Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: Noticia de último minuto: ¡No eres perfecta!

Nancy DeMoss Wolgemuth: Tú lees la Palabra de Dios. Tú lees los mandamientos de Dios. Tú escuchas las cosas que enseñamos en Aviva Nuestros Corazones. Y tú piensas, «sí, todo eso suena maravilloso, quiero ser esa mujer de Proverbios 31, esa mujer que es hospitalaria, esa mujer que es mansa y misericordiosa y amorosa y sumisa, y que siempre les habla dulcemente a sus hijos.

«Sí, no sería eso maravilloso?, pero esa no soy yo». «No puedo hacer eso». Llegas al final de algunos días y quieres halarte los cabellos y decir, «¡no puedo vivir esta vida!» Y yo te digo, «¡amén!... ¡Brillante descubrimiento!» Es un descubrimiento esencial para darse cuenta de que no puedes agradar a Dios separada de la gracia de Dios.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es 2 Reyes capítulos 9 al 11.

A lo largo de esta serie titulada, «En busca de Dios» hemos escuchado acerca de las marcas de un verdadero avivamiento: la humildad, la honestidad y el arrepentimiento. Podemos pensar que estas son cualidades que todas queremos tener, pero la verdad es que nos sentimos incapaces de vivirlas día a día. 

Bueno, hay buenas noticias. Desarrollar humildad, honestidad y arrepentimiento no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad, sino con la gracia de Dios. Aquí está Nancy para hablarnos más acerca de esto.

Nancy: Recibí un correo el otro día de una oyente que tristemente es representativa de lo que sucede entre muchos creyentes hoy en día. Ella decía lo siguiente:

«Tengo una vida de oración. Escucho la radio, estudio la Biblia, asisto a la iglesia, sirvo y doy a otros, y cada mañana le digo al Señor que estoy aquí para glorificarlo. Hago y hago y vivo y vivo lo mejor que puedo. Aun así tengo una enorme carga de culpa de que nunca seré suficiente, nunca lo busco lo suficiente, nunca siento lo suficiente ni creo en Dios lo suficiente.

Cuando hablas, (se refiere a mí) hay momentos en los que expones estos sentimientos que están dentro de mí. Tú pareces tener todo bajo control (¡si tan solo ella supiera!) Me embarga el sentimiento de que nunca, nunca seré capaz de hacer lo suficiente, o de amar lo suficiente, o de ser lo suficientemente buena para agradar a Dios, de que nunca podré estar a la altura».

Luego habla de cómo —y en esto tiene razón— el proceso de medirnos a nosotros mismos y de tratar de cumplir, a veces nos lleva tan lejos, que realmente nos convertimos en fariseos, algo que es una realidad y una muy buena percepción de su parte. Cuando tratas de vivir la vida cristiana por ti mismo, por tu propio esfuerzo, con tu autosuficiencia, tratando de agradar a Dios separada de Su gracia, eso es exactamente en lo que te conviertes, en un fariseo, que en realidad es una expresión mejorada de la frase «sepulcro blanqueado», como dijo Jesús. Por fuera se ven muy bien pero por dentro están llenos de huesos de muertos.

Ahora bien, la razón por la que comparto este correo, es porque creo que muchas de nosotras —cada una de manera diferente— nos podemos relacionar con esta lucha y este esfuerzo de vivir vidas cristianas, sintiéndonos como que nunca podremos estar a la altura o llenar la medida. En verdad, la lucha de esta mujer no es tratar de estar a mi altura o a la de cualquier otra persona que ella conozca. Es tratar de estar a la altura de la norma imposible de la santidad de Dios.

Tú lees la Palabra de Dios. Tú lees los mandamientos de Dios. Tú escuchas las cosas que enseñamos en Aviva Nuestros Corazones. Y tú piensas, «sí, todo eso suena maravilloso. Quiero ser esa mujer de Proverbios 31, esa mujer que es hospitalaria, esa mujer que es mansa y misericordiosa y amorosa y sumisa y que siempre les habla dulcemente a sus hijos. «Sí, ¿no sería eso maravilloso?, pero esa no soy yo». «No puedo hacer eso».

