Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Consuelo para el oprimido

Annamarie Sauter: Hay injusticia en todas partes, incluyendo cuando miras al espejo.

Nancy DeMoss Wolgemuth: La realidad es que no solo tú y yo hemos sido injustamente tratadas y a veces oprimidas por otros, sino que todas también somos opresoras.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy: Las relaciones son importantes para Dios, porque Él es un Dios relacional y son importantes para nosotras en Aviva Nuestros Corazones. Sabemos que las mujeres crecemos y prosperamos en el contexto de las relaciones. 

Annamarie: Así es Nancy. Interactuamos con diferentes personas constantemente de una manera u otra, y estas son oportunidades para mostrar el amor de Dios. Y aún en tiempos en los que cierto aislamiento es requerido, debemos procurar desarrollar relaciones que glorifiquen a Dios. Esto es de lo que comenzamos a hablar ayer, en esta serie titulada, El poder de las relaciones.

Nancy: Te animo a que abras tu Biblia, si puedes, en el libro de Eclesiastés, capítulo 4. Vamos a estudiar los primeros doce versículos durante este estudio. Es un estudio sobre las relaciones. En el programa anterior desglosamos el pasaje en tres párrafos, y hoy vamos a continuar con el primer párrafo de Eclesiastés capítulo 4, donde el escritor habla sobre el dolor de la opresión y la injusticia en las relaciones humanas, relaciones que son pecaminosas y dañinas. 

En los días siguientes trataremos el problema del confinamiento, el aislamiento en las relaciones humanas y por la gracia de Dios, vamos a hablar también sobre el poder de la intimidad en nuestras relaciones.

Empecemos con el versículo 1 de Eclesiastés capítulo 4. El escritor dice:

«Entonces yo me volví y observé todas las opresiones que se cometen bajo el sol»

Dijimos en el programa anterior que la opresión es inevitable. Las injusticias son una realidad de la vida en este planeta. Y el escritor dice:

«Y vi las lágrimas de los oprimidos, y no tenían quien los consolara; en mano de sus opresores estaba el poder, y no tenían quien los consolara» (v.1).

Ahora, dijimos que hay tres categorías de personas que se mencionan en este versículo. Ayer vimos la primera categoría y es la de los oprimidos. Recordamos que Dios ve aquellos que están siendo oprimidos. Él conoce sus circunstancias, conoce sus situaciones y a Él le importa.

Dios siempre está trabajando para llevar a cabo Su plan. Parte de Su plan es que al final toda opresión e injusticia serán corregidas, quizás no tan rápido como a nosotras nos gustaría que fuera. Pero cuando veamos a Dios en la eternidad, miraremos hacia atrás y estaremos de acuerdo con Él. «Señor, la manera en que lo hiciste fue la mejor. La manera en que lo hiciste fue la correcta». 

Así que tenemos en este versículo a aquellos que están oprimidos. Pero quiero que notemos quienes son los que oprimen. «Observé todas las opresiones». Si hay gente oprimida, entonces sabemos que queda implícito que hay personas oprimiendo.

En el Antiguo Testamento en particular, pero en el Nuevo Testamento también, puedes encontrar cientos, a lo mejor miles de leyes en relación a cómo debemos tratarnos los unos a los otros. Esto es algo que le importa a Dios, el cómo nos tratamos unos a otros. En la Escritura hay muchas leyes y recomendaciones específicas sobre cómo tratar con aquellos que están necesitados, aquellos que están oprimidos, aquellos que están necesitados, que están oprimidos, los que por diversas circunstancias de la vida son pobres o están destituidos. 

Aprendemos en la Escritura que Dios toma en serio cuando los hermanos se oprimen unos a otros, cuando las personas tratan a los demás de forma desagradable o inapropiada o duramente o erróneamente. Aprendemos que Dios va a juzgar a los opresores.

Dios toma en serio la opresión. 

Hay varias categorías específicas, particularmente en el Antiguo Testamento, en las que Dios enfatiza el tipo de personas oprimidas que le preocupan y le importan. Habla de los pobres, de las viudas, de los huérfanos, de los que trabajan para nosotros (los empleados), de nuestros vecinos, de las mujeres, de los niños y otra categoría son los presos.

Al leer el Antiguo Testamento, puedes pensar en estos grupos de personas.

Déjame leerte unos cuantos versículos y escucha cuán serio es para Dios cuando oprimimos a estas personas por las que él se preocupa.

«Maldito el que pervierta el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y todo el pueblo dirá: “Amén”» (Deut. 27:19).

Estas son las personas por las que Dios se preocupa y a las que cuida. Y Él nos dice que nosotros deberíamos cuidarlas también. 

