Débora: Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Hace un tiempo hablé con una mujer que me contó que había pasado por un huracán muy fuerte. Luego me describió cómo fue estar en el ojo de la tormenta: cómo todo estaba en calma y en paz, aun cuando la primera parte del huracán ya había pasado. Ahora se encontraban en el ojo, y la segunda parte de la tormenta todavía estaba en camino. A pesar de que la tormenta no había terminado, describió una sensación de quietud y descanso mientras estaba en el ojo de la tormenta.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «El lugar apacible», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 5 de agosto de 2026.
El día de hoy, como continuación de la serie «Refugio en la tormenta», Nancy nos hablará de …
Débora: Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Hace un tiempo hablé con una mujer que me contó que había pasado por un huracán muy fuerte. Luego me describió cómo fue estar en el ojo de la tormenta: cómo todo estaba en calma y en paz, aun cuando la primera parte del huracán ya había pasado. Ahora se encontraban en el ojo, y la segunda parte de la tormenta todavía estaba en camino. A pesar de que la tormenta no había terminado, describió una sensación de quietud y descanso mientras estaba en el ojo de la tormenta.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «El lugar apacible», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 5 de agosto de 2026.
El día de hoy, como continuación de la serie «Refugio en la tormenta», Nancy nos hablará de la importancia de adorar en medio de la tormenta. Amada, como adelanto solo quiero recordarte que es posible tener paz, pase lo que pase. Porque vivir en la presencia de Jesús es encontrar refugio en el ojo de la tormenta.
Nancy: Eso es más o menos lo que imagino cuando veo a David en el Salmo 57 describiendo la condición de su corazón, aun cuando la tormenta ruge a su alrededor.
Esta semana estamos viendo cómo sobrevivir a las tormentas de la vida, y David está atravesando una tormenta increíblemente difícil. Mira el versículo 7 y observa cuál es la condición de su corazón, incluso mientras la tormenta continúa. Esto no es el final de la tormenta; él todavía está en medio de ella. Y dice en el Salmo 57:7: «Firme está mi corazón, oh Dios, mi corazón está firme…». ¿No es esa una manera maravillosa de vivir?
Aun cuando la tormenta ruge a tu alrededor, puedes encontrar refugio bajo Sus alas, en la presencia de Dios, en el ojo de la tormenta: un lugar donde tu corazón puede estar tranquilo, en calma y en reposo, mientras todo a tu alrededor está en agitación. Puede que, como mi amiga Holly, eso signifique para ti ocho hijos; y probablemente Holly vive en una especie de tormenta gran parte del tiempo. O puede ser una situación en tu hogar, en tu trabajo o algo que tu iglesia esté atravesando y que resulte una tormenta difícil.
Eso no significa que te vuelvas indiferente a lo que sucede a tu alrededor, sino que aun mientras caminas por la tormenta, tu corazón puede permanecer en silencio, firme y en reposo. Pienso en Isaías 26, donde dice que Dios promete guardarnos en perfecta paz cuando nuestra mente está puesta en Él (ver Isaías 26:3).
Si fijo mi mente en las circunstancias, entraré en un estado de turbulencia. Mi corazón reflejará la tormenta que me rodea si mi mente está enfocada en ella. Pero cuando levanto mis ojos por encima de la tormenta, encuentro refugio en Dios y clamo a Él, entonces descubro que mi corazón puede estar en calma y en reposo, firme y estable.
Y recuerda dónde se encontraba David. En el versículo 4 dice: «Mi alma, mi vida está entre leones». No era un momento fácil en su vida. Sin embargo, estaba diciendo: «Aun con estos leones, estas personas, estos soldados, estas fuerzas enemigas, estas circunstancias, estos problemas, estos enemigos que me acechan y amenazan con derribarme, en medio de ese foso de leones, mi corazón está firme. Mi corazón está en calma y en silencio».
