Podcast Aviva Nuestros Corazones

¡Dame un corazón agradecido! | Día 9

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth nos habla acerca de la verdadera belleza.

Nancy: Si quieres ser una mujer hermosa, no hay nada más hermoso que un espíritu humilde y agradecido. Y me gustaría sugerir también, que al contrario, no hay nada menos atractivo aunque la mujer sea una belleza según lo que el mundo ve en el exterior, al fin de cuentas y para los que tienen que vivir con esa mujer no hay nada menos atractivo que una mujer refunfuñona e ingrata.

Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy ha estado llevándonos por una lista de peticiones personales de oración que haríamos bien en orar para nosotras mismas. Estas son formas en que podemos clamar a Dios para que nos ayude a vivir vidas que sean más agradables a Él. La semana pasada ella comenzó hablar acerca de pedirle a Dios que nos de un espíritu agradecido. ¡Escuchemos!

Culpa, gracia y gratitud. ¡Realmente eso es el Evangelio! Éramos realmente culpables, merecíamos la ira de Dios, y entonces Dios nos envió a Su Hijo, a Jesús, para redimirnos con Su gracia maravillosa.

¿Y qué produce esta gracia en nosotras? ¡Una actitud de eterna, sobreabundante, infinita gratitud! Culpa, gracia y gratitud. Todas éramos culpables. Si tú has experimentado la gracia de Dios y no tienes gratitud, ¡algo anda mal!

Y si has experimentado la gracia de Dios, y recuerdas lo que Él ha hecho por ti en Su gracia, ¡serás una mujer agradecida! Entonces, para tener más gratitud, creo que necesitamos retroceder en el tiempo para recordar quienes éramos cuando teníamos tanta culpa, y cuál es la experiencia de tener redención por la gracia de Dios.

Mi papá, Art DeMoss, ya lleva muchos años en el cielo, con el Señor – desde 1979. Nunca dejó de maravillarse ante el hecho de que Dios pudo salvarlo. Dios lo salvó cuando tenía alrededor de 25 años, había sido un hijo pródigo, había vivido una vida libertina, era una persona perdida, lejos del Señor (así como todas nosotros antes de que Él nos encontrará y nos salvará), y nunca dejó de impresionarle – desde el día en que recibió a Cristo hasta el día en que se fue al Cielo 28 años más tarde.

¡Nunca dejó de maravillarse que Dios le otorgo la salvación! Durante toda su vida sintió una gran gratitud hacia Dios, aún en medio de algunos valles profundos y lugares oscuros. Así que cuando las personas le preguntaban, “¿Cómo estás?,” su respuesta muchas veces era “¡Mejor de lo que merezco!” ¡Y sé que muchas de ustedes pueden asentir ante esta declaración!

Así es cómo tenemos un espíritu agradecido– si recuerdas lo que mereces, y ves lo que Dios te ha dado en su gracia y en su misericordia – entonces siempre podrás contestar, independientemente de lo que esté pasando en tu vida, “¡Estoy mejor que lo que merezco!”

El hermano de mi papá es mi tío Bob, y mi tío Bob tiene casi noventa años. Hace poco tiempo, su esposa, con quien había estado casado por sesenta y cuatro años – mi tía Dora – se fue al Cielo para estar con el Señor. Hace poco tiempo pude ir a visitar a mi tío, poco después de la muerte de su esposa. Tengo grabadas en mi memoria dos imágenes que fueron dos fotografías: la primera, mi tío está de pie, levantando sus brazos en adoración durante el servicio memorial de su esposa. La foto fue tomada por Robert Wolgemuth, mi esposo. Esta foto aparece en el sitio web de AvivaNuestrosCorazones.com.

Durante el servicio memorial de mi tía, mi tío Bob estaba sentado en la primera fila, y yo estaba sentada algunas filas detrás de él. Estábamos cantando un cántico de adoración, y veía a mi Tío con las manos levantadas hacia el cielo en un momento de alabanza. Estaba adorando al Señor y dándole gracias por el don de haber conocido a esta preciosa y maravillosa mujer por sesenta y cuatro años.

