Tu orgullo te sorprenderá

Escrito por Heidi Jo Fulk

En una ocasión cuando terminaba de lavar una montaña gigante de ropa preparándome para un viaje familiar, nuestra lavadora se dañó de tal manera que no tenía arreglo, la inundación del piso del área de lavado llegó al sótano.  

Para no desanimarme, sequé el área y le pedí a mi esposo que investigara sobre nuevas lavadoras y me dirigí a la casa de unos vecinos para terminar de lavar. Nos fuimos a la mañana siguiente con nuestras ropas limpias y empacadas, y regresamos a casa para encontrar un refrigerador tibio. Sí, el electrodoméstico No. 2 se dañó. No teníamos lavadora y solo un refrigerador pequeño en el sótano para mi esposo, para mis hijos y para mí.

La gran revelación

Me recordé a mí misma que obviamente existen peores circunstancias en la vida, mientras la ropa sucia seguía acumulándose hasta que nuestra lavadora nueva llegara. Así lo explicaba también a mis hijos cuando se quejaban de que debían bajar hasta el sótano cada vez que necesitaban algo del refrigerador. Pero en medio de esos recordatorios y explicaciones, me di cuenta que afloraban en mi mente y corazón, algunos trapos asquerosos.  

Egoísmo

Orgullo

Enfoque incorrecto

Algunos electrodomésticos dañados me llevaron a considerar las realidades de mi pecado. Pecado que ni siquiera me daba cuenta estaba a mi acecho.

Soy egoísta. Quiero que las cosas funcionen, y que lo hagan de la manera que yo espero. Y si algo no va bien, quiero que ocurra cuando yo pueda manejarlo con facilidad. Yo quiero, yo quiero, yo quiero.

Pero lo que necesito es entregar ese egoísmo a mi Padre para que sea, Su voluntad, Sus caminos, Sus propósitos. No solamente para las “cosas grandes” sino para las pequeñas también. Es el enfoque de día-a-día, momento-a-momento y la sumisión los que entrenan mi mente y me permiten mostrar a Cristo en mi vida.

Soy orgullosa. Hay cosas que pienso que me merezco, y otras, que no; y cosas que me considero que estoy por encima de ellas.

Pero la verdad es que necesito humillarme. En cada circunstancia, puedo elegir que los propósitos de Dios sean mi enfoque. En toda relación, debo poner a la otra persona sobre mí misma.  Jesús demostró humildad, pues, Él merecía todo y, sin embargo, gustosamente, se humilló a Sí mismo. Por tanto, mi respuesta debe reflejar aquella definición de Andrew Murray:

“La humildad no es más que la desaparición del yo frente a la visión de que Dios lo es todo.”

Me enfoco en las cosas equivocadas. Puedo decir y creer que “Dios es todo”. Pero cuando me enfoco en lo que me conviene y en mi comodidad -sin importar cuán poco o cuán mucho- no estoy viviendo la verdad de que “Dios es todo”.  

Mi enfoque necesita ser Cristo, la voluntad y las formas de mi Padre. Claro está, una docena de viajes subiendo y bajando las escaleras es irritante. Pero si permito que la irritación influya en mi actitud y en mis acciones entonces mi egoísmo, orgullo y mi enfoque distorsionado serán los que se manifiesten.

Y permíteme confesarte que, con esos electrodomésticos dañados, mi actitud y acciones sacaron mi pecado a flote. De una manera que me sorprendió. ¿En verdad soy tan superficial que estar sin refrigerador en la cocina por un par de semanas me hizo volverme tan impaciente y rápida para enojarme con mis hijos? De todos los pozos de pecado que yo sé que necesito estar consciente en mi vida, me percaté que necesitaba darme cuenta de mi dependencia de la comodidad, también.

El gran cambio

Dios me dirigió con las verdades de que Él me estaba mostrando aún más profundo por medio de una lección sobre Jonás en una clase de escuela dominical para adultos donde participamos mi esposo y yo. Estudiamos el libro completo. Cuando nos acercábamos al final y discutimos el último capítulo, tuve el mismo ímpetu de juicio y la actitud de “cómo puede ser” que usualmente tengo con Jonás, especialmente cuando leímos estos versículos:

Y sucedió que, al salir el sol, dispuso Dios un sofocante viento solano, y el sol hirió la cabeza de Jonás y él desfallecía, y deseaba con toda su alma morir, diciendo: Mejor me es la muerte que la vida. Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tienes acaso razón para enojarte por causa de la planta? Y él respondió: Tengo razón para enojarme hasta la muerte. (Jonás 4:8-9)

Me detuve de juzgar a Jonás pues parecía que Dios me susurraba al oído “Heidi, ¿está bien que te enojes por los electrodomésticos que se dañaron?”

El alma se me fue a los pies. En medio de conocer los propósitos de Dios para mí como una mujer llamada a servir a mi esposo e hijos, enseñar y liderar mujeres en mi iglesia y ser testigo de Cristo en la comunidad, me distraje con cosas realmente insignificantes. Estaba como Jonás quejándome bajo el ardiente sol. Rápida y completamente Le confesé al Señor mi pecado de egoísmo, orgullo y enfoque incorrecto. También aprendí algunas cosas nuevas por las cuales orar y prepararme para cada día.  

Señor, mantenme enfocada en Ti. No permitas que cosas insignificantes me distraigan de Tus propósitos. Mantenme dependiente de Ti en todo momento y que yo esté consciente de esa dependencia. Mantenme humilde en toda relación y en cada circunstancia.

¿Hay algo oculto en tu vida que Dios necesita revelarte? ¿Algo que no habrías esperado, pero algo con lo que necesites tratar para tener un corazón, actitud y acciones que apunten a Cristo?

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