Llegas al final de algunos días y quieres halarte los cabellos y decir, «¡no puedo vivir esta vida!» Y yo te digo, «¡amén, brillante descubrimiento!» Es un descubrimiento esencial para darse cuenta de que no puedes agradar a Dios separada de la gracia de Dios.

Cuando Dios pone Su Palabra en tu vida –quizás escuchas algo en Aviva Nuestros Corazones, lees algo en las Escrituras– y te das cuenta de que tu vida no está a esa altura. Estás deseando ser una buena esposa, estás queriendo ser una buena madre, quieres tener contentamiento como mujer soltera, aun cuando tu corazón está anhelando el matrimonio, y Dios te da convicción. Hay una semilla de descontento ahí dentro. Hay una raíz de amargura allí y Dios te convence de pecado.

Cada vez que Dios te convence de pecado, tú puedes ir a uno de dos lugares. Puedes ir al monte Sinaí o puedes ir al monte Calvario. Tú dirás, «¿qué quieres decir con eso?»

Bueno, ¿qué es el monte Sinaí? ¿Qué pasó en el monte Sinaí en el libro del Éxodo? En el capítulo 20 tú lees acerca de esto. ¿Qué pasó en el monte Sinaí? Ahí es donde la ley fue dada. Recuerda que vino con truenos y relámpagos y voces y las personas no podían tocar la montaña o morirían.

Dios le dio a Moisés los Diez Mandamientos para que él se los diera al pueblo, y las personas estaban atemorizadas y temblando. Ellos sabían que no podían obedecer a Dios y ciertamente lo probaron en cuestión de días cuando estaban adorando y celebrando y festejando alrededor del becerro de oro, habiendo roto ya el primero de estos mandamientos: «No tendrás dioses ajenos delante de Mí» (v. 3).

Hemos nacido para ser infractores, transgresores de la ley. Si corres al monte Sinaí cuando Dios te convence de pecado, irás al lugar donde tú tratarás por tu propio esfuerzo de cumplir una ley que no puedes mantener. Responderás en orgullo y esfuerzo propio.

El otro lugar a donde puedes correr es al monte del Calvario. Ahí es donde te humillas a ti mismo, donde tomas el camino a la humildad, y tú dices, «Dios, no puedo mantener Tu ley. Soy un infractor de la ley. Estoy desamparada y sin esperanza, apartada de tu gracia».

Ahora, si corres al monte Sinaí, el lugar del orgullo, ¿qué vas a hacer? Te defenderás a ti misma. Tratarás de justificar lo que has hecho. Culparás a otra persona quizás. Seguramente racionalizarás. «No es tan malo comparado con lo que alguien más hizo. Es solo una pequeña actitud del corazón, solo algo pequeño. Es decir, no cometí adulterio. Solo alimenté un poco de lujuria en mi corazón».

Intentarás encubrirlo. Dios dijo, «Adán, ¿qué fue lo que hiciste?» Adán dijo, «bueno, la mujer que me diste…» Culpamos a alguien más. Y Dios le dice, «¿qué hiciste?» Y nosotros corremos al monte Sinaí. Somos orgullosos. Nos defendemos a nosotros mismos. Decimos, «puedo hacerlo; puedo vivir esta vida; no soy tan mala».

Hay algo más que hacemos en el monte Sinaí, en aquel lugar donde la ley fue dada. Luchamos y nos esforzamos y nos queremos convertir en súper cristianas movidas por determinación y esfuerzo. Nos esforzamos de más. «Voy a vivir esta vida cristiana aún si me mata. Voy a ser una esposa sumisa aunque muera en el intento». Es posible que mueras, porque no puedes vivir la vida cristiana de esa forma.

Eso es lo que implica cuando corremos a aquel lugar donde la ley fue dada. Ese es el lugar del orgullo. ¿Qué pasa cuando somos orgullosas? ¿Qué hace Dios a las personas orgullosas? Dios resiste al orgulloso. Dios resiste a los soberbios. Dios mismo se coloca en posición de batalla contra las personas orgullosas.