Escucha, la verdadera paz y el verdadero gozo no significan ausencia de problemas. Significan la presencia del Señor Jesús en medio del dolor, en medio de las dificultades, en medio de la tormenta. Porque Él es nuestro refugio, estamos seguras en Él. No tenemos que vivir en temor. No tenemos que angustiarnos. Nuestros corazones pueden estar firmes.
Ya hemos visto que David fue honesto acerca de la tormenta en la que estaba. Se refugió en Dios. Corrió al nombre del Señor y clamó a Él. Pero quiero que observemos una cuarta cosa que David hizo en este pasaje. Los versículos 7 al 10 nos dicen: «¡Cantaré y entonaré salmos!».
¿Dónde estaba David? Él estaba en un foso de leones. No sé tú, pero en medio de un foso de leones no estoy segura de que lo primero que se me ocurra sea cantar. Sin embargo, David dice: «Voy a decidir conscientemente cantar al Señor».
¡Cantaré y entonaré salmos!
¡Despierta, gloria mía!
¡Despierten, arpa y lira!
¡A la aurora despertaré! (vv. 7-8).
Lo que él está diciendo: «Voy a tener tiempos privados de adoración con el Señor. Voy a despertar a la mañana, aunque estas tormentas pesen sobre mi corazón y nada haya cambiado desde anoche».
¿Encendiste las noticias anoche o las encendiste esta mañana? Son las mismas noticias, los mismos problemas y las mismas tormentas. Hay tormentas ocurriendo en nuestra nación ahora mismo. Nada cambió de la noche a la mañana.
Sin embargo, David dice: «Voy a levantarme por la mañana y, de una manera fresca y renovada, recordar que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana. Voy a recibir el día con salmos y cánticos de alabanza». Cantaré al Señor. Cantar expresa fe. Hay algo profundamente poderoso en cantar al Señor. Creo que por eso es uno de los mandatos que más se repiten en toda la Palabra de Dios: «Canten al Señor, canten al Señor». No es solo que debamos cantar cuando estamos en la iglesia y todos los demás están cantando, sino que, en medio de la tormenta, David dice: «Canta al Señor». Tendré ese tiempo de adoración privada con el Señor.
Hace un tiempo salí a caminar temprano por la mañana y, cuando el sol comenzó a salir, hice lo que casi siempre hago cuando veo el amanecer: comencé a cantar. Pero esta vez no fue tan fácil como en otras ocasiones. Estaba en medio de una tormenta, y mi corazón tendía a enfocarse en las circunstancias y en la tormenta.
Pero cuando el sol comenzó a levantarse, canté el himno que suelo cantar al amanecer…
¡Oh, tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí.
Nada me falta, pues todo provees,
¡Grande, Señor, es tu fidelidad!
(«Grande es tu fidelidad» de Thomas Chisholm)
Y canté no solo la primera estrofa, sino también la segunda y la tercera, despertando el alba con cánticos al Señor. Descubrirás, como yo lo he hecho tantas veces, que cuando, aun en medio de tu tormenta, cantas al Señor, hay una libertad y un desahogo que llegan, como si una nube se levantara, porque tus ojos se han elevado por encima de las olas hacia Aquel que es Señor sobre las olas.
Ahora David dice: «No solo voy a cantar en privado antes del amanecer, sino que también voy a cantar públicamente». Mira lo que dice el versículo 9:
«Te alabaré entre los pueblos, Señor;
Te cantaré alabanzas entre las naciones».
Él está diciendo: «La alabanza no será solo un asunto privado; voy a hacer de la alabanza mi práctica pública. Voy a exaltar el nombre del Señor y cantar».
Y yo te pregunto: ¿Cantas en tu hogar? ¿Cantas en voz baja en tu trabajo? ¿Eres conocida en tu comunidad y entre tus amigas como una mujer de alabanza? ¿Elevas tu voz en gratitud al Señor? He citado antes a John Wesley, quien dijo: «Nuestra tarea es dar al mundo una impresión correcta de Dios».
