Lo único que deseas es guiar y proteger a tu hija, ayudándole a tomar decisiones que honren al Señor. Pero qué si ella ignora tus consejos y se resiste a tus oraciones, ¿cómo podrías influir en su corazón sin alejarla de ti? ¿Cómo podrías ayudarla a mantener su fe cuando el mundo parece arrastrarla en la dirección opuesta?
Cuando mi amiga «Beth», madre de cuatro hijos (de edades entre diez a quince años), me planteó preguntas similares, la puse en contacto con «Dana», embajadora de Revive Our Hearts, quien ya ha recorrido este camino con sus hijas, ahora adultas. Grabé su conversación y adapté una parte para la publicación de este blog, para que ustedes, como madres que también están pasando por lo mismo, pudieran escucharla. Espero que, al leer las sinceras preguntas de Beth y aprender de la valiosa experiencia de Dana, encuentren nuevas fuerzas y renueven su confianza en Dios, quien ama a sus hijas incluso más que ustedes.
Cuando cada conversación se siente como una batalla
Al comenzar la conversación, Beth compartió su frustración con respecto a los problemas que tiene con su hija de quince años. «Hemos dedicado catorce años sentando las bases», dijo, y aunque su hija no rechaza directamente a Cristo, se rebela cuando las reglas de sus padres difieren de lo que hacen sus amigas. Beth siente que la tensión en su hogar afecta también a sus otros hijos.
Beth: Me siento muy sola. Le estoy preguntando al Señor: «¿Qué debo hacer en esta situación?». He estado examinando mi propio corazón y preguntándome: «¿Será que tengo miedo de lo que piensen los demás? ¿Me preocupa lo que la gente llegue a pensar de nosotros como padres?».
Quizás tengo expectativas poco realistas. No sé si simplemente debo dejar que ella «encuentre su propio camino». No sé dónde poner los límites. Mi mayor deseo es mantener una buena relación con mis hijas para que no se distancien de mí y dejen de hablarme del todo; pero parece que estamos a punto de que eso suceda.
Dana: Puedo identificarme contigo, Beth. Durante la adolescencia, nuestras hijas luchan por su necesidad de independencia, lo cual es normal, ¿verdad? Quieren ser ellas mismas.
Me parece que has estado sentando las bases. Tu papel comenzará a cambiar ligeramente en cuanto a cómo abordar estas situaciones y la forma como refuerzas los valores familiares a la luz de lo que dice la Palabra de Dios. Cuando se acerquen a los dieciocho años, querrás que ellas asuman su propia fe mientras se preparan para dejar el hogar. Se trata de mucha colaboración y más diálogo sobre sus decisiones, en lugar de simplemente decirles lo que tienen que hacer.
El objetivo de nuestra crianza es que nuestras hijas se conviertan en fervientes seguidoras de Cristo. Por supuesto, sabemos que nosotras no podemos lograrlo; esa es la obra de Dios. Nosotras somos un instrumento, una herramienta de gracia en las manos de Dios para transmitir verdad, vida y esperanza a la vida de nuestras hijas.
Ya sea que se trate de la modestia, la música o cualquier otro tema, todo se reduce a ayudarles a comprender cuál es nuestro propósito en la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo podemos vivir para agradar a Dios de una manera que lo glorifique? ¿Cuál es el plan de Dios en todo esto? En definitiva, cuando ellas se vayan de casa, no se trata de lo que mamá y papá quieren, sino de lo que Dios desea.
Beth: Mientras hemos estado atravesando momentos difíciles, he orado mucho sobre si mi comportamiento es como de una farisea en mi propia casa. Me he estado preguntando: «¿Veo a mis hijos como Jesús los ve? ¿O simplemente me limito a señalarles la Ley, la Ley, la Ley todo el tiempo, esperando que eso cambie sus corazones?».
