Esta vida no está destinada a satisfacerte

Escrito por Stacey Salsbery

Soy una soñadora, no lo negaré. Cuando tengo una idea en mi cabeza, no puedo evitar emocionarme pensando en que nada en el mundo se le comparara. De hecho, no pasa mucho tiempo antes de afirmar que ese nuevo sueño, sea lo que sea, es lo que me faltaba en la vida. El sueño que, finalmente, me conducirá a un nuevo nivel de satisfacción y contentamiento.

El problema es que nunca ha funcionado. No importa el sueño o el nivel de éxito que alcance con respecto al sueño, la satisfacción continúa escapándose de mí. ¿Entonces, qué hago? Pues, encuentro un nuevo sueño y el ciclo continúa.

Cuando era adolescente, me di cuenta que la escuela secundaria no era tan espectacular como había imaginado, era el último año de escuela el que en realidad estaba anticipando. Sin embargo, cuando llegó mi último año y me di cuenta de que tenía que usar traje de baño y nadar durante la clase de gimnasia del primer período de clases, comencé a esperar con ansias que llegara la universidad.

No obstante, la universidad fue increíble. ¿Cuándo más en la vida tiene todas tus comidas hechas por ti, los platos lavados por ti, amigos a tu disposición los siete días de la semana y una mujer sonriente que diariamente limpia el baño de tu dormitorio en la universidad? El problema es que la universidad no dura para siempre, e incluso entonces, en mi último año, ya no soñaba con los dormitorios de la universidad, sino con el matrimonio.

Solo dame un esposo y algunos niños

Si me hubieras preguntado en tercer grado qué quería ser cuando creciera, la respuesta sería, sin duda, esposa y madre. El día de la jornada de orientación vocacional, yo estaba buscando la mesa de «ADC» (Ama de Casa). No miento cuando digo que me decepcionó no poder estudiar «Licenciatura en ADC» en la universidad. Pues para mí, estar casada y tener hijos, era el sueño mayor que culminaría con todos mis sueños.

Entonces, un día, ocurrió. Conocí al hombre más maravilloso de toda mi vida. Nos casamos, tuvimos cuatro hermosos bebés y me embarqué en la carrera que siempre quise: presidente de operaciones en el hogar.

Soy bendecida, no hay discusión sobre eso. La vida que siempre soñé me fue entregada en un color brillante. Sin embargo, no estaba satisfecha y me sentía terrible por eso. No es que no fuera feliz, sino que la casa, los niños y mi esposo, aunque eran hermosas bendiciones, no me satisfacían como pensé que lo harían.

Como resultado, mi nuevo sueño se convirtió en escapar de la locura de los berrinches, los pañales y los platos. Durante la siesta de mis hijos, pasaba el tiempo buscando boletos de avión para cualquier lugar cálido; planeaba formas de salir sola de la casa e, incluso, contemplaba tener otro bebé para poder disfrutar dos días en el hospital sin niños, con comidas calientes y algo de tiempo en el televisor (en serio, eso pasó por mi mente).

Pero, después de volver a mis cinco sentidos (más o menos), comencé a soñar con cosas: una casa más grande y más citas con mi esposo, porque tal vez ese era el problema. «Por cierto cariño, ¿hay espacio en el presupuesto para una niñera?». No, no lo había.

Aunque muchos de mis sueños se hicieron realidad, la búsqueda de satisfacción continuó evadiéndome. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no estaba feliz? Esas eran las preguntas sobre las que reflexionaba sentada en el piso de la sala de juegos con mis hijos. «Señor, perdóname», oré. No sabía de qué me arrepentía, solo sabía que algo estaba mal.

Solo dame a Jesús

Entonces, un día, mientras leía el relato de Abraham en Génesis 15, el Señor me abrió los ojos al verdadero problema. En el versículo 1 el Señor le dice a Abraham (que todavía se llamaba Abram en ese momento): «No temas, Abram, Yo soy un escudo para ti; Tu recompensa será muy grande». Dios era la recompensa de Abraham, ¡no riquezas, ni cosas, ni matrimonio, ni éxito, ni hijos!

Eso me detuvo en seco. ¿Veía a Dios como mi recompensa? No, no lo hacía. Pero Dios era y seguía siendo mi más grande recompensa.

Mi falta de satisfacción no era porque no tenía todas las cosas que necesitaba, quería u oraba. Mi insatisfacción surgió de no ver a Dios como mi mayor recompensa.

El Salmo 16:11 dice: «Me darás a conocer la senda de la vida; En Tu presencia hay plenitud de gozo; En Tu diestra hay deleites para siempre». El camino más satisfactorio que podemos tomar en esta vida es el de buscar la presencia de Dios.

Pero yo no había estado buscando a Dios, al menos no en primer lugar. Claro, Dios era parte de mi día, y la iglesia era parte de mi vida. Intentaba orar y leer mi Biblia todos los días, pero nunca había visto a Dios como la recompensa: aquello sin lo que no podría vivir, el sueño que más necesitaba y la mayor bendición que jamás podría recibir. Me di cuenta que rogarle a Dios por algo que no sea Él mismo, es rogarle a Dios por menos.

Nuestra mayor recompensa es una relación con Dios

La clave para encontrar satisfacción en la vida no es tener todo lo que deseamos, sino desear todo de Dios.

Dios nos ha ordenado que lo amemos con todo nuestro corazón, alma y mente (Mt. 22:37), no solo porque Él merece toda nuestra atención, sino también para nuestro beneficio. La satisfacción no es el resultado de ganar cosas, la satisfacción es el resultado de obtener al Salvador.

Cuando lo que más queremos son las cosas de este mundo, ya sea amor o niños o profesiones o un número en una báscula o un número en el banco o un cierto número de calle, no es satisfacción lo que encontramos, sino un camino de continua decepción.

¿Por qué? Porque esta vida, infestada de personas caídas y pecado, no tiene la intención de satisfacernos. Es Dios quien desea y merece el honor de satisfacer su creación. El salmista ora en el Salmo 90:14:

«Sácianos por la mañana con Tu misericordia,
Y cantaremos con gozo y nos alegraremos todos nuestros días».

Porque, sinceramente, no hay otra manera.

Nada es mejor que conocer a Dios

Nada en toda la creación se compara con Dios, y nada es mejor que conocer a Dios. La vida eterna en la presencia de Dios es la mayor recompensa que recibiremos. No porque haya calles de oro, reuniones con seres queridos, árboles frutales desbordando por doquier y las mansiones que Jesús ha estado construyendo, sino porque Dios estará allí y nosotras estaremos con Dios.

Pero en Cristo, no tenemos que esperar para recibir nuestra extremadamente grande recompensa. ¡Dios está disponible para nosotras ahora! Hoy, hay satisfacción en la presencia perfecta de Dios, cuando elegimos adorar al Señor en lugar de revolcarnos en las cosas que no tenemos y estamos convencidas de que todavía necesitamos

No me malinterpretes, todavía tengo días en que me veo atrapada en las búsquedas equivocadas. Este mundo puede ser tentador. Es por eso que la promesa de Santiago 4:8: «Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes», se ha hecho cercana y querida para mi corazón. Incluso cuando me desvío, Dios me da la bienvenida para acercarme a Él una y otra vez.

Alabado sea el Señor porque este mundo y todo lo que contiene, las bendiciones y la generosidad, no me satisfacen. De lo contrario, podría haber dejado de buscar el verdadero tesoro: conocer, recibir y disfrutar de mi Salvador y Dios, el Señor Jesucristo. 

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