Dándole gracias al Señor, en medio de la experiencia de perder su querida esposa. La verdad es que no la perdió – él sabe dónde está – pero sufrió una pérdida en términos humanos.

Y entonces, unas semanas después, su hijo lo estaba visitando y es la otra imagen. Pude ver a mi Tío Bob, que tiene casi noventa años, dando un paseo, y en esta foto estaba levantando sus manos hacia el cielo en un día hermoso en la Florida. Estaba dando un paseo y simplemente adorando al Señor.

Estuve con él en esos días, poco después del funeral, y le pregunté, “Tío, ¿cómo estás?” y él me respondió, “¡Soy tan bendecido! Yo tuve a esta mujer tan maravillosa en mi vida por sesenta y cuatro años. Sufrió tanto dolor en estos últimos años – ahora está con el Señor y ya no sufre nada de dolor...”

No pudo dejar de darle gracias al Señor. No era que estuviera dándole gracias al Señor porque ella se había muerto, sino “¡Gracias, Señor, que me la diste! ¡Y ahora ella está contigo!” Aquí vemos a un hombre que aprendió la actitud de gratitud.

Hace unos días encontré una carta que tío Bob le había enviado a su familia en el Día de Acción de Gracias en 2008, cuando tenía unas ochenta años. Déjenme leérsela, porque es un buen ejemplo de la actitud de su corazón:

“Últimamente he pensado que la única alternativa a la gratitud es muy fea. Una persona egoísta, siempre quejándose, con una mentalidad de que siempre merece cosas buenas. ¡Ay!

Este hecho se me ocurrió hace poco tiempo mientras caminaba cerca de las canchas de tenis durante mi paseo de cada día. Cuando escuché el sonido de las pelotas de tenis chocando con las raquetas, y escuché a las personas corriendo tras las pelotas, ¡mi mente y mi corazón sintieron un increíble deseo de volver a jugar! [Nos lo dice a la edad de ochenta años, y había jugado al tenis durante muchísimos años.]

Desde hace años, por la cirugía en mi rodilla, he esperado recuperarme lo suficiente como para volver a jugar al tenis. Mientras los días se convertían en semanas y las semanas se convertían en meses, me di cuenta de algo espantoso: tal vez ya no pueda volver a jugar al tenis jamás. ¡Esta posibilidad no me gustó nada!

Durante varias semanas una actitud de queja se levantaba dentro de mí. Pensé, “Todavía tengo algunas pelotas nuevas de tenis, revistas de tenis, canchas privadas en donde jugar. ¡Necesito salir a jugar!’ [Es una cita de su carta que nos escribió en el Día de Acción de Gracias hace unos años.] ‘Entonces el Señor tuvo misericordia de mí y me salvó de mi mal camino cuando me reveló que no tenía nada de qué quejarme, ¡y de hecho que tenía muchas razones para estar agradecido! Me enseñó la maravillosa verdad que me había dado un cuerpo fuerte y piernas fuertes para poder jugar al tenis desde la edad de catorce años, cuando jugué en el equipo de mi escuela secundaria. Y sí, ¡desde ese tiempo había seguido jugando!”

Y entonces agregó entre paréntesis, (‘Bob, ¿te olvidaste de eso? ¡Desdichado quejón!’) Estaba hablando a su propia alma, ¿verdad? Entonces siguió diciendo,

‘Ahora, cuando paso las canchas de tenis, le susurro una acción de gracias al Señor: “Gracias, Señor, por haberme permitido jugar al tenis por tantos años!”’

Entonces escribió, ‘Creo que podemos usar este ejemplo de la vida diaria como una metáfora para lo que ocurre en el ámbito espiritual. ¿Tenemos el hábito de detenernos un momento, abrumados por un vistazo a lo que Dios ha hecho por nosotros, que respiramos profundamente y le decimos a alguien (o al Señor), ‘No puedo creer que Dios me amó y me rescató. ¡Ni siquiera lo puedo creer! ¡Gracias, Señor!’ Entonces cerró su carta con este versículo muy familiar, “Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.”

