Podcast Aviva Nuestros Corazones

El Padre Nuestro, día 24

Temporada:  El Padre Nuestro

Annamarie Sauter: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores». ¿Has orado esto sabiéndote pecadora?

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Muchas personas que dicen, «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores», realmente no se sienten ellos mismos como verdaderos pecadores culpables que necesitan el perdón de Dios. Pienso que la razón es porque tendemos a compararnos con otras personas.

Siempre encontraremos a alguien que parece peor pecador que nosotros, o quizás sea en realidad mucho peor que nosotros en algunos sentidos, y esto nos deja con un sentimiento de, «bueno no soy tan mala como él o como ella». 

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

A lo largo de las últimas semanas, Nancy nos ha estado hablando acerca de cómo hablar con nuestro Padre celestial. Hemos estado meditando sobre la oración, «El Padre Nuestro», y aplicando esta enseñanza de Jesús a nuestras vidas de oración. Hoy Nancy continúa con esta serie.

Nancy: Nosotras venimos hoy a la segunda de las tres peticiones que contiene el Padre Nuestro, relacionada con las necesidades que tenemos. Recuerden que las tres primeras peticiones de la primera parte de esta oración fueron sobre la gloria de Dios, Su reino y Su voluntad.

Ahora estamos viendo a las tres peticiones que se relacionan con nuestras necesidades como hijas de Dios, «y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonamos a nuestros deudores». Así es que se lee en la versión del Evangelio de Mateo 6:9. El Padre Nuestro dice: «danos hoy nuestro pan de cada día y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».

En una sola frase Jesús nos enseña cómo pedirle a nuestro Padre celestial todo lo que necesitamos, desde comida hasta Su perdón.

Esto me dice que Él es capaz de proveer tanto lo uno como lo otro. Nosotras tenemos tanta necesidad de que Él nos provea tanto lo uno como lo otro. Le necesitamos para que nos dé el alimento diario para nuestras vidas así como también necesitamos de Él para el perdón de nuestras deudas. 

Eso nos quiere decir que no hay necesidad tan pequeña y ninguna tan grande de la cual Él no tenga cuidado o acerca de la cual nosotras no tengamos que pedir. Su gracia y Su poder abarcan todo el abanico de las necesidades humanas, desde alimento hasta perdón y todas las que se encuentran entre estas.

¿No te alegra tener un Padre, ¡un Padre celestial¡ El cual tiene cuidado de todas nuestras necesidades?

«Danos hoy nuestro pan». Eso se refiere a nuestra hambre física o a nuestras necesidades físicas. «Perdónanos nuestras deudas», esto hace referencia al hambre y la necesidad de nuestras almas. «Danos hoy nuestro pan»; esto se refiere a nuestra necesidad de provisión. «Perdónanos nuestras deudas»; esto se refiere a nuestra necesidad de perdón, ¿no es este el gran anhelo de todos nuestros corazones, como seres humanos, conocer la paz, el perdón y la liberación de la culpa? Sabías que de eso se tratan las religiones del mundo, de personas buscando desesperadamente el perdón de sus pecados.

Solamente el evangelio de Jesucristo provee el medio por el cual el hombre caído y pecador puede reconciliarse con Dios. No hay ninguna otra religión que pueda realmente ofrecer perdón de pecado. Esta petición en el Padre Nuestro,«perdónanos nuestras deudas», es la única que trata con nuestro problema fundamental, el problema fundamental de todo ser humano que ha vivido en este planeta, y es la palabra PECADO.

Es dentro de mí misma, el YO, donde está radicado este problema del pecado. Y en este pasaje de Mateo 6:12, el pecado se define como una deuda. Le estamos pidiendo al Señor que perdone nuestro endeudamiento con Él. 

Nuestra tendencia es pensar en el efecto que nuestro pecado tiene sobre nosotras mismas, y sí tiene un inmenso efecto en nosotras; pero en el corazón de esto está la necesidad de recordar que realmente nuestro pecado es contra Dios. Es contra Él que nosotras nosendeudamos. 

No le estamos diciendo que nos perdone porque nos hemos hecho daño o porque hemos hecho nuestras vidas miserables o porque hemos hecho de nuestras vidas un desastre o aun porque hemos dañado la vida de otros, sino «perdónanos Señor porque somos Tus deudores». Somos responsables delante de Dios. 

