La armadura de Dios: Mi vestuario favorito

Hola amadas hermanas, hoy iniciamos una serie especial sobre la armadura de Dios. Estaremos hablando sobre un elemento de esta armadura en los próximos lunes. Acompáñanos junto a Stacey Salsbery en estas reflexiones.- Yamell de Jaramillo 

Un día de otoño, hace unos años, decidí que tenía que ser como todo el mundo en las redes sociales y llevar a mis hijos al huerto de calabazas. Aunque esto pueda parecer una aventura completamente normal, una excursión de un día al huerto de calabazas durante la cosecha no es una tarea fácil para la mujer de cualquier agricultor. Lo más probable es que ella lleve a los niños sola. 

Así que, ese año decidí que la foto habitual de mis hijos frente al lugar de devolución de carros del supermercado sosteniendo sus calabazas de premio (compradas en la tienda) no iba a ser suficiente. Por supuesto, mis hijos estaban encantados. El más pequeño (de cuatro años en ese momento) me miró y gritó: «¡Mamá, voy a comprar una calabaza tan grande como el mundo!». 

«¿En serio?», respondí. «¿Y cómo esperas que mami lleve una calabaza tan grande como el tamaño del mundo? Papá no está aquí para llevarla, ¿recuerdas?».

«No tienes que cargarla, mami. Jesús es tan fuerte; Él la llevará».

Así de fácil, su fe de niño me paró en seco. ¿Tenía mi hijo más fe que yo? ¿Tenía yo la misma confianza en la fuerza de Dios? ¿Estaba yo tan asentada en mi pensamiento como él? Me desafió pensar que mi hijo estaba más preparado que yo para afrontar el día. 

Necesitamos la fuerza de Dios

Al final del libro de Efesios, el apóstol Pablo les dice a los creyentes: «Fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza», poniéndose la armadura de Dios (Ef. 6:10-11). Luego da la razón en el versículo 12: «Porque no tenemos lucha contra la carne y la sangre, sino contra los gobernantes, contra las autoridades, contra los poderes cósmicos sobre esta oscuridad presente, contra las fuerzas espirituales del mal en los lugares celestiales». 

La palabra «lucha» en el versículo 12 es una palabra que se usa para el combate cuerpo a cuerpo. La idea es una guerra activa, cara a cara. Pablo nos anima a vivir cada día con la fuerza de nuestro Dios Todopoderoso, porque la vida cristiana no es una fiesta de té, una parrillada en el patio trasero o una clase perpetua. Por el contrario, la vida cristiana es una zona de guerra, una feroz batalla de influencia espiritual, ¡y debemos estar preparadas!

Sin embargo, por comodidad y complacencia, tendemos a tratar el cristianismo más bien como una fiesta de pijamas con palomitas y brownies. Mientras un enemigo despiadado, que siempre amenaza la vida, destroza nuestros matrimonios, secuestra a nuestros hijos, asedia nuestro gobierno, coloca banderas de victoria en nuestras escuelas, y compromete a nuestros medios de comunicación para que hagan su trabajo sucio; nos sentamos y observamos, sin estar preparadas y apropiadamente «vestidas» para la lucha.

Las fuerzas espirituales del mal son reales

Seamos sinceras. Se siente extraño decir que hay fuerzas espirituales del mal que nos persiguen. Pero si creemos que Dios y sus ángeles son reales, ¿por qué no creeríamos que el diablo y sus demonios son reales? La Biblia nos dice que el diablo es un gran engañador y el padre de mentira. ¿Y cuál es el objetivo de cada mentiroso, ladrón y estafador que existe? Hacerte creer que no fue él. 

«No soy yo», dice el padre de la mentira, «es tu compañero de trabajo».

«No soy yo», dice el maligno, «es tu esposo».

«Es el hecho de que no tienes suficiente dinero o que no has perdido el peso que ganaste en el embarazo o que no tienes la casa que quieres o que no has dicho lo correcto. Es tu culpa, no la mía. Sólo soy un producto de tu imaginación, una locura de abracadabra que no merece tu tiempo». 

Así que vamos a dejar las cosas claras ahora mismo: Dios es real. Los ángeles son reales. Satanás es real. Los demonios son reales. Hay una batalla que no podemos ver, una batalla entre el bien y el mal (Hollywood no inventó esto). Las fuerzas espirituales del mal no están sentadas jugando con sus pulgares. Por el contrario, están persiguiendo ardientemente nuestra fe, nuestros hijos, nuestra unidad y nuestra justicia, buscando mantenernos continuamente atrapadas en asuntos tontos y vacíos de esperanza. 