También me he preguntado si es que me estoy enfocando más en la Ley que en transmitirles una visión elevada de quién es Dios y en compartir testimonios de todas las cosas que Él ha hecho. Lo que transforma nuestros corazones es un encuentro con Cristo. Si tienen una hermosa visión de Jesús, creo que eso cambiará la forma en que se visten y lo que escuchan. El contraste entre los caminos de Jesús y los del mundo es inmenso. Para mí, esa hermosa visión de Jesús llegó a través de valles oscuros y tiempos muy difíciles, no cuando todo era fácil.
Dana: Sí, de eso se trata, de aferrarse a Jesús. Lo que necesitas es buscar a Cristo y ser un ejemplo de lo que significa depender de Él en tus propias dificultades. En las conversaciones con tus hijas, muéstrate con transparencia y vulnerabilidad.
Cuando te equivoques, confiesa: «Por esta razón necesitamos a Cristo. Yo necesito a Cristo. Por favor, perdóname», y luego explícales la razón de tus reacciones. Ningún padre o madre va a hacer esto a la perfección, pero ahí es donde entra en juego el evangelio para mostrarnos que tenemos una profunda necesidad de Cristo y que Él es la solución.
Es un gran privilegio para los padres encarnar el amor de Dios para con nuestros hijos. Pero muchos padres se desconectan durante la adolescencia porque la situación se vuelve difícil y la resistencia de los hijos es real. Nuestros sentimientos pueden resultar heridos, y a veces nos encerramos en nosotros mismos y no queremos interactuar. Por eso es importante reconocer cuando sucede esto para poder confesarlo rápidamente, arrepentirnos y reconciliarnos con Dios (verticalmente) y luego reconciliarnos con nuestros hijos (horizontalmente).
Me resultó muy útil darme cuenta de que Dios nos está santificando a cada una de nosotras. Él va a usar el problema que está abordando en el corazón de mi hija —donde la está santificando— para santificarme a mí también. Ella verá a Cristo obrando en mí a medida que yo dependa de Él y confíe en Él.
Otro momento alentador ocurrió durante una época en la que me sentía muy ansiosa por muchas cosas. Casualmente, estaba leyendo y reflexionando sobre la humildad de Cristo en Filipenses 2, donde dice:
«No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús». —Filipenses 2:3-5.
Recuerdo haber pensado: ¡Esa es la clave, la humildad! No debo velar solo por mis propios intereses; necesito ver cómo puedo servir y conectar con el corazón de mi hija en esta situación. Entonces creé mi propio lema: «No te pongas tensa, mantente firme». Cuando sentía la tensión y quería volver a ponerme nerviosa, era una oportunidad para dejar de lado mi ego y decir: «Voy a elegir actuar con humildad en este momento».
¿Tienes algún versículo sobre la crianza de los hijos que te venga a la mente y que te haya servido de guía? Beth
Beth: Sí, varía según las temporadas. Durante los últimos dos años, mi lema ha sido: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn. 3:30). Esto me recuerda que debo abandonar la idea de que merezco algo mejor. Me ha ayudado a dejar de creer la mentira de que, si mis circunstancias fueran diferentes, yo sería diferente.
Otro versículo que me ha ayudado es 2 Corintios 10:5: «… poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo». Puede que piense que soy la peor madre del mundo, pero no es verdad.
Durante los últimos dos años, la frase «El cielo gobierna» de Aviva Nuestros Corazones también me ha sido de gran ayuda, al igual que la idea de buscar primero el reino de Dios (Mt. 6:33). Me repito: «Busca primero el reino», sobre todo cuando me preocupo por cosas como sus calificaciones. A veces me da miedo que mis hijas no entren a una buena universidad, pero al final, ¿qué es lo que más deseo? Si reflexiono profundamente, ¿quiero que tengan éxito en el mundo o que tengan éxito en el reino de Dios?
Su destino final es el cielo, así que, ¿me estoy alterando por algo que está centrado en el reino de Dios o en las cosas del mundo? ¿Cuál es el plan de Dios? No se trata de sacar las mejores notas. No se trata de tener hijos perfectamente vestidos o bien educados. El orden es bueno, y hacer las cosas con excelencia también lo es, pero en definitiva, ¿qué es lo que quiero? Cuando vea a Jesús cara a cara, quiero ver a mis hijas allí.
