Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: ¿Realmente ves el valor de la gracia de Dios?

Nancy DeMoss Wolgemuth: No encontrarás preciosa la gracia de Dios hasta que hayas llegado al límite de ti misma y dejes de confiar en tus propios recursos y habilidades; hasta que no llegues al punto de decir: ¡Me rindo! ¡No puedo vivir esta vida! ¡Soy un fracaso! La gracia de Dios es para los fracasados.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es 2 Reyes capítulos 7 y 8.

El avivamiento afecta cómo vives. A lo largo de esta serie titulada, «En busca de Dios» hemos estado viendo cualidades como la honestidad, la humildad y el arrepentimiento. Ahora, independientemente de cuántos programas escuches o cuántos libros leas, no puedes desarrollar estas cualidades en tu vida, a menos que tengas la gracia de Dios. Y hoy hablaremos precisamente acerca de la gracia. 

Si nos estás siguiendo con el libro de estudio, hoy comenzamos la lección 5, el día 1. Si no lo has adquirido, te animo a hacerlo para que saques aún más provecho de este material. Encuentra el libro de estudio titulado «En busca de Dios», en tu librería cristiana favorita o a través de nuestra tienda en línea, en AvivaNuestrosCorazones.com.

Nancy: Estamos en el proceso de buscarlo a Él, buscando al Señor, buscarlo para un avivamiento personal y corporativo.

La primera parte del proceso toma mucho tiempo. Es difícil. Es dolorosa. Es el tiempo del arado. Si tomamos la siembra como una analogía, recuerda que este es el proceso de preparar la tierra para que pueda recibir la semilla.

Les advertí que cuando pasaran unas semanas, iban a sentir que el arado en el terreno duraba una eternidad; que iba a ser duro y doloroso a medida que dejábamos a Dios preparar el terreno de nuestros corazones. Si has estado con nosotros, ya sabes que así ha sido hasta ahora.

Hemos estado hablando semanalmente de humildad, transparencia, honestidad y arrepentimiento. Es probable que estés preguntándote, ¿cuándo dejaremos de preparar el terreno? ¿Llegará el momento de sembrar las semillas para que empiece la cosecha y tener un descanso y se termine el proceso de arado?

La respuesta es que esta semana vamos a descansar del proceso de arar la tierra, a medida que hablemos de algo que creo ya estamos listas para apreciar; quizás desde un punto de vista totalmente nuevo, luego de lo que el Señor nos ha venido mostrando.

Por ejemplo, si han estado siguiéndonos y escuchándonos durante las últimas semanas, les dimos 40 preguntas relacionadas con el orgullo. Algunos me han confesado, muy abrumados, que tienen casi las 40 evidencias de orgullo en sus vidas.

Quizás tú también te has sentido abrumada con todo lo que Dios te ha estado mostrando sobre ti; sobre tu pecado y tu orgullo. Has visto tu pecaminosidad y quizás has llegado al punto de pensar, «¡soy un fracaso total!» Es más, hasta podrías estar sintiéndote incapaz de seguir adelante diciéndote: «¡No lo voy a lograr nunca! ¡Dios no puede cambiar mi vida! ¡Nunca voy a sentir ese avivamiento! Simplemente, ¡no puedo vivir la vida cristiana!»

Si has llegado a ese punto, eso es ¡maravilloso! Ya que en esta semana vamos a hablar de «los fracasos», y está dirigido a las personas «que no pueden vivir la vida cristiana». Te voy a decir un secreto, ¡así somos todos! ¡No hay una sola persona, entre nosotros, que no necesite la gracia de Dios!

La gracia de Dios no te parecerá preciosa hasta que no hayas logrado enterrar tu yo, tus recursos y habilidades; hasta que llegues al punto de decir, «¡me rindo! ¡No estoy hecha para vivir esta vida! ¡Soy un fracaso! La gracia de Dios es para los fracasados.

Por eso esperamos hasta este momento, la semana número 5 en la serie, para hablar de la gracia de Dios. Hemos hablado de nuestro orgullo, de nuestra necesidad de humildad, de nuestra hipocresía y nuestra tendencia a esconder las cosas de las que nos tenemos que arrepentir. Ahora vamos a enfocarnos, y a exaltar la gracia de Dios; esta se menciona 123 veces en el Nuevo Testamento, la gracia de Dios.

Pablo empieza cada una de sus epístolas diciendo, «gracia a vosotros, y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo». El único lugar en el que podemos encontrar gracia es a través de Jesucristo.