Y cuando alabamos al Señor con nuestras palabras, aun mientras atravesamos tormentas, le estamos diciendo al mundo: «Dios es el Dios Altísimo. Él es el Señor por encima de las tormentas. Él es el Señor por encima de las olas. Esto no es demasiado grande para Él».
El Salmo 93 dice: «Los torrentes han alzado su voz… Más que el fragor de muchas aguas, más que las poderosas olas del mar, es poderoso el Señor en las alturas».Escucha,nuestras tormentas pueden convertirse en una oportunidad para decirle al mundo, a nuestro pequeño mundo, cuán bueno y cuán grande es Dios; para alabarlo por Su amor y Su fidelidad, que envía como Su provisión en medio de la tormenta; para darle gracias públicamente, delante de otros, por Su bondad.
¿Por qué será que cuando alguien nos pregunta cómo estamos, tendemos a quejarnos (al menos yo sé que a mí me pasa), a suspirar o a mostrarnos agotadas? Me ocurre con frecuencia. Y luego miro hacia atrás y pienso: ¿Qué impresión estaba dando acerca de mi Dios? «Oh, la vida es tan difícil; esto es tan duro; estoy tan cansada; la tormenta es tan grande». Y no hay que negar que la tormenta es realmente difícil.
Pero aun mientras caminas por esa tormenta y otros pueden verla a tu alrededor, ¡qué oportunidad tan preciosa para magnificar el nombre del Señor y decir: «Dios sigue siendo bueno. Dios sigue siendo grande. ¡Él es el Soberano sobre la tormenta!».
Cuando cantamos al Señor, cuando lo alabamos, cuando expresamos fe, derrotamos al enemigo. Creo que a Satanás le molesta cuando cantamos. Pienso que esa es una de las razones por las que intenta mantenernos tan desanimadas, deprimidas y abatidas, para que no cantemos. Y es precisamente entonces cuando tenemos que correr hacia el centro de nuestra desesperación, nuestra tristeza o nuestro desaliento y decir: «Cantaré al Señor. Puede que esté llorando tanto que apenas se entiendan las palabras, pero cantaré y alabaré al Señor aun mientras la tormenta ruge a mi alrededor».
Cuando cantamos y alabamos, Satanás es derrotado. Él intenta usar esa tormenta para mantenernos desalentadas, para mantenernos abatidas, para impedir que alabemos al Señor. Pero cuando decimos: «Voy a alabarlo de todos modos, aun antes de ver el resultado; voy a alabarlo». Es ahí cuando el enemigo ha perdido esa batalla.
Muchas veces pienso que el enemigo simplemente sigue adelante y dice: «Creo que hoy buscaré a alguien más a quien atacar con esa tormenta». Y me encanta el pasaje en Habacuc 3, los últimos versículos del libro. El profeta habla de un tiempo en el que todos los medios visibles de sustento habían desaparecido. Está describiendo un momento de gran tragedia nacional, pero también puede aplicarse a nuestras propias tragedias personales. Él dice:
«Aunque la higuera no eche brotes,
Ni haya fruto en las viñas;
Aunque falte el producto del olivo,
Y los campos no produzcan alimento;
Aunque falten las ovejas del redil,
Y no haya vacas en los establos…» (v. 17)
Lo que está diciendo es: «No importa lo que esté ocurriendo a mi alrededor; no importa cuán vacía esté la despensa, cuán escaso sea el dinero en la cuenta bancaria, cuán difícil sea este matrimonio, cuán imposible parezca esta situación en el trabajo, cuán poca esperanza parezca haber de que mi hijo o mi hija regresen al Señor, cuán alarmante sea el informe del médico o el resultado de este examen físico; no importa qué…»
«Con todo yo me alegraré en el Señor,
Me regocijaré en el Dios de mi salvación.
El Señor Dios (soberano) es mi fortaleza;
Él ha hecho mis pies como losde las ciervas,
Y por las alturas me hace caminar». (vv. 18-19).
