Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

La plaga de la soledad

Annamarie Sauter: Con nosotras Nancy DeMoss Wolgemuth.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Ahora es posible que tú y yo tengamos relaciones plenas, correctas con Dios y entre nosotras, dentro de nuestros hogares e iglesias; relaciones que creías que nunca podrían repararse. Ahora existe la posibilidad de reconciliación debido a la sangre de Jesucristo que une a aquellos que estaban en guerra.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Gracias al internet y a los medios de comunicación, nuestro mundo está bastante conectado. Pero, ¿realmente estamos conectados unos con otros? El aislamiento que hemos experimentado en los últimos meses ha tenido un efecto emocional y aún físico en nosotras, y hemos podido ver el valor de las relaciones y de la vida en comunidad. Necesitamos cultivar relaciones saludables. Nancy nos habla más acerca de esto como continuación de la serie, El poder de las relaciones. 

Nancy: ¿Alguna vez has sentido que te gustaría alejarte de todo y de todos? Hace poco leí sobre una mujer que decidió tomar un largo sabático de su familia. Ya había soportado bastante y un buen día se fue. Ella dijo: «Regresaré un día, pero ya tuve suficiente. Ya he aguantado mucho y no soporto más. Necesito un descanso. Necesito un tiempo sin personas en mi vida».

Puede ser que nos riamos un poco, pero probablemente todas nos hemos sentido así. Quisiéramos, al menos por unos momentos, esas vacaciones lejos de la gente. Y, sin embargo, Dios no tuvo la intención de que viviéramos en aislamiento. Se ha escrito y dicho mucho en los últimos años sobre todo este asunto de la soledad, la plaga del aislamiento. (En estos días más que nunca, sabemos lo que es vivir aislados…), aún, como hemos dicho, rodeados de personas. Aislados por la situación que tenemos hace más de un año, muchas personas saben lo que es vivir totalmente solas.

Hace poco leí sobre un médico inglés llamado Dr. Smith, que construyó una sala experimental donde alguien podía alejarse de todos, pero su experimento mostró que el aislamiento no produce alegría, produce miseria.

Él construyó esta sala a prueba de sonido de aproximadamente 10'x 8' elevada en la parte superior de un edificio y los voluntarios entraban allí. Estaba totalmente sellada a prueba de sonido. Simplemente no había forma de conectarse con el mundo exterior. Las personas que entraban en la habitación serían vistas a través de una pantalla unidireccional, pero no podían ver a nadie y no podían escuchar nada. Les servían la comida dentro de este cuarto aislado.

El experimento mostró que después de una hora las personas en la caja perdieron la concentración y luego comenzaron a surgir sentimientos de ansiedad, pánico y angustia. Dijo que había muchas personas que participaron en este experimento, que no pudieron soportar la soledad durante más de cinco horas.

Ahora, algunas de ustedes, si viven solas, tal vez estén pensando, me identifico con eso. Siento que vivo en una caja de aislamiento, y tú afirmarías que la soledad puede ser aterradora para el alma.

El Dr. Leonard Cammer es un psiquiatra que se especializó durante muchos años en el tratamiento de la depresión. Él dijo: «El ser humano es la única especie que no puede sobrevivir sola. El ser humano necesita otro ser humano, de lo contrario está muerto».

Katherine Barrett, escribió en un artículo sobre la soledad en una revista:

«En una sociedad donde la mayoría de las personas vive en ciudades o suburbios impersonales, donde el entretenimiento electrónico a menudo reemplaza la conversación uno a uno, (¿no es esto cierto?) donde las personas se mueven de un trabajo a otro y de estado a estado y de matrimonio a matrimonio, la soledad se ha convertido en una epidemia».

El Dr. David Jeremiah escribió un libro llamado Superando la soledad. Él dice: «La soledad puede ser la enfermedad de la década, tal vez de cada década».

«Están abarrotados y apretados en los autobuses», escribió un poeta moderno, «pero cada uno de ellos está solo».