De esta forma, cuando Dios mismo se establece en tu contra, no tendrás gracia. No puedes obedecer a Dios en esos momentos. Entonces, ¿qué haces? Desobedeces a Dios. Tú sigues pecando. Tú sigues desobedeciendo a Dios. La desobediencia trae conflicto, trae maldición, trae condenación, trae culpa, trae lazo, trae miedo. En última instancia, trae muerte.

La ley no es mala, pero fue dada a nosotros para mostrarnos que no podemos guardarla. No podemos obedecer a Dios. Lo que hacemos es que nos convertimos en fariseos modernos, viéndonos bien por fuera, intentando reformarnos a nosotras mismas, pero incapaces de hacerlo. ¿Por qué? Porque respondemos en orgullo; y ¿qué hace Dios con los orgullosos? Él se opone a ellos.

Ahora, ¿qué pasa cuando Dios me convence de que he pecado y en vez de ir al monte Sinaí, al lugar del orgullo, donde la ley fue dada, corro al monte Calvario, donde la gracia fue dada a través del Señor Jesucristo? Me humillo a mí misma, «Señor, tienes razón. He pecado. Estoy de acuerdo con Dios. Escribe estas palabras. De acuerdo con Dios. Esta es una respuesta de humildad a la convicción del Espíritu de Dios en nuestros corazones.

De acuerdo con Dios. No defendiéndote. No culpando. No racionalizando. No tratando de encubrirme para lucir mejor. No tratando de suavizar. No ir a la iglesia y decir, «oh, todo está bien». Eso es orgullo. En vez de eso nos humillamos a nosotras mismas y decimos, «Dios, tienes razón. Soy egoísta. Soy rebelde. Sí, tengo un problema con la autoridad. No soy una persona amorosa. Me amo a mí misma, pero no amo a mi esposo. No amo a mis hijos en la forma en que tú quieres que yo los ame».

Tú dirás, «pero eso es deprimente. Siempre estaría admitiendo lo pecadora que soy». No, esa es tu única esperanza, porque el calvario es para pecadores. La gracia es para pecadores. ¿Qué hace Dios cuando nos humillamos, cuando nos ponemos de acuerdo con Él y confesamos nuestros pecados? ¿Qué hace Dios con el humilde? Dios da gracia al humilde, da de las abundantes riquezas de la gracia de Dios en Cristo Jesús.

¿Qué hace la gracia de Dios? Filipenses 2 nos dice: «Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito» (v.13). La gracia de Dios es la vida sobrenatural de Dios en mi interior por el poder de Su Espíritu Santo, que me capacita para el querer como el hacer, el desear y el hacer por Su buena voluntad.

Y es que, sin la gracia de Dios, no tendré el deseo de obedecer a Dios. Podría estar convencida de que no estoy obedeciendo a Dios, pero no tendré el deseo. Prefiero hacer lo que mi carne quiere en vez de hacer lo que el Espíritu de Dios quiere que haga. No tengo ningún deseo. Necesito la gracia de Dios, y eso es lo que Dios hace en mí cuando yo confieso mi pecado.

Me pongo de acuerdo con Él. Soy esa podrida, sucia pecadora. Sí, a propósito de baja autoestima… Eso es lo que todos merecemos. Dios dice, «oh, ahora estás en un lugar donde puedo trabajar contigo en tu interior para darte el deseo de obedecerme». Y nosotras le decimos: «¿Realmente puedes? ¿Lo harás? Yo quiero eso». Y Dios nos dice: «Estaba esperando que preguntaras».

Él te da el deseo. Entonces a veces tengo el deseo de obedecer pero no tengo el «cómo hacerlo». Tengo «el quiero», pero no puedo hacerlo. No tengo el poder de decirle a mi carne cuando es glotona, cuando quiere desbocarse y decir palabras duras o impacientes, o cuándo trata de alterar la verdad para verme mejor. Solamente me encuentro haciéndolo.

