No escondas tus canas

Hace poco llamé a mi mamá para cantarle Feliz Cumpleaños.

“¿Este es el cumpleaños importante?” le pregunté.

“Tengo 39” me dijo con voz melodiosa, “siempre 39.”

¿Por qué fingir? Me preguntaba, desconcertada de que afirmara ser más joven que su propia hija.

Sin intención, en algún momento después de los 40, comencé a quitarme un año: diciendo 42 en lugar de 43, y 43 cuando tenía 44. Entonces llegué a los 45. En esta ocasión era mi hijo quien me estaba cantando en mi cumpleaños. No me preguntó mi edad, pero siendo tan bueno como es en Matemáticas, declaró audazmente, “¡Mami, estás a la mitad de los 90!”

Me reí. Pero también sentí un pinchazo. De pronto sentí mucha más empatía por mi mamá.

No es fácil hacerse vieja. Y hay muchísima ayuda para disimularlo (y fingir que no es así)

Los comerciantes nos instan,

Tiñe tu cabello

Inyecta tu piel

Sume el estómago

Trabaja en tus abdominales

Piensa como delgada.

La multimillonaria industria de la belleza mantiene la farsa, mostrando, todo el tiempo, muy poco o ningún respeto por los de edad avanzada.

Cuando se trata de envejecer, nuestra cultura ofrece tres opciones: retardarlo, disimularlo, o despreciarlo.

No lo retardes – ¡Abrázalo!

De joven, nunca entendí por qué mi Nana me consideraba mal educada por preguntar su edad. Solía fastidiarla con preguntas acerca de cuándo había nacido –sin resultado alguno. Quería saber el número de sus años, considerando excepcional que alguien pudiera vivir tanto. Amaba sus manos ya torcidas y le rogaba que ya no se tiñera el cabello y se lo dejara al natural. Aunque nunca reveló su edad, sí dejó de teñirse su cabello. Y cuando lo hizo, se volvió en un blanco brillante. Me encantaba decirle lo hermosa que era; y prometí nunca teñirme mi propio cabello cuando tuviera su edad.

Pero en algún momento entre los 14 y los 40, algo cambió. Comencé a disimular mi edad en el salón de belleza, haciendo lo que dije que nunca haría. Pagando por tener mi cabello con un color, de una manera que nunca entendí cuando era pequeña. Y me gustaba la afirmación que recibía por mi decisión. Pero cada vez que venía a mi Biblia en Proverbios mi conciencia me susurraba, “la cabeza canosa es corona de gloria, y se encuentra en el camino de la justicia.” Con el tiempo, el susurro se volvió más fuerte.

No lo disimules - Enseña

Ese no era el único pasaje que desafiaba mis esfuerzos de disimular mi edad. Pablo le dice a Tito que las mujeres mayores han de “enseñar lo que es bueno, y así entrenar a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios nos sea blasfemada.” (Tito 2:3-5)

Cuando era joven, siempre me encantó este pasaje, pues quería ser discipulada por una mujer mayor, y anticipaba ser mentora cuando madurara. Pero para que adornemos el evangelio de esta manera, las mujeres mayores deben estar dispuestas a reconocer que, en realidad, son mujeres mayores.

Para mí, eso significaba dejarme las canas. No fue fácil deshacerme de la pócima de la juventud para mis cabellos: la presión de mi estilista de continuar tiñéndomelo, la “fea fase” de que se vieran las raíces canosas, y la aparición de mechones, con tantas evidencias de que me estaba haciendo vieja. Mi orgullo lamentó la muerte de mi ilusión de no envejecer jamás.

¿La sabiduría apareció junto con mis raíces blancas? Bueno, no. Las canas son evidencia de una vida larga, pero el mero acontecer del tiempo no produce la sabiduría que vale la pena compartir. Para ser vieja y sabia se necesita tener intención, comenzar a poner atención a la naturaleza fugaz de la vida.

En el Salmo 90:12, Moisés oró, “Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” Hay un tesoro de sabiduría que viene de contar nuestros días, no solo conforme van pasando, sino sabiendo cuántos nos quedan. No es fácil pensar con sinceridad sobre nuestros límites. Es doloroso porque se nos ha puesto eternidad en nuestro corazón (Eclesiastés 3:11). Pero es necesario. Envejecer hace que se rompa la burbuja de mi auto-suficiencia. Mujeres mayores, ¡dejen que se rompa!

En nosotras mismas, no somos suficientes. Enfrentar nuestros límites y menguadas vidas nos empuja a pensar sobre lo que es importante. El enemigo prometió a Eva que, si pecaba, “ciertamente no moriréis” (Génesis 3:4); es el mismo enemigo que nos miente haciéndonos valorar el pasar nuestros años persiguiendo una etapa que ya ha quedado atrás, distrayéndonos de la tarea que tenemos para esta etapa en que nos encontramos. ¿Cuál es esa tarea? Enseñar a las más jóvenes.

Y si las mujeres mayores van a enseñar fielmente a las más jóvenes, ellas mismas deben ser “reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno” (Tito 2:3). Esto significa aprender formas y maneras llenas de gracia, conduciéndonos con dignidad, practicando conversaciones piadosas, y aprendiendo cómo desviar el chisme, mientras instamos a otras a hacer lo mismo. Significa poner el ejemplo de edificar a otras en las redes sociales y saber cuándo retirarse. Significa no ser controlada por las pasiones y codicias de la carne, incluyendo el deseo de verse perfecta en Pinterest y Facebook.  Significa ser administradoras diligentes de nuestro tiempo y responsabilidades en casa y en la iglesia. En resumen, significa abrazar la madurez, en lugar de tratar de retardar su comienzo.

Mientras más practico estas cosas, y mientras más sal blanca crece en medio de mis cabellos salpicados con pimienta, más valiente me siento de hablar la verdad en la vida de las mujeres más jóvenes a mi alrededor.

No lo desprecies – Florece

A nuestra cultura le gustaría que despreciáramos el avance de los años. Las Escrituras dicen que envejecer es un regalo para administrarlo invirtiendo en el reino.

El Salmo 92:12-15 me da esperanza –y propósito- para los años por venir, sea cual sea el número de años que aún me queden:

El justo florecerá como la palma, crecerá como cedro en el Líbano.

Plantados en la casa del SEÑOR, florecerán en los atrios de nuestro Dios.

Aun en la vejez darán fruto; estarán vigorosos y muy verdes,

para anunciar cuán recto es el SEÑOR, mi roca, y que no hay injusticia en El.

Salmo 92:12-15

No importa el número de velas en tu pastel, ¿hay más de las que quisieras aceptar? No podemos negar que estamos envejeciendo. Nuestro exterior –nuestra piel, nuestro cabello, nuestros músculos, y más- está decayendo. No hay cantidad suficiente de colorante que pueda retardar lo inevitable. ¡Pero anímate! Si le perteneces a Jesús, “el interior se renueva de día en día.” (2ª Corintios 4:16). Desgastémonos por las más jóvenes que estén en nuestra vida, mirando más allá de lo que se ve y de lo temporal hacia lo verdaderamente hermoso y eterno.

Si eres una mujer comprada con sangre, ¡estás llamada a abrazar una nueva etapa de encanto que el mundo nunca entenderá!

Publicado originalmente en inglés en DesiringGod.org

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