El corazón de una madre que ora por su hijo pródigo

Por: Jenny Walsh

Un día, durante su último año en la escuela secundaria, mi hijo salió de casa llevándose un carro y el dinero que retiró de su cuenta de ahorros. Me envió este mensaje de texto: “No trates de encontrarme.” Sabíamos que sufría de depresiones y que fumaba marihuana, pero no fue sino hasta entonces que nos enteramos que era un adicto usando todo tipo de drogas. Yo estaba frenética.

¿Alguna vez pensaste que estabas perdiendo la batalla espiritual por tu hijo mientras una cosa tras otra salía mal, aunque orabas con todo tu corazón? ¿Tienes un hijo en problemas de adicción a las drogas, alcohol, promiscuidad sexual, asuntos de identidad sexual, desórdenes alimenticios, autoflagelación, depresión, intentos suicidas u otros desórdenes de salud mental, problemas legales o de conducta?

Cuando las circunstancias por las cuales oras, empeoran cada día, continuar orando con valentía se convierte en una lucha.

Les comparto algunas de las enseñanzas que el Señor me mostró en la travesía con mi familia.

1. Ora con una fe que crezca, no en temor

Con el paso del tiempo comencé a ver que mis oraciones, por fervientes que fueran, necesitaban un esquema completamente nuevo. En el caso de mi hijo sentía que, cada día, debía orar por todos los escenarios posibles que se me ocurrían debido a que no sabía dónde estaba, desconocía los peligros que enfrentaba y ni siquiera tenía la certeza de si estaba vivo.

De manera delicada, el Señor me reveló que este tipo de oración incesante no estaba, en lo absoluto, basada en la fe sino en el temor.  Intentaba controlar la situación, aunque fuera de una manera diferente. Ya no podía controlar dónde estaba mi hijo ni con quién podría estar, pero intentaba hacerlo por medio de la oración.  Este versículo de 2ª Crónicas 20:12 sobresalió de repente en mi lectura matutina:

“…No sabemos qué hacer, pero nuestros ojos están vueltos a ti.”

Continué leyendo y llegué a los versículos 15-17:

"No temáis, ni os acobardéis delante de esta gran multitud, porque la batalla no es vuestra, sino de Dios… apostaos y estad quietos, y ved la salvación del SEÑOR con vosotros.”

El Señor usó estos versículos para animarme a dejar a mi hijo a Sus pies cada mañana y dejar de estar orando todo el día.  Pude mantenerme firme en mi fe, creyendo que el Señor estaba haciendo Su obra, aunque yo pudiera o no, verla. Él sabía qué hacer; yo no. Él siempre me mostró el siguiente paso que debía tomar. Yo quería conocer los próximos veinte pasos, pero Él solamente me mostraba el siguiente.  Así fue como Él hizo crecer mi fe. Al mismo tiempo, Isaías 30:15 lo confirmó en mi corazón: “En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder.”

2. Ora dejando en libertad a tu pródigo

Hay ocasiones en que parece imposible enfocar toda tu atención a la oración cuando enfrentas una emergencia tras otra. Cuando el ataque espiritual es fuerte y te encuentras en el pozo de lodo cenagoso, pídele a algunas amigas de confianza que te sostengan en oración.

Cuánto amo saber que cada oración que he elevado, reposa en copas de oro llenas de incienso frente al trono de gracia, como lo leemos en Apocalipsis 5:8. No están limitadas por el tiempo, están ante el Señor por la eternidad.  Están obrando ya sea que podamos o no, elevar otra oración más.  Cristo intercede continuamente por nosotras, como nos muestra Romanos 8:34 y el Espíritu intercede por nosotras con gemidos que las palabras no pueden expresar. Ahí se lleva a cabo la intercesión.

Cuando pase el tiempo, podrás orar de nuevo y enfocarte. Pero por ahora, deja a tu hijo a Sus pies y entiende que no existe un mejor lugar dónde dejarlo. Podrías sentir que no estás haciendo nada, pero ya has hecho lo más importante, dejarlo en libertad delante del Señor.

3. Ora de manera persistente con tu esperanza puesta en Cristo

He aprendido nuevas maneras de orar por mí y por mi familia.  A continuación, algunas de mis peticiones cuando clamo al Señor:

Por mí misma:

  • Que me permita salir de mi vergüenza y de mi culpa, pues es la mejor manera de poder ayudar a mis hijos y a otros.

  • Que no permita que me engañe a mí misma, y que me revele cualquier pecado que esté pasando por alto.

  • Que no trate de controlar ni mejorar a otros, y que aprenda a cambiar mis respuestas.

  • Que aumente mi fe (Lucas 17:5) y me ayude a vencer mi incredulidad (Marcos 9:24).

  • Que, a pesar de las circunstancias, tenga la fe de los fieles descritos en Hebreos 11 quienes nunca recibieron la promesa (v.39) y así pueda orar con valentía.

  • Que tenga el valor de amar como Él ama; es decir, permitir las consecuencias, aunque sean duras, y a veces hasta parezcan sin amor.

Me recuerdo a mí misma que mi esperanza está puesta solamente en Cristo, no en centros de rehabilitación ni en doctores ni en decisiones que mi familia o yo, tomemos; tampoco en circunstancias ni en ninguna otra cosa.  Mi esperanza está solamente en Cristo.

Por mi familia:

  • Que Él provoque desilusión en mis hijos cuando tomen decisiones equivocadas, haciéndolos sentir cada vez más incómodos. Los cambios solo ocurren cuando nos sentimos incómodos.

  • Que dejen de engañarse y sean honestos consigo mismos y con otros, reconociendo las mentiras del maligno.

  • Que derrame el Espíritu Santo sobre nuestra familia, sabiendo que Él contesta esa petición, como lo promete en Lucas 11:13.  

  • Que el Espíritu nos conceda unidad y sanidad, guardando nuestro matrimonio y la relación con nuestros hijos.

Hemos lidiado con desórdenes alimenticios, ansiedad y otros asuntos con nuestros hijos. Estas luchas me enseñaron nuevas formas de orar ya fuera que las circunstancias mejoraran o no.

Mi hijo regresó una semana después de haberse ido, lo cual dio inicio a una lucha de un año -que incluyó tres centros de rehabilitación diferentes, dejarlo en un refugio para personas sin hogar, tres meses en las calles y luego un cuarto centro de rehabilitación- a través de la cual Dios lo humilló bajo Su poderosa mano y le dio libertad de la esclavitud.  Lleva dos años y medio limpio, asistiendo a la universidad, trabajando y él sabe que fue Dios quien lo salvó.

No dejes de orar, aunque parezca que estás perdiendo la batalla. Que el Señor te anime y te muestre cómo quiere que ores y rindas a tus hijos delante de Él.

Dios les ama más de lo que tú jamás podrás hacerlo.

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