Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Conozcan las naciones que no son sino hombres

Annamarie Sauter: Con nosotras el pastor Israel Sanz.

Pastor Israel Sanz: Es hora de sacudirnos de tanta superficialidad y frivolidad infantil. Es tiempo de reconocer qué volátiles son nuestros planes, qué pronto pueden venirse abajo nuestros proyectos, que tontos son nuestros discursos motivacionales. ¡Qué tragedia creernos tan grandes!

Annamarie Sauter: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

La lectura de hoy de la Biblia es 2 Samuel, capítulos 11 al 13.

Estamos viviendo una pandemia que nos está trayendo de vuelta a la realidad de nuestra fragilidad como seres humanos finitos. Un pequeño agente invisible ha golpeado la soberbia de la humanidad, y está haciendo que muchos caigan de su vanagloria. 

El día de hoy escucharemos un mensaje del pastor Israel Sanz, de la Iglesia Evangélica Bautista de Córdoba, en Andalucía, España. Él lo enseñó el pasado domingo 29 de marzo, y en este nos invita a pensar en que no somos tan grandes, ni tan fuertes, ni tan sabios como muchas veces creemos. Escuchemos.

Pastor Sanz: Los invito a abrir juntos la Palabra del Señor, y meditar en los dos últimos versículos de este salmo. Salmo 9:19 y 20. Y antes de dar lectura vamos a orar, vamos a pedir que el Señor nos ayude.

Señor, al abrir Tu Palabra venimos con corazones expectantes, Señor; solo Tú tienes palabras de vida eterna, y en esta situación tan especial, en medio de tanta confusión, de tanta necesidad, venimos Señor a ti, sabiendo que Tú eres el refugio de tu pueblo.

Danos palabras Señor, que traigan luz, que traigan cordura. Señor, llévanos al lugar donde Tú puedes bendecirnos, donde Tú puedes derramar un poderoso avivamiento en nuestros corazones y en nuestra tierra. En el nombre de Jesús, amén. Amén.

«Levántate, oh Jehová; no se fortalezca el hombre; sean juzgadas las naciones delante de ti. Pon, oh Jehová, temor en ellos; conozcan las naciones que no son sino hombres». 

En el capítulo dos del libro de los Hechos de los apóstoles, Lucas relata la muerte dolorosa, humillante y repulsiva de Herodes Agripa. Un día infame este rey se sentó en su trono vestido de gala. El historiador Flavio Josefo detalla que lucía una capa plateada que despertó un asombro inusual en los presentes.

Ahora, ¿puedes imaginarte a este hombre sacando pecho y posando con su super capa como si fuera un pavo real durante el cortejo?, y luego nos dice la Escritura que desde la tribuna arengó a la multitud y encendió de tal manera sus pasiones, que el pueblo comenzó a aclamarle como si fuera divino, como si sus palabras tuvieran el sello de los dioses, y gritaban enfervorizados, «ha hablado Dios, esa no es la voz de un hombre, esa es la voz de Dios».

Ahora, ¿qué hizo el rey? ¿Cómo reaccionó a semejante disparate? Pues para su desgracia el necio recibió complacido el tributo de sus hermanos. No reprendió la ovación idólatra, siguió envuelto en su capa de plata en lugar de despojarse del ella y de rasgar sus ropas, y llorar el desvarío de su pueblo. Se gustó, se vino arriba, el barro se olvidó del alfarero y quiso para sí los elogios.

Debería haber hecho lo que hizo el ángel que fue enviado a Juan para mostrarle la gloria de la Jerusalén celestial. Cuando Juan, el apóstol llevado por la emoción arrojó a los pies de aquella criatura asombrosa para adorarle, el ángel gritó desconcertado, «no, no no, cuidado, ni se te ocurra doblar tu rodilla ante mí, soy un siervo, solo soy un consiervo, un diácono más en la gran misión del Señor, adora a Dios, solo Dios es Dios solo Dios es adorable, solo Él es digno de la ofrenda de tu vida y de tu entrega incondicional, a mí no, adora a Dios».

