Pinceladas de un Dios bueno

Escrito por Collen Chao 

Mi sucio y sudoroso hijo de cinco años está sentado en la terraza trasera canturreando feliz, y lanzando puñados de alpiste sobre el pasto. Esta mañana vamos a tener una pajarera y mi corazón reboza de gozo pensando en este momento.

Los pequeños son magia-en-bruto. Son una mezcla de lagartijas, ramas, piedras y caracoles. Escalan y brincan y dejan un rastro de lodo en la casa y nunca descargan el inodoro. Dejan Legos en áreas de mucho movimiento; y, manzanas a medio comer en lugares difíciles de alcanzar. Comen como si el presupuesto para comestibles fuese oro puro.

Bueno, al menos el mío es así. Es todo un niño, y me encanta. Y en ocasiones estos momentos de niñerías me hacen suspirar por toda su belleza.

Pero sé que hay una vida más allá de la terraza trasera. La misión de la maternidad no es asegurar una existencia protegida e idílica para mi hijo. Pero, ¿Cuál es? ¿Qué hace que una mamá sea buena? Y ¿Cómo preparo a mi hijo para los golpes duros y las heridas profundas, y un mundo que ruge anunciando guerra contra las verdades que atesoramos en nuestro hogar?

Un lienzo oscuro

En ocasiones me gusta pintar porque encuentro mucho gozo en ello, por la manera en que los colores, los diseños y las pinceladas repetitivas me relajan (definitivamente no lo hago porque tenga un don especial para ello). Y aunque sé muy poco acerca de los aspectos técnicos de la pintura, lo que sí sé es que necesitas algo de materia prima, incluyendo pintura, pinceles y lienzos.

Cuando mi hijo nació con múltiples complicaciones de salud, mi mundo dio un giro. Nada te prepara para mirar a tu pequeño retorcerse de dolor, respirar con dificultad, a altas horas de la noche, y vivir con alergias a la comida que lo aíslan del escenario social.

Nos tomó cinco años comenzar a entender claramente los diagnósticos de su condición, y aún tenemos preguntas sin respuesta. Y aunque no hemos enfrentado algo de vida o muerte, en esta travesía ha habido momentos que me han hundido. Pero han sido los días desesperados los que me han dado un lienzo oscuro sobre el cual pintar brillantes verdades de un Dios bueno.

Cuando mi hijo me dice cómo se siente al ser el único niño sin un cono de helado, o cuando tiene que ir a más pruebas de sangre, o a comenzar un nuevo tratamiento, esos momentos son regalos: Puedo abrazarlo muy fuerte y recordarle que Jesús ve, entiende y lo cuida. Él también sufrió, por lo que sabe cómo consolarnos en nuestros propios sufrimientos. Le digo cómo veo a Dios ayudándole a crecer en valentía, y le vuelvo a contar historias de hombres de la Biblia –como José y Daniel- que aprendieron a ser valientes porque Dios estaba con ellos.

Es fácil para mí, como mamá inexperta con un paradigma miope, quedar absorta en el torbellino de métodos infinitos, opiniones y recursos para padres. Y aunque pueden resultar útiles, no me sostendrán a lo largo de los días más difíciles de la maternidad. (Y los días más difíciles están aún por venir).

Necesito mantener delante de mí y de mi hijo, a un Dios grande que hace cosas grandiosas.

De la manera que una pintora mira con detenimiento un paisaje, imitando cada color, cada sombra y cada línea, para permitir que otros vean lo que ella ve, así debe ser con mi maternidad. A esta tierna edad mi hijo pronto verá a Dios como yo lo veo, él comenzará a maravillarse como yo me maravillo.

Mirando a Jesús

El puritano Isaac Ambrose escribió:

Fijo mi mirada en el Capitán y decido hacerlo así por encima de todas las demás (tareas) es el deber al que llamo Mirando a Jesús.

La gran tarea de mi maternidad no es la suma de mis deberes diarios –vestir, limpiar, alimentar, instruir –por muy importantes que sean estas tareas. La gran tarea de mi maternidad es “Mirar a Jesús.”

Y mientras miro, le digo a mi hijo lo que veo. Es la misma esencia de Deuteronomio 6:

Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.

Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas. (vs. 5-9)

En nuestra naturaleza humana complicamos y regulamos en exceso lo que Dios ha hecho simple y accesible para nosotros a través de Su Espíritu: el mandamiento de amarlo con todo lo que soy y dejar que ese amor impregne mi maternidad. Mantener a Dios constantemente delante de mí (como “insignias entre mis ojos”), luego hablarle a mi hijo de Él diariamente, diligentemente –cuando nos levantamos en la mañana, cuando vamos en el auto, cuando estamos comiendo, jugando, trabajando, descansando.

¿Qué aprendí esta mañana cuando me encontré con Dios en la Palabra y en oración?

¿Cómo podemos ver hoy en la creación la asombrosa inspiración de la creatividad de Dios?

¿De cuántas maneras he arruinado todo y he necesitado a Jesús?

¿Cuáles de las historias de mi vida muestran la fidelidad y bondad de Dios?

¿Por quién podemos orar por salvación hoy?

¿Qué está haciendo Dios alrededor del mundo?

Pintando cuadros de Dios

Naranja y rojo, turquesa y gris –a los padres nos toca pintar cuadros del Dios Todopoderoso en el lienzo que es el corazón de nuestros hijos. No son ni los mejores cuadros, ni los más fidedignos (porque vemos veladamente de este lado de la eternidad), pero son invitaciones a maravillarnos en aquello para lo que nuestro corazón ha sido creado.

No puedo controlar los resultados. No se me ha dado garantía alguna de cómo será mi hijo. Y mi maternidad está plagada de debilidad. Pero puedo mantener mis ojos fijos en Jesús. Y puedo pedirle que abra los ojos del corazón de mi hijo –para que él también pueda mirar y quedar asombrado.

Los que a Él miraron, fueron iluminados; sus rostros jamás serán avergonzados. (Sal. 34:5)  

 

Una versión de este post apareció originalmente en colleenchao.com.

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