Pero Dios vive en nosotros. Es Dios quien está trabajando dentro de ti, si eres un hijo de Dios; Dios te da el querer como el hacer por su buena voluntad. Después, cuando Dios te da de Su gracia, tienes el deseo y el poder de obedecer. Entonces tú obedeces, y ¿qué trae la obediencia? Trae bendición, libertad, liberación, vida, y finalmente te transformará—no en un fariseo sino en la semejanza del Señor Jesús.

En vista de todo esto, cuando Dios te convence de pecado, ¿hacia dónde corres tú? ¿Al orgullo? ¿Al monte Sinaí? Dices, «voy a esforzarme, voy a luchar, voy a tratar más duro, voy a encubrir, a pretender que no es tan malo». ¿O te diriges corriendo al monte Calvario?

Necesitamos la gracia de Dios cuando Él nos convence de pecado, pero también necesitamos la gracia de Dios cuando Él crea circunstancias en nuestras vidas que no podemos manejar, circunstancias que están fuera de nuestro control. Para ti esa circunstancia podría ser ahora mismo un cuarto hijo.

Te ha ido muy bien con el primero, con el segundo o el tercero, pero luego Dios envía ese niño tan especial; un niño que conoce muy bien la manera de tocar todos tus botones, ese niño sobre el cual ningún libro de texto se ha escrito. Y tú piensas, «Señor, estaba manejándome muy bien», (realmente lo que estás diciendo es «manejándome bien sin ti»). Y Dios te dice, «Yo sé que sí, pero quiero que me necesites, por eso te di uno más».

Ahora, cuando Dios crea circunstancias que están fuera de nuestro control, circunstancias que no podemos manejar, podemos responder de una de dos formas, las mismas maneras que podemos responder cuando Dios nos convence de pecado. Podemos responder en orgullo o podemos responder en humildad.

Cuando respondemos en orgullo, decimos, «puedo manejar esto». Somos autosuficientes. O simplemente salimos huyendo de las circunstancias, resistimos las circunstancias, resentimos las circunstancias. Entonces decimos: «no quiero esta situación, voy a deshacerme de ella», o intentamos manipular nuestra manera de tratar de salir de ella. O decimos, «voy a esforzarme más, puedo hacerlo».

Nuestra cultura muchas veces se rige por la norma de «resuelve por ti misma, por tu propio esfuerzo». Puedes hacerlo. Eres una mujer. Puedes ingeniártelas. Nosotras tratamos y luchamos. ¿Qué pasa cuando respondemos a Dios con orgullo? ¿Qué hace Dios a las personas orgullosas? Dios resiste al orgulloso. ¿Qué pasa cuando Dios nos resiste? Somos incapaces de obedecerle. Encontrarás que no tienes la capacidad de responder a esas circunstancias cuando Dios te está resistiendo.

A veces lo que pasa es que no vemos la mano de Dios. Decimos: «¡Son estos niños!, si solo se fueran a vivir con otra persona». O «si tan solo tuviera otro marido». Tus hijos no son el problema. Tu esposo no es el problema. Tu soltería no es el problema. Tu jefe no es el problema.

Tu problema puede ser que Dios te está resistiendo y no tienes capacidad de responder a esas presiones y circunstancias porque estás respondiendo en orgullo, y Dios te resiste cuando respondes en orgullo.

Ahora bien, todos sabemos lo que es responder a las circunstancias en orgullo porque es la forma en que naturalmente lo hacemos. Pero hay una manera sobrenatural de responder que debemos aprender como nuevas criaturas en Cristo y es respondiendo a las circunstancias en humildad. Responder a esas mismas circunstancias humillándonos a nosotras mismas.

¿Qué hacemos cuando nos humillamos? Reconocemos nuestra necesidad y decimos, «Señor, te necesito». Clamamos a Dios: «¡Señor, auxilio!» A Dios le encanta cuando decimos, «te necesito, no puedo hacerlo sin ti».