El año pasado, al mismo tiempo que estaba empezando mi relación con Robert Wolgemuth, pasé mucho tiempo estudiando el libro de Rut. Desde ese momento hasta ahora, durante alrededor de un año, muchas veces he incluido una referencia a Rut 2:10 cuando le escribo un correo electrónico o un mensaje de texto a Robert.

Antes de compartirles lo que dice ese versículo, déjenme darles un poco de contexto. Acuérdense que Rut era moabita, y los moabitas estaban excluidos de las promesas que Dios le había dado a Su pueblo, Israel. Por varios actos de injusticia, ellos quedaron bajo la maldición de Dios y no se les permitía adorar en el templo.

Pero en Su misericordia – en este pequeño libro de Rut – Dios atrae a esta mujer moabita a Sí Mismo y Él le convierte el corazón para poder amarlo y adorarlo. Y por una serie de eventos, como ustedes recordarán, termina viviendo en Israel como una viuda pobre, en el nivel socioeconómico más bajo. Una mujer marginada, recogiendo espigas para alimentarse a sí misma y a su suegra malhumorada, trabajando en el terreno de un terrateniente adinerado que por “casualidad” (que realmente no es casualidad) era un familiar suyo – aunque ni Booz ni Rut saben eso hasta más tarde en la historia.

Pero ese terreno, el terreno de Booz, se convierte en un terreno de gracia porque Booz la trata con bondad y le asegura su protección y su provisión. Y Rut se siente abrumada con un sentimiento de humildad y gratitud. Esos sentimientos son primos el uno del otro, son hermanos, son familia – la humildad y la gratitud. Y Rut se siente abrumada porque Booz se fija en ella para darle su atención y su gracia. Así que Rut 2:10 dice – la referencia que le he enviado a Robert muchas veces – la Biblia dice, “Rut se inclinó hacia la tierra, se postró sobre su rostro y exclamó, ‘¿Cómo es que le he caído tan bien a usted, hasta el punto de fijarse en mí, siendo solo una extranjera?”

Entonces fíjense en versículo 13 de capítulo 2: “’¡Ojalá siga yo siendo de su agrado, mi señor!’ contestó ella, ‘Usted me ha consolado y me ha hablado con cariño, aunque ni siquiera soy como una de sus servidoras.’”

Cuando leen esos versículos y los versículos cercanos, nunca observas que Rut siente ni un ápice de que tiene derecho a algo (No la ven quejándose sobre tener que hacer el trabajo duro de recoger espigas con las manos. Era un trabajo muy duro y lo hacia desde el amanecer hasta el atardecer – solo tomando breves descansos – para poder comer ella y llevar comida a Noemí.

Nunca la vemos quejándose sobre eso. Solo vemos este sentimiento de asombro y gratitud. Ese es el dulce fruto de la humildad. Es el sentimiento que yo he sentido, que este hombre Robert Wolgemuth – que ahora es mi esposo – se haya fijado en mí, que me haya prodigado generosamente su amor.

Desde el principio he sentido – y todavía me siento así – “No merezco este hombre.” No merezco su amor. ¡Pero quiero decirles que estoy muy, muy agradecida! Y si me siento así sobre Robert Wolgemuth, si Ruth se sintió así sobre su esposo Booz, nosotras debemos tener un sentimiento de asombro y sobrecogimiento y gratitud que Dios nos pudo amar. Que nos invita a espigar en su terreno de gracia, que convierte a sus enemigos en sus amigos, que Él escoge a los que lo odiaban y lo rechazaban para adoptarlos a ser parte de su familia.

“Yo me asombro en la presencia de Jesús el Nazareno,

y me pregunto cómo me puede amar a mí, una pecadora condenada, ¡impura!

Oh qué maravilla, Oh qué alegría, y mi cántico siempre será así

¡Oh qué maravilla, Oh qué alegría es el amor de mi Salvador por mí!”

Ahora bien, aquí surge la pregunta: ¿Vivimos nosotras con la idea que somos recipientes de una gracia tan generosa que no merecemos? Es cierto cuando nos detenemos para meditarlo. El problema es que no nos detenemos a meditar esa idea lo suficiente, ¿verdad? ¿Qué nos impide ser mujeres que sienten constantemente un profundo agradecimiento hacia Dios?