El Dr. Jeremiah citó una encuesta en la que una cuarta parte de las personas encuestadas dijeron que se sintieron muy solas o aisladas de otras personas en algún momento durante las últimas semanas.

Casi la mitad de las viudas de más de cincuenta años que viven en una gran área metropolitana dijeron que la soledad era su peor problema.

Solo para ubicarnos de nuevo en el contexto de la serie, les recuerdo que hemos estado viendo el capítulo 4 de Eclesiastés, sobre el tema de las relaciones. En los primeros versículos vimos el dolor de la injusticia, el dolor de la opresión, el dolor de las relaciones pecaminosas y dañadas. Ahora llegamos en este pasaje al versículo 7, donde vemos el problema del aislamiento. Primero el dolor de la injusticia y la opresión, pero ahora el problema del aislamiento, no solo las relaciones pecaminosas y dañadas, sino el problema de no tener relaciones, de vivir vidas aisladas de otras personas.

Leamos el pasaje que comienza en el versículo 7: «Entonces yo me volví y observé la vanidad bajo el sol». Tenemos presente que bajo el sol significa la vida en este planeta caído, la vida sin Dios que no tiene sentido, que es vanidad, frustración, desesperación.

«Entonces yo me volví y observé la vanidad bajo el sol: Había un hombre solo, sin sucesor, que no tenía hijo ni hermano, sin embargo, no había fin a todo su trabajo. En verdad, sus ojos no se saciaban de las riquezas, y nunca se preguntó: ¿Para quién trabajo yo y privo a mi vida del placer? También esto es vanidad y tarea penosa» (vv. 7–8).

Ahora veamos estos versículos en más detalle. Versículo 8: «Había un hombre solo, sin sucesor».

Mientras meditaba en este pasaje y en el tema de la soledad en las relaciones, se me ocurrió que hay varias razones posibles para la soledad. No las abordaremos todas, pero obviamente a veces las personas se sienten solas porque están solas. Realmente no hay nadie en su vida inmediata, nadie a quien realmente le importe, nadie que esté conectado a su vida.

Pienso en algunas viudas que conozco que realmente han tenido que luchar con la soledad y con tener que cuidarse a sí mismas, con no tener un mínimo de conexión humana. Esa es una temporada solitaria, o puede serlo.

Pienso en algunas mujeres solteras que me han escrito y me han expresado cómo luchan con esa sensación de soledad, con el deseo de compañía, de alguien con quien conectar, que se preocupe.

Hay otras razones para nuestra soledad, y creo que una de ellas tiene que ver con lo que hemos hablado en los últimos programas, el dolor de la opresión y la injusticia. El dolor de las relaciones dañadas y pecaminosas es lo que lleva a muchas personas a alejarse de las relaciones. «Me han lastimado. No voy a dejar que me hagan daño otra vez». Somos como una tortuga asomando la cabeza. Si la pisan o la golpean, va a pensarlo dos veces antes de volver a sacar la cabeza. «No voy a sacar la cabeza de nuevo».

Sé que hay mujeres escuchando este programa, que cuando eran niñas sufrieron abusos físicos, sexuales o emocionales. Hoy en día son mujeres adultas y llevan años sin estar dispuestas a conectarse con la vida de los demás porque les duele, y no quieren volver a lastimarse. Existe esa sensación de miedo y vergüenza en los corazones de muchas mujeres.

Esto hace que levanten muros, y todas lo hemos hecho en mayor o menor grado. Si tenemos una relación que ha resultado difícil, que ha sido estresante, donde hemos experimentado dolor—y puede que sea con un miembro de la familia—no vamos a querer estar en esa relación.

Algunas de ustedes tienen temor de llamar a sus padres. Algunas de ustedes temen llamar a sus suegros. Tal vez sea un hijo o una hija, y simplemente temes recibir una llamada telefónica porque sabes que la conversación va a ser tensa, va a ser difícil.

De modo que ese miedo, esa vergüenza, esa sensación de opresión o injusticia puede hacernos levantar muros. Nos puede dejar solas.

