¡Escucha los ecos de la promesa! III

Lectura bíblica: Salmos 22

La vida de este lado del cielo es difícil. Vivimos en un mundo caído, corrompido por el pecado, y a muchas esa corrupción nos toca de cerca; se hace muy real en nuestras vidas: la pérdida de algún ser querido, la pérdida de un empleo, problemas financieros, adulterio, matrimonios en conflicto, enfermedades, abusos, y la lista pudiera seguir y seguir.

En momentos como estos, somos tentadas a pensar que Dios nos ha abandonado. Nos vemos en medio de situaciones que no entendemos. No podemos creer que Dios realmente pueda tener algún «buen» propósito en mente cuando estamos atravesando alguna desesperante y apremiante realidad.

En medio de la agonía del sufrimiento, Dios parece ocultarse de nosotras; nos sentimos abandonadas. Este era el sentir de David al escribir este Salmo. Saúl lo buscaba para matarlo y se sentía acorralado, olvidado por Dios.

Es el mismo enigma de Job mientras atravesaba las duras circunstancias que Dios permitió en su vida: «Hastiado estoy de mi vida:Daré rienda suelta a mi queja, hablaré en la amargura de mi alma. Le diré a Dios: ‘No me condenes, hazme saber que tienes contra mí.¿Es justo para Ti oprimir, rechazar la obra de Tus manos…?» (Job 10:1-3). Job no podía comprender por qué Dios estaba permitiendo estas circunstancias tan terribles.

En medio de su angustia, David clamaba a Dios. Desde su niñez sabía que Dios lo conocía; lo había visto nacer y lo había sustentado y cuidado (vv. 9-10). Él conocía el Dios en quien había creído; sabía que era capaz de ayudarle, salvarle, y que su confianza no sería decepcionada. Él sabía que Dios no lo desampararía a pesar de sus pecados:

Dios mío, de día clamo y no respondes;
Y de noche, pero no hay para mí reposo.
Sin embargo, Tú eres santo,
que habitas entre las alabanzas de Israel.
En Ti confiaron nuestros padres;
Confiaron, y Tú los libraste.
A Ti clamaron, y fueron librados;
en Ti confiaron, y no fueron decepcionados. (vv. 2-5)

Dios inspiró a David acerca de los sufrimientos del Mesías que vendría y escribió este Salmo mesiánico bajo la inspiración del Espíritu Santo.

No es de extrañar que Jesús cita este Salmo mientras estuvo clavado en la cruz. A diferencia de David, Él experimentó un abandono real: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46; Mar 15:34). Jesús, sin pecado alguno, haciendo la voluntad de Dios perfectamente, experimentó el más terrible sufrimiento y desolación jamás imaginado. A pesar de haberse rendido total y voluntariamente a la voluntad de Su Padre, en esos momentos de intenso dolor y humillación estuvo realmente abandonado. Voluntariamente asumió la responsabilidad de recibir el castigo por nuestros pecados, y Dios desencadenó toda su furia sobre Él:

Pero yo soy gusano, y no hombre;
oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.
Todos los que me ven, de mí se burlan;
Hacen muecas con los labios, menean la cabeza, diciendo:
Que se encomiende al Señor; que Él lo libre;
que Él lo rescate, puesto que en Él se deleita… (vv.6-8)

Ávidos abren su boca contra mí,
Como un león que despedaza y ruge.
Soy derramado como agua,
y todos mis huesos están descoyuntados;
mi corazón es como cera;
se derrite en medio de mis entrañas…. (vv. 13-14)

Puedo contar todos mis huesos;
ellos me miran, me observan.
Se reparten entre sí mis vestidos,
y sobre mi ropa echan suertes. (vv.17-18)

Jesús cargó con la maldición del pecado que David y todas nosotras merecemos. Fue cortado temporalmente del favor y la comunión que había disfrutado junto al Padre desde la eternidad para cargar con nuestros pecados; para recibir en Su propio cuerpo todo el peso de la ira de Dios que tu y yo debimos haber recibido.

¿Estás en medio de una gran aflicción? Considera a Cristo, Aquél que soportó tal hostilidad de los pecadores en contra de Él mismo, para que no te canses ni te desanimes en tu corazón (Heb 12:3 pf). Él soportó la cruz en tu lugar, despreciando la vergüenza, en medio de Su agonizante sufrimiento.

Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador del mundo, sufrió lo inexplicable, lo que tu y yo jamás sufriremos, para que ahora podamos tener vida en Él; para que podamos alabarle y tener comunión con el Padre. Y Él nos invita a participar de Sus sufrimientos, sabiendo que el mayor sufrimiento de todos (la horrenda ira de Dios) ya fue sufrida en Su propia carne, en nuestro lugar.

Y este sufrimiento no fue sin propósito. Finalmente vemos que Dios no ocultó de Él su rostro permanentemente. «Lo exaltó hasta lo sumo, y Le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra,y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11)

Este Salmo 22 termina con un grito de victoria, victoria que hoy es nuestra:

Hablaré de Tu nombre a mis hermanos;
en medio de la congregación Te alabaré.
Los que temen al Señor, alábenlo;
descendencia toda de Jacob, glorifíquenlo,
témanlo, descendencia toda de Israel.
Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado,
ni le ha escondido Su rostro;
sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó.

De Ti viene mi alabanza en la gran congregación;
mis votos cumpliré delante de los que Le temen.
Los pobres comerán y se saciarán;
los que buscan al Señor, Lo alabarán.
¡Viva para siempre el corazón de ustedes!
Todos los términos de la tierra se acordarán y se volverán al Señor,
y todas las familias de las naciones adorarán delante de Ti.
Porque del Señor es el reino,
y Él gobierna las naciones.
Todos los grandes de la tierra comerán y adorarán;
se postrarán ante Él todos los que descienden al polvo,
Aún aquél que no puede conservar viva su alma.
La posteridad Le servirá;
esto se dirá del Señor hasta la generación venidera.
Vendrán y anunciarán Su justicia;
A un pueblo por nacer, anunciarán que Él ha hecho esto. (vv.21-31)

Al igual que David, podemos proclamar que, en todo tiempo, nuestra confianza está en Dios. Cristo reina. Él es fiel. Él escucha nuestras oraciones. Él salva. La maldición ha sido revocada y podemos alabar a Cristo a una voz sabiendo que, sin importar el sufrimiento temporal, las aflicciones leves y pasajeras por las que estemos atravesando en este mundo caído (2 Cor. 4:17), Dios no nos ha abandonado. Escondidas en Él y vestidas de Su justicia ya no tendremos que sufrir la ira de Dios.

Cristo ha terminado la gran obra de redención. Su obra perdura de generación en generación a favor de aquellos que reconocen sus transgresiones y aceptan Su sacrificio para el perdón de los pecados. Ahora sabemos que, aun en medio de un mundo que gime debido al pecado, Cristo, nuestro salvador ha dicho, «consumado es», y nos ha extendido su misericordia. Podemos confiar en Él en todo tiempo, seguras de que esta esperanza no decepciona.

¡Estas son buenas nuevas de gran gozo!

Reflexiona

  • ¿En algún momento has sentido que Dios se ha olvidado de ti?
  • ¿Qué propósito redentor pudiera tener, en las manos de Dios, la circunstancia por la que estás atravesando?

Ora

Ora que Dios te conceda entender tu vida y todas tus circunstancias a través de Su perspectiva y recuérdale a tu alma diariamente la inmensa salvación que Cristo ha ganado para ti.

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Sobre el autor

Laura González de Chávez

Laura González de Chávez

Laura vive en Oklahoma City, Estados Unidos. Es esposa de Fausto. Su pasión es discipular a las mujeres de todas las edades con el fundamento sólido de la Palabra de Dios y ayudarlas a vivir de acuerdo a la fe que han abrazado. Laura es consejera bíblica en su iglesia y mentora de muchas mujeres jóvenes. Actualmente dirige el ministerio de Aviva Nuestros Corazones, una labor que le ha ayudado a alcanzar a las mujeres de su generación con el mensaje del Evangelio y de la feminidad bíblica. También produce, junto a su esposo, el programa radial semanal "Un Hogar Sobre la Roca", que busca contribuir a redimir el diseño de Dios para la familia. Laura tiene una hija, Sarah, casada con Jonathan, y cuatro hermosos nietos, Zoë, Noah, Joy y Levi. 

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