Podcast Aviva Nuestros Corazones

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Serie «Vive para la eternidad»

Annamarie Sauter: Si quieres vivir bien, debes vivir con sabiduría.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: La sabiduría es la habilidad de ver la vida desde la perspectiva divina, de ver la vida desde el punto de vista de Dios. ¿Y cómo obtenemos sabiduría? ¿Cómo obtenemos la habilidad de ver la vida desde el punto de vista de Dios? ¡Contando nuestros días!

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

¿Alguna vez has pensado que la vida es solo trabajo arduo e insignificante? Hoy Nancy te dará una perspectiva bíblica para momentos en que te sientes así. Este programa es el segundo en la serie, «Vive a la luz de la eternidad».

Nancy: Hoy vamos a estar hablando sobre un tema del que no se escucha hablar con mucha frecuencia, y es que no es un tema fácil de tratar. Esta semana hemos estado estudiando el Salmo 90, una oración de Moisés, el hombre de Dios. Moisés, antes que todo, estableció el hecho de que Dios es eterno, que Él es desde la eternidad hasta la eternidad.

Y vimos en el programa de ayer, que el hombre –comparado con Dios– es frágil. Su tiempo aquí en la tierra es corto. Su vida es como un vapor; es como la arena en la playa barrida por las olas. Ahora, en el versículo 7 de este salmo, del Salmo 90, Moisés nos dice porqué el tiempo en la tierra es corto para el hombre.

Vamos a leerlo comenzando en el versículo 7, él dice: «Porque hemos sido consumidos con tu ira». Ahora, veamos la palabra «ira» o «furor», y nota cuántas veces se repite en estos versículos.

«Porque hemos sido consumidos con tu ira, y por tu furor hemos sido conturbados. Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia. Porque por tu furor han declinado nuestros días; acabamos nuestros años como un suspiro. Los días de nuestra vida llegan a setenta años; y en caso de mayor vigor, a ochenta años. Con todo su orgullo es sólo trabajo y pesar, porque pronto pasa, y volamos. ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu furor conforme al temor que se te debe?» (vv. 7-11).

Ahora, si yo tuviera que resumir este párrafo, lo haría con una frase breve: La vida es corta y triste. ¿No es eso lo que se percibe en este pasaje? La vida es corta, y triste. ¡Es solo tribulación! Eso formula una pregunta . . . «¿por qué?» Bueno, él nos da la respuesta aquí. Es el enojo y la ira de Dios que hace que la vida del hombre sea corta.

Y eso plantea otra pregunta: «¿Por qué Dios está airado?» Vemos que esa pregunta también es respondida en este pasaje: es por la iniquidad (pecaminosidad) del hombre. La ira de Dios y Su furor son la reacción justa a la iniquidad del hombre, y esa ira causada por nuestra iniquidad, es lo que hace que nuestros días sean cortos.

Moisés dice en el versículo 7: «Porque hemos sido consumidos con tu ira, y por tu furor hemos sido conturbados». Hay un principio en la Palabra de Dios que siempre ha sido una realidad y siempre será una realidad: El alma que pecare, esa morirá. La muerte es, en última instancia, el resultado del pecado, y el pecado tiene este terrible efecto destructivo, no solo en nuestra alma sino también en nuestros cuerpos.

Moisés dijo que somos consumidos por la ira de Dios. Él vio cómo el pecado consumía físicamente los cuerpos, las vidas del pueblo de Dios. Ahora, Moisés sabía algo acerca de la muerte. Dijimos que este pasaje fue escrito probablemente cuando él estuvo en el desierto con dos millones de judíos, que Dios iba a eliminar en un periodo de cuarenta años debido a su pecado de incredulidad.

Si calculas, verás que esto es un promedio de setenta funerales al día por cuarenta años. Esto fue lo que que experimentaron los hijos de Israel. Ellos entendieron cómo el pecado consumía al hombre y cómo fueron turbados por la ira de Dios. No crees que esos israelitas vivían pensando, ¿quién será el siguiente? ¿Seré yo?

Había algunos que eran ancianos, pero había muchos hombres jóvenes de cuarenta o cincuenta años, que estaban muriendo, uno tras otro, siendo consumidos por la ira de Dios. Moisés dice en este salmo que Dios está airado, y que ellos estaban bajo el juicio de Dios debido a su pecado, a su iniquidad».

Las palabras usadas en este pasaje para «ira» y «furor», son palabras fuertes. Ellas hablan de una explosión de ira, de pasión, de enojo. Es la furia incontenible de Dios. Hablan de una ira que te sobrecoge, que es agobiante, total. El asunto es que nada ni nadie puede soportar la ira justa, santa y consumidora de Dios.