«No robes al pobre, porque es pobre, ni aplastes al afligido en la puerta; Porque el Señor defenderá su causa, y quitará la vida de los que los despojan». (Prov. 22:22-23).

«Aplastas al pobre» dice Dios, «te aplastaré a ti también». No es bueno estar en la categoría del opresor.

En Santiago capítulo 5, leemos sobre cómo los opresores ricos serán juzgados. Ahora, Él no dice que ser rico sea incorrecto. Él dice que está mal tener riquezas y usarlas para oprimir a otros. Versículo 1 de Santiago 5:

«¡Oigan ahora, ricos! Lloren y aúllen por las miserias que vienen sobre ustedes».

Y luego pasa a detallar cuáles serán algunas de esas miserias. Pero él dice por qué vienen estas miserias. Mira en el versículo 4 de Santiago 5: «Miren, el jornal de los obreros que han segado sus campos y que ha sido retenido por ustedes, clama contra ustedes»; no pagaste a las personas que trabajaban para ti. Los trataste injustamente. Esos salarios están clamando en tu contra; «…y el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (NBLA).

Dios escucha el clamor de las personas. Santiago dice que «les han agraviado, han pecado contra ellos, los han oprimido». Y luego en el versículo 9 dice: «Ya el Juez está alas puertas».

Hay un juicio venidero para los opresores.

Ahora, en gran parte de nuestra cultura actual e incluso en nuestra cultura evangélica, se habla mucho de cómo hemos sido oprimidos, cómo hemos sido víctimas, cómo hemos sido agraviados, cómo hemos sido heridos, cómo han pecado contra nosotros. Y todo eso es cierto.

Pero la realidad es que no solo hemos sido tú y yo indebidamente tratadas, oprimidas por otros algunas veces, sino que también somos opresoras. Todas nosotras hemos oprimido a otros. Hemos pecado contra otros. A veces decimos, «bueno, si otras personas no hubiesen pecado contra mí, yo no hubiera pecado contra mi pareja, mis padres, mis hijos, mis amigos».

Pero Dios no nos da la posibilidad de esa excusa. Él no nos hace responsables por cómo otros han pecado contra nosotras. Él nos hace responsables por cómo hemos respondido nosotras a aquellos que han pecado contra nosotras.

¿Cómo oprimimos a otros? Bueno, yo sé una manera en que todas lo hemos hecho y es con nuestras lenguas:empequeñeciendo a otros, humillandolos, limitándolos y haciendo comentarios tajantes sobre ellos. ¿Has oprimido a tu marido recientemente? ¿Has oprimido a ese hijo que te exaspera? Oprimimos a otros con chismes, con palabras desagradables o falsas y divulgando falsedades.

Oprimimos a otros con nuestras actitudes, nuestro comportamiento.Cuando los tratamos dura o severamente, cuando tenemos un espíritu desagradable, irritable o enojado. Si tú eres como yo, no hace falta que digas una palabra para oprimir a nadie. Simplemente una mirada, una actitud o un comportamiento hacia otra persona es suficiente.

Podemos hacerlo cuando los castigamos con el silencio. Tú me has herido. No te voy a hablar. No me voy a relacionar. Solo vamos a hablar sobre cosas superficiales, pero no te voy a permitir que te acerques a mí. Con eso estamos oprimiendo a otros.

Oprimimos a otros cuando somos insensibles a sus necesidades, cuando estamos tan preocupadas y consumidas por nuestro mundo y nuestras necesidades, que no nos detenemos a pensar cómo puede estar afectando esto a los sentimientos de otra persona. ¿Cómo lo están pasando? ¿Cómo les puedo ministrar?

Oprimimos a miembros de nuestra familia, parejas, hijos y padres. Oprimimos a nuestros compañeros de trabajo y las personas en el ámbito laboral.

El Señor me ha dado convicción, mientras he estado estudiando este pasaje, sobre algunas de las formas en que oprimo a algunas de las personas de nuestro equipo de trabajo que sirven y son leales, amorosas y comprometidas de maneras en que yo no lo soy. No he sido sensible a sus necesidades o no he estado tan involucrada emocional y espiritualmente en sus vidas como Dios quisiera que lo estuviera. Eso puede resultar opresivo.

Podemos oprimir a otros en nuestras iglesias, con quien vamos a la iglesia, con los que servimos, con los que están en nuestro grupo de adoración y alabanza o en el grupo de enseñanza a los niños en la escuela dominical, o en los grupos de escuela en el hogar… el punto es que estamos oprimiéndonos unos a otros en nuestras relaciones.