Eso es lo que debió haber hecho Herodes, el rey debió haberse horrorizado ante aquella blasfemia, debió haber apuntado con su dedo al cielo mientras exhortaba a la gente a adorar a Dios. Debió haber protestado públicamente diciendo, «solo la Palabra de Dios es la voz de Dios». Pero prefirió darse un baño de gloria. Dejó que los hombres loaran su nombre y le confirieran honores divinos.

Lucas nos dice en Hechos 12: «Al momento un ángel del Señor le hirió por cuanto no dio la gloria a Dios. Flavio Josefo da testimonio de que enseguida se sintió indispuesto a causa de un intenso dolor abdominal, y cinco días después, con 54 años, expiró entre convulsiones, bajo el suplicio de fiebres, cólicos, inflamaciones, y una infección genital de la que supuraban larvas.

Lucas nos dice: «Expiró comido de gusanos». Se dio aires. Elevó su autoestima hasta las nubes y Dios lo derribó de un golpe. Pensó de sí mismo que era un grande, pero el cielo lo sentenció para que fuera la merienda de los gusanos, y en su muerte no pudo llevarse ni el trono, ni la capa, ni los aplausos.

Ahora, soy consciente de que este es un ejemplo muy extremo, pero con todo, pienso que ilustra muy bien la tragedia de la raza humana. Su delirio, el delirio de Herodes es nuestro delirio. Tal vez no en el mismo grado, pero su delirio es el delirio de nuestros gobernantes, y el delirio de la sociedad en general, piénsalo.

Herodes se desubicó, perdió de vista quién era, su orgullo le cegó y le impidió reconocer su condición humana, su fragilidad, la fugacidad de su vida, su dependencia absoluta del omnipotente y su verdadero llamado como imagen de Dios. Deliró –el término delirar proviene del latín delirare. «Lira» es «surco», hendidura que se hace en la tierra con el arado, y el prefijo de, aporta el significado de alejarse o apartarse de algo. Así que delirare es salirse del surco, descarrilar, sacar los pies del plato, desvariar, desviarse.

La Biblia nos enseña que el hombre es la imagen de Dios, el hombre existe para mostrar a Dios y para representar a Dios. Por ejemplo la estatua ecuestre del gran capitán que se levanta en el centro de nuestra ciudad en la Plaza de las Tendillas, no es el verdadero Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado el gran capitán. Pero fue erigida allí para exhibir algo de su rango y algo de su carácter.

No es Gonzalo Fernández de Córdoba, pero le señala, lo recuerda, lo conmemora.

Esa es la función de la imagen, apuntar más allá de ella misma. La escultura de Mateo Inurria debe honrar la memoria de un cordobés de carne y hueso llamado Gonzalo, y fallecido hace 505 años. Y en la medida en que la estatua hace referencia al personaje, cumple su función. Pero si de alguna manera el bronce quisiera desligarse de Gonzalo Fernández y quedarse con la gloria, darse gloria a sí mismo, estaría delirando, se saldría del surco.

Lo repito, el hombre es la imagen de Dios, y cuando vive en referencia a Dios, teniéndole en cuenta dependiendo de Él, reflejándole, es sabio, discurre bien, está ubicado. El hombre es sabio cuando sabe que no es el protagonista, cuando está satisfecho con el papel secundario que Dios le ha asignado. Y cuando vive de esa manera, una forma a la que la Biblia le llama «el temor de Dios», cuando vive así es feliz, no está perdido ni insatisfecho porque conoce su significado y la dignidad de su vocación.

Pero cuando ignora al Señor, enloquece, descarrila, se olvida de que es polvo y que es el soplo de Dios el que le da aliento y vida y todas las cosas, y comienza a verse como el centro del mundo y el centro de la historia y se lanza sin pudor a la conquista de la admiración y de la alabanza de los otros…eso es puro delirio; es puro delirio el eslogan de la marca Adidas: Impossible is Nothing. ¿En serio? ¿Nada es imposible?

Mira, si tú permites que tu ego reciba esa idea como una declaración verdadera de tus posibilidades y te vienes arriba presumiendo de solvencia, acabas de caer en la misma grosera autoidolatría de Herodes, eres igualito a él aunque no tengas trono ni capa.

