La dama de hierro: Más que una película: el legado de una vida

La película “La Dama de Hierro” basada en la vida de Margaret Thatcher, Ex Primera Ministro inglesa fue muy promovida a inicios del 2012. Tenía mucho interés en verla pues había sido una de sus admiradoras. Además, a finales de la década de los ‘90, algunos colegas me llamaban “La Thatcher” o “la Dama de Hierro”  –aunque me enorgullecía en aquel tiempo, Dios me hizo entender que no había motivo para ello.

Esta reflexión podría titularse “Mujer, no desperdicies tu vida” siguiendo el libro de John Piper. Al ver la película me impresionó su legado en su familia y me hizo pensar en Gálatas 6:7 “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará”. Algunas de las escenas me hicieron recordar muchos de mis errores como madre a tal punto que pedí perdón a mi hijo por algunas situaciones específicas de mis años de trabajólica.

Como no soy política ni economista, no puedo evaluar su legado político. Sin embargo, siendo una madre que cometió sus propias faltas y en atención al llamado de Tito 2:3-5 que ordena a las mujeres mayores a enseñar a las más jóvenes, quiero referirme a la otra “Carrera” que se desarrollaba paralelamente en su vida: la crianza de sus hijos, que es parte del diseño y llamado de Dios para las mujeres como “dadoras de vida” (Gen. 3:20).

Ella creció en un hogar cristiano con un padre predicador; esa pudo ser la razón por la cual en varios de sus discursos, usaba pasajes de la Palabra y que al cuestionarle sobre el rol de las mujeres, respondiera que la relación madre e hijo era el lazo más fuerte en la vida. Sin embargo, tal como nos ocurre en muchas ocasiones a ti y a mí, no vivió lo que predicaba.

Ante la propuesta de matrimonio de su prometido, su respuesta, en medio del llanto, fue que no sería una mujer de lavar platos ni atender hijos, quizás recordando las enseñanzas de la Biblia que había recibido desde su niñez. ¿Cuántas de nosotras no hemos llorado debido a que nos resistimos a hacer la voluntad de Dios?

En otra ocasión, ella sube los vidrios de su carro ignorando el clamor de sus hijos pidiéndole que no los dejara para irse al trabajo. Cuando actuamos de esa manera, no solamente estamos cerrando una puerta a nuestros hijos sino algo peor, sus corazones hacia nosotras.Paradójicamente, la carrera por la cual sacrificó su familia no terminó de manera halagadora pues se le pidió renunciar antes de concluir su mandato prohibiéndosele ser candidata nuevamente.  En una entrevista indicó que si tuviera la oportunidad de vivir nuevamente no elegiría esa carrera debido al daño que ocasionó en su familia.

Su hija escribió un libro criticándola debido a su ausencia en el hogar, citando una ocasión en que al cuestionar a su madre comparándola con las madres de sus amigos, ésta le respondió que aquellos no tenían los privilegios que ella “disfrutaba”. ¿No nos engaña igualmente nuestro corazón? (Jeremías 17:9).

En sus últimos años, la prensa británica se hacía eco de su soledad, refiriendo las escasas visitas familiares que recibía; llevándome a pensar que su cosecha era contraria a la de la mujer de Proverbios 31 a quien sus hijos llaman bienaventurada y su esposo la alaba.

Que Dios tenga misericordia de nosotras derritiendo a tiempo el “hierro” en nuestros corazones, evitándonos así días “oxidados” en el ocaso de nuestra vida.

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.

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