Gracias por el pan de cada día

Sentados a la mesa todos inclinan sus rostros y se oye una oración breve: "Señor, gracias por estos alimentos, bendícelos, permite que nos hagan bien, provee a aquellos que no tienen y bendice las manos de quien los preparó en el nombre de Jesús, amén".

¿Te suena familiar esta oración? ¿Seremos culpables de haber usado algo así un día tras otro en nuestras mesas? Muchas veces criticamos a aquellos que caen en vanas repeticiones, pero creo que tú y yo hemos sido presa de la misma en incontables ocasiones, sobre todo cuando se trata de dar gracia por los alimentos.

¿Cómo te sentirías si un día te tomas el cuidado de preparar todo un festín para un mendigo de la calle y éste no muestra sentimientos de alegría y gratitud? O, ¿si después de haber elegido un rico menú y puesto tu mesa de manera pulcra, tus hijos te dicen gracias mecánicamente? sabes que intelectualmente están entrenados para decir gracias por inercia, pero sin un sentimiento real de: "¡Wao! Gracias. Nuevamente cuidaste cada detalle para que tuviéramos no solo una buena nutrición sino que embelleciste nuestros alimentos con armoniosos colores, aromas y sabores! que detallista eres!"

Pues bien, creo que ese espíritu de ingratitud es el que caracteriza muchas veces nuestras acciones de gracias por los alimentos, los cuales en Su bondad Dios nos provee cada día.

Si te has percatado de esta situación en tu vida, es tiempo de que comiences a meditar en cuánto bien nos hace Dios a través del sustento diario, de la forma fiel en que nos provee, aun sin nosotros merecerlo; meditar en que hay otros afuera pasando hambre o dificultades para conseguir alimento. No creo que en todo tiempo pequemos de vanas repeticiones e ingratitud, pero creo que frecuentemente secularizamos nuestras acciones de gracias a la hora de tomar los alimentos.

Examinemos detenidamente cuáles palabras nos acompañan en la oración que efectuamos antes de cada comida, y meditemos más en los maravillosos milagros que ocurren por la mano portentosa de Dios a la hora en que nuestra mesa tiene alimentos para los nuestros.

Pensemos en qué le estamos enseñando a nuestros hijos con estas oraciones, ¿Es un rito, una costumbre o en realidad estamos agradecidas por Su provisión diaria? ¿Están ellos viendo un corazón agradecido hacia un Dios vivo que se ocupa cuidadosamente de nuestras necesidades? ¿Les estamos pasando una mera tradición o un sentido de gratitud hacia Aquel que nos sustenta? ¿Cuánto nos maravillamos por el Proveedor de los manjares diarios? ¿Son mis oraciones un reflejo de mi amor y gratitud al Dador Supremo? Debemos cuestionarnos y pedirle sabiduría al Padre para orar con nuestra familia como conviene. Que Él nos ayude y nos capacite debe ser nuestra petición.

Esto me recuerda las letras de un himno que permanecen frescas en mi memoria:

Cuanto bien tenemos procede del Creador,
Su nombre load y gracias dad por Su infinito amor.
El Hacedor Supremo de cuanto existe es El,
Su aroma da a las flores y a las abejas miel,
las aves alimenta, de peces puebla el mar
y da a Sus criaturas su cotidiano pan.
Te damos gracias Padre por cuanto bien nos das,
las flores y los frutos, salud y vida y pan,
nada hay con que paguemos lo que nos da Tu amor,
sino nuestro sincero y humilde corazón.

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Sobre el autor

Rafaela Luciano de Viñas

Rafaela Luciano de Viñas

Está casada con Mario Viñas con quien tiene tres hijos: Mariela, Claudia y Mario Rafael. Es mercadóloga de profesión. Esposa y madre a tiempo completo, labores que entiende son un privilegio y hermoso regalo de Dios. Le encantan las artes manuales, pasión que comparte con sus pequeñas. Disfruta la lectura sobre temas de paternidad y familia cristiana, en su interés por servir mejor al Señor en el ministerio de su hogar.

Es miembro de la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo desde 1989, donde  junto a su esposo sirve en diferentes ministerios. Es su anhelo seguir creciendo en el conocimiento del Señor y   poder traspasar su fe a las siguientes generaciones.