Quiero plantearles esta idea: nada es más eficaz para matar la gratitud en nuestros corazones y pensamientos que el compararnos y tener expectativas. Hay un pasaje en el Nuevo Testamento, en Mateo capítulo 20, una parábola de Jesús, que nos da una idea de cómo la comparación y las expectativas matan la gratitud y la humildad. (Déjenme invitarles a abrir la Biblia a ese pasaje.)

¿Recuerdan? Es la parábola de los labradores en la viña. Y básicamente, aquí va la historia: a las seis de la mañana, un hombre sale a la ciudad y contrata un grupo de labradores para trabajar el día en su viña. La jornada habría sido de doce horas – desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde.

Les dice que les pagará un denario si vienen a trabajar en su viña por doce horas. Un denario era un salario apropiado por un día de trabajo. Entonces ellos dicen, “Sí, ¡queremos eso! Necesitamos un trabajo, necesitamos dinero, necesitamos proveer para nuestras familias. ¡Es justo! ¡Vendremos a trabajar a su viña!”

Entonces al decir que “sí,” salen de la ciudad y van a la viña a trabajar. Tres horas después, el dueño contrata a otros labradores que todavía están en la ciudad y necesitan trabajo – y tres horas después, hace lo mismo.

Al mediodía y a las tres de la tarde, dice, “¿Ustedes no tienen trabajo? Vengan a trabajar en mi viña y les pagaré lo que es justo”. Finalmente, a las cinco de la tarde, cuando solo queda una hora en la jornada – justo antes de la hora de irse a casa – contrata a aun más labradores que han estado esperando todo el día para encontrar trabajo.

Entonces suena la campana al final del día. Son las seis de la tarde y todos forman una fila para recibir su pago. Primero, llama a los que había contratado a las cinco de la tarde – los que solo han trabajado una hora. ¿Y cuánto les pagó? ¡Un denario completo! El pago de todo un día, ¿por cuánto tiempo? ¡Solo una hora!

Bueno, fijémonos en versículo 10 de la historia: “Ahora cuando los que llegaron al principio del día vinieron por su pago [¿A qué hora empezaron? A las seis de la mañana...], creían que recibirían más [o sea, crearon una expectativa], pero cada uno recibió un denario también. Y cuando recibieron su denario, se quejaban en contra del dueño, diciendo, “Éstos solo trabajaron una hora, y usted los ha hecho iguales a nosotros [ahí está la comparación] que hemos soportado el peso del trabajo y calor del día”.

Entonces, las expectativas no cumplidas y la comparación los impulsa – no tienen agradecimiento porque han recibido el pago de un denario por la jornada tal como se les había prometido, pero se sienten descontentos, resentidos y sin agradecimiento, y les produce ira la generosidad del dueño hacia otros. Les afecta tanto a ellos como a los demás.

Versículo 13: “Pero él le respondió a uno de ellos, ‘Amigo, no estoy cometiendo ninguna injusticia contigo. ¿Acaso no aceptaste trabajar por esa paga? Tómala y vete. Quiero darle al último obrero contratado lo mismo que te di a ti. ¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia de que yo sea generoso?’”

¿A quién le pertenece el denario? “Me pertenece a mí,” dice el dueño. Sí, pertenece al dueño. “¿Acaso no tengo la libertad de tomar lo que es mío y dárselo a quienquiera que yo quiero? ¿Y vas a estar resentido [la traducción literalmente dice, “está malvado tu ojo” [o sea, tienes envidia, te hace sentir mal] que sea generoso? ¿Te he hecho algo injusto? Te dije que si venías a trabajar para mí que te daría este denario. ¿He fallado en cumplir con mi promesa? He cumplido con mi palabra, o ¿no?