Es imposible vivir la vida cristiana aparte de la gracia de Dios. No lo puedes hacer. Sencillamente, no puedes. La gracia de Dios es la única forma para tener una relación con Él. Voy a hablarles de eso esta semana. Les hablaré de la multiforme gracia que Dios nos proporciona para que podamos tener una relación con Él.

Suena obvio, pero lo reitero: no hay fuente de gracia lejos de Dios. Él es la fuente de toda gracia verdadera. La gracia es un regalo de Dios. Siempre, siempre, siempre la gracia es un regalo, un regalo de Dios.

El Salmo 84:11b dice: «gracia y gloria da el Señor». En primera de Pedro 5:10b, Dios es llamado «el Dios de toda gracia». Cuando necesites gracia, ya sabes dónde la vas a encontrar. Ve al Dios de toda gracia. En eso es que Él se especializa. Efesios 2:8 nos dice que la gracia es «don de Dios».

Es la plenitud de Su gracia lo que Él nos ofrece. Déjenme leerles algunas frases del Nuevo Testamento en las que se describe la gracia de Dios. Pablo habla de la riqueza inmensurable de Su gracia. Inmensurable es una palabra grande. ¡No la puedes medir! No tiene límites: «la sobreabundante riqueza de Su gracia» (Ef. 2:7a).

Puedo pensar en personas que son muy muy ricas. Pero no conozco a nadie que tenga una fortuna inmensurable. Pueden ser hasta de 50 billones de dólares, pero siguen siendo mensurables. La gracia de Dios, por otro lado, ¡es una riqueza inmensurable!

En 2 Corintios 9:14, Pablo habla de la «sobreabundante gracia de Dios». Su abundancia sobrepasa todo lo que pudiésemos imaginar. Sobrepasa tus necesidades; sobrepasa tus fracasos. No importa lo que necesites, la gracia de Dios excede tus necesidades.

En el mismo capítulo de 2 Corintios 9, Pablo dice que «Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros». No solo es el Dios de toda gracia, sino el Dios que puede darte toda esa gracia a ti. Puedes decir, «hay algunos días en los que necesito toda la gracia que pueda obtener»; pero ¿sabes qué? No hay un día que pase sin que tú necesites esa gracia. Dios puede hacer que toda gracia abunde sobre ti.

En 1 Pedro 4:10, Pedro habla de la multiforme gracia de Dios. Muchas facetas. Es un prisma que al reflejar todas las luces, brilla en todas las direcciones irradiando Su luz. La multiforme y variada gracia de Dios.

Esa es la esencia de la gracia, pura y simplemente. Sé que muchos de ustedes están familiarizados con las cosas que estoy diciendo, pero algunos de nosotros hemos olvidado la grandeza de la gracia de Dios. Le he estado pidiendo a Dios, incluso en lo que les estoy enseñando esta serie, que restaure en mí un sentido fresco, un asombro por las maravillas de la gracia de Dios.

La esencia de la gracia es un regalo gratuito e inmerecido que les es dado a los desamparados. Es un regalo gratuito. Es inmerecido. Es dado a los desamparados. Es un regalo gratis, es inmerecido y se da a los destituidos.

El Antiguo Testamento no habla mucho acerca de la gracia de Dios, pero sí del favor de Dios. Dios teniendo favor hacia las viudas, hacia los huérfanos y los pobres. También habla de que Dios concede Su gracia a los desamparados. Sin costo alguno. No puedes pagar por ella. No puedes ganártela. No la mereces. Es un regalo gratuito. Es inmerecido. Es dado a aquellos que no tienen recursos por sí solos y están desamparados.

A medida que hemos estado hablando de la gracia de Dios, seguro te has preguntado ¿cómo obtengo más de esa gracia? ¿Cómo consigo toda la gracia? Les voy a adelantar una idea que iré ampliando durante los próximos programas.

En resumen, solo hay una manera de obtener más de la gracia de Dios, y es volviendo al inicio de esta serie, con humildad, humillándonos a nosotros mismos. Por eso empezamos con la humildad. No puedes obtener la gracia de Dios hasta que no te humilles.

Proverbios 3:34, dice que «ciertamente Él se burla de los burladores pero da gracia a los afligidos». Tanto en Santiago 4:6, como en 1 Pedro 5:5, se habla de «¡cómo Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes!» Hemos hablado de esa parte del versículo. «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes». Los humildes son aquellos que no tienen nada que ofrecerle; aquellos quienes no pueden pagarle.