Si los pecados que hemos cometido no han sido perdonados, entonces aún permanecemos en deuda con Dios. No debemos tratar con ellos superficialmente, cubrirlos o ignorarlos, u olvidarlos. Debemos lidiar con ellos apropiadamente. Es por eso que Jesús dijo: «Cuando ustedes oren, digan, «Padre nuestro…perdónanos nuestras deudas» (Mateo 6:9, parafraseado). 

Como se trata de experimentar y recibir el perdón de Dios, se me ocurrió, mientras estuve meditando en este pasaje que nosotras tenemos la tendencia de caer en dos errores en nuestra perspectiva del pecado.

Algunas están más inclinadas a luchar con uno de estos dos errores. Otras con el otro. Y si el enemigo no nos hace caer en uno de esos extremos, él tratará de hacernos caer en el otro. Hoy veremos uno de ellos y el segundo en la próxima sesión.

El primer error es que minimizamos nuestro pecado. «No soy tan mala». El segundo error es que minimizamos la gracia de Dios. «Dios no puede perdonarme por lo que he hecho».

Encuentro que la mayoría de los creyentes con los cuales he hablado tienden más a uno que al otro. Personalmente, yo caigo en la categoría de minimizar mi pecado, pero conozco a otras personas que al considerar su pecado como una ofensa tan grande, tan seria y tan severa contra Dios mismo, se lamentan por ello y entonces nunca experimentan la libertad de la liberación del perdón de Dios.

En esta semana estuve hablando con alguien que tiene la tendencia de caer en este error. Él ha minimizado la gracia de Dios. 

Vamos a ver, que ya sea que tú minimices el pecado, o que tiendas a minimizar la gracia de Dios, que la solución para ambas actitudes, es ir a Cristo, la cruz de Cristo, y ya verás por qué lo digo.

«Perdónanos nuestras deudas». Quiero hablarles a aquellas que minimizan el pecado. Muchas personas que dicen estas palabras, millones de personas que dicen estas palabras no se sienten verdaderamente pecadoras culpables que necesitan el perdón de Dios.

Pero yo pienso que esto probablemente es por que siempre nos estamos comparando con los demás. Siempre encontramos una persona que parece más pecadora, y tal vez sea más pecadora, en algún sentido, de lo que somos nosotras; y esto nos deja un sentimiento de, «bueno, realmente yo no soy tan mala».

Yo creo que la razón por la cual yo entiendo más sobre este error de minimizar el pecado, es porque al yo tener la bendición de haber crecido en un hogar piadoso, en la iglesia y haber sido instruida en los caminos de Dios, siendo protegida de incurrir en ciertas conductas pecaminosas, simplemente por virtud de haber recibido una buena crianza.

Algunas de nosotras quienes hemos crecido en la iglesia hemos aprendido a actuar correctamente. Estamos «espiritualmente entrenadas en el hogar» y somos particularmente susceptibles a este esquema mental.

Me refiero a aquellas de nosotras que honestamente nunca pensariamos en usar lo profano, ver pornografía, tener una relación ilícita o practicarnos un aborto. No pensaríamos en malversar fondos de nuestro empleador ni divorciarnos de nuestro cónyuge.

Ahora, permítanme decirles que cualquier persona puede caer en cualquier pecado. Estoy diciendo que ninguna de nosotras es inmune a estos pecados; pero para algunas de nosotras estas no son las cosas que nos tientan. Estas no son las cosas que probablemente somos propensas a hacer.

Comparadas con las que comenten este tipo de «pecados serios», es muy fácil que sintamos que realmente no somos tan malas. No lo decimos así, pero a menudo es la manera en la que nos sentimos.

Así que cuando venimos a ver, nuestros pecados de:

  • Perder el tiempo
  • Autoprotegernos
  • Hablar más de lo debido
  • Comer o beber en exceso
  • Tener un espíritu crítico
  • Gastar demasiado
  • Estar atemorizadas
  • Preocuparnos
  • Tener motivaciones egocéntricas
  • Quejarnos

. . . Estas cosas no nos parecen tan graves.

De hecho, quizás en muchos de los casos ni siquiera las consideramos como algo que pudiera catalogarse como pecado. Preferimos referirnos a ellas como debilidades, luchas o rasgos de la personalidad, ¿no es esto un eufemismo? Decimos, «estoy luchando con …»

Entonces, quizás en muchos de los casos lo que deberíamos decir es «estoy pecando de esto o de lo otro». Pero nosotras lo queremos catalogar como una lucha y no como un pecado.

Cuando el orgullo de nuestro corazón nos lleva a minimizar el pecado, cualquiera que sea el pecado definido, lo que sucede es que venimos a Dios entonces, para orarle y adorarle o servirle, sin un verdadero espíritu de quebrantamiento y penitencia.