Las batallas espirituales requieren una armadura espiritual

La buena noticia es que Dios nos ha dado una manera de luchar, pero no en nuestra carne. En una batalla espiritual, la fuerza de la carne es tan útil como subirse a un triciclo para protegerse de un oso cuando un tanque blindado está disponible en el siguiente lugar de estacionamiento.

Las batallas espirituales requieren armas espirituales. Nuestra carne devastada por el pecado y nuestra perspectiva terrenal no son rivales para un enemigo espiritual. Pero cuando la fe es nuestro escudo y la verdad es nuestro cinturón; cuando la salvación es nuestro casco y la justicia nuestra coraza; y cuando la Palabra de Dios es nuestra espada, dejamos al enemigo sin poder.

Por otro lado, le entregamos a nuestro enemigo espiritual la bandera de la victoria cada vez que enfrentamos la batalla con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios recursos. Escucha, amiga mía, perderemos el cien por ciento de las batallas en las que participemos cuando no nos ponemos la armadura espiritual. Apartadas de Cristo no tenemos lo que necesitamos para ganar. Con Él, tenemos todo lo que necesitamos y más.

Ponerse la armadura no es opcional para los creyentes. Es un código de vestimenta obligatorio si esperamos sobrevivir a los campos minados de la tentación que el diablo pone en nuestro camino. Tal vez te estés preguntando, ¿cómo es ponerse el cinturón de la verdad o el yelmo de la salvación? ¿Cómo hacemos eso en un sentido práctico cuando no es algo que colocamos físicamente en nuestros cuerpos? Muy buena pregunta.

Vale la pena ponerse la armadura

En las próximas semanas estudiaremos en detalle cada pieza de nuestra armadura que Dios nos ha dado. Ese vestuario espiritual es algo especial para aquellos que deciden ponérselo. Pero ahí está la clave: tenemos que vestirnos. Tenemos que quitarnos a propósito nuestro «vestuario de deportes cristiano» y ponernos nuestros trajes de guerrero para experimentar el vasto poder de la fuerza de Dios. Y lo tenemos que hacer a diario.

La vida real no es una fiesta de pijamas, es una zona de combate. La fiesta viene después. «Sométanse, pues, a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de vosotros» (Santiago 4:7). ¡Qué promesa tan gloriosa! Sométanse al camino de Dios, a la voluntad de Dios y al tiempo de Dios, confiando en las promesas de Dios; y el diablo huirá de ustedes, incapaz de combatir una fe tan feroz. 

Piénsalo de esta manera: Jesús ganó todas las batallas que experimentó, ¡y luchó muchas! Hebreos 4:15 dice que Jesús fue tentado en todo. ¿Cómo ganó Cristo? De la misma manera que nosotras podemos ganar: con la fuerza de Dios, vivida a través de la fe, la verdad y la justicia. En otras palabras, Cristo vivió cada momento con Su armadura espiritual colocada correctamente. 

Ahora imagina que nosotras hiciéramos lo mismo. ¿Y si cada mañana nos levantáramos y pusiéramos mentalmente un escudo de fe sobre nuestras dudas, nos recordáramos el evangelio y afiláramos nuestras espadas de la verdad? ¿Y si viviéramos realmente preparadas para las tentaciones que seguramente nos llegarán? 

El enemigo no sabría qué lo golpeó. Aunque todavía intentaría derrotarnos, las flechas del diablo no encontrarían mas que la fe fortificada por Dios antes de caer inútilmente al suelo. Y no sé tú, pero eso es lo que yo quiero. Quiero ser fortalecida en el Señor y en el poder de su fuerza (Ef. 6:10), y quiero mantenerme firme. No quiero ser un blanco fácil. Quiero que la armadura de Dios se convierta en mi vestuario. 

El Señor peleará por nosotras, pero eso no significa que podamos quedarnos sin protección. Necesitamos nuestra armadura espiritual puesta, y la necesitamos ahora. Puede que no se ajuste a la última tendencia de la moda, pero te garantizo que la armadura que Dios te ha dado es la vestimenta más práctica que tienes, y creo que llegarás a amarla en las próximas semanas.

Quién sabe, puede que incluso se convierta en tu vestuario favorito; definitivamente se ha convertido en el mío.

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Sobre el autor

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery es esposa de granjero y madre de cuatro hijos. Cuando no está sirviendo una comida, viajando en un tractor con su esposo o llevando a los niños a practicar, la encontrará escapando de la locura escribiendo devocionales en Deeper Devos, donde les da a los lectores una una mirada práctica y más profunda a la Palabra de Dios. Sus cosas favoritas en el mundo (sin contar a su Salvador, esposo e hijos) incluyen decorar de casa, comprar libros nuevos y salir a correr. Stacey y su familia residen en los campos de maíz de Indiana.

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