El Evangelio y la disciplina

La palabra ‘disciplina’ a veces nos molesta.  Nos incomoda. Nos suena a ‘obligación’, a ‘tarea’, a ‘esclavitud’ o ‘imposición’. Muchas veces nos recuerda a la medicina que nuestros padres nos obligaban a tomar porque nos hacía bien, y que con resignación y con cara de disgusto, la tragábamos.

Esto no debe extrañarnos. La carne generalmente se resiste a lo difícil, a lo que nos saca de nuestra comodidad, al sacrificio. Hoy día queremos lo fácil, lo rápido, lo eficiente, y la ruta del menor esfuerzo posible.  

También nos resistimos a todo aquello que nos gobierne, restrinja o nos reste libertad. Muchas veces consideramos la disciplina como un yugo pesado, pero espero que al final de esta publicación puedas darte cuenta de que no lo es. Se trata más bien de ejercitar la libertad y el poder que nos da el Evangelio para rendir intencionalmente nuestras voluntades a Su gobierno, en respuesta al llamado de Dios y movidas por nuestro amor hacia Él.

La meta de la disciplina no es incomodarnos ni restringirnos, sino ayudarnos a cultivar la piedad.

Vivir para la gloria de Dios debe ser nuestro anhelo y meta.

Por la Palabra de Su boca Dios creó los cielos y la tierra y todo lo que existe. Dios vio que todo lo que había hecho era bueno y le asignó a Adán y a Eva la responsabilidad de gobernar la tierra.  Para llevar a cabo esta labor nos dio una serie de mandatos y de instrucciones y nos hizo dependientes de Él para hacerlo.

Pero la desobediencia de Adán y Eva a las instrucciones de Dios nos hizo incapaces de obedecer; nos sujetó a la esclavitud de nuestros deseos, apetitos, y voluntades. Es el glorioso Evangelio de Cristo que nos redime y nos capacita, por medio de Su Espíritu Santo, a vivir de acuerdo a Su llamado y mandamientos.

Sin embargo, nuestras voluntades aún son débiles. Si no nos disciplinamos, terminamos viviendo de acuerdo a nuestros sentimientos y deseos caídos. Vivimos vidas de desorden, regidas por nuestra carne y nuestros gustos, en lugar de nuestra teología.

La fe nos empuja a la acción: nos disciplina para la piedad.

Por eso, dispónganse para actuar con inteligencia; tengan dominio propio; pongan su esperanza completamente en la gracia que se les dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó (1 P 1:13-15, NVI)

Jesús nos da mandatos que en nuestras fuerzas son imposibles de cumplir. Una de las primeras cosas que Jesús les dice a sus discípulos es: “muere a ti mismo”.  Él nos manda a llevar nuestra cruz y a seguirle (Mt 16:24). Cuando depositamos nuestra fe en Él, ésta debe ser seguida de un caminar diario de negación y obediencia.

Aquí entra la disciplina. Consiste en una actividad, obra o esfuerzo intencional que hacemos— impulsadas y capacitadas por el Espíritu que levantó a Jesucristo de los muertos— para lograr lo que antes no hubiéramos podido lograr por nuestros propios esfuerzos.

La disciplina comienza por someter la voluntad y los deseos de la carne, entregando nuestros propios cuerpos como sacrificios vivos (Ro 12:1), “pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. (1 Co 6:20).

Esto siempre será una lucha porque nuestra carne se resiste a ser sometida.  Algunas áreas donde las mujeres necesitamos de disciplina son:

  • La comida
  • Sexualidad/pureza
  • Manejo adecuado del tiempo
  • Los pensamientos
  • El uso de nuestros recursos
  • El trabajo y el servicio
  • Las emociones

Necesitamos incorporar hábitos en nuestra vida que nos coloquen en el camino de la obediencia.

La disciplina tiene dos componentes y ambos cooperan juntos para colocarnos bajo el control del Espíritu Santo en las áreas con las que luchamos. Pablo nos habla de esto en Efesios 2: “que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre… y os vistáis del nuevo hombre” (Ef 2:22a y 24a).

Primero, debemos abstenernos de ciertas cosas con el objetivo de fortalecer la voluntad. Conocemos nuestras propias debilidades y las cosas que nos son obstáculos a la obediencia completa. Probablemente no sean pecados en sí, pero son cosas que nos pesan y estorban.

Segundo, debemos desarrollar nuevos hábitos con el objetivo de crecer en piedad. No es suficiente dejar de pecar, o incluso dejar hábitos que no nos ayudan. Es necesario reemplazarlos con acciones que nos impulsan en ese camino de la obediencia.

Algunas de las disciplinas espirituales básicas que nos pueden ayudar a transformar nuestro entendimiento, a gobernar nuestra voluntad, incluyen:

  • El estudio regular y meditación de la Palabra
  • La oración
  • El ayuno
  • Adoración corporativa
  • Soledad y quietud

Es importante aclarar que ninguna de estas disciplinas nos gana puntos con Dios y tampoco eliminan nuestra necesidad de gracia.  Son simples mecanismos que usamos para ayudarnos a permanecer más cerca de Jesús y crecer más a Su imagen.

Como cristianas, somos disciplinadas por la palabra de Su gracia que nos transforma y nos instruye. Esta gracia, obrando en el poder del Espíritu Santo, nos capacita para obedecerle.

No debemos resistirnos a las disciplinas, más bien debemos incorporarlas en nuestra vida diaria con gozo. Si queremos obedecer a Aquél que entregó Su vida por nosotros y crecer en piedad cada día; si queremos vivir el Evangelio que hemos creído, viviendo como luminares y anunciando Sus virtudes al mundo, la disciplina no es opcional.

La disciplina es el riel por el cual andamos en obediencia, para nuestro gozo y para Su gloria."

¿Qué áreas de tu vida necesitan estar bajo el control del Espíritu Santo?

¿Qué disciplinas espirituales pudieras incorporar para ayudarte a crecer en piedad en esas áreas?

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Sobre el autor

Laura González de Chávez

Laura González de Chávez

Laura vive en Oklahoma City, Estados Unidos. Es esposa de Fausto. Su pasión es discipular a las mujeres de todas las edades con el fundamento sólido de la Palabra de Dios y ayudarlas a vivir de acuerdo a la fe que han abrazado. Laura es consejera bíblica en su iglesia y mentora de muchas mujeres jóvenes. Actualmente dirige el ministerio de Aviva Nuestros Corazones, una labor que le ha ayudado a alcanzar a las mujeres de su generación con el mensaje del Evangelio y de la feminidad bíblica. También produce, junto a su esposo, el programa radial semanal "Un Hogar Sobre la Roca", que busca contribuir a redimir el diseño de Dios para la familia. Laura tiene una hija, Sarah, casada con Jonathan, y cuatro hermosos nietos, Zoë, Noah, Joy y Levi. 

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