No somos como el publicano contrito de corazón quien vino al templo a orar y no podía siquiera elevar sus ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho y decía, «oh Dios, por favor, ten misericordia de mí, un pecador» (Luc. 18:13, parafraseado).

No es esa la actitud cuando nos acercamos a Dios para orarle. Nos imaginamos el porqué otras pueden tener esa actitud, pero no es la nuestra. Al acércanos con orgullo, sin quebrantamiento y sin un corazón penitente, cuando oramos «perdónanos nuestras ofensas», estamos usando vanas repeticiones, palabras mecánicas y sin sentido. Bueno, quizás las sintamos un poquito, pero no estamos sintiendo el peso y la convicción del pecado que hemos minimizado.

El apóstol Juan dice en 1 de Juan 1:8: «Si decimos que no tenemos pecado…», ahora, la mayoría no diría, «yo no peco»; pero si no estamos conscientes de los pecados de nuestras vidas, «mentimos...nos engañamos a nosotras mismas».

«Pero si confesamos nuestros pecados…», si los traemos a la luz, si oramos el Padre Nuestro y de verdad lo sentimos, («perdónanos nuestras deudas»)… (Dios) es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (v.9).

De modo que esta petición implica que lo reconocemos. Es una confesión de que hemos pecado. Yo estoy diciendo: «Señor, yo sé que he pecado». Cómo puedo yo pedirle, «perdónanos nuestras deudas» si no creo que tenga ningún pecado que confesar.

Es reconocer, es confesar: «yo he pecado». Nosotras somos deudoras a Dios. No podemos pagar por nuestro pecado. Es admitir abiertamente que somos culpables. Nosotras aceptamos la responsabilidad. No le echamos la culpa a otro. Es simplemente decir, «yo he pecado».

El problema es que hasta que nosotras no experimentemos convicción de pecado y de malas actuaciones, probablemente no sentiremos ninguna necesidad tan grande para orar pidiendo perdón.

Así es que mientras tratamos de apropiarnos personalmente de esta frase, particularmente para aquellas de nosotras que quizás pensamos que nuestros pecados no son tan malos como otros pecados, debemos hacernos preguntas como esta: «¿Me veo yo como una pecadora, profundamente endeudada con Dios y en una desesperada necesidad de Su perdón?».

¿Te acercas en oración a tu Padre celestial con un corazón complacido contigo misma, o vienes ante Él con un espíritu penitente? ¿Eres sensible al pecado en tu vida?

No estoy sugiriendo ser introspectivamente morbosa. Yo conozco personas que tienden hacia esa dirección, y tú necesitas oír la próxima sesión donde hablaremos acerca de minimizar la gracia de Dios.

Algunas de ustedes no piensan pasarle por alto al pecado. De hecho siempre, siempre sienten convicción, incluso de algunas cosas que ni siquiera son pecado.

Les hablo a aquellas de nosotras que podemos estar cómodamente día tras día o quizás jamás, o por largos periodos de tiempo, sin tener un verdadero quebrantamiento de corazón delante de Dios por nuestros pecados.

¿Cuándo fue la última vez que experimentaste una profunda convicción y quebrantamiento sincero sobre tu pecado? ¿Han transcurrido días? ¿Semanas? ¿Meses? Permíteme ser todavía más específica. Si te preguntara, «¿Cómo pecaste la pasada semana?» ¿Te sería difícil pensar en una respuesta?

Algunas de ustedes podrán hacer una larga lista, y por eso es que quiero que regresen a oír la próxima sesión sobre cómo no debemos minimizar la gracia de Dios. Pero, algunas de nosotras honestamente temo que tengamos que detenernos y preguntarnos, «¿cómo he pecado?»

Algunas de ustedes me pueden decir, «¡yo no me imagino eso!». Bueno, qué bueno, porque entonces estoy hablándoles a aquellas que que tendrían que rebuscar para hacer su lista.

¿Cuándo fue la última vez que confesaste un pecado específico a Dios y le pediste que perdonara tus deudas? No hablo solamente de la última vez que sentiste convicción.

¿Cuándo fue la última vez que la convicción se convirtió en una oración penitente, una oración pidiendo perdón?

Uno de los puritanos nos recuerda: «Ningún pecado es pequeño. Ningún grano de arena es pequeño en el mecanismo de un reloj». Lo que esto quiere decir es que todo es importante. Es significativo cuando es en contra de la santidad de Dios.