Al hombre moderno le gusta hablar del amor de Dios y de la misericordia de Dios, de la gracia, la ternura y la bondad de Dios. Todas esas cosas son ciertas; pero no menos cierto es el hecho de que Dios es un Dios que odia el pecado, y ese pecado provoca la ira santa, justa y el enojo y el juicio de Dios.

Moisés dice: «Por tu furor hemos sido conturbados». Escucha, el solo pensar en la ira de Dios debería aterrorizarnos. Desafortunadamente, hoy no pensamos lo suficiente sobre la ira de Dios para estar aterrorizadas; pero muchos pasajes de la Escritura hablan de este efecto de ser turbados por la ira de Dios.

Voy a leer ahora en Isaías capítulo 2, empezando en el versículo 10, donde el profeta dice: «Métete en la roca, y escóndete en el polvo del terror del Señor y del esplendor de su majestad».

«La mirada altiva del hombre», dice Isaías: «será abatida . . . y humillada la soberbia de los hombres; el Señor solo será exaltado en aquel día . . . Porque el día del Señor de los ejércitos vendrá contra todo el que es soberbio y altivo, contra todo el que se ha ensalzado, y será abatido» (2;11,17,12).

El «día del Señor» en la Escritura, siempre habla del día terrible de la ira, el juicio y el terror del Dios todopoderoso, contra los pecadores que no se arrepintieron. Vemos el cumplimiento de la ira de Dios mientras leemos el libro de Apocalipsis. Vemos cómo, uno detrás de otro, Dios imparte Sus juicios, los cuales la Escritura dice que son «verdaderos y justos». ¡Los juicios de Dios son rectos!, son justos, son puros.

Leemos en Apocalipsis 6,

«Y los reyes de la tierra, y los grandes, los comandantes, los ricos, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y las peñas: «Caed sobre nosotros y escondednos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el gran día de la ira de ellos, ¿y quién podrá sostenerse?» (vv.15-17).

¿Qué es lo que precipita esa arrolladora y destructiva ira de Dios? Moisés nos da la respuesta en el versículo 8 de su oración.

«Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos (esos que nosotras pensamos que son secretos) a la luz de tu presencia».

Ya ves, en última instancia, toda muerte y aflicción son el resultado, el fruto inevitable de la condición pecaminosa del hombre.

Moisés dice que el semblante de Dios, Su rostro, es como el sol resplandeciente que alumbra en un lugar oscuro, e inmediatamente expone todo lo que, tal vez, estaba oculto por las tinieblas. Examina lo profundo de nuestro ser. Nuestros pecados secretos son expuestos «a la luz de Su presencia».

Mientras he estado meditando en este pasaje en los últimos días, este versículo puso cierto grado de temor y terror en mi corazón. Yo pienso en mis pecados secretos, los que yo conozco; pero que yo no quiero que tú ni nadie conozca. ¡Pero a la luz de la presencia de Dios, a la luz de Su rostro, están todos expuestos! No se pueden ocultar.

No solo los pecados que yo conozco, que yo quisiera mantener en secreto, sino también los pecados que son tan secretos, que ni siquiera yo los he visto en mi propia vida. El rostro de Dios, la santidad de Dios, la pureza de Dios, la gloria de Dios exponen esa iniquidad (pecaminosidad)—aquellas cosas secretas ocultas en mi vida. «Has puesto nuestras iniquidades delante de ti . . .»

Yo me imagino todos mis pecados expuestos delante de Dios, para que Él los vea y para que Él los exponga delante de todos los demás. Este no es un pensamiento agradable para mí. Me hace correr hacia Cristo para que me cubra, para que me perdone, para encontrar gracia y misericordia. Porque ese el único lugar donde podemos encontrar refugio.

Moisés dice en el versículo 9,

«Porque por tu furor han declinado nuestros días; acabamos nuestros años como un suspiro».

Esa palabra describe un gemido —es el último suspiro de alguien en sus últimos momentos aquí en la tierra, «acabamos nuestros años como un suspiro».

Él dice en el versículo 10:

«Los días de nuestra vida llegan a setenta años; y en caso de mayor vigor (tal vez), a ochenta años. Con todo su orgullo es solo trabajo y pesar, porque pronto pasa, y volamos».

Pensamos que setenta u ochenta años es una larga vida; noventa años o más, parece muy, muy larga. Pero a la luz de la eternidad de Dios, esos años no son nada. El pecado fue lo que causó que el promedio de vida humana se acortara. Por eso es que llegamos generalmente, como mucho, a los setenta u ochenta o unos pocos años más.