Eres una criatura embutida en el tiempo y el espacio, que no es capaz de asegurar para sí mismo la próxima bocanada de aire. ¿Impossible is Nothing? Nada es imposible, sí, pero para Dios. Para Dios nada es imposible. Pero en cuanto a ti, no puedes evitar que tu cuerpo decline con el paso del tiempo, no puedes conservar a tu lado para siempre a tus seres queridos. 

Es un delirio la frase del empresario y orador motivacional Brian Tracy, quien dijo, «tienes dentro de ti todo lo que necesitas para superar los desafíos de la vida». Delirio.

Es un delirio la declaración del psicólogo estadounidense Wayne Dyer, quien escribió, «si crees totalmente en ti mismo, no habrá nada que esté fuera de tus posibilidades». Delirio. 

Delira el filósofo Jiddu Krishnamurti, cuando afirma, «la religión de todas las personas debería ser la de creer en sí mismos». Se nos ha ido la olla. Nos hemos salido del surco, deliramos como Herodes, y nos hemos hecho ladrones de una gloria que ya tiene dueño, Dios. Dios, a Él pertenece la gloria.

Ahora, observa lo que dice el salmista en el Salmo 10: 4-6. Dice: «El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos» Y un poco más adelante dice: «Dice en su corazón: No seré movido jamás; nunca me alcanzará el infortunio».

Así que el malo no piensa en Dios, no busca a Dios, pero ¿por qué? Porque se sobra y se basta, porque piensa de sí mismo que él es capaz, que no necesita elevar su mirada porque tiene dentro de sí todo lo que necesita. «Por la altivez de su rostro», dice el salmista, «no busca a Dios». Así que cree en sí mismo, escucha su propio corazón, se apoya en su propia prudencia y confía en que jamás será removido.

Piensa que si sueña en grande, y si trabaja duro, triunfará. Pero eso es puro delirio. En nuestro salmo, el rey David clama para que Dios no permita que los soberbios triunfen. ¡Levántate Señor! ¡Levántate Señor! Haz algo, no consientas que el barro se lleve la gloria, no consientas que el hombre prevalezca, que no se salga con la suya. Ciérrale el paso a los Herodes que te roban el protagonismo. ¡Levántate contra los presumidos que se declaran invencibles! ¡Señor, levántate, abate a todos los que quieren quitarte la corona para ponérsela sobre sus cabezas!

¡Levántate Señor, juzga las naciones, pon temor en ellas, ponlas contra las cuerdas, sacúdelas como se sacude un pequeño árbol, hasta que se desprenda toda la soberbia y la vanagloria y la arrogancia y la jactancia, hasta que el delirio dé paso a la sensatez y a la humildad!

Que las naciones conozcan, que se enteren de que no son sino hombres; hombres, no dioses, hombres, tampoco alimañas, hombres. Hombres creados para disfrutar a Dios y glorificarle; para reflejar Su hermosura como la luna refleja la gloria del sol. Hombres llenos de dignidad, y valor y significado, pero al mismo tiempo dependientes. Criaturas subordinadas, finitas, frágiles. Señor, ¡levántate! ¡Levántate Señor y ríete de nuestros eslóganes, desmiéntelos y líbranos de tanto engaño y autobombo!

Señor, haznos temblar hasta que podamos odiar nuestro orgullo y decir como el salmista, «a ti alcé mis ojos», «a ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos. He aquí como los ojos de los siervos miran las manos de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran al Señor nuestro Dios hasta que tenga misericordia de nosotros» (Sal. 123:1 y 2).

Los dos versículos que leímos al principio, «Levántate Señor, juzga las naciones, no se fortalezca el hombre», no recogen el clamor de un corazón impaciente, irascible. Esta no es una reacción de un hombre de malas pulgas que se irrita de forma egoísta y quiere la ruina de los que no comparten su fe. No, no es así. Esta solemne invocación a Dios procede de un alma tierna, un alma que ama al Señor y no soporta que el mundo lo ningunee y lo desprecie.

David quiere que Dios tenga lo que merece; que reciba la gloria, la honra, la alabanza, la fortaleza, el reino, las ovaciones, la lealtad, la corona, la obediencia de la gente, la admiración, la fe enamorada y la adoración sincera. En realidad, David no es sino el canal por medio del cual el mismo Espíritu Santo que lo inspira, que inspira esas palabras, expresa el deseo del Dios Trino.