Permítanme que imaginemos por un momento esta ilustración. No es una ilustración original mía, pero ha sido un retrato muy útil para mí. Estamos de pie en el cielo un día, y vemos muchas puertas de garaje, toda una fila larga de puertas de garaje en el cielo. De repente, escuchamos una sirena que se dispara.

Vemos esta ambulancia que sale a toda velocidad desde una de esas puertas y dice en un lado: «Ambulancia de la gracia». Decimos: «¿Dios, qué es esto de Ambulancia de la gracia?» Y Él dice: «Alguien en la tierra acaba de gritar por ayuda y estoy enviando Mi gracia para rescatarlos. Ellos reconocieron su necesidad. Se humillaron a sí mismos. Ellos clamaron a Mí, y estoy enviando Mi gracia a su necesidad».

Obviamente las ambulancias no llegan a tu casa todos los días. ¿Cuándo es que llegan a tu casa? Solo cuando las necesitas. ¿Cómo saben ellos que la necesitas? Imagínate si te sucediera esto: «Acabo de romperme la pierna; ¡ciertamente necesito una ambulancia!»

¿Crees que tan solo con decir eso llegará una ambulancia a tu casa? ¿Qué tienes que hacer? Tú tienes que tomar el teléfono, llamar al 9-1-1, y decir: «necesito una ambulancia». Tú tienes que humillarte de alguna manera y decir, «necesito ayuda». La ambulancia sale corriendo a la escena de necesidad.

Dios dice: «Yo voy a darte el deseo. Voy a darte el poder para responder a las circunstancias. No puedes hacerlo tú sola, pero Yo puedo hacerlo en ti y través de ti».

Quizás tengas algunos días en los que sientes que necesitas una ambulancia de gracia que venga a tu rescate a cada momento de ese día. Déjame decirte: es más o menos así como yo vivo siempre. Espero que tú te sientas así también. Es un buen lugar en el cual estar. Es un lugar que da miedo estar. Es un lugar difícil.

Alguien me estaba preguntando justo antes de esta sesión, «¿con la agenda apretada que mantienes, con todas las cosas que tienes que hacer y las demandas de tu horario, ¿cómo mantienes tu caminar con el Señor fresco?» Estaba preparándome para enseñar esta sesión y le dije: «Dios me mantiene siempre necesitando de Él. Él me mantiene desesperada». Ese es un buen lugar en el cual estar.

Algunas de ustedes me han escuchado decir que años atrás le pedí al Señor que nunca me dejara llegar al punto donde yo pudiera ministrar sin Él. ¿Sabes? Dios ha sido tan fiel en responder esta oración a través de los años, al continuar poniéndome en ese lugar donde tengo plazos que no puedo cumplir sin Su gracia, situaciones y circunstancias en el ministerio que no puedo manejar sin su gracia, donde tengo que mantenerme implorándole diciéndole: «¡Señor, te necesito!»

Y aquí viene la «Ambulancia de la gracia» al rescate, trayendo un camión lleno de gracia; gracia a la medida, hecha para cada cliente en específico para ajustarse exactamente a mi necesidad.

De forma que tu esposo te ha decepcionado más de lo que puedes contar. Tú no piensas que puedas amarlo y respetarlo más. No puedes por ti misma. Pero clamas por la gracia de Dios y ahí viene la «Ambulancia de la gracia», corriendo a la escena de necesidad diciendo: «No puedes amarlo, no puedes reverenciarlo, pero Yo puedo hacerlo a través de ti».

Dios tiene gracia para cada momento y circunstancia de tu vida. Para cada momento. No hay una circunstancia que hayas enfrentado jamás, no hay una circunstancia que enfrentar cuando llegues a casa esta noche, no hay ninguna circunstancia que enfrentar en ningún momento por el resto de tu vida —hasta que veas a Jesús cara a cara— en la cual la gracia de Dios no esté disponible y sea más que suficiente para tus necesidades.