Si solo pudiéramos vernos a nosotras y nuestro pecado como Dios lo ve, nos daríamos cuenta de que cada pecado es algo grande, que cada pecado es un acto de rebelión y una traición cósmica en contra del Dios y del Rey del universo.

Cada vez que escojo mi manera de hacer las cosas en lugar de la manera de Dios, quizás no levante mi puño hacia Dios, pero el hecho de simplemente decirle SÍ a mi carne y NO a la guía del Espíritu en mi corazón, es rebelión en contra de ese Rey, al cual yo acabo de pedirle, «venga Tu reino».

Así que el pecado sí es algo importante. Es por eso que debemos pedir una profunda y verdadera convicción de pecado. Y es por eso que debemos de orar por convicción de pecado.

Tengo que decirles que no se ve mucho de esto hoy en el cristianismo occidental. No vemos mucho de esto en nuestras iglesias, y particularmente les quiero decir que yo no veo lo suficiente de eso, en mi propio corazón.

No hablo de que todo el tiempo nos estemos arrastrando delante de la presencia de Dios. Hay un gozo para aquellos cuyos pecados han sido perdonados, pero ¿sabes qué? La persona que nunca ha experimentado una profunda e intensa convicción de pecado, no ha experimentado el éxtasis que David experimentó luego de confesar su pecado y de que sus pecados fueron perdonados.

No puedes experimentar el gozo, la libertad y el deleite que David sintió cuando dijo: «Bienaventurado el hombre a quien sus pecados le han sido perdonados». (Sal. 32:1, parafraseado), si nunca has venido al lugar donde estés bajo la profunda convicción del Espíritu Santo de Dios, examinándote el alma, sintiendo la mano pesada de Dios sobre ti, sabiendo que eres una gran pecadora necesitando el perdón de Dios.

Esa es una de las verdaderas marcas de una verdadera hija de Dios, una profunda y penetrante convicción de pecado. Esa es una marcas de verdadero avivamiento. Siempre que oyes de avivamientos escuchas sobre la pesada mano de Dios que escudriña el alma, que humilla los corazones, que convence de pecado. Yo leí sobre un avivamiento en 1814 en Inglaterra. Donde hablaron de ese dolor penitencial, hombres y mujeres en gran angustia por sus pecados.

¿Dónde está el Espíritu de Dios escudriñando el corazón y dándonos convicción? A medida que estudio este pasaje me doy cuenta de lo poco que yo oro esta parte del Padre Nuestro; pocas veces digo, «perdónanos nuestras deudas, Señor yo he pecado, perdóname».

Esto me llevó a darme cuenta, y estoy siendo honesta aquí, que en muchas ocasiones no me veo como una gran pecadora necesitando el perdón de Dios. Honestamente, tengo una gran dificultad relacionándome con el apóstol Pablo quien dice de sí mismo, que él era el más grande de los pecadores. Creo que Pablo fue honesto con lo que dijo. Yo puedo ser piadosa y decir lo mismo, pero no es algo que siento profundamente. Tú dices, bueno…Pablo mató a cristianos. Pero Pablo, cuando dijo esto, se encontraba en ese momento específico en una posición de madurez espiritual y dice de sí mismo estas palabras, «me considero el mayor de los pecadores».

Así es que a medida que estudio este pasaje, le he estado pidiendo a Dios que me haga más sensible a mi pecado y me ayude a verlo como Él lo ve, y me dé un sentido mayor de lo que implica lo que la Palabra de Dios llama «la excesiva pecaminosidad del pecado».

Le he estado pidiendo a Dios que me dé un corazón penitente, y me ayude a darme cuenta de lo grande que es mi pecado y de pedirle a Él Su perdón, no minimizando mi pecado.

Como dije hace algunos momentos, ya sea que tiendas a minimizar tu pecado o tiendas a minimizar la gracia de Dios, la cura de ambos males es ir a Cristo, obtener una visión fresca de Cristo e ir a la cruz y ver en ella la etiqueta con el precio de nuestro pecado.

No hace mucho tiempo en nuestra iglesia tuvimos la cena del Señor. Vinimos todos a la mesa de comunión. Estoy muy agradecida por esos momentos porque es siempre un buen momento para que el corazón sea recalibrado y refrescar en mi mente a Cristo y Su cruz.

Este servicio de comunión, de Santa Cena, sucedió después de haber estado yo en el proceso de estudio de este pasaje y de estar pidiéndole a Dios que refrescara mi conciencia acerca de la necesidad que tengo de Su perdón y de Su gracia. ¡Qué momento más precioso fue ese!