Moisés dice: «No solo la vida es corta, sino que este corto lapso de vida está lleno y caracterizado por trabajo y pesar». Esta palabra «trabajo» nos habla de «una labor pesada, miseria, angustia, opresión, tribulación». Es una palabra que significa «arduo», esa sensación poco satisfactoria cuando estás como en una caminadora, y a duras penas logras unos pocos metros y sigues y sigues. En realidad no estás yendo a ninguna parte, y estás sudando, y es duro, y arduo, «siempre lo mismo, siempre lo mismo».

Es como ese poema que dice que «vivimos bajo el vulgar agobio de la rutina diaria y de los aburrimientos».

Día tras día, la misma rutina y monotonía. Escucha, la vida sin Dios es ardua y sin sentido, es pesar, es repetitiva, es laboriosa, es vacía. Y esto nos muestra lo dura que es la vida de aquellos que viven apartados de Dios.

Entonces Moisés dice:

«¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu furor conforme al temor que se te debe?» (v.1).

Un comentarista resumió este pasaje en una frase, que yo pienso que describe esto muy bien. Él dijo: «El común denominador de la gente en el mundo, es un triste relato de vidas arruinadas por el pecado, que no se pueden escapar de Dios quien odia el pecado». No es una imagen muy bonita, ¿verdad?

Dios odia el pecado. Él odia mi pecado; Él odia tu pecado, y ese pecado provoca Su santa ira. Ahora, si no conocemos a Cristo, esas son muy malas noticias. Porque, o tú y yo vamos a sufrir la ira de Dios por nuestros pecados—cuando un dia estemos delante de Él y seamos expulsadas de Su presencia, consumidas por Su ira, pereciendo en el fuego eterno—o tendremos las buenas noticias!

El evangelio nos dice que podemos confiar en Cristo, quien cargó con todo el peso de la ira de Dios por todos nuestros pecados, cuando Él fue al calvario. Así que, en medio de esta laboriosa, triste, perdida y arruinada condición en la que nosotras nos encontramos, hay esperanza, porque hay gracia en Cristo quien dijo: «Yo cargaré con toda la ira que tú mereces por tu pecado. Yo seré consumido. Yo cargaré esa ira».

Entonces, hasta este punto hemos visto la eternidad de Dios, hemos visto la brevedad de la vida del hombre, hemos visto lo transitorio de esta vida; y Moisés, conociendo lo transitoria y triste que es la vida del hombre apartada de Dios, continúa su oración en el versículo 12 diciendo:

«Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría».

Moisés está diciendo: «Yo quiero orientar mi vida alrededor de Dios, vivir mi vida a la luz de la eternidad». Y él ora que Dios nos enseñe cómo enumerar nuestros días, cómo contar nuestros días. Tú sabes, si vamos a traer sabiduría al corazón, vamos a necesitar tener un corazón moldeable, vamos a tener que estar dispuestas a acudir al Señor y decirle: «Señor enséñame lo que yo no sé».

La sabiduría no es algo natural. No viene por ósmosis. No solo viene por experiencia. La Escritura dice que Dios es quien nos da sabiduría, y si queremos sabiduría acerca de la vida y la muerte y la eternidad, debemos pedírsela a Él. La sabiduría debe ser aprendida, tiene que ser impartida por Dios.

Moisés nos propone un reto. En la oración de Moisés tenemos el reto de evaluar el uso de nuestro tiempo, a la luz de la brevedad de la vida, y la eternidad de Dios. Si Dios nos da un lapso de vida a ti o a mí de setenta años (y Moisés nos dice que ese es el promedio de vida), haciendo los cálculos veremos que son 25,550 . . . un poco más de 25,000 días.

Si Dios te da ochenta años, esos son 29,200 días. Ahora parecen muchos días, hasta que pensamos cuántos días ya han pasado, y los pocos que quedan. Tengo un hermano a quien se le concedieron alrededor de 8,000 días antes de ir a la presencia de Dios, como resultado de un accidente de automóvil hace algunos años.

Pienso en mi amiga, Janiece Grissom, quien tuvo menos de 15,000 días, de lo que anticipamos serian unos 25,000 días que le habían pronosticado. Ella fue diagnosticada con la enfermedad de Lou Gehrig, y como madre en sus cuarenta, fue a la presencia del Señor. Nosotras no tenemos ninguna garantía de vivir esos setenta años.