Permíteme recordarte que cuando pecamos contra otros, estamos pecando contra Dios.

Cuando peco contra ti como parte del cuerpo de Cristo, estoy pecando contra Cristo mismo. No es algo sin importancia ser opresor.

La Escritura nos dice que hay un Juez que está a las puertas. Este Juez está del lado de los oprimidos.

Mira, el poder viene de Dios. El pasaje que hemos estado estudiando, Eclesiastés 4, dice, «en mano de sus opresores estaba el poder». En este mundo caído parecería que las personas opresoras tienen todo el poder y que los oprimidos son los indefensos. Pero, en última instancia, si utilizamos el poder de manera errónea contra otros, tendremos que rendir cuentas a Dios y seremos juzgados por ello.

Todo el poder pertenece a Dios. Si tú o yo abusamos de ese poder, si nos convertimos en opresores, si usamos el poder injustamente contra otras personas, tendremos que rendir cuentas a Dios y seremos juzgadas como corresponde.

Hay un pasaje poderoso en Levítico capítulo 25, que habla sobre cómo el temor del Señor debería motivarnos a tratar a otros apropiadamente. Déjame leerte tres versículos de este pasaje. Levítico 25, versículo 17: «Así que no se hagan mal uno a otro, sino teman a su Dios; porque yo soy el SEÑOR su Dios».

Versículo 35: «En caso de que un hermano tuyo empobrezca y sus medios para contigo decaigan, tú lo sustentarás como a un extranjero o peregrino, para que viva contigo». 

Y luego el versículo 39: «Si un hermano tuyo llega a ser tan pobre para contigo que se vende a ti, no lo someterás a trabajo de esclavo».

Ahí puedes ver el temor de Dios. Vivir constantemente y conscientemente atentas a que Dios está aquí, que Dios ve, y Dios sabe cómo le estoy hablando a esa persona. Dios ve, escucha y sabe cómo estás tratando al niño de tres años, aún cuando crees que nadie más te ve o te oye. Dios sabe cómo estás hablando a esa suegra que te ha herido. Pero Dios dice que si vivimos en el temor del Señor, constantemente, conscientes de que Dios está aquí, de que Dios está oyendo, y que Dios está viendo y sabe lo que hay en nuestros corazones hacia las otras personas, eso impedirá que tratemos mal a aquellos alrededor nuestro.

No solo nos motiva el temor del Señor, sino que también el amor de Dios nos motivará. El amor de Dios. La ley del amor. Por eso, a lo largo de las Escrituras se nos desafía a tratarnos unos a otros con amor, de manera misericordiosa y bondadosa, de la misma manera que Dios nos ha tratado: perdonándonos unos a otros. Como dice Efesios 4:32: «Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo».

La ley del amor y el temor de Dios es lo que evitará que maltratemos a los demás.

Durante la semana pasada, mientras me preparaba para esta serie, recibí un correo electrónico de una querida amiga que se había sentido muy herida por algo que ella había compartido conmigo y que yo había compartido con otra persona. Y lo hice porque no fui lo suficientemente cuidadosa y sensible como para pensarlo bien antes de compartirlo, y esto realmente la había perjudicado, y ella se sentía muy herida.

Mientras Dios trataba con mi corazón, tuve que dirigirme a ella y decirle: «Perdóname, me equivoqué». En un sentido, lo que le estaba diciendo era, «te he oprimido. He pecado contra ti. Nunca debí haber compartido esta información sin haberte preguntado si estabas de acuerdo en compartirlo con otra persona». Y le pregunté: «¿Podrías perdonarme?»

Y ella con mucha misericordia me dijo: «Estás perdonada».

Se trata de reconciliar relaciones, es muy muy importante. No puedes estar bien con Dios, si no estás bien con las personas con las que vives, con la que vas a la iglesia y con las personas que trabajas.

También puede que haya situaciones en las que no puedes corregirlo, y por eso Pablo dice en el libro de Romanos capítulo 12: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (v.18). Esto significa que, si hay una brecha en tu relación, asegúrate de que no es tu culpa. Asegúrate de que has hecho todo lo posible por arreglar la situación, por reconciliarte, por no ser la opresora en la situación.

Pero también está implícito en este versículo, que no simplemente están aquellos que son oprimidos y aquellos que son opresores, sino también aquellos que consuelan, los consoladores.

Este versículo dice: «No había quien consolara». Esta persona oprimida no tenía con quien llorar. Pero la implicación es que hay personas que están llamadas a consolar a los oprimidos. Estas personas reflejan el corazón de Dios.

