Da el paso hacia el desastre de la amistad vulnerable

Escrito por Cristine Hoover 

En mi primer domingo como esposa de pastor, una chica universitaria se me acercó con una pregunta para la cual yo no tenía una respuesta. Más tarde me reñía a mí misma por mi torpeza y por haber vacilado al tratar de dar una respuesta. En mi inmadurez e inexperiencia, creía de todo corazón que ser una mujer sabia (y una buena esposa de pastor) era tener todas las respuestas y saber cómo responder apropiadamente en cada situación, pero más que nada ser alguien que fielmente satisficiera las necesidades que surgieran. Mis propias debilidades y necesidades habían de permanecer escondidas, sin divulgarlas a otras. Como resultado, comenzando ese día y continuando los primeros siete años de mi vida en el ministerio y en mi matrimonio, me quedé sin amigas.

Finalmente, cansada de sentirme sola y aislada, decidí que era imperioso dejar de lado de una vez por todas la (risible) noción de que podía arreglármelas siempre, dando, pero nunca recibiendo. De hecho, atribuyo mucho de las luchas que experimenté en las relaciones amistosas durante mis veintitantos, a mi inhabilidad o negación a recibir ayuda.  Me mantuve firmemente en la posición de ser dadora y en satisfacer necesidades pues ser receptora requería la humildad y vulnerabilidad que, francamente, yo no tenía.

Y es ahí donde yace el riesgo inherente. Pedir ayuda de otra mujer nos pone en una posición vulnerable, una en donde es muy posible que seamos malentendidas, de que ella responda de una manera que verdaderamente resulte de poca ayuda, o ser juzgada como espiritualmente inferior. Pero encuentro que la recompensa sobrepasa por mucho el riesgo porque, aparte de la vulnerabilidad intencional, la dependencia de la ayuda de amigas es uno de los mayores catalizadores para profundizar en las amistades.

De hecho, es un mandato de las Escrituras que “llevemos los unos las cargas de los otros” (Gá. 6:2);  “unos a otros” implica algo mutuo tanto en dar como en recibir. Pablo reprende a aquellos que solo quieren dar, pero no recibir: “Porque si alguno se cree que es algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo” (v. 3). No quiere dar a entender que no merecemos recibir; lo que quiere decir es que somos dependientes espiritualmente de Dios, y el ministerio de Dios, a través de otros.  Crecemos por medio de la ayuda de ellos.

Cuando te sientes indigna de recibir

Tengo una amiga que no confía en nadie. Si algo está sucediendo en su vida, nadie se entera. Después de que me enteré de que se había encontrado en dificultades en varias ocasiones y no me había pedido ayuda física, ni siquiera oración, me pregunté si realmente me consideraba su amiga. Estoy segura que sí, pero su falta de vulnerabilidad ha hecho difícil el profundizar nuestra amistad.

Las veces en que me ha permitido servirla de alguna manera, me ha pedido numerosas disculpas, como si fuese una carga o una molestia. Quisiera poder hacerla entender que la amo y que es mi gozo y honor servirla –que es una bendición ser invitada a conocer las áreas personales y privadas de su vida. Quiero ayudarla cuando lo necesite. Así es como puedo cumplir el mandamiento de “llevar los unos las cargas de los otros,” y no quiero que se me niegue esa oportunidad, especialmente con alguien a quien considero una amiga.

En ella, veo a quien yo solía ser, me sentía indigna, y, honestamente, reticente a recibir de otros. En mi propia vida, con el tiempo me di cuenta que otras mujeres trataron por tanto tiempo de traspasar esa pared de mi orgullo. Porque no pedía ayuda, me sentía a gusto siendo solamente una dadora, daba la impresión de ser falsa, como si todo estuviera bien conmigo y no necesitara nada. Ahora veo lo que ellas veían, y me doy cuenta que ellas sabían que las opciones eran, o que yo no estaba siendo auténtica respecto a mi vida; o, no era una persona con quienes ellas pudieran ser ellas mismas.