Los labradores dicen, “Sí, cumpliste tu palabra. Pero yo pensaba...” (expectativas no cumplidas) “...¡pero mire lo que usted le ha pagado a ellos!” (una comparación). Hermanas en Cristo, el pecado de la comparación y tener ese tipo de expectativas siempre nos meterá en problemas. “Pero qué de esta mujer, ¿cómo la trataste?” Es lo que dijo el salmista en el Salmo 73: “Cuando me fijé en los malvados, sin afanarse, aumentan sus riquezas. En verdad, ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en la inocencia...?”

“¡...Y mira lo que me pasa a mí! ¡Ellos reciben lo bueno, y yo sufro muchos problemas...!” Es una lucha que todos hemos sentido en nuestro corazón y pasa cuando nos comparamos con otros, con cómo Dios actúa hacia otros, cuando comparamos cómo trata a los demás y cómo nos trata a nosotras.

Y entonces, las expectativas: “Pensaba que si yo hacia esto, Dios haría aquello. Creía que si era una buena madre, mis hijos terminarían amando al Señor Jesucristo.” “Yo creía...” Y nos hace resentidas y amargadas y nos ponemos a pelear y nos enojamos hacia nuestro buen Amo que siempre nos ha mostrado bondad en todo momento.

Quiero sugerir que no hay nada más hermoso en una mujer (¿quieres ser una mujer hermosa?) con un espíritu humilde y agradecido. Y me gustaría sugerir también que, al contrario, no hay nada menos atractivo (aunque la mujer sea una belleza según lo que el mundo ve en el exterior) – a fin de cuentas, y para los que tienen que vivir con esa mujer – ¡no hay nada menos atractivo que una mujer refunfuñona e ingrata!

El pecado de no ser agradecida las envejecerá más rápido. Les dará la apariencia de ser duras, de ser miserables, y los que las rodean también tendrán que soportar su miseria. ¡Es enormemente importante! No sé por qué, pero creo que nosotras las mujeres demostramos nuestras emociones en nuestro rostro, nuestra cara. Aun la condición de nuestro cuerpo físico es afectado por este asunto de la gratitud.

Si quieren aprender más sobre la gratitud, tengo un libro que me gustaría recomendarles, se titula “Sea agradecido: Su Camino al gozo” Una cosa que me gusta de ese libro – y hace poco tiempo volví a estudiarlo - lo escribí yo, pero necesito volver a ello y leerlo una y otra vez. Al final hay meditaciones para treinta días (porque los hábitos no cambian fácilmente ni rápidamente), y ustedes pueden usar esas meditaciones durante treinta días junto una breve lectura de una o dos páginas cada día, con algunos ejercicios prácticos para hacer crecer el músculo de la gratitud, para empezar a poner en práctica la gratitud, para empezar a vivirla consistentemente.

Este asunto de ser una mujer ingrata afecta la atmósfera de tu hogar, tu trabajo, tu iglesia. La decisión de ser una mujer agradecida o ingrata determinará si tu presencia es tóxica a los que te rodean o si es una fragancia dulce.

Piensen en la atmósfera en su hogar (he dicho esto muchas veces, pero realmente creo que es muy cierto), nosotras las mujeres somos el termostato de nuestro hogar, nuestra iglesia, nuestro trabajo, los termómetros no tienen nada que ver. El termómetro revela la temperatura, pero el termostato controla la temperatura. Nosotras controlamos la temperatura.

Si a ustedes no les agrada la temperatura de su hogar, si no les gusta la atmósfera de su hogar, y no digo que ustedes son las únicas que son culpables por esto, pero sí les voy a decir, mírense en el espejo y pregúntense, “Señor, ¿hay un espíritu ingrato dentro de mí? En mi espíritu, ¿hay falta de humildad, falta de gratitud, que está creando una cultura o un clima en este hogar que no facilita el gozo, la alegría?”

Ahora bien, es posible que haya otras personas en tu hogar que tengan problemas. Es probable que ese sea el caso. Todos somos pecadores, Y vivimos juntos y por eso necesitamos la gracia de Dios. Pero en la iglesia, en el trabajo, he observado que puedo entrar en una habitación y sin decir una sola palabra, pero en mi espíritu – si no soy una mujer agradecida –puedo empeorar el clima de ese cuarto igual que ustedes si se sienten así.