Así que David dice: «Mi corazón está firme». Las tormentas pueden sacudir mis circunstancias, pero no pueden sacudir mi corazón, porque mi corazón está arraigado, cimentado y afirmado en Dios. Y al conocerlo a Él, cantaré. Alabaré. Daré gracias. Me regocijaré en el Dios de mi salvación.
Y hoy quizás hay alguien escuchándome que necesita cantar. Estás en una tormenta y has estado suspirando, quejándote, lamentándote y murmurando. Déjame decirte que sé muy bien cómo hacer eso. Pero también estoy aprendiendo a cantar, aprendiendo a expresar alabanza, a adorar en medio de la tormenta. Simplemente di: «Oh Dios, Tú eres más real y más presente que cualquier cosa que esté sucediendo a mi alrededor. Señor, abre mis labios y mi boca para que proclame Tu alabanza». Y cuando lo hacemos, Dios es glorificado.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado ayudando a aprender a ser adoradoras, aun cuando el viento ruge a nuestro alrededor.
Un grupo de mujeres estaba escuchando a Nancy mientras compartía este mensaje. Ellas nos contaron algunas maneras en que el Señor las está ayudando a permanecer en calma en medio de la tormenta. Escuchemos.
Diane: Es tan alentador saber que Dios es nuestra ancla. En cada situación y circunstancia, Él es nuestra paz. Podemos aferrarnos a eso y confiar en Él.
Mujer 1: Realmente aprecié cómo compartiste el Salmo 107 y cómo presentaste esa imagen de que Dios no solo levanta las olas, sino que también las calma; que Él tiene un propósito al agitarlas, para llevarnos a un lugar donde clamemos a Él. Fue realmente muy alentador recordar que las cosas en mi vida no son casualidad ni accidente, sino que el Señor tiene un propósito en todo lo que permite que entre en mi vida.
Nancy: ¿Hay siquiera una circunstancia en tu vida que puedas recordar como una tormenta, en la que el Señor te haya hecho ver que necesitabas clamar a Él?
Katie: La maternidad.
Nancy: En una sola palabra.
Katie: En una palabra. Tengo un hijo que es una versión pequeña de mí misma. No hay nada más humillante que ver tus propios pecados reflejados en un niño de siete años. Así que entendí que si quiero que deje de hacer lo que está haciendo, debo decirle al Señor: «¡Oh! Ya entiendo, Señor. Creo que primero necesito sacar la viga de mi propio ojo». Tener a dos personas tan parecidas en el hogar ha causado muchas tormentas en nuestra familia… pero todo ha sido para bien.
Nancy: Eso es un recordatorio de que las tormentas pueden ser cosas buenas. Los hijos son preciosos; son un regalo de Dios. La maternidad es un regalo hermoso. Pero a veces, los regalos más dulces pueden convertirse en instrumentos que exponen nuestra necesidad de Dios.
Katie: Expone el pecado que ya está en nuestros corazones.
Nancy: Exponen nuestro pecado. Y aun en eso podemos ver la mano de Dios. Él nos ama. Quiere colocarnos en un lugar donde reconozcamos cuán desesperadamente lo necesitamos. No conozco a nadie que clame al Señor con más fervor que las mamás. No importa cuán hermosos y preciosos sean tus hijos, ¡sigues necesitando a Dios! Te sientes insuficiente, sobrepasada y desesperada por Él.
Sue: Me encanta cómo Jesús va hilando detalles a lo largo del día. Hoy, mis ojos se posaron en una placa en mi casa que tiene un versículo escrito. Me había acostumbrado a leer los versículos que tengo colgados en las paredes de mi casa, pero hoy llamó mi atención el que dice: «Estén quietos, y sepan que Yo soy Dios». El Señor sabía que yo necesitaba eso hoy y para los días que vienen.