Entonces creo que este versículo, Eclesiastés 4:8, nos da una pista sobre otra razón para estar solo. Dice: «Había un hombre solo, sin sucesor, que no tenía hijo ni hermano, sin embargo, no había fin a todo su trabajo. En verdad, sus ojos no se saciaban de las riquezas». Creo que esto toca el tema de la codicia egoísta. Hay personas que dicen: «Quiero vivir mi vida por mí mismo. Quiero lo mejor para mí, y si mis planes y mis objetivos no encajan con los de nadie más, entonces voy a vivir mi vida por mí. Voy a buscar mi propia felicidad, mi propio beneficio, mi propia ganancia». Esta es una persona egoísta y codiciosa. El problema es que la mayoría de nosotras somos egoístas y codiciosas pero no nos damos cuenta de que lo somos. Otras personas pueden verlo en nosotras, pero es difícil poder verlo en nosotras mismas.

«No había fin a todo su trabajo». Aquí hay una persona que vivió con un trabajo interminable, siempre trabajando, siempre luchando, siempre tratando de lograrlo, pero lo está haciendo aparte del contexto de las relaciones, del contexto de la comunidad, del contexto de la responsabilidad hacia los demás y para los demás. Tiene un trabajo y un esfuerzo interminables, pero sin el contexto de un compromiso o relaciones comprometidas, amorosas y afectivas. «Haré esto por mi cuenta».

La Escritura dice, «sus ojos no se saciaban de las riquezas». No está satisfecha. Esta es una imagen de avaricia egoísta. Está viviendo para sí misma. No está sola porque no hay nadie en su vida, sino porque se ha alejado de sus relaciones.

Puedo pensar en temporadas de mi propia vida en las que esto ha sido cierto, al menos hasta cierto punto, donde Dios proveyó personas para ser parte de mi vida. Soy parte de una iglesia local, tengo una familia, tengo personas a mi alrededor, personas con quienes trabajo. Pero por varias razones, principalmente porque solo estoy enfocada en mis propias metas y objetivos, no fomento esas relaciones y termino desconectada, sintiéndome muy sola, pero como consecuencia de mis propias decisiones porque no estoy funcionando y haciendo mi trabajo ni esfuerzo en el contexto de las relaciones y la comunidad como Dios ha diseñado que debería ser.

Podemos ver en este pasaje que la persona que trabaja para sí misma, solo para cumplir sus propios objetivos, sus propias metas, no puede disfrutar del fruto de su trabajo. Él dice: «¿Para quién estoy trabajando? ¿Por qué estoy haciendo todo esto? ¿Para mí? ¿Entonces puedo sentarme en esta casa grande y vacía y disfrutar de todo esto solo?

Escucha, las decisiones que tomamos tienen consecuencias, y si elijo vivir períodos de mi vida para mí, para mis metas, para mis ambiciones, para mí ganancia, para mi beneficio, entonces no debería sorprenderme si algún día termino sintiéndome muy sola. Si vives para ti misma, entonces vives sola. Y este hombre descubrió, como las mujeres a menudo descubrimos, que no podemos disfrutar de la labor de nuestro trabajo si solo lo hemos estado haciendo las cosas para nosotras mismas.

Entonces pregúntate: «¿Para quién estoy trabajando?» Piensa en tu rol como esposa, como madre, como ama de casa. ¿Para quién lo haces? ¿Lo estás haciendo para poder tener una hermosa casa? ¿Lo estás haciendo para que la gente pueda pensar que eres tan genial y creativa como ves en las redes o de las influencers? ¿O lo estás haciendo para servir a Dios y a tu familia? ¿Para quién lo haces? ¿Es por razones egoístas o codiciosas? ¿O lo estás haciendo como una expresión de amor? ¿Lo haces porque te importa, porque estás conectada a la vida de los demás? ¿Por qué trabajas? ¿Solo para poder tener dinero para gastarlo en ti misma, o para poder pagar tus propias cuentas?