A través de las Escrituras, podemos ver cómo Dios levanta a aquellos que caen. El Salmo 145:14, dice: «El Señor sostiene a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos». Isaías 61:1-2, nos dice: «Me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón... y para consolar a todos los que lloran». En 2 Corintios 1:3-4: «Él es el Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones».

Así que cuando consolamos a los oprimidos, estamos reflejando el corazón de Dios, quien es el gran consolador. Él es el Dios de todo consuelo. Cuando consolamos a otros, nos convertimos en canales de la gracia de Dios y de consuelo a otros. Él consuela a otros a través de nosotras. Anima a otros a través de nosotras. Levanta a otros a través de nosotras. Por eso es tan importante que reconozcamos que nos necesitamos unas a otras. Somos parte de un cuerpo. Somos parte de una familia y podemos consolar a aquellos que están oprimidos como Dios lo hace.

Necesitamos recordar también que Dios juzga a aquellos que ignoran el clamor de los oprimidos. Las Escrituras dicen que si oyes el clamor de los pobres y los ignoras, cuando tú clames en tu tiempo de pobreza, Dios te ignorará. Dios toma en serio cuando escuchamos el clamor del corazón de aquellas personas que están heridas, de aquellos que están oprimidos y les damos la espalda. No prestamos atención. No nos preocupamos. No nos involucramos como aquellos líderes religiosos que pasaron de largo por el lado del Samaritano que estaba en el camino, como dice el relato de los evangelios.

Así que tenemos que escuchar el clamor de los oprimidos. Pregúntate a ti misma: «¿Hay personas oprimidas a mi alrededor?», y yo te puedo decir que las hay. Así, que pídele a Dios que te muestre quienes son estas personas y cómo quiere Él que tú las consueles. ¿Cómo quiere Él que entres en su mundo, que entres en su dolor y que seas parte del ministerio de consuelo de Dios para ellos?

  • Consolamos cuando nos preocupamos por ellos.
  • Consolamos cuando los escuchamos
  • Consolamos cuando estamos con ellos, aun cuando no hay nada que podemos hacer para cambiar su situación
  • A menudo consolamos cuando ayudamos a la persona oprimida a ver las circunstancias desde la perspectiva de Dios.

En el cuerpo de Cristo, en la familia de Dios, nunca debería suceder lo que dice el primer versículo de Eclesiastés 4: «No tenían quien los consolara». No debería haber ninguna persona en tu iglesia, o en tu familia que no reciba consuelo.

Ahora, no caigas en la trampa de creer que es tu responsabilidad consolar a toda persona que se cruce en tu camino. Dios te lo va a mostrar, si tienes ojos para ver y oídos para oír. Dios te va a mostrar cómo puedes ministrar gracia y aliento. Si hacemos conforme a lo que Dios está poniendo en nuestros corazones, Él nos hará sensibles a esas necesidades, y las necesidades serán cubiertas.

Ahora, a medidaque avanzamos al versículo 2 de este pasaje, vemos la respuesta humana y natural de Salomón ante la opresión, una vida debajo del sol, una vida sin Dios. La respuesta natural, la respuesta humana es la desesperación. Versículo 2: «Y felicité a los muertos, los que ya murieron, más que a los vivos, los que aún viven». Él dice: «Es tan miserable estar oprimido que es mejor estar muerto».

Y luego el versículo 3: «Pero mejor que ambos está el que nunca ha existido, que nunca ha visto las malas obras que se cometen bajo el sol».  Aquí está diciendo: «Mejor es nunca haber nacido». Unavida debajo del sol, una vida sin Dios es una vida sin esperanza. No tiene sentido. Te lleva a la desesperación.

Es por eso que si vamos a tener relaciones sanas y saludables, tendremos que tener a Dios presente. Tendremos que tener a Dios en esas relaciones. «Pero sin Dios…», dice, «es inútil; es mejor estar muerto; mejor aún, no haber nacido nunca».

Ahora, en el versículo 4, como una especie de paréntesis antes de que entremos en la siguiente sesión sobre el problema de las relaciones, Salomón se refiere a relaciones un poco diferentes. Dice: 

«Y he visto que todo trabajo y toda obra hábil que se hace, es el resultado de la rivalidad entre el hombre y su prójimo. También esto es vanidad y correr tras el viento».

A medida que he meditado en este versículo, creo que una parte de lo que está tratando de decir es que —para muchas de nosotras— lo que motiva nuestro esfuerzo es el deseo de impresionar a los demás, y que al compararnos a otros seamos iguales o mejores que ellos. ¿Te encuentras a veces en este tipo de trampa?