No estoy segura de que, algún día, esa incomodidad de recibir nos abandone definitivamente, pero es algo en lo que tenemos que trabajar si queremos tener buenas amigas. Porque la amistad tiene que ver con algo mutuo. Quiero amar a mis amigas dándoles y debo creer que ellas se sienten de la misma manera.

Y ¿sabes qué? No quiero que alguna de mis amigas me quite la oportunidad de bendecirles y servirles y darles.  ¿por qué había de quitarles la oportunidad de hacer lo mismo por mí? Definitivamente no quiero negarles lo que ellas hacen, dándoles copiosas disculpas o tratando de devolverles o evaluando lo que han hecho. Eso no es amistad. Eso es negocios o caridad o algo completamente distinto, algo a lo que le falta la unción del Espíritu Santo.

Ayuda externa para las batallas internas

Hace mucho que ya superé la incomodidad de pedir ayuda de mis amigas con mis necesidades físicas, pero todavía estoy aprendiendo a pedir ayuda para mis necesidades emocionales y espirituales. De hecho, apenas hace poco, Dios inició una obra en mi vida que comenzó con Su disciplina. Al discernir lo que Él estaba tratando de decirme en Su Palabra, encontraba demasiada confusión y neblina como para pensar claramente por mi cuenta.

Necesitaba ayuda externa, así es que le pedí a mis amigas más cercanas que entraran en mi vida. Esto también es un requisito bíblico, cuando Pablo dice en Gálatas 6:1 “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

 

Y Santiago dice en 5:16 “Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros”

 

Así es que pedí sus oraciones. Les dije que no la estaba pasando bien. Les expliqué que ni siquiera estaba segura de lo que me estaba sucediendo, pero sentía una opresión espiritual intensa. Les dije de las áreas donde el Señor me había convencido y cómo, después de eso, me había sentido tan desconcertada. Les dije que sentía desesperación, y cómo lo único que entendía que debía hacer era esperar en el Señor y pedir a las personas que oraran por mí.

Mis amigas llegaron corriendo. Me ofrecieron su tiempo, sus oídos, verdades bíblicas, palabras de ánimo, oraciones, y, sobre todo, el espacio suficiente para expresar que no estaba bien, hasta que realmente me sintiera mejor. En muchas de nuestras conversaciones, yo estaba hechas trizas llorando, pero pacientemente me ayudaron a poner orden en mis pensamientos y emociones hasta que pude llegar a cierta conclusión en cuanto a lo que Dios estaba haciendo.

Francamente, fue incómodo invitarlas a entrar en mi desorden.  Fue incómodo sentirme mal a la vista de otras mujeres. Fue incómodo revelar mis pensamientos más profundos, muchos de ellos pecaminosos. Pero en la aceptación intencional de recibir de mujeres piadosas, hay gran recompensa y bendición –y yo era la receptora de todo ello. ¿Los beneficios? Consejería sabia y el ministerio del Cuerpo. ¿Las recompensas? Profundizar en la amistad y un compromiso profundo de ir y hacer lo mismo con otras.

No estoy diciendo que vivamos de manera permanente como emocionalmente necesitadas esperando que todas vengan corriendo siempre. La dependencia bíblica y la confianza en amigas, son de las cosas que, una vez que lo recibes, te lleva a responder con gratitud a Dios por ayudarnos a través de otros.  Al final esto es dependencia del Señor, una confianza de que Él usará Su iglesia para ministrarnos en la manera en que Él lo determine.

Hemos de ser esas ministras Suyas, sí, pero también hemos de tomar nosotras mismas la posición de receptoras humildes.

Y estar en esa posición generalmente significa pedir.

Este post fue adaptado del nuevo libro de Christine, Messy Beautiful Friendship: Finding and Nurturing Deep and Lasting Relationships, que fue lanzado oficialmente (en inglés) el pasado 18 de abril.

True Woman 2022

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