Porque el Señor es celoso, Él es celoso de Su nombre, de Su reputación, Él jamás compartirá Su gloria. El Señor por medio de Moisés dijo, «no te has de inclinar a ningún otro Dios, pues el Señor cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es». Y por medio del profeta Isaías, declaró en el capítulo 42 de Isaías: «Yo, el Señor, este es mi nombre y a otro no daré mi gloria». Por eso, de nuevo por medio del profeta Isaías, el Señor promete solemnemente, palabras registradas en el capítulo dos de Isaías, «la altivez de los ojos del hombre será abatida; y la soberbia de los hombres será humillada, y Jehová solo será exaltado en aquel día. Porque el día del Señor de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo enaltecido, y será abatido».

Hermanos, además de la historia de Herodes, la Biblia ofrece muchos ejemplos dramáticos de cómo Dios abate a los soberbios. Una de las sentencias más feroces es la que el Señor dictó contra el rey de Tiro por medio del profeta Ezequiel.

Ezequiel dice: «Vino a mí palabra del Señor diciendo:

Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado…(siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios…he aquí yo traigo sobre ti extranjeros, los fuertes de entre las naciones, que desenvainarán sus espadas, y mancharán tu esplendor. Al sepulcro te harán descender…¿seguirás creyendo que eres un dios cuando estés ante tus verdugos? En manos de los que te maten no serás más que un simple hombre».

¡Uf! Tremendas palabras. Hermanos, yo no sé todo lo que está pasando en esta pandemia mundial, pero una cosa es segura, Dios está abofeteando nuestra soberbia, Dios está sacudiendo el árbol para bajarnos los humos, para que se nos caiga la corona, para que se nos borre la sonrisa de sobrados, para que escapemos de nuestros delirios, para que enmendemos nuestro corazón y para que enmendemos de paso nuestros eslóganes, y para a la postre mostrarnos Su salvación y Su poder.

Un pequeño agente microscópico ha puesto contra las cuerdas a las naciones. La escena es inédita y nadie sale de su asombro. El dolor crece por momentos. A estas alturas miles de empresas han cerrado y tal vez muchas nunca vuelvan a abrir. Todos están de acuerdo en que nos esperan días difíciles. 

Y peor que eso, miles de familias están enterrando a sus muertos, y muchas de ellas lo han hecho sin ni siquiera haber tenido la oportunidad de besarlos y despedirse de ellos, y sin poder celebrar el funeral con el que, al menos, hubieran querido honrarles. Y estamos de luto, y han cerrado los cines y las terrazas y las canchas deportivas. No hay niños en los parques ni turistas en los hoteles, y es tiempo de reflexionar.

La Biblia asegura que mejor es ir a la casa del luto. Eclesiastés 7: «Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello (la muerte) es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón» (v.2).

«El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría» (v.4).

En otras palabras, más vale ir a un funeral que a un festival, ¿por qué? Porque la muerte es el fin de todas las personas y allí en el funeral, los vivos todavía tienen tiempo de reflexionar. A veces la fiesta embota nuestros sentidos, pero en el funeral los vivos todavía tienen tiempo de reflexionar. 

En muchos sentidos, nuestra sociedad ha ido de festival en festival, pero ahora toca reflexionar. Es hora de sacudirnos de tanta superficialidad y frivolidad infantil, es tiempo de reconocer qué volátiles son nuestros planes, qué pronto pueden venirse abajo nuestros proyectos, qué tontos son nuestros discursos motivacionales, qué tragedia creernos tan grandes…y Dios por medio de un virus insignificante que se desvanece al tener contacto con la espuma, puede hacer que esta Babel con su torre que el mundo construye, se quede a medias, inconclusa, para la vergüenza de las naciones.

Dios puede hacer que este Titanic del que presumimos, se hunda en un instante. Dios puede hacer que nuestros Herodes del cine y la música y el deporte, sean repentinamente heridos y humillados, hasta morder el polvo. Yo no puedo ofrecer una lectura completa, cabal de la situación. Se me escapan las tramas y las teorías de siniestras conspiraciones; pero repito, una cosa es segura: Dios está abofeteando nuestra soberbia, estamos de alguna manera bajo el cachete del Señor, bajo la disciplina del Señor, y es hora de poner la boca en tierra.