«Bueno, si pudiera ser tan buena madre como esta o aquella», «si pudiera ser un ama de casa igual de creativa u hospitalaria», «si pudiera enseñar la Biblia como ella lo hace», «si solo pudiera…» Nos comparamos con otras personas y esto es envidia. Deseamos tener sus dones. Deseamos tener sus puntos fuertes y sus habilidades. Así que trabajamos y nos esforzamos en obtener buenos resultados, intentando igualar a otros, intentando impresionar a los demás.

Lo que no sabemos es que la persona que hace que todo parezca fácil, probablemente te está mirando a ti y dice o piensa: «Si pudiera hacer las cosas tan bien como las hace ella». Realmente nos sometemos a esclavitud cuando nuestros esfuerzos, trabajos y logros surgen por la envidia de nuestros prójimos. Es la trampa de la comparación, de un espíritu competitivo y del impulso por la aprobación de los demás. Y Salomón dice: «Es inútil. No tiene sentido. Es vanidad. Es humo. No tiene duración». No llena el vacío en tu corazón. El tratar de esforzarte por ser tan buena como los demás no va a llenar ese vacío en tu corazón.

Cuando meditaba en este versículo, pensé en otro pasaje en el Nuevo Testamento. Santiago capítulo 3, donde habla sobre el problema de la envidia y los celos, y lo que esto provoca y produce. Dice en el versículo 14:

«Pero si tienen celos amargos y ambición personal en su corazón, no sean arrogantes y mientan así contra la verdad. Esta sabiduría no es la que viene de lo alto, sino que es terrenal, natural, diabólica» (v.14-15).

Lo que Santiago está diciendo es que este tipo de vida viene del pozo del infierno. Esta es la senda, el camino de Satanás. Es lo que crea tensión y perturbación en las relaciones. Es lo que crea muros y barreras. Luego continúa diciendo en el versículo 16: «Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala».

Todas podemos pensar en alguna relación que se ha distorsionado, fracturado y frustrado porque hemos permitido que los celos y la ambición egoísta entren. Nos ha llevado a competir las unas contra las otras en vez de construir, animarnos unas a otras, y ser agradecidas por las diferentes habilidades y dones que Dios ha dado a las demás. ¿Cuál es la alternativa? Santiago 3:17:

«Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía». 

Versículo 18: «Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz».

Así que aquí volvemos al consuelo, a ser pacificadoras, a construir puentes en vez de muros. Y Salomón dice, «si vives una vida con la sabiduría humana, debajo del sol, vas a tener relaciones quebradas, rotas, dañadas y dolorosas que se comparan entre ellas. Pero si en vez de vivir debajo del sol, vivimos debajo del señorío y la autoridad de Dios, si le permitimos que reine y controle nuestras relaciones y nuestros corazones hacia otros, entonces estaremos exhibiendo la sabiduría que viene de arriba y tendremos relaciones plenas, puras y pacíficas como Dios quiso que fueran».

Antes de terminar en oración, pregunta: «Señor, en mi vida, ¿quién necesita ser consolado? ¿Quién se siente oprimido? ¿Quién es pobre o necesitado? ¿A quién puedo ministrar gracia en el día de hoy?» Quien quiera que sea que Dios ponga en tu corazón, cualquier cosa que Él ponga en tu espíritu, ve y hazlo. Ministra gracia. Extiende las manos y el corazón del Dios de toda consolación, y deja que Dios te utilice para ministrar ánimo, gracia y consuelo en la vida de alguien hoy. 

Gracias, Padre, por la forma en que has alentado nuestros corazones por Tu gracia. Que seamos Tus emisarias, Tus embajadoras. Que no oprimamos a otros, que seamos consoladoras. Te lo pido en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Amén. Así como Dios consuela al oprimido nosotras podemos consolar a aquellos que nos rodean. Espero que hayas sido animada por este mensaje de Nancy DeMoss Wolgemuth.

Ahora, si estás en una situación de peligro, no estamos diciendo que permanezcas allí. Necesitas relaciones saludables donde puedas buscar ayuda y consejo piadoso, y de ser necesario debes recurrir a las autoridades de tu país. Depende de tu situación. 

Y recuerda, no solo sufrimos la opresión de otras personas, también nosotras mismas hemos oprimido a los que nos rodean. Pero en Su gracia, Dios puede restaurar nuestras relaciones más allá de lo que podemos imaginar. Acompáñanos mañana para continuar reflexionando acerca del poder de las relaciones, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Trayéndote enseñanza práctica de la Palabra de Dios, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

La lectura bíblica para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es 2 Reyes capítulos 7 y 8.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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