Si solo lo estás haciendo para ti, eso es avaricia egoísta, y terminarás teniendo que disfrutarlo sola, y eso no es muy agradable, es lo que dice Salomón aquí.

Necesitamos trabajar para compartir con otros, para la gloria de Dios, para el beneficio y la bendición de los demás.

Pregúntate: ¿Cuál es el propósito de mi trabajo? El sacrificio sin un propósito centrado en otros no tiene sentido, es vanidad, es vacío. Si estás viviendo, trabajando solo para ti y no para el bien o el beneficio de los demás, si estás viviendo la vida para ti, si estás absorta en ti misma, encontrarás que es vanidad y no tiene sentido, es sin sentido.

Ahora, la buena noticia es que Dios tiene una solución. Dios tiene una receta, una prescripción, tanto para el dolor de la opresión y la injusticia, como para el problema del aislamiento y la soledad. La receta de Dios es la palabra relación. La receta de Dios no son relaciones dolorosas y rotas, sino relaciones plenas y saludables, relaciones caracterizadas por la intimidad. No por la injusticia o el aislamiento, sino por la intimidad, la unidad de corazón, la unidad de espíritu.

Permítanme leer en el capítulo 4 de Eclesiastés, el párrafo que comienza en el versículo 9, donde vemos la receta de Dios para las relaciones íntimas:

«Más valen dos que uno solo, pues tienen mejor remuneración por su trabajo. Porque si uno de ellos cae, el otro levantará a su compañero; pero ¡ay del que cae cuando no hay otro que lo levante! Además, si dos se acuestan juntos se mantienen calientes, pero uno solo ¿cómo se calentará? Y si alguien puede prevalecer contra el que está solo, dos lo resistirán. Un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente» (vv. 9-12).

Así que vemos en Eclesiastés capítulo 4 el poder de la intimidad, el poder de las relaciones piadosas y saludables. Esta es la alternativa de Dios para la opresión y el aislamiento. ¿Y puedo decir que los tipos de relaciones que anhelamos y los tipos de relaciones para las que fuimos creadas solo son posibles dentro del marco de la fe cristiana? Solo son posibles dentro del contexto del evangelio porque es el evangelio el que reconcilia; es el evangelio que une a los que están en guerra. Es el evangelio que nos llama a la relación, y es el evangelio que nos permite experimentar plenitud en las relaciones, la relación a cabalidad. 

Versículo 9, Eclesiastés capítulo 4: «Más valen dos que uno solo». Pensemos en esa frase por unos momentos. «Más valen dos que uno solo». Tenemos un Dios que nos llama a las relaciones. Uno no se constituye en una relación. Dos pueden ser una relación. Dios nos llama a relacionarnos. Primero nos llama a una relación con Él mismo, y luego nos llama a las relaciones, a la comunidad, al compañerismo unos con otros.

Nuestro Dios es un Dios relacional. Dios modela esas relaciones para nosotras. Es un Dios que tiene relaciones horizontales consigo mismo dentro de la Trinidad, Dios es tres en uno. Y entonces leemos en Génesis capítulo 1: «Hagamos al hombre a nuestra imagen», dice Dios (v. 27). Aquí está Dios teniendo comunión, una misión en común, metas compartidas, trabajando dentro de la Trinidad.

Dice Proverbios 8:27: «Cuando estableció los cielos, allí estaba yo». Creo que en el contexto inmediato, esta es una personificación de la sabiduría. Pero es una descripción poderosa del ministerio del Señor Jesús en la creación. Él dice: «Cuando estableció (el Creador) los cielos en su lugar, allí estaba yo. Yo era el artesano a Su lado. Me deleitaba día tras día, regocijándome siempre en Su presencia, regocijándome en todo Su mundo, y deleitándome en la humanidad».

¿Qué es lo que está diciendo? Jesús estaba allí cuando Dios creó el mundo. Estaban trabajando juntos. Estaban laborando juntos. Estaban disfrutando de Su compañía uno y otro. Estaban relacionándose. Estaban en comunión entre ellos.