Así que Moisés dice: «Enséñanos a contar del todo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». Esa es la meta al contar nuestros días, contamos nuestros días para traer sabiduría al corazón. La sabiduría es la habilidad de mirar toda la vida desde la perspectiva divina, ver la vida desde el punto de vista de Dios.

¿Cómo obtenemos sabiduría? ¿Cómo obtenemos la habilidad de ver la vida desde el punto de vista de Dios? ¡Contando nuestros días! Pensando en nuestras vidas aquí en la tierra a la luz de la eternidad. ¿Cómo estás usando tu vida? ¿Cómo estás usando esos días que Dios te ha dado?

Sabes que has tenido tantos días hasta este momento, pero no tenemos ni idea si vamos a tener otro más, mucho menos otros dos o cinco o diez mil días más. Y mientras tú piensas en cómo estás usando tu vida, pregúntate a ti misma, ¿cuál será el resultado de todos esos días, cuando estés compareciendo ante Dios en la eternidad?

Una encuesta hecha por una compañía llamada, Priority Management, Inc., se encontró que durante el transcurso de su vida, un americano promedio va a pasar seis meses sentado esperando el cambio de los semáforos, ocho meses abriendo correo electrónico no deseado, y un año buscando objetos perdidos . . . ! Un poco más en mi caso! . . Dos años devolviendo sin éxito llamadas telefónicas y cinco años esperando en fila.

¿Así quieres que se vea el resumen de tu vida al momento de ver el total de tus días? Moisés dice: «Enséñanos a contar del todo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal. 90:12). Te diré que una de las cosas que ayuda mucho con esto es ir a funerales o visitar el cementerio. Esos son recordatorios poderosos de la brevedad de esta vida, nos da una perspectiva de esta vida y de la siguiente.

Recuerdo cuando asistí al funeral de la única hermana de mi madre, quien murió a la edad de treinta y ocho años de una rara enfermedad en los pulmones. Yo tenía casi treinta años en ese tiempo. Mi tia Lynn no era una mujer muy conocida. Ella fue una fiel esposa y madre.

Pero recuerdo escuchar testimonio tras testimonio en ese funeral, sobre cómo su vida sencilla, amorosa y fiel, había tocado otras vidas. Ella nunca hizo nada que se escribiera en los libros de historia, pero su vida había escrito algo en los libros y las páginas de la vidas de las personas que fueron sus amigas.

Recuerdo que durante el servicio funeral, siendo una joven de veintiocho años, pensaba: Cuando mi vida llegue a su final, ¿habrá personas en mi funeral que puedan decir que ellos me importaban, que yo los amaba, que yo era verdaderamente su amiga? ¿Cuál será el impacto de mi vida?

Estar en un funeral, mirar una lápida, nos ayudará a pensar de esa manera: ¿Qué es un día desperdiciado, qué es una vida desperdiciada? Bueno, realmente, hay dos maneras en las que podemos desperdiciar nuestras vidas. Una, es vivir nuestras vidas sin pensar en Dios, descuidando la dimensión espiritual de nuestras vidas, descuidando los asuntos espirituales, esa es una vida desperdiciada. Esa es una vida que no tiene nada que mostrar a la luz de la eternidad. Algunas de nosotras, que no estamos descuidando los asuntos espirituales vivimos nuestras vidas desperdiciándolas de otra manera, y es resistiendo al Señor: murmurando, quejándonos, con resentimientos, resintiendo, desobedeciendo lo que sabemos es la voluntad de Dios.

Algunas de nosotras quizás estamos en la mitad del tiempo que Dios nos ha dado para vivir aquí en esta tierra. Tal vez para algunas, no muchas, están en «tiempo extra», a la luz de la eternidad. Sin importar dónde estemos en nuestro lapso de vida, quiero preguntarte lo siguiente:

  • ¿Cómo quieres vivir el resto de los días que te quedan aquí en la tierra?
  • ¿Qué diferencia práctica sería para ti vivir tu vida (los días que te quedan) a la luz de la eternidad?

El salmista lo dice de esta manera en el Salmo 39,

«Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy. He aquí, tú has hecho mis días muy breves...», (la versión en inglés dice, «como la palma de la mano», son cuatro dedos, la unidad de medida más pequeña en el Antiguo Testamento).

«...Y mi existencia es como nada delante de ti; ciertamente todo hombre, aun en la plenitud de su vigor, es solo un soplo. Sí, como una sombra anda el hombre; ciertamente en vano se afana; acumula riquezas, y no sabe quién las recogerá».

¿Qué diferencia práctica sería para ti vivir tu vida a la luz de la eternidad?