Dana: Estás siendo transformada por la renovación de tu mente (Ro. 12:2). Veo que realmente buscas a Dios y que te esfuerzas por confiar en Él. Es una entrega diaria confiarle a Él lo más preciado y valioso para nosotras: nuestras hijas.
Necesitamos fijar nuestra mirada en Él y decir: «Dios, esto se trata de Tu gloria. Confío en que redimirás todo lo que has traído a nuestras vidas. Tú eres el Redentor». Eso nos libera mucho como padres. No tenemos el poder de crear el resultado que deseamos.
Es una rendición: «Dios, que se haga Tu voluntad. Tú vas a cumplir Tu voluntad en sus vidas a Tu manera, porque Tu propósito es transformarlas a la semejanza de Cristo».
Escucho decir: «Pero todas las demás chicas lo hacen».
Durante la adolescencia, tu papel es más bien el de una guía, ayudándolas a explorar sus sentimientos más profundos, especialmente cuando dicen: «Todas las demás lo hacen» o «Quiero encajar», en lugar de desear ser más como Cristo. Las demás no son el modelo a seguir, así que animamos a nuestras hijas a fijarse en Él, a considerar qué le agradaría a Él, basándonos en lo que sabemos en Su Palabra. Las guiamos para que comprendan que su objetivo es agradar a Dios, no ser como las demás.
«Mamá, tú estás juzgándome. No entiendes cómo me siento».
Esa es una situación difícil; a sus ojos, parece que eres demasiado criticona. Ahí es donde debes intervenir con transparencia y vulnerabilidad. Comparte algunas de tus propias dificultades y cómo te has sentido presionada por la sociedad. Quizás no se trate tanto de la ropa que eliges últimamente, pero le podrías decir: «He estado lidiando con el miedo a lo que piensen los demás», «Quiero que mis amigas tengan una buena opinión de mí, así que a veces exagero la verdad». O «He elegido algo que no quería para encajar y para que me vieran de cierta manera». Sabes, esto les permite ver cómo has aplicado el evangelio. ¿Cómo ha sido tan real en tu vida? ¿Cómo está marcando la diferencia? Esto les puede ayudar a comprender mejor sus propios problemas.
Beth: Espero que en el fondo me estén escuchando. ¿Alguna vez te has preguntado eso? Los adolescentes ponen los ojos en blanco, piensan que estás exagerando o que le estás dando demasiada importancia a algo tan pequeño. Pero, creo que sí me están escuchando.
Dana: Sí, sí lo están, más de lo que te imaginas. Durante años hubo tantos momentos en los que me preguntaba: ¿Lo está entendiendo? ¿Lo está captando? Luego, sin querer, escuchaba una conversación que ella tenía con una amiga, y repetía exactamente las mismas palabras a esta persona que estaba en una situación similar.
Creo que ya le has dado a tu hija la información que necesita. Ahora debes confiar en que Dios obrará en ella a medida que crece en santificación. Las dificultades que enfrentan irán disminuyendo, pero hoy estos son los problemas fundamentales de su corazón: es allí donde busca seguridad, identidad y aprobación. Ayúdala a fortalecer su confianza en su identidad en Cristo. Recuérdale quién es. Como hija de Dios, su belleza y su valor residen en su identidad con Él.
Una oración de perseverancia
En los últimos momentos de la conversación, antes de terminar la llamada, Dana se tomó un momento para orar por Beth. Comenzó leyendo un pasaje que se había convertido en su lema durante la crianza de sus hijas. Al leer estas palabras, que el Señor fortalezca tu corazón y te recuerde que la fidelidad con la que estás sembrando ahora en el corazón de tu hija adolescente no es en vano. Dios sabe lo difícil que es, y Él mismo te promete que cosecharás a su debido tiempo. Que Él continúe ayudándote a perseverar en Él.
«No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos».
—Gálatas 6:9
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