¡Usa tus cicatrices!

Hace aproximadamente 38 años, siendo muy joven, me operaron de la vesícula, lo que dejó una cicatriz en mi estómago que me hace recordar aquel día en que fui operada. Esta afección me produjo uno de los dolores más grandes que he tenido que soportar, pero eventualmente, la herida comenzó a sanar y luego se transformó en cicatriz. Aunque hoy ya no duele, ha quedado la cicatriz como un testimonio de ese tiempo.

Así mismo sucede con las cicatrices en nuestro corazón y en nuestra alma. Quizás estas cicatrices son las más dolorosas, silenciosas, pues no se ven. Hay cicatrices que se generan en nuestro corazón debido a lo que nos han hecho, así como otras que han venido por nuestros propios pecados. Estas cicatrices pueden venir por el rechazo o abandono de un padre o una madre que no eran amorosos, por haber crecido en un hogar de violencia, alcohol o drogas. Cicatrices de sueños que no se cumplieron o la pérdida de un matrimonio o un hijo, una traición, o por un pasado oscuro como el mío.

Pero es hermoso poder decir como el salmista en Salmos 107:2 «¿Los ha rescatado el Señor? Entonces, hablen con libertad. Cuenten a otros que Él los ha rescatado de sus enemigos»

Mi pasado con el alcohol, la promiscuidad, la brujería y el estar inmersa en pecado, dejó heridas en mi corazón que solo Jesucristo pudo convertir en cicatrices sin dolor y usarlas con el propósito de contar su gracia y misericordia en mi vida. Él me redimió, me sacó del pozo y lo que la gente puede ver hoy en día es una mujer libre, que usa las cicatrices del pasado para proclamar a Jesucristo –el único que transforma y otorga vida–.

Así como yo tengo que contar una historia, cada hija del Señor tiene un antes y un ahora.

«Pues Dios, quien dijo: Que haya luz en la oscuridad, hizo que esta luz brille en nuestro corazón para que podamos conocer la gloria de Dios que se ve en el rostro de Jesucristo» 2 Corintios 4:6-9

¿Cómo podemos usar nuestras cicatrices?

1. Cuando dejamos que Jesús sane las heridas y las convierta en cicatrices.

«Ese domingo al atardecer, los discípulos estaban reunidos con las puertas bien cerradas porque tenían miedo de los líderes judíos. De pronto Jesús estaba de pie en medio de ellos! ‘La paz sea con ustedes’, dijo. Mientras hablaba, les mostró las heridas de sus manos y su costado. ¡Ellos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor!» Juan 20:19-20

Los discípulos no reconocieron a Jesús hasta que les mostró sus cicatrices. Fueron esas marcas las que les ayudaron a darse cuenta de que se trataba del Salvador que sufrió por nuestros pecados. Cristo ha pagado el precio para que nuestras cicatrices le glorifiquen y otros reconozcan su actuar en nosotros.

2. Cuando rendimos nuestra vergüenza al Señor.

«Los que buscan su ayuda estarán radiantes de alegría; ninguna sombra de vergüenza les oscurecerá el rostro» Salmo 34:5

Aunque el enemigo siempre busca la manera de traernos hacia la vergüenza, el Señor ya nos redimió y nos está transformando a Su imagen.

«Pero tú, oh Señor, eres un escudo que me rodea; eres mi gloria, el que sostiene mi cabeza en alto» Salmo 3:3

Ya lo que pasó, pasó, y el Señor nos sostiene para que lo enaltezcamos.

3. Cuando mostramos y usamos nuestras cicatrices –nuestras experiencias dolorosas del pasado– en los demás.

«Los amamos tanto que no solo les presentamos la Buena Noticia de Dios, sino que le abrimos nuestra propia vida» 1 Tesalonicenses 2:8

Cuando invertimos en otras vidas contando cómo el Señor nos ha redimido, transformado y sanado.

Amada hermana, Jesucristo ya perdonó tus pecados. Eres una preciosa joya, la cual Él ha transformado por Su gracia y misericordia. Usa tus cicatrices para darle toda la honra y gloria. No dejes que la vergüenza te limite a compartir tu pasado, recuerda que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron (2 Corintios 5:17). No permitas que tu pasado te esclavice o te condene, Él ganó tu libertad de la eterna condenación y ahora eres parte de la familia de Dios (Efesios 2:19). Tienes un Padre Celestial, miles de hermanos y hermanas en todo el globo terráqueo y vas de camino a una eternidad con Él para siempre. Esa es una buena noticia, regocíjate en Él.

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Sobre el autor

Liliana Llambés

Liliana Llambés

Liliana Llambés es colombiana, casada con Carlos Llambés, cubano quien es pastor-misionero. Tienen tres hijos adultos, dos casados Sirve como misionera desde el 2003 en República Dominicana, y desde el 2005 con la IMB (International Mission Board) desde el 2014 en Ciudad de México. Sirve como consejera bíblica, mentora, discipuladora en el ministerio de mujeres de su iglesia local. Es ayuda idónea en la Plantación y replantación y fortalecimiento de Iglesias junto a su esposo. Consejera de esposas de pastores, Conferencista Internacional, fue coproductora del programa “Mujer para la Gloria de Dios” por cuatro años. Es Contador Público, terminó una Maestría en Estudios Teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary y a la par esta siendo entrenada en Consejería Bíblica en las conferencias de Faith Church Lafayette, IN. Colabora escribiendo en los ministerios de Coalición por el Evangelio y Soldados de Jesucristo.

Autora junto a su esposo de “Viviendo la Gran Comisión: Su Gracia es Más que Suficiente”. Su pasión es llevar el mensaje de salvación donde el Señor la envía y hacer discípulos por la gracia y misericordia del Señor a mujeres de todas las edades, con el fundamento bíblico de la Palabra de Dios.

Puede encontrarla en Facebook : Liliana Llambés, Twitter: @LilianaLlambes, Instagram: @lilianallambes

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