Un arcoíris en mi cabeza

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:9

Desde muy joven empecé a teñir el color de mi cabello  llevada  por la moda y mi necedad y no sé si  de tanto  tinte o  herencia,  pero cada vez me empezaron a salir más canas, así que debí aplicarlo, casi por obligación.

Escogí tonos  rubios cenizos. Tiempo después se me ocurrió la “brillante idea” de pasarme al rojo.  No solicité ninguna asesoría, fui al supermercado, lo escogí y apliqué.  Pensé que si me cansaba,  tendría la opción del decolorante y problema resuelto.  Usé durante varios meses el nuevo color y luego le di reversa a la situación, tal como lo tenía previsto, apliqué un decolorante bastante fuerte, pero como no soy experta en estos temas, no tenía idea de que el rojo no sale así de fácil y tuve como resultado un escandaloso cabello naranjado, ¡qué horror!  Volví a realizar el experimento, esta vez con resultados digamos que aceptables. Y sucedió lo que estás pensando: me llegó la cuenta de pago de tantas necedades y mi cabello quedó, reseco, sin brillo y quebradizo, de manera tan visible que he debido tratarlo día tras día, con aceites, que todavía no logran recuperarlo. Tantos años que esperé para verlo largo, se perdieron por unas cuantas  equivocaciones.

Mientras lidio por remediar tanto error, pienso  que este episodio es semejante a lo que ha sucedido en mi vida cristiana.  Busqué a Dios de manera apasionada y había empezado a conocer la paz, la paciencia y algunos de los frutos que conlleva el acercarnos a Él. Dejé atrás la música nostálgica  que alimentaba la depresión, corté con amistades nocivas y muchas cosas del pasado. Todo esto me llevó a sentirme muy bien y mi hogar había empezado a mostrar cambios muy notorios en cuanto a la armonía, pero también me costaba el rechazo de algunos familiares y amigos, así que apenas  sentí que “ya era una cristiana hecha y derecha”, aflojé un poco, volví a escuchar algo de esa música del pasado,  ingresé a páginas de internet para conocer gente y otras  cosas.

Como resultado, aquella pasión se empezó a enfriar, quedé reseca, sin brillo y quebradiza, me sentí  lejos de Dios y todo lo había echado por el piso. Años y años de buscarlo y ahora debía empezar de nuevo.  En lugar de templanza, era un manojo de nervios, volvieron esas pequeñas cosas que había dejado atrás: el mal genio, las inseguridades y la depresión.

Dice la Biblia en 1 Juan 1:9 Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.”

Volvió de nuevo la paz del perdón de Dios al buscarlo y beber el agua de vida.  Hoy oro para que Él se perfeccione en mi debilidad y espero que el aceite de Su Espíritu, sea derramado sobre mi vida y  devuelva el brillo de Su gracia.

Dios es bueno y me perdona una y otra vez, pero yo debo asumir el costo de mis errores y para no olvidarlo, decidí dejar mi cabello sin tinte, por lo menos durante un tiempo, así al verme en el espejo, recordaré que las necedades tienen un costo y tendré más cuidado en no volverlas a repetir. Esa es mi marca, con varios tonos de colores, una decisión muy personal y cuando miren mi cabello, ansíen como yo: ¡NO VOLVER ATRÁS!

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Sobre el autor

Marcela Sosa

Marcela Sosa

Marcela Sosa, es una mujer apasionada por Cristo.  Al beber “agua viva”, quiere contar a las personas, que encuentra en su camino, las maravillas de Dios. Tiene tres hijos y cuatro nietos. Graduada en Comunicación Social-Periodismo de la “Universidad de Antioquia” en Colombia su país natal. Es Bloguera, contadora de cuentos y tomadora de café.  elblogdemarcelasosa.blogspot.com