Porque como dice el profeta Jeremías en el libro de Lamentaciones, «el Señor no desecha para siempre. Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias. Porque no aflige ni entristece por gusto a los hijos de los hombres. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del altísimo no sale lo bueno y lo malo? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos y busquemos y volvámonos al Señor. Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos». 

Hermanos, gimamos por nuestros pecados, confesemos nuestro orgullo, confesemos nuestra falta de oración, nuestra apatía, la falta de celo, nuestra mundanalidad, nuestra hambre de gloria, nuestra pereza, nuestra religiosidad inofensiva al gusto de la época domesticada por la cultura. Como dice el profeta Joel, «que salga de su cámara el novio y de su tálamo la novia». Es tan urgente que aun los que están en su noche de bodas, deben acudir a esta convocatoria. Y sigue diciendo el profeta Joel, «entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor y digan: perdona oh Señor a tu pueblo. Por qué han de decir entre los pueblos, ¿dónde está su Dios?»

Hermanos, lloremos los pecados de nuestra tierra también, los pecados cuyo hedor suben continuamente ante el rostro de un Dios santo y justo. Lloremos la vanidad y el orgullo y la negativa terminante a darle un espacio a Dios en la vida pública. Confesemos la falta de amor por la verdad y por la virtud, y la facilidad con la que corre la mentira por nuestras ciudades y por el congreso de los diputados y el senado; y por algunas instituciones que se presumen nobles…y esto ocurre sin que nadie se sonroje y se avergüence.

Confesemos el egoísmo y la falta del más básico afecto natural que lleva a muchas madres a destruir a sus hijos mientras crecen en su vientre. Gimamos hermanos, gimamos rotos de dolor. Porque la sociedad llama derecho a la crueldad e injusticia, y aprueba el genocidio y concede licencia a doctores para traicionar todos los códigos y convertirse en escuadrones de la muerte, en verdugos de bata blanca, en sicarios que provocan a Dios y atraen Su santo furor.

Confesemos la rebeldía contra la autoridad que impera en el ambiente, la inmoralidad sexual, la ligereza con la que la gente menosprecia el pacto matrimonial, la codicia de los ricos, la codicia de los pobres, la idolatría, el obsceno culto a la personalidad, glamur y belleza cosmética de los famosos. El vanidoso culto al cuerpo que muchos rinden en gimnasios que para algunos han venido a ser los templos modernos en los que adoran.

Confesemos el chisme que corre más rápido que el virus y mata más gente. Hermanos, ¿acaso Dios no ha de ver y castigar esto? ¿Acaso Dios no ha de ver y castigar esto? Humillémonos, humillémonos, humillémonos bajo este azote, lloremos estos pecados, pongamos nuestra boca en el polvo. Que el Señor no tenga que reprendernos como reprendió a su pueblo por medio del profeta Amós cuando les dijo: «Os hice estar a diente limpio (es decir, os hice pasar hambre), en todas vuestras ciudades y hubo falta de pan en vuestros pueblos; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová.

También os detuve la lluvia tres meses antes de la siega; ( cuando más la necesitabais) y con todo, no os volvisteis a mí. Os herí con viento solano y la langosta devoró tus muchos huertos, pero nunca os volvisteis a mí. Envié contra vosotros mortandad…mas no os volvisteis a mí».

Oh hermanos, que el Señor no nos tenga que decir esto. Que mañana podamos al contrario decir, «el Señor se levantó e interrumpió nuestras fiestas y nos mandó a casa con el Covid-19; y en nuestra confusión buscamos Su rostro. Nos volvimos al Señor, entendimos nuestro delirio, lloramos nuestro pecado y cambiamos. Cambiamos».

Que podamos decir como el salmista, «bueno me es haber sido humillado para que aprenda tus estatutos». O como el Salmo 119: «Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba, pero ahora guardo tu palabra».

Hermanos, pidamos al Señor que en Su bondad, en Su misericordia, derrame un poderoso avivamiento; que Su vara nos doblegue, que Su disciplina nos persiga y nos arrincone hasta que no nos quede más remedio que correr hacia Él para refugiarnos en Su misericordia; porque como dice el apóstol Pedro en su primera carta: «Dios resiste, Dios se enfrenta a los soberbios y da gracia a los humildes.