Este espíritu ingrato puede destruir un matrimonio, puede destruir un hogar. O Dios puede usar un espíritu agradecido para cambiar el corazón de tus familiares, de los que trabajan contigo, de las personas que viven contigo, y hacer que deseen conocer a Cristo. Yo quiero tener un corazón que siempre esté dispuesto a ver, sentir y apreciar la misericordia de Dios. Él que diariamente nos otorga sus beneficios, tal como dice Salmo 68:19.

Déjenme recordarles que la gratitud necesita expresarse – no solo a Dios, sino también a otros... a tu esposo, a tus padres, a tus hijos, a tus compañeros en el trabajo, a tu pastor – las personas que han impactado tu relación con el Señor. ¡No esperes hasta el funeral! ¡Díselo ahora! Dale las flores mientras todavía las puede disfrutar.

Unas breves palabras para cerrar... sé que hay personas en nuestra audiencia hoy que sienten que tienen, en este momento, más dificultades que bendiciones en su vida. Tal vez tengan más motivos para llorar que para dar gracias. Y quiero asegurarles que a Dios le importan esos dolores en el corazón, y que Él quiere que ustedes le traigan esas cargas.

Pero en medio de las tribulaciones, quiero animarles a “contar sus bendiciones...nombrarlas una por una...y se sorprenderán de lo que ha hecho el Señor”. Quizás ustedes me digan, “No estoy segura de dónde empezar – no puedo recordar mis bendiciones ahora”. Pues, abre tu Biblia al libro de Efesios, capítulo 1. Empieza a leer en versículo 3 y lee hasta el final del capítulo, y tendrás una abundancia de bendiciones – demasiadas para contar – antes de que termines de leer el capítulo.

Oh, Padre, Te confieso que muy a menudo soy ingrata como esos labradores ingratos en la viña. Las comparaciones y las expectativas me halan abajo. ¡Perdóname! Quiero ser una mujer agradecida, y tengo muchísimas razones para ser así. Entonces, ayúdame – ayúdanos – a darte gracias en toda circunstancia.

Ayúdanos a reconocer y expresar los beneficios y las bendiciones que hemos recibido de ti y de otros. Protégenos de tener un corazón descontento y una lengua refunfuñona.

Por todas tus bendiciones que nos has dado en Cristo, te damos gracias – en Su dulce Nombre. ¡Amén!

Annamarie: Tener expectativas y hacer comparaciones son unas actitudes que matan la gratitud. ¿No es verdad? Nancy DeMoss de Wolgemuth ha estado explicando por qué las expectativas y las comparaciones son tan peligrosas y cómo cultivas un espíritu hermoso y agradecido. Y hablando de gratitud, sería erróneo de nuestra parte no expresar agradecimiento a cada una de ustedes que ora por Aviva Nuestros Corazones y muchos de ustedes apoyado este ministerio económicamente. ¡Gracias de todo corazón!

Dios está usando tus donaciones y tu generosidad para ayudarnos a llenar nuestras necesidades. Y si aún no nos ha apoyado financieramente, te pedimos que consideres hacerlo ahora. No queremos quitar ingresos a tu iglesia local, esa debe ser tu prioridad a la hora de ofrendar, pero si Dios te pone en el corazón el dar por encima de esto, realmente apreciaríamos tu ayuda. Y ciertamente necesitamos desesperadamente que ores por nosotros. Nuestro sitio de internet es AvivaNuestrosCorazones.com. Puedes hacer tu donación en línea, también puedes leer las publicaciones y colocar tu comentarios allí.

De nuevo, la dirección es AvivaNuestrosCorazones.com, Quizás desees revisar el recurso gratuito en .pdf que estamos ofreciendo como parte de esta serie de peticiones personales de oración.

¿Alguna vez has dicho que luego necesitas recoger? Desafortunadamente, esto no funciona, pero podemos pedirle a Dios que nos ayude a guardar nuestras lenguas. Esa es la petición número siete y de esto es que Nancy nos estará hablando a partir de mañana, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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