Luego, al estar aquí y escucharte recordarnos que el Señor reina, el Espíritu trajo a mi mente Habacuc 2:20: «El Señor está en Su santo templo; calle delante de Él toda la tierra». Pensé cuánto necesitamos eso ahora mismo. Si toda la tierra guardara silencio delante de Dios… tan solo pensarlo es impresionante. Pero cuánto más necesito yo guardar silencio delante de Él y permitirle obrar en mi corazón y en mi vida.
Nancy: A veces la tormenta más grande está dentro de nosotras. No está afuera. Puede ser provocada por cosas externas, pero en realidad se trata de la tormenta interna: el miedo, la ansiedad, decir que sí a demasiadas cosas y luego no tener margen para cumplirlas. A veces, la tormenta que Dios quiere aquietar cuando clamamos a Él es esa que se agita dentro de nosotras. Él quiere levantar nuestros ojos para que veamos que Él reina también sobre esa tormenta interior. Eso se llama paz, la paz de Cristo.
No se trata solo de circunstancias externas, sino de dudas internas, temores, inseguridades y luchas que todas tenemos. Por fuera podemos parecer tranquilas, como si estuviéramos manejando bien la vida. Así es como ustedes se ven ahora mismo: hermosas, serenas. Pero algunas saben que hay una tormenta dentro. Y si hoy no la hay, tal vez aparezca cuando regreses a casa. Dios habla paz y habla quietud a esa tormenta.
La manera de aquietar el corazón es levantar los ojos y mirar a Dios en Su trono, en Su santo templo. Y entonces reconoces: «¡Sí! El Señor reina. No tengo que resolverlo todo. No tengo que ser “súper” nada. No tengo que luchar ni esforzarme sin descanso. Puedo apoyarme plenamente en Él, dejar que Él reine, dejar que Él tome el control».
Mujer 2: Dos meses y medio después de casarme, hace seis años, me diagnosticaron cáncer de mama. Y una semana después de mi última quimioterapia, mi mamá falleció. Debido a que mis defensas estaban muy bajas y al estrés emocional por la muerte de mi mamá, no pude asistir a su funeral. Estaba en casa con una fiebre muy alta. La fiebre subió aún más y terminé hospitalizada durante una semana. El médico no pudo encontrar ninguna infección. Solo dijo que mi cuerpo había colapsado… y estuve a punto de morir.
Pero salí adelante. Después murió mi tía, de quien me había hecho muy cercana tras la muerte de mi mamá. Ella me tomó bajo su cuidado, y en algunos aspectos me sentía incluso más cercana a ella. Después de su muerte, tuve un aborto espontáneo. Los médicos me habían dicho que estaba bien intentar quedar embarazada porque el cáncer no había vuelto. Pero perdí al bebé. Y unos meses más tarde, el cáncer regresó, esta vez en los huesos.
Sin embargo, a través de cada una de esas situaciones, cuando pienso en lo real que Dios fue para mí… Desde el principio, la mayor parte del tiempo estaba en lágrimas. Y decía: «Dios, te alabo en medio de esto. Gracias porque Tú eres el Señor de mi vida». Y cada vez podía sentir Su presencia de una manera tan fuerte. Ahora, cuando miro hacia atrás a todo lo que pasó, no siento amargura ni enojo ni nada parecido, porque Dios fue muy real para mí. Eso es lo que recuerdo: sentir Su presencia muy claramente en medio de todas esas tormentas.
Nancy: La alabanza demuestra fe: fe en que Dios es más real, más presente en esa circunstancia que la circunstancia misma. Y la fe agrada a Dios. La fe es la que dice: «Confío en Ti. Tú sigues siendo grande. Tú sigues siendo bueno. Sigues siendo verdadero. Tus caminos siguen siendo rectos. Aunque no pueda ver Tu mano, confío en Tu corazón». Y cuando alabamos, cuando verbalizamos al Señor y a otros la bondad de Dios, aun cuando parezca que Dios no es bueno, cuando ejercitamos la fe, lo complacemos. Y en ese lugar, creo que Dios viene y envía liberación a nuestros corazones.