Dios tiene relaciones horizontales dentro de la Trinidad. Él dijo: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mateo 3:17). Afirmó esa relación que tuvo como un Padre con Su Hijo. Y Jesús dijo: «Yo y mi Padre somos uno. Tenemos relación. Nos mantenemos unidos. Tenemos comunión uno con otro».

Pero no solo Dios es un Dios de relaciones horizontales dentro de la Trinidad, es un Dios que ha establecido una relación vertical con nosotras, con sus criaturas, y busca una relación con nosotras.

Estaba pensando esta mañana en algunas de las palabras que describen la actitud de Dios y el enfoque de Dios hacia sus criaturas. Él es un Dios que nos ama. «De tal manera amó Dios al mundo» (Juan 3:16). Esa es una palabra relacional. Él es un padre. Esa es una palabra relacional. Él es un amigo. Esa es una palabra relacional.

Entonces Dios es un Dios de relaciones, y Dios nos hizo para las relaciones. Nos creó para tener una relación vertical con Él. Nuestras vidas nunca podrán estar completamente conectadas con quienes nos rodean hasta que primero estén conectadas verticalmente con Dios.

Y además de esta relación vertical, Dios nos hizo para una relación horizontal entre nosotros. Génesis capítulo 2: «No es bueno que el hombre esté solo». Sabemos que en ese momento el hombre tenía a Dios, pero Dios dijo que había algo que no estaba completo. No es que Dios no fuera suficiente, sino que Dios había diseñado al hombre para que tuviera una relación horizontal. Entonces Dios le hizo a Adan una ayuda idónea, adecuada para él. Y por cierto, el punto aquí es que Dios nos ha hecho seres relacionales. Pero si eres esposa, vemos este versículo que Dios no solo nos creó para Su gloria, sino que de manera particular, fuiste creada como ayuda adecuada, ayuda idónea, una compañera, una persona adecuada para complementar a tu esposo.

Así que Dios nos hizo para que lo necesitáramos porque no podríamos ni respirar sin Él. Quiero decir, dependemos de nuestra relación con Dios, y Dios nos hizo también para que nos necesitemos unos a otros. No podemos hacerlo solas. No fuimos diseñadas para existir sin una relación vertical y una horizontal.

Ahora, en Génesis capítulo 3, cuando Eva creyó la mentira de Satanás y pecó contra Dios, el capítulo que conocemos como la caída del hombre y la mujer en pecado, uno de los resultados inmediatos de la caída fue que las relaciones se rompieron, la relación del hombre con Dios y la del hombre con otros seres humanos. La relación entre el hombre y la mujer ahora se caracterizó por las cosas que leemos en el libro de Génesis. Vemos miedo, vergüenza, culpa, amargura, hostilidad, inseguridad, insensibilidad. Vemos violencia, brutalidad. Estos problemas relacionales surgieron de la caída; relaciones rotas, relaciones destrozadas.

Y es por el sacrificio de Jesús, que vino a la tierra, murió en la cruz por nuestros pecados y resucitó, que tenemos la capacidad de restaurar las relaciones. Ahora a través de la cruz de Cristo podemos tener relaciones saludables, verticales y horizontales, relaciones saludables con Dios y entre nosotros. Pero esas relaciones solo son posibles a través de Cristo, a través de lo que Él hizo en el calvario porque nuestros pecados crearon separación entre nosotros y Dios, y entre nosotros y nuestro prójimo. Es por la gracia de Dios en Cristo, quien es nuestra paz, que ahora podemos estar unidos. Fue Cristo quien nos unió, nos hizo uno y nos da la oportunidad de tener comunión, que derribó esos muros, y ahora podemos decir, «Cristo es nuestra paz».