El escritor John Grissom, nos contó una historia sobre uno de sus mejores amigos de la universidad, quien murió cuando ambos tenían veinticinco años de edad. Él nos contó cómo su amigo lo llamó y le dijo que si podían almorzar juntos, y le contó a John que tenía cáncer. John quedó sorprendido. Él no podía creer eso; ellos eran jóvenes en lo mejor de sus vidas.

John le preguntó a su amigo: «¿Qué vas a hacer cuando estés a punto de morir?»

Su amigo le contestó: «Es muy sencillo, ordenas tus asuntos con Dios, y pasas la mayor parte de tu tiempo con tus seres queridos, y luego arreglas tus asuntos con todos los demás».

Y luego su amigo dijo: «Sabes, realmente deberíamosvivir cada día como si nos quedaran solo unos cuantos por vivir».

Cuando mi padre se fue a la presencia del Señor, hace más de treinta años, mi madre encontró en el cajón de su escritorio un pedazo de papel que tenía escrito el versículo 12 del Salmo 90, con esta paráfrasis: «Enséñanos a contar nuestros días y a reconocer cuán pocos son; ayúdanos a vivirlos como debemos». Mi padre fue un hombre que vivió a la luz de la eternidad, siempre recordándose a sí mismo y a nosotros, que tenemos muy pocos días.

Nosotros no sabíamos cuán pocos días tendría, pues a la edad de cincuenta y tres años tuvo un ataque al corazón y pasó instantáneamente a la presencia del Señor. Pero él fue un hombre, creo, que tuvo una entrada triunfante y fructífera a la eternidad. Desde el momento que conoció al Señor en sus veintipico de años, hasta el día fue al cielo, veintiocho años más tarde, él siempre buscó la manera de vivir los días que le quedaban en este mundo a la luz de la eternidad.

Si tú supieras que te quedan solo unos pocos días o meses de vida (y si fueran treinta, o cuarenta, o cincuenta años, estos en realidad son pocos días) qué harías diferente? ¿Hay algunas llamadas telefónicas que has estado dejando para después? ¿Tienes algún miembro de tu familia que deberías contactar y decirle: «¿Podríamos reconciliarnos?»

¿Hay alguien que tú has estado esperando que venga y te pida perdón, cuando tú puedes tomar la iniciativa para ver si se puede restaurar la relación? ¿Hay algún error de tu pasado que quisieras corregir?

¿Guardarías ese resentimiento? ¿Te lamentarías y te quejarías de las circunstancias que tienes en este momento de tu vida, si supieras que muy pronto vas a pasar a la eternidad, y que luego ninguna de esas cosas importará?

Annamarie: ¿Hay alguien a quien necesites llamar hoy, ya sea para reconciliarte o simplemente para decirle lo mucho que significa para ti? No lo dejes para mañana.

Este mensaje de Nancy DeMoss de Wolgemuth es el segundo en la serie, «Vive a la luz de la eternidad». Si te perdiste el programa de ayer, encuéntralo en AvivaNuestrosCorazones.com.

Oyentes que han sido bendecidas a través de programas como este nos han escrito. Patricia de Saladín comparte con nosotras algo de lo que nos escribieron.

Patricia de Saladín: «No dejo de asombrarme de la grandeza, de la profundidad de Dios; de lo absolutamente perfecto y soberano que es, en verdad es maravilloso. Estoy agradecida por su ministerio, y por la enorme bendición que son para mi vida; Dios trata conmigo con cada palabra. Dios les bendiga».

Otra mujer escribió,

«Me da tanta alegría porque mi mamá había escuchado Aviva Nuestros Corazones por algunos años, pero yo comencé hace un año… y ha sido una gran bendicion para mi vida, aun sigue en mi corazón. Le doy gracias a Dios por la vida de cada una de ustedes y le pido que les dé la gracia y la sabiduría para seguir este ministerio por el tiempo que Dios lo permita. Les cuento que tenemos una célula de jóvenes en mi iglesia, y Dios puso en mi corazón hablar sobre esta serie (refiriéndose a la serie que escuchaba en ese momento). Le pido a Dios sabiduría para poder compartir Su mensaje a otros. ¡Dios los bendiga grandemente!»

El leer o escuchar testimonios como este es muy emocionante para mí.

Annamarie: En el programa de mañana continuaremos escuchando acerca de la oración de alguien que sabía lo que es vivir a la luz de la eternidad. Así que te esperamos para ese próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.

Viviendo a la luz de la eternidad juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.

Vivire Para Ti, Sovereign Grace Music, Eres Dios, ℗ 2012 Sovereign Grace Music.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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