Por eso David pudo decir en el Salmo 57: «Firme está mi corazón, oh Dios, mi corazón está firme». Si lees ese pasaje en su contexto, el versículo anterior dice: «Estoy en medio de leones». Y el versículo siguiente dice: «Han tendido una red para mis pasos… Han cavado una fosa delante de mí». Y en medio de todo eso, él declara: «Mi corazón está firme. ¡Exaltado seas, oh Dios! ¡Tú eres grande!».
Si llevas algún tiempo escuchándome, me habrás oído citar esto antes, y probablemente lo escucharás muchas veces más. G. Campbell Morgan, un gran maestro bíblico de la generación pasada, dijo: «La necesidad suprema en cada hora de dificultad y angustia es una nueva visión de Dios. Al verlo a Él, todo lo demás adquiere la perspectiva adecuada».
O estamos viendo a Dios, o estamos viendo las olas, como hizo Pedro. Al principio, él miraba a Jesús. Tuvo la fe para creer Su palabra, salir de la barca y caminar sobre las aguas. Pero luego recordó que estaba sobre las olas y empezó a mirar las circunstancias. Y pensó: «¡Voy a morir, no voy a sobrevivir!».
Si nos dejamos consumir por la visión de nuestras circunstancias, nos sentiremos abrumadas, porque la vida es abrumadora. La vida duele. La vida es tormentosa. Y no hay forma de evitarlo. La mayoría de nosotras pasamos gran parte de nuestra vida intentando esquivar las tormentas, tratando de salir de las olas.
Ahora, no todos los momentos de la vida tienen que ser tormentosos o turbulentos. Gracias al Señor, hay momentos en que la tormenta se calma. Pero las tormentas existen. Y cuando nos obsesionamos, cuando nos enfocamos únicamente en lo que está sucediendo a nuestro alrededor, nos vamos a sentir abrumadas. Sentiremos que nos hundimos.
Recuerdo que, en el lanzamiento de Aviva Nuestros Corazones, hubo muchos días en que estaba obsesionada con las olas. Y ha habido más momentos de los que quisiera admitir en los que he pensado: «¡Me voy a ahogar! ¡Esto me va a tragar! ¡No voy a sobrevivir!».
Humanamente hablando, eso puede ser cierto. Pero llega un momento en que tienes que decir: «No voy a enfocarme en la tormenta. No voy a enfocarme en las olas. Voy a levantar mis ojos y a fijarlos en Jesús».
Ahora, para poder decir eso, también tienes que llegar al punto de decir: «Si esto me hunde, está bien, porque no se trata de mí. Se trata de Él». Puede que suene fácil decirlo. No lo es. Es muy difícil. Requiere fe. Requiere obediencia. Requiere rendición. Requiere quebrantamiento.
Y lo que Dios ha estado haciendo en mi vida a través de este proceso es llevarme a un nuevo nivel de quebrantamiento. Cuando somos despojadas de nuestros propios recursos, de nuestras propias capacidades; cuando estamos tan lejos de lo que podemos manejar que, si Dios no interviene, no lo lograremos…
Pero debemos recordarnos unas a otras que Él sí va a intervenir. Nunca ha fallado. Y no va a empezar ahora.
Débora: Esa fue Nancy DeMoss Wolgemuth en el tercer día de nuestra serie «Refugio en la tormenta». Si te perdiste alguno de los episodios anteriores y quieres escucharlos, puedes hacerlo visitando AvivaNuestrosCorazones.com y buscando la serie bajo el título «Refugio en la tormenta». También puedes enviar el enlace de la serie a una amiga o a un familiar que necesite refugio en medio de su propia tormenta.
Mañana Nancy continuará con esta misma serie y te animará a ver tus circunstancias como una oportunidad para que Dios sea glorificado. Regresa con nosotras aquí, a Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
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