«Nada en mis manos traigo, simplemente a la cruz me aferro» («Rock of Ages, Cleft for Me», por Augustus Montague Toplady, 1740-1778). Señor, no merezco tu bondad. No merezco tu gracia. No merezco tu ayuda. No merezco tu misericordia. No merezco nada de ti, excepto tu juicio. No tengo nada que ofrecerte, excepto que Cristo murió por mí, y acepto ese regalo de Tu gracia inmerecida para llenar todas mis necesidades.

Me humillo ante Ti y digo, «Señor, te necesito». «No puedo vivir la vida cristiana sin Ti». «No puedo enfrentar estas circunstancias sin Ti». Te necesito.

Me parece que hay pocas palabras que podamos decir que sean tan preciosas al corazón de nuestro Padre celestial, que cuando Él escucha a sus hijos decirle: «Papá, te necesito. Te necesito». A ustedes les encanta escuchar a sus hijos decirles eso. Les encanta que vengan y les pidan ayuda y confíen al decirles, «no puedo hacer esto, ¿me ayudas?»

A Dios le encanta que depositemos nuestra confianza en Él. Le encanta cuando pedimos humildemente que nos ayude, cuando decimos: «Señor, no puedo hacer esto»; «no puedo amar a esta persona»; «no puedo manejar estos niños»; «no puedo manejar esta circunstancia»; «no puedo lidiar con esta tentación, PERO Tú puedes. Necesito Tu gracia.

Tengo un árbol bastante grande justo afuera de la ventana de mi habitación en el primer piso. Salí esta mañana y cuando lo vi noté que algunas de las ramas estaban muy verdes y llenas de vida. Es un árbol bellísimo y me encanta mirarlo, pero no todo el árbol luce esplendoroso. Tiene también ramas totalmente secas y muertas.

Estas últimas me acordaron, en la medida que veía esas ramas secas, un pasaje de las Escrituras que habla de la gracia de Dios. Déjenme pedirles que abran sus biblias en Efesios 2, en el Nuevo Testamento. Antes de leer ese capítulo y a manera de introducción, fíjense que —desde el primer capítulo— se puede apreciar que la gracia de Dios es un tema importante en el libro de Efesios.

Pablo empieza el libro diciendo: «Gracia a vosotros y paz de parte de Dios». Él habla del perdón de nuestros pecados según «la riqueza de Su gracia» (vv. 6-7), y entonces en el capítulo 2 nos dice que estábamos muertos (vv. 1-3): «Y Él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás».

Esa es la descripción de la persona que nunca ha probado y vivido la experiencia de la gracia de Dios a través de Jesucristo. Pablo dice: «Ustedes estaban tan muertos como esta rama seca».

Puedo tomar la rama seca, esta rama muerta y ponerla dentro de un florero. Le puedo echar agua y fertilizantes, puedo poner luces que la iluminen, tocarle música y orar por ella, pero ¿qué va a pasar con esa rama? Podría ordenarle «¡rama, revive!»; sin obtener resultado alguno. Puedo decirle, «rama echa hojas verdes», pero no puede echar hojas verdes.

¿Por qué? Porque está muerta. Una rama seca es incapaz de producir vida. ¡Así éramos! Pablo dice que «estuvimos muertos hasta que nos fue concedida la gracia del Padre a través del Hijo». Estábamos muertos.

Samuel Rutherford lo dijo de esta manera, «soy una rama marchita, un cadáver; huesos secos, incapaz de dar un paso».

Cuando se le dice a una persona, espiritualmente muerta, que «obedezca a Dios, que respete los diez mandamientos, que ame a su Dios sobre todas las cosas y ame al prójimo como a sí mismo», esa persona tiene la misma capacidad de obedecer a Dios que la que tiene una rama seca para producir hojas.

Pablo entonces llega al versículo 4, habiéndonos mostrado la condición miserable en la que estábamos. Estábamos muertos. Estábamos siguiendo nuestros deseos y pasiones, pasiones que tenemos en nuestro cuerpo y mente debido a nuestra naturaleza caída. Éramos por naturaleza hijos de ira, hijos bajo el juicio de Dios.

«Pero Dios», versículo 4, y cuán agradecidos estamos por los «pero Dios» de las Escrituras, «que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aún cuando estábamos muertos (sin vida y destituidos, incapaces) muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo» (por gracia habéis sido salvados) (v.5).