Permítanme leer un pasaje que está en mi corazón esta mañana. Se encuentra en el capítulo 2 de Efesios, versículo 12. Sé que estoy entrando en un contexto más amplio aquí, pero este pasaje, que comienza en Efesios 2:12, es una maravillosa descripción de cómo la gracia de Dios y la cruz de Cristo pueden restaurar las relaciones rotas. Mientras leo, estén atentas a todos los términos relacionales en este pasaje.

El versículo 12, aquí está hablando específicamente a aquellos que eran gentiles, que no eran israelitas, no eran judíos. Él dice, «Recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo (esa palabra habla de un muro, de una barrera allí), excluidos de la ciudadanía de Israel». Así que estabas separada de Cristo, esa es la relacion vertical, alejada de la comunidad de Israel, es decir de los judíos, del pueblo de Dios. Había una barrera horizontal.

«Extraños (esta es otra palabra relacional) a los pactos de la promesa, sin tener esperanza, y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos (esto es aislamiento), han sido acercados (esa es una palabra que habla de intimidad) por la sangre de Cristo. Porque Él mismo es nuestra paz (esa es una palabra relacional), quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación» (vv. 12-14).

¿Cómo lidiamos con las relaciones rotas? A través de la sangre de Jesucristo. 

Versículo 15: «poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz (esa intimidad) y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos (ya no aisladas sino en intimidad), y paz a los que estaban cerca. Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios» (vv.15-19).

¡Tú perteneces a la familia de Dios! ¡Tienes un lugar! Tienes relaciones, tienes comunión, compañerismo.

«Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (vv.19-22).

¿No es esto increíble? Que Dios tome a aquellas de nosotras aisladas, separadas de Él mismo, separadas, aisladas unas de otras; con relaciones rotas, dañadas, pecaminosas, sin comunión y el compañerismo roto por todas partes. ¿No es increíble que Él enviara a Jesús para ser el pacificador, el mediador, el reconciliador, que nos uniría con Dios y entre nosotras?

Ahora es posible que tú y yo tengamos relaciones correctas y plenas con Dios y entre nosotras, dentro de nuestros hogares y dentro de nuestras iglesias, relaciones que creías que nunca podrían repararse. Existe la posibilidad de reconciliación debido a la sangre de Jesucristo, que une a aquellos que estaban en guerra.

En los siguientes versículos veremos algunos de los ingredientes de esas relaciones plenas, completas y saludables. Pero recuerda que el punto de partida se encuentra en la cruz. Así que humíllate, reconoce tu necesidad de que Jesucristo sea tu reconciliador. Permite que Él comience una obra en ti y en otros creyentes, que construya un nuevo y hermoso edificio apropiado para la presencia de Dios mismo.

Oremos.

Oh Señor, amo lo que hemos escuchado de Tu Palabra hoy. Simplemente alienta y fortalece mi corazón ver lo que has hecho por nosotras a través de Jesucristo. Gracias por las promesas de Tu Palabra y por el potencial que existe para la unidad, el compañerismo, la comunión contigo y con los demás por lo que Jesucristo ha hecho por nosotras al vivir, morir en la cruz del calvario y derramar Su sangre, y resucitar.

Señor, que no nos sentemos y digamos: «Estas relaciones no se pueden reparar. No se pueden arreglar. No pueden cambiar». Que vayamos a la cruz y humildemente tomemos nuestro lugar allí y encontremos la gracia y el poder para buscar la reconciliación, para edificar juntos de manera que te traiga toda la gloria. Oro en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Amén. Dios nos diseñó para relacionarnos, primero con Él, y también unos con otros. Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado hablando acerca de esto y de la cura para la soledad. No dejes pasar este día sin reflexionar en el amor de Dios por ti manifestado en Cristo. Y mañana, acompáñanos para la continuación de la serie El poder de las relaciones.

Trayéndote enseñanza práctica de la Palabra de Dios, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

La lectura bíblica para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es 2 Reyes capítulos 9 al 11.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Colabora con nosotras

Tenemos el privilegio de proporcionar las transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor ha usado Aviva Nuestros Corazones para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos y expander el mensaje?

Donar $5

Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

Únete a la conversación