Dios tiene gracia para mi amada amiga que está luchando en un matrimonio donde su marido ha sido infiel y está intentando reconstruir la confianza y reconstruir una vida juntos. Ha sido muy difícil. Una larga distancia. Hay muchos, muchos días cuando físicamente, emocionalmente y espiritualmente ella me ha dicho: «Nancy, no sé cómo puedo hacer esto apartada de la gracia de Dios».

Ella no podría. Ha sido difícil. Es difícil. Pero la gracia de Dios está disponible. Ella no es muy orgullosa para pedirla. Ella está pidiendo a gritos día tras día, momento tras momento esa gracia.

Estoy pensando en una compañera de trabajo de uno de los ministerios con los que trabajamos, que hace unas semanas perdió a su hermana, a su sobrina y a su hija de 16 años, en un trágico accidente automovilístico. Un funeral triple. Dios tiene gracia hecha a la medida para esta mujer. Ahora bien, no estoy diciendo que será fácil. Ella tiene un montón de largas, duras horas y años por delante, pero Dios tiene gracia.

Dios tiene gracia para mis amigas cuyas hijas están batallando con la adicción al alcohol, y sus padres no saben qué hacer en esta situación. Dios tiene gracia con esa hija que está batallando contra esa adicción al alcohol. Gracia para cada momento; no gracia una sola vez para que dure todo el trayecto. No se trata de gracia para lo que podría suceder, sino gracia para lo que sucede a cada momento.

¿Lo puedes entender? Tú clamas y dices: «Dios, te necesito. No puedo hacer esto yo sola». Gracia para responder al dolor. Gracia para responder a los malentendidos. Gracia para responder a las ofensas. Gracia para responder a las tentaciones, a las pérdidas, al dolor, la angustia, o la dificultad, o la presión, o los plazos.

Gracia para…¡pequeñas cosas prácticas! Mientras trabajaba en esta sesión, escribí, «¡gracia para estar lejos de la cocina tarde en la noche cuando tienes hambre y solo quieres comer!» Tú dirás que eso es tonto, pero es ahí donde estoy yo. Es ahí donde algunas de ustedes están también.

Era tarde en la noche cuando estaba trabajando en esto, y le di gracias a Dios en ese momento por Su gracia mientras clamaba: «Dios, te necesito. No puedo ser disciplinada por mí misma. No puedo autocontrolarme. Necesito que obres en mí lo que es agradable para ti».

Gracia, gracia; infinita, maravillosa, incomparable gracia. Dios resiste al orgulloso, pero Dios derrama Su gracia, se derrama en gracia sobre los humildes.

¿Qué hay en tu vida que estás enfrentando ahora mismo? ¿Qué circunstancias, qué situación en la que necesites la gracia de Dios? ¿Qué es lo que no puedes manejar sin la gracia de Dios? Quiero decirte que Dios tiene un cielo lleno de gracia a la medida esperando por ti, esperando para ser despachada, esperando ser enviada a tu rescate, a tu lado, a tu necesidad.

Él solo está esperando oírte clamar: «Señor, reconozco mi necesidad. Ayúdame. No puedo hacer esto sin ti». A medida que clames a Él, aún en ese preciso momento, escucharás esas ambulancias llegar a la escena de tu necesidad, llenas de la gracia de Dios.

Annamarie: Mientras escuchabas a Nancy DeMoss Wolgemuth, no sé con cuál de los ejemplos de situaciones difíciles te identificas. Pero necesitas gracia cualquiera que sea tu situación, y Dios está dispuesto a dártela. ¿Lo buscarás a Él?

Recuerda que haciendo uso del buscador en nuestro sitio web, encontrarás todo un archivo de recursos que hemos producido para tu edificación. Visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com y encuentra recursos por tema (según la etapa de vida en que te encuentres), por Escritura o por autor.

Bueno, tú y yo necesitamos gracia, pero no estamos supuestas a quedarnos con esa gracia solo para nosotras. Debemos compartirla con más personas. Nancy nos hablará más acerca de esto en nuestro próximo programa.

En busca de Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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