Hemos estado diciendo que la gracia de Dios es para los desamparados, para las personas que no pueden valerse por sí mismas. Cuando estábamos muertos, no podíamos dar frutos; no podíamos obedecer a Dios. Dios, de forma sobrenatural, sopló vida en estos caparazones de huesos secos y ramas deshojadas, de manera sobrenatural. La conversión, la salvación o el nuevo nacimiento es un milagro de Dios. Es un regalo de Dios: «Por Su gracia han sido salvados».

Versículo 7: «a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia, por su bondad, para con nosotros en Cristo Jesús». Y en el, «porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios…» (v.8).

No fuiste tú quien dijo, «voy a aceptar este llamado al frente». No fuiste tú quien lo decidió. Eso hubiese sido humanamente imposible sin la intervención divina del Espíritu Santo de Dios en tu corazón. Fue Él quien decidió por ti y te hizo saber que necesitabas de un Salvador. Él te mostró tus pecados, te dio arrepentimiento en tu corazón y la fe necesaria para creer en Cristo.

Dios fue quien orquestó e inicio todo eso. Dios te sedujo con el poder de Su Espíritu Santo. Él te cortejó. Él te atrajo. No puedes decir, «hice algo merecedor de la gracia de Dios».

«Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe» (vv. 8b-9).

La gracia de Dios es el único camino por el que el hombre caído puede llegar a tener una relación con Dios. Y no estoy hablando solamente de las personas malvadas que hacen cosas malas. Hablo de personas como yo, que crecí en una iglesia sin conocer nada más y rodeada de las cosas de Dios.

La gracia de Dios es absolutamente esencial para personas como yo, que crecí haciendo muchas cosas bien y conociendo bien lo que era correcto, pero que era incapaz de tener una relación con el Dios verdadero –algo que no podía lograr apartada de Su gracia, y de tener Su favor y Su misericordia hacia mí.

¿Cómo podemos tener una relación con Dios? Solamente por Su gracia. ¿Podría sugerir que esto es lo que separa al cristianismo de todas las demás religiones en la historia del mundo? La pregunta básica es: «¿Cómo puede el hombre relacionarse correctamente con Dios?» La respuesta es sencillamente: Solo por la gracia de Dios. Si comparas cualquier otra religión con la gracia de Dios, verás la diferencia.

Por ejemplo, si observamos cualquier otra religión, ¿qué es lo que creen acerca del hombre? Que el hombre es fundamentalmente bueno y que puede hacer algo para agradar a Dios, sin importar la imagen de Dios que tenga.

Por la gracia de Dios es que nos damos cuenta de que el hombre es inherentemente, un pecador por naturaleza, y que no puede agradar a Dios. Está absolutamente imposibilitado para hacerlo.

La religión está basada en leyes, obras y obligación. En cambio, la gracia es un camino de regalo, es fe, y la misericordia de Dios es para los destituidos. En todas las religiones del mundo, ¿dónde es que depositan las personas su confianza? En sí mismos y en su capacidad, en su confianza en sí mismos: «¿qué puedo hacer para agradar al Señor?»

En el caso de la gracia, ¿dónde pondríamos nuestra confianza? En Cristo. Solamente Él es mi esperanza de vida eterna.

¿Cuál es el resultado del hombre religioso? Lo lleva a la condenación. Lo lleva a la muerte. Lo lleva a ser esclavo del pecado y lo lleva a la jactancia o a la vanagloria.

Podrías preguntarte, ¿cómo puedes jactarte si eres un pecador con una naturaleza caída? Porque las personas que hacen buenas obras, y piensan que con eso agradan a Dios, tienden a jactarse de dichas obras como lo afirma el apóstol Pablo en Efesios 2.

En cambio, ¿qué sucede cuando nos basamos en la gracia? El resultado es perdón y vida y justificación, y en lugar de la jactancia, obtenemos humildad. Nos damos cuenta de que no tenemos nada que ofrecerle a Dios. No tuve nada que ver con mi propio arrepentimiento, fe y conversión. No hice nada para ganarme una relación con Dios. Ese fue Su regalo inmerecido de principio a fin.

Algunos de ustedes han escuchado esto durante toda su vida, pero ¿se les ha olvidado cuán preciosa es la gracia del Dios que les salvó? Es lo que distingue tu fe de cualquier otra. La definición de religión es, en esencia, esfuerzo humano, autoconfianza; se basa en los esfuerzos que el hombre ha hecho para ganarse la salvación. Depende de sus obras y de su propio mérito.

