bendecidas al alimentarse de la Palabra de Dios.

Meditar en las Escrituras obliga a nuestro corazón a moverse más allá de nosotros mismos y a pensar en el gran alcance de la obra redentora de Dios a favor de Su pueblo (Col. 1:13-14). Nos da esperanza en circunstancias en que, de otra manera, no habría ninguna (Juan 14:27; Ro. 8:31-39; Hebreos 13:6; Sant. 1:2); pone nuestro dolor en perspectiva, recordándonos que el dolor de nuestro corazón es solo un atisbo leve del dolor experimentado por Dios en la cruz (Mat. 27:46), un sufrimiento en el cual Él entró voluntariamente (Juan 10:18), menospreciando el costo de la vergüenza por el gozo de redimir un pueblo (Heb. 12:2).

Descansa

La aflicción nos deja exhaustos. Física y emocionalmente, nos sentimos desgastados. Una niebla terrible y persistente parece descender sobre nuestra mente y cuerpo, dificultando hasta la respiración en algunos momentos. Cuando estamos en aflicción necesitamos descanso. Más que solo descanso físico (aunque con frecuencia no menos), necesitamos descanso espiritual. Es en estos momentos que las palabras de nuestro Señor parecen más dulces que la miel:

«Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y HALLARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.» (Mat. 11:28-30)

Descansar en Jesús generalmente significa intencionalmente retirarnos de las ocupaciones del mundo. Con la poca energía emocional que tengamos, decidir enfocarnos en los propósitos del reino, lo cual provee una paz que la simple lógica no puede explicar (Fil. 4:4-9)

Acude a los amigos

El dolor no es privado. Generalmente es difícil y humillante permitir que alguien entre en la profundidad de nuestro dolor, pero Dios ama a Su pueblo demasiado para permitir que tu sufrimiento comience y termine contigo. Mantener escondido tu dolor le roba a la iglesia su habilidad de tener gozo increíble al «llevar los unos las cargas de los otros, y cumplir así la ley de Cristo» (Gal. 6:2)

No todas las personas, en todo momento, necesitan estar al tanto de la profundidad de la oscuridad en que te encuentras, pero permitir que otros caminen junto a ti en tu tiempo de aflicción es una manera de servirles, al mismo tiempo que les permites servirte. Es un recordatorio de que la vida de un peregrino en este mundo caído está muy lejos de ser color de rosa, y algún día, cuando la prueba que atraviesas quede atrás, la iglesia será bendecida al presenciar la tangible fidelidad de Dios para contigo.

Con demasiada frecuencia, Satanás usa nuestro dolor para que nos demos permiso de aislarnos, no solo personal sino corporativamente. Tan solo asistir al culto de adoración parece una tarea demasiado difícil de manejar. Cuando estamos en aflicción, puede ser difícil cantar, orar o concentrarnos en la alabanza. Podemos hasta sentir que la Cena del Señor no es más que una actividad hueca. Pero la alabanza es el ventilador de nuestro espíritu y nos manteniene vivos cuando todo lo demás parece fallar. Poco a poco, aun cuando ni cuenta nos damos, la alabanza estará consolando nuestro dolor y alimentando nuestra alma para que vuelva a estar sana.

Llora y acércate

En un mundo donde el pecado infecta e impacta todas las cosas, es imposible que los creyentes logren avanzar sin que sus corazones sean destrozados. Pero tenemos un Dios que no se queda callado en momentos como estos. Él sabe, porque ha caminado en nuestros zapatos (Heb. 4:15). Él ha sentido las punzadas terribles de un corazón destrozado. Y en momentos así, no nos dice que nos callemos y nos vayamos, sino más bien, que lloremos, nos acerquemos a Él y nos regocijemos en Él.

 

*Artículo publicado en el blog de Desiring God el 12 de agosto de 2017.

 

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