Todo el mundo tiene un credo. Incluso quienes afirman que no creen en credos tienen uno. Su credo es: «Yo no creo en credos». Pero ¿qué es exactamente un credo?

Un credo es, sencillamente, una declaración de lo que una persona cree. La palabra viene del latín credo, que significa «creer». Así que, si tienes la capacidad de creer algo, entonces tienes un credo, aun si nunca lo has puesto por escrito o verbalizado.

A través de la historia, individuos y grupos han expresado sus credos de muchas maneras. Algunos han recibido nombres como Declaraciones, Resoluciones, Veredictos, Declaraciones de Fe, Declaraciones de Misión, Confesiones (del latín confessus: reconocer, declarar), o Manifiestos (del latín manifestus: evidente, claro). Aunque sus formatos cambian, todos cumplen una función semejante: hacer visible aquello que una persona o comunidad considera verdadero.

Los credos escritos han jugado un papel innegable en la historia, la política, la filosofía, la cultura y también en la iglesia.

Los Estados Unidos de América fueron fundados sobre un conjunto de convicciones expresadas en la Declaración de Independencia: «Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales…». La aristocracia francesa fue desafiada por medio de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano durante la Revolución Francesa. Carlos Marx y Federico Engels colaboraron en el Manifiesto Comunista, un documento que transformó el panorama político por generaciones. Más adelante, en 1933, surgió el Manifiesto Humanista I, seguido por el Manifiesto Humanista II en 1973, que incluyó afirmaciones como: «ninguna deidad nos salvará; debemos salvarnos nosotros mismos» y «somos responsables por lo que somos o por lo que seremos».

Quizá en su momento estos documentos parecían solo ideas escritas sobre papel, pero las ideas nunca permanecen pequeñas. Con el tiempo forman imaginarios, moldean leyes, transforman culturas y terminan definiendo cómo una generación entiende la realidad.

Hoy seguimos viendo ese mismo fenómeno. Nuestra cultura continúa produciendo credos —aunque ya no siempre se llamen así— por medio de manifiestos, movimientos sociales, plataformas digitales, entretenimiento y narrativas que responden preguntas fundamentales: ¿Quién soy? ¿Qué significa ser libre? ¿Qué define mi identidad? ¿Qué me hace valiosa? ¿Cuál es el propósito de mi vida?

La realidad es que nadie vive sin una visión del mundo. Todos estamos siendo discipulados por algo.

De la misma manera en que los credos políticos y filosóficos han influenciado profundamente el curso de la historia secular, los credos cristianos también han marcado profundamente la historia de la Iglesia.

Sin embargo, existe una diferencia importante: los credos cristianos históricos no fueron concebidos como nuevas revelaciones ni como sustitutos de la Escritura. Fueron escritos para resumir, proteger y expresar fielmente aquello que la Biblia enseña. A través de los siglos, la Iglesia ha recurrido a estas declaraciones cuando ha sido necesario responder a errores doctrinales, aclarar confusiones o afirmar verdades fundamentales del evangelio.

El Credo de los Apóstoles, desarrollado en los primeros siglos de la iglesia, afirmó verdades esenciales sobre Cristo, y enfatizó Su verdadera humanidad frente a corrientes que negaban Su encarnación real. Más adelante, el Credo de Nicea defendió con claridad la plena deidad de Cristo frente al arrianismo, que sostenía que Jesús era una creación superior pero no verdaderamente Dios.

Siglos después, las 95 tesis de Martín Lutero confrontaron prácticas que habían oscurecido el evangelio y se convirtieron en uno de los catalizadores de la Reforma Protestante. A estas les siguieron documentos como la Confesión de Augsburgo, el Catecismo de Heidelberg, los Cánones de Dort, la Confesión Bautista de Londres y la Confesión de Fe de Westminster.

Más recientemente, en 1978, la Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica reafirmó la autoridad y confiabilidad de las Escrituras frente a corrientes que buscaban reinterpretarlas o reducirlas a una experiencia meramente humana.

La historia demuestra que los credos importan.

Los credos desafían personas, corrigen trayectorias, clarifican creencias, marcan el rumbo, generan movimientos.

Son como señales en un cruce de caminos. Obligan al viajero a decidir en qué dirección caminará. Y esa decisión no solo afecta el destino personal; también impacta a quienes vienen detrás.

Por eso importa tanto preguntarnos: ¿qué credo está moldeando nuestra manera de vivir?

Desde que fue presentado públicamente en Chicago el 11 de octubre de 2008, miles de mujeres por todo el mundo han respaldado el Manifiesto de la Mujer Verdadera. Este manifiesto busca resumir lo que sus firmantes creen que la Biblia enseña acerca de lo que significa ser una mujer creada a imagen de Dios y llamada a vivir para Su gloria.

Y quizá hoy esta conversación es aún más relevante que cuando comenzó.

Vivimos en una época marcada por preguntas profundas sobre identidad, sexualidad, propósito, matrimonio, familia y significado humano. Muchas mujeres experimentan presión constante para construir su identidad desde dentro de sí mismas, definir su verdad o reinterpretar continuamente quiénes son.

Pero la cosmovisión bíblica ofrece algo diferente.

La Escritura enseña que nuestra identidad no nace de la autoinvención sino del diseño de nuestro Creador. Nos recuerda que fuimos hechas con dignidad, propósito y significado. Nos llama a encontrar en Cristo nuestra verdadera esperanza, nuestra restauración y nuestra plenitud.

Esto no significa ignorar heridas reales ni minimizar luchas complejas. Tampoco significa que todas las mujeres vivirán exactamente las mismas expresiones de feminidad. Significa reconocer que Dios no dejó nuestra identidad a la deriva ni nos abandonó para definirnos solas.

El «Manifiesto de la Mujer Verdadera» no pretende ser una declaración exhaustiva de fe, ni una lista completa de doctrinas esenciales para la salvación. Tampoco agrega autoridad a la Biblia ni reemplaza las Escrituras.

Como ocurre con cualquier credo, algunos podrían debatir extensamente el lenguaje, el orden o los énfasis utilizados. Pero hacer solo eso sería perder de vista el propósito.

El manifiesto busca funcionar como una señal que apunta hacia aquello que creemos que Dios ya ha dicho en Su Palabra acerca de las mujeres. Declara la convicción de que, aunque algunas enseñanzas bíblicas puedan parecer impopulares o contraculturales en nuestra generación, la Palabra de Dios sigue siendo buena, suficiente y digna de confianza.

Quizá la pregunta no es si estás viviendo según un credo.

La pregunta es: ¿cuál?

Muchas mujeres hoy viven —a veces sin darse cuenta— guiadas por credos que absorbieron del ambiente que las rodea.

Por eso, al recordar el legado de la Reforma y el llamado constante de la Iglesia a volver una y otra vez a la verdad, quiero invitarte a considerar un credo diferente.

No uno construido sobre tendencias cambiantes, sino sobre la Palabra que permanece.

Lee el «Manifiesto de la Mujer Verdadera».

Examínalo a la luz de las Escrituras.

Y si refleja aquello que crees que Dios enseña, firma con convicción y únete a este llamado contracultural de vivir como una mujer que pertenece a Cristo.

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Sobre el autor

Mary Kassian

Además de ser colaboradora habitual en los pódcasts de Revive Our Hearts y conferencista en las conferencias True Woman y Mujer Verdadera, Mary Kassian es una autora galardonada y reconocida conferencista internacional. Ha escrito más de una docena de libros … leer más …


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