El Señor al altivo lo mira de lejos, no quiere cuentas con él ni deja que se le acerque. Pero Isaías dijo: «Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados».

Sí, ese es nuestro Dios. Ese es mi Dios, el Dios que aún en medio del juicio se acuerda de tener misericordia, porque Él nunca aflige por gusto. No se deleita en la muerte del impío. Él se deleita en perdonar. Él aflige, Él hiere, pero lo hace para consolar, para sanar, para mostrar Su salvación. Por eso termino diciendo: «Volvámonos al Señor, volvámonos al Señor, vengamos con fe, hay perdón para los pecadores. Miremos al Cristo crucificado.

El Cristo crucificado, el Cristo del calvario, el humilde que se quitó el manto para ceñirse una toalla y lavar los pies de los doce, y luego fue herido por Dios en el Gólgota. Fue abatido, descendió al valle de los horrores como si fuera un Herodes engreído, como si fuera un presumido, un ladrón de gloria. Fue abatido sobre la cruz porque Dios castigó nuestro orgullo en la persona de Jesús, el impecable.

Dios trató con nuestros pecados, con nuestros pecados, no los suyos…los nuestros, pero taladró a Su Cristo, quebró Su cuerpo, no el nuestro, el suyo. Pero al tercer día, al tercer día lo levantó de entre los muertos para que reine para siempre con todos los galones. Y a todo aquél que en Él cree, le promete perdón, le asegura vida eterna.

¿Crees?¿Crees? Yo te ruego, cree, arrepiéntete y cree en el Señor Jesucristo, admite tu impotencia, odia tu pecado, ríndete; ríndete con gozo, entrégate voluntariamente, confía en Él, mírale y sigue mirando, cree y sigue creyendo hasta que el Señor llene todo el paisaje, hasta que Él sea tu alegría, y tu seguridad, y tu justicia, y tu canción, y tu esperanza, y tu camino, y tu placer, y tu victoria, y tu premio, y tu descanso, y tu todo.

Entrégale tu vida hoy al Señor, no luches más, depón tus armas. Que en medio de este tiempo de aflicción, de confusión, puedas encontrar en el Señor refugio y alegría, y salvación.

Annamarie: ¿Crees? ¿Orarás—clamarás a Dios por un avivamiento? ¿Buscarás el rostro del Señor diciéndole, «Señor, comienza conmigo, perdóname por mi soberbia y dame un corazón humilde como el de Cristo»? ¡Oh que Dios vivifique nuestros corazones, por Su misericordia!

El mensaje que escuchaste hoy es una reflexión del pastor Israel Sanz, de la Iglesia Evangélica Bautista de Córdoba, en Andalucía, España. Él regresará para orar con nosotras. 

Si lo que has escuchado ha sido de bendición para ti, te animo a compartirlo con más mujeres. A través de nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com, puedes compartir este programa fácilmente. Unámonos en oración por un avivamiento y busquemos al Señor de todo corazón. 

En estos días nuestro mundo ha sido testigo de gran conmoción e incertidumbre. Pandemia, inestabilidad económica, distanciamiento… ¿Qué llena tu mente en este tiempo? Asegúrate de acompañarnos para la próxima serie y juntas fijemos nuestros ojos en la abundante y eterna fuente de esperanza. 

Oremos junto al pastor Israel Sanz.

Pastor Sanz: Vamos a orar:

Señor, hazlo, abre nuestros ojos para que podamos verte. Gracias, Señor, aún por Tu disciplina. Gracias Señor, gracias Señor. Oh Dios mío, gracias, Señor por usar aún la aflicción, el dolor, para zarandearnos, para destapar nuestros oídos. Que por Tu Espíritu nuestros corazones respondan a Tu Palabra. Oh Dios, aviva tu obra, aviva tu pueblo y trae una reforma y un avivamiento a nuestra tierra. En el nombre de Jesús. Amén.

Annamarie: Clamando por un avivamiento juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Colabora con nosotras

Tenemos el privilegio de proporcionar las transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor ha usado Aviva Nuestros Corazones para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos y expander el mensaje?

Donar $5

Acerca de los oradores

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a …

Lee más

Únete a la conversación