La definición de la gracia de Dios es un regalo de Dios y no una «ganancia por obras». Está basada en la muerte de Cristo. Está basada en los méritos de Cristo, quien redime y salva a todos los que en Él creen.

A medida que meditaba en esto antes de empezar el programa esta mañana, me topé con esto en un librito llamado, «Lecturas matutinas y vespertinas» de Charles Spurgeon, en la lectura para hoy. En el devocional de la mañana y en el de la noche, habla de Mefiboset, el personaje del Antiguo Testamento y pensé que era un ejemplo perfecto para el programa de hoy.

Recordemos que Mefiboset fue el hijo de Jonathan, el amigo amado de David y nieto del rey Saúl. Cuando el rey Saúl y Jonathan fueron muertos en batalla, Mefiboset tenía cinco años de edad y era un niño inválido —al cargarlo, su enfermera se tropezó provocándole daños permanentes en ambas piernas.

Recordemos que David había hecho un pacto con Jonathan antes de subir al trono: «Me haré cargo de tus hijos y familia». De manera que al llegar al trono David empezó a preguntar si había alguien aún con vida de los descendientes de Jonathan.

Alguien le respondió que sí: «Mefiboset sigue vivo, pero seguramente no lo querrás porque está paralítico». Contrario a lo que las personas esperaban, David encontró a Mefiboset y lo llevó al palacio. Le dijo, «quiero que te sientes en mi mesa, la mesa del rey. Quiero que comas mi comida y que seas parte de mi familia por el resto de tu vida».

Charles Spurgeon se refiere a este pasaje de esta manera:

«Mefiboset, no era un gran adorno para la mesa real; sin embargo comía siempre allí para que David pudiera ver en su rostro las facciones de su amado Jonathan…» Es tal el afecto que el Padre profesa a su Unigénito, que por amor a Él, levanta a sus humildes hermanos de la pobreza y del destierro, (allí estaba Mefiboset desterrado y desprovisto) y los pone en la corte, entre los de noble rango, y los sienta a la mesa del rey. («Lecturas Matutinas», mayo 27).

Concluye diciendo que sea así publicado en los cielos, como la maravilla de maravillas, que el Señor haya derramado el amor de Su corazón sobre nosotros, siendo lo que somos (Lecturas Vespertinas, mayo 27). ¡Es un milagro de Dios! ¡Esa es la gracia de Dios! 

Annamarie: La inmensurable gracia de Dios. Esto es acerca de lo que Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado hablando hoy. Son tantas las veces que utilizamos la palabra «gracia» sin entender realmente qué significa. En el programa de hoy Nancy nos ha ayudado a profundizar en este tema, como parte de la serie titulada,«En busca de Dios».

Quiero recordarte que puedes visitarnos en nuestra página web AvivaNuestrosCorazones.com. Allí encontrarás muchas herramientas que te ayudarán a crecer en tu caminar con el Señor. Encontrarás publicaciones diarias, videos, libros, los audios y las transcripciones de programas, y podrás interactuar con otras oyentes por medio de tu comentario.

Allí, en la sección Mujer Verdadera 365, también podrás descargar el plan de lectura de la Biblia que miles de mujeres estamos haciendo juntas este año. Escucha lo que una mujer que lo está siguiendo nos escribió:

«Amadas hermanitas, ustedes no tienen idea de cuánto he sido bendecida con este reto de leer la Biblia en un año. Tengo 35 años de ser cristiana y nunca me había propuesto leer la Biblia en un año. Comenzaba y ni siquiera terminaba Génesis, y hoy Dios ha puesto en mi corazón comenzarlo y terminarlo. Sus resúmenes después de cada lectura es lo que me ha animado a ser fiel al leer cada capítulo, (porque me identifico con algunas cosas y puedo saber y hacer un análisis de si mi resumen concuerda). Hermanitas le doy gracias a Dios por sus vidas. Dios les bendiga grandemente. Muchísimas gracias».

Amada hermana nos gozamos contigo, y gracias por compartir esto con nosotras. Y a ti que nos escuchas hoy, ¡anímate tú también y juntas busquemos a Dios en Su Palabra y arraiguemos nuestras vidas en Cristo!

¿Quieres ser perfecta? ¿Es este un objetivo digno de perseguir? ¿Es realista? Asegúrate de acompañarnos mañana para la continuación de nuestro tema de esta semana: la gracia. Te esperamos aquí en Aviva Nuestros Corazones.

En busca de Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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