En lo más profundo del corazón de cada mujer soltera se esconde el deseo de amar a alguien. Pero cuando ese anhelo parece retrasarse, cuando la oración no recibe la respuesta que esperábamos, algo en nosotras, esa pequeña parte amante del control, comienza a hacer sus propios planes.

Hacer planes no es malo en sí mismo. Lo difícil es que, muchas veces, esos planes se convierten en una ilusión de control que alimenta nuestro deseo de manejar nuestra vida según nuestros propios términos: «Estudiaré una maestría», «Compraré un coche nuevo», «Me mudaré de casa».

Tomemos este último ejemplo… y vayamos más a fondo.

Más de una hemos pensado: «No tengo que esperar al príncipe para mudarme al castillo. Soy adulta; puedo mantenerme sola. ¿Por qué tendría que seguir aquí?». Y después de soñar, buscar departamentos, y hasta crear un tablero secreto en Pinterest con ideas de decoración… la respuesta bíblica me sorprendió una noche, mientras preparaba la cena para mi familia.

La motivación oculta detrás de mi deseo de mudarme, por más que quisiera disfrazarla, era el egoísmo de mudarme; independientemente de cómo quisiera disfrazarla, era egoísmo. YO no quería esperar más, YO quiero que las cosas sean a mi manera, YO no quiero tener que vivir en un lugar que no satisfaga mis anhelos, YO no tengo por qué soportar nada más.

Había tanto «yo» en mis pensamientos que no podía ver que la recomendación de mis líderes no era un freno a mi libertad, sino el mejor consejo para mi alma. No se trataba de construir mi propio hogar... sino de Dios construyendo el carácter de Cristo en mí.

Y estas son algunas de las verdades que el Señor me ha enseñado en este proceso:

  1. La soltería no es un tiempo de pausa, sino de dependencia. Dios provee de maneras que la independencia apresurada no siempre permite ver.
  2. Vivir sola puede facilitar la comodidad, pero no la formación. En la familia aprendemos a considerar a otros como superiores, a renunciar a nuestras preferencias, a practicar la humildad.
  3. Servir no siempre es glamoroso; es sacrificial. El servicio en el hogar es pre sala del servicio en el Reino. Antes de lavar pies, aprendemos a lavar platos.

Puedo seguir la lista por horas, es mucho lo que uno aprende cuando se rinde a la soberanía de Dios, pero dejaré que la Palabra de Dios sea mi mejor argumento, ¿dónde si no en el contexto de la autonegación y el servicio a los demás puede crecer este tipo de amor?

«El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». -1 Corintios 13:4-7

Mientras más medito en este pasaje, más entiendo que el amor bíblico no se desarrolla en escenarios ideales, sino en lo cotidiano; no en la independencia absoluta, sino en la comunidad que Dios nos da como taller de santificación.

Amada, no necesitas que el «Príncipe Azul» toque a tu puerta para aprender a amar. El amor genuino comienza en la decisión diaria de negarte a ti misma, de servir, de esperar en Dios, de confiar en Su sabiduría.

El príncipe llegará sí Dios así lo quiere, pero tu historia no empieza con él... y no termina ahí. Celebra el amor más grande, más seguro y más perfecto que jamás recibirás: la encarnación de Cristo, el Salvador que vino por ti, que te ama y que está escribiendo tu historia.

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