Quiero lo que esa mujer tiene

Escrito por Jennifer Brogdon

Discretamente me muevo hacia la parte de atrás de la iglesia para aquietar a mi bebé que llora desconsolado. Anhelo poner toda mi atención al sermón, pero debo alimentar a mi pequeño. Por los murmullos me doy cuenta que el llanto de mi bebé no solo me distrae, sino que también atrae la atención de otras mujeres –aquellas que anhelan tener hijos.

Los bebés rodean a las mujeres sin hijos y les recuerdan el dolor por el anhelo de concebir. Las mujeres solteras, que desean casarse y tener hijos, experimentan sentimientos parecidos. Ambas se preguntan si Dios les dará un bebé propio –sea que sonrían o lloren, felices o molestos –no les importa. Ellas simplemente anhelan un hijo.

En ocasiones, con mi bebé en brazos, miro a las mujeres sin hijos y recuerdo el privilegio de sentarse a escuchar una predicación con la Biblia abierta sobre el regazo y la pluma lista en la mano. La mente de las mujeres piadosas no está exenta del dicho “Queremos lo que no podemos tener.” Cuando asumimos que aquellas mujeres que tienen lo que anhelamos, están llenas de gozo y contentamiento por sus circunstancias, los celos y la amargura pueden echar raíz en nuestra alma. (He. 12:15)

Luchando por contentamiento a pesar de las circunstancias

¿Cesaría mi queja si pudiera enfocarme atentamente, una vez más en el sermón? ¿Las solteras y las mujeres sin hijos dejarían de quejarse en cuanto tengan un bebé, incluso uno que les robe la concentración? Muy probablemente, seguiríamos quejándonos. No siempre tuve contentamiento antes de tener hijos y tampoco tengo perfecto contentamiento con un hijo.  Como mujeres cristianas, debemos luchar para tener contentamiento en toda circunstancia. Que podamos estimularnos unas a otras al contentamiento en lugar de caer en la trampa de la comparación y malos entendidos (Flp. 4:11-13; He. 10:24).

Hay sufrimiento en ambas circunstancias –teniendo hijos y anhelando tener hijos. Como madre sufro por no saber cómo consolar a mi bebé, por la ansiedad de cómo educarla y al poner sus necesidades por encima de las mías, para mencionar solo algunas. Por su parte, las esposas que anhelan hijos sufren de ansiedad cuando se acerca el final de cada mes, o por el temor de un aborto espontáneo y al luchar con la decisión de Dios de no proveerles hijos… y la lista continúa. Las mujeres solteras luchan contra la soledad, lo incierto del futuro y los anhelos no satisfechos de tener un esposo y una familia.

Raquel y Lea

En las Escrituras, encontramos una batalla por los hijos en la historia de Jacob y la rivalidad entre sus esposas, que eran hermanas –Raquel y Lea. Raquel es hermosa y cuenta con más amor de parte de su esposo, Jacob. En contraste, Lea no tiene mucha belleza, ni recibe mucho amor de Jacob (Gn. 29:17-18, 30). Por la misericordia de Dios, Lea concibe y cría hijos mientras que Raquel sufre por la infertilidad (Gn. 29:31). Ella cree que, debido a que Dios la ha bendecido con hijos, su esposo tendría que amarla. Pero indudablemente, sufre el dolor de criar cuatro hijos antes de sentir el contentamiento de alabar al Señor (Gn. 29:32-35).

Aunque Jacob derrama todo su amor en su amada Raquel, ella envidia a su hermana y sufre el descontento de no tener hijos todavía (Gn. 30:1-8). Lea tiene una matriz fructífera. Raquel no. Raquel tiene el amor de su esposo. Lea no. Cada una quiere lo que la otra tiene.

No puedo evitar preguntarme si con frecuencia, Raquel veía a Lea luchando con un hijo y pensaba que ella quisiera tener un hijo con quien luchar, para así encontrar contentamiento. Mientras tanto, ¿Pensaría Lea -cuando luchaba con sus hijos- que, si tan solo pudiera tener el afecto de su marido, todo estaría bien?

Frecuentes malentendidos

Con el tiempo Dios abre la matriz de Raquel y le da un hijo (Gn. 30:22). Este pasaje, sin embargo, no nos promete que todas nosotras tendremos hijos. La historia de Raquel y Lea muestra la providencia de Dios, de manera única, al enviar al primogénito de Raquel, José a preservar la vida de toda la familia de Jacob. Y el hijo de Lea, Judá, está en el linaje de Jesús. (Gn. 45:7; Mateo 1:1-2)

El hecho de que Dios no haya dado hijos a algunas mujeres no necesariamente significa que ellas o sus esposos se encuentren en pecado impenitente. Por otro lado, el hecho de que Dios haya abierto la matriz de las mujeres que tienen hijos no significa que ellas no tengan pecado ni que en comparación sean más bendecidas. Debemos recordar que todas las mujeres somos pecadoras (Ro. 3:23) y todas las mujeres cristianas somos bendecidas en Cristo (Ef. 1:3)

Aunque los hijos sean una bendición del Señor y Dios nos mande a fructificar y multiplicarnos (Sal. 127:3; Gn. 1:28), lo importante es producir más de aquellos que llevan Su imagen aquí en la tierra. Cristo da a las mujeres sin hijos todo lo que ellas necesitan para discipular hijos espirituales. Ellas se convierten en madres espirituales. Aunque el dolor de anhelar hijos biológicos permanezca, Dios puede bendecir a las madres espirituales permitiendo que cosechen el fruto del discipulado. A las madres biológicas, Dios aún las llama a hacer discípulos de todas las naciones, aunque su principal área de discipulado sea aquellos de su propia familia.

Somos hermanas

Cuando asumimos que las demás mujeres -que tienen lo que nosotras queremos- no batallan con encontrar su contentamiento en el Señor, creemos la mentira de que no tenemos nada en común con ellas. Pero el amor de Cristo es el lazo en común entre madres y mujeres sin hijos, mujeres casadas y solteras. Su obra en la cruz llena el espacio, proveyéndonos con la gracia para consolarnos unas a otras con el consuelo que nos ha sido dado por Dios (2ª Co. 1:3-4)

Aunque no seamos hermanas de sangre como Raquel y Lea, somos hermanas en Cristo. Dejemos de evitar a las mujeres en la iglesia que nos parecen diferentes porque asumimos que tienen todo lo que necesitan y no comprenderán nuestro sufrimiento.

Quizá posean lo que nosotras deseamos, pero Dios sabe lo que necesitamos.

Al tratar de conocer los sufrimientos de las demás, en lugar de malos entendidos y evitarnos mutuamente, somos llamadas a animarnos unas a otras al contentamiento en Cristo. Dios ordena que todo el sufrimiento nos apunte hacia el Siervo que sufrió lo máximo –sea que tengamos hijos o no. Cuando miremos a Jesús, Él nos mostrará cómo nuestro sufrimiento puede ser para nuestro propio bien (He. 12:1-3).

Que podamos animar a nuestra alma cada día con el evangelio de Jesucristo, y a la vez, animarnos unas a otras. Tal vez quieres lo que esa mujer tiene, pero nunca olvides que todas caminamos en medio del sufrimiento. Esa mujer puede ser diferente a ti –y podría parecer que lo tiene todo –pero el Evangelio nos recuerda la verdad.  Somos hermanas y creadas para caminar unas al lado de las otras, tomadas de las manos y levantando a las demás en oración y dulce ánimo. En Cristo tenemos un lazo que no puede romperse jamás.

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