El Señor usó ese culto de Santa Cena como un medio de gracia para mi propio corazón. Ya sabes cómo se lleva a cabo, quizás lo hagan un poco diferente en tu iglesia, pero en nuestra iglesia se observa de una manera bastante tradicional.

Los ancianos y el pastor pasan el pan y yo tomo mi pedazo de pan y lo sostengo en mi mano; espero hasta que todos hayan sido servidos. Mientras otros están siendo servidos, nosotros cantamos como congregación algunas canciones que reflejan la obra de Cristo, la obra de Su cruz. Canciones que nos hacen reflexionar sobre el significado del pan. Es el cuerpo de Cristo partido por nosotros.

Nosotros cantamos esa canción de D.A. Carson, ese himno que dice: «Yo estoy avergonzada; oh, Señor, perdóname». Las estrofas de ese himno hablan de las diversas maneras en que hemos pecado contra Dios.

Lo cantamos como una confesión y entonces el coro decía una y otra vez, «avergonzada estoy; oh Señor, perdona»2. Recordándome que es mi pecado, tu pecado, lo que envió a Cristo a la cruz.

A medida que cantábamos, Dios imprimió en mi corazón un sentido renovado del peso de mis pecados en contra de Él, y me encontré no cantando vanas repeticiones, sino realmente clamándole al Señor y diciéndole, «estoy avergonzada, oh Señor, perdóname». 

Pero sabes, nuestra canción no terminó allí. Seguimos cantando, «maravilloso, misericordioso Salvador, precioso Redentor y Amigo», transfiriendo nuestro foco del peso y la culpa de nuestro pecado a Cristo, maravilloso y misericordioso Salvador.

¿Sabes qué? Yo he cantado muchas veces ese himno, pero no recuerdo una vez que haya sido más precioso para mí que cuando Dios cargó mi corazón con tal convicción de mi pecado.

Ante la excesiva pecaminosidad del pecado, Cristo viene a ser un precioso Redentor y Amigo; un Salvador maravilloso y misericordioso.

Eres Aquel que alabamos. Eres Aquel que adoramos. Dándonos gracia que sana (y eso es lo que yo necesito) hambriento de esa gracia estoy. 3

Luego que cantamos ese himno, fuimos invitados a tomar el pan. Y a medida que nosotros masticábamos, ahí estaba ese sentido del cuerpo de Cristo partido por mí, partido por mi pecado, por nuestro pecado.

Entonces pasaron el jugo, el jugo de uva, representativo de la sangre de Cristo; y a medida que lo pasábamos, cantábamos el coro que quizás no sea muy familiar para ustedes:

«Oh al ver el dolor que en Su faz mostró. Cargando el peso de mi mal. Todo mal pensar, toda corrupción, Tú los clavaste allí. El poder de la cruz, pecado Él se hizo por mí, ira y culpa cargó, soy perdonado en la cruz».

A medida que cantábamos ese coro una y otra vez, me encontré gimiendo en la presencia de Dios y diciendo, «oh Señor, perdónanos nuestras deudas. Perdóname mis deudas. Pero gracias por el poder de la cruz, donde tú te hiciste pecado por nosotros. Tú tomaste la culpa; tú cargaste la ira, nosotros, yo, esta congregación de pecadores perdonados, aquí estamos declarados perdonados en tu cruz».

Oh, que precioso es el raudal que limpia todo mal. No hay otro manantial, solo de Jesús la sangre.

Así es que en la medida en que oramos, «perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», hay aquí una invitación y una apelación a orar esa versión en el Antiguo Testamento del Padre Nuestro:

«Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
 pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, 
y guíame en el camino eterno» (Sal 139:23-24)

¿Y cuál es ese camino? Ese camino es Cristo. Es Cristo, maravilloso, misericordioso Salvador. ¿Lo amas? ¿Estás agradecida por su perdón?

Annamarie: Eventos históricos y aún situaciones en nuestras propias vidas, nos han mostrado lo devastador que puede ser vivir endeudadas. Y estas son solo pequeñas ilustraciones de nuestra deuda de pecado. Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado mostrando lo asombroso que es haber recibido el perdón de una deuda impagable, como parte de la serie, «El Padre nuestro». Nos hemos enfocado en esa oración por las últimas semanas, así que si te has perdido cualquiera de los programas, escúchalo a través de nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com.

No sé si recordarás el recurso que te hemos estado recomendando, el libro, «El valle de la visión». Te animamos a buscarlo en tu librería cristiana favorita. Este contiene oraciones escritas que te serán de gran ayuda para crecer en tu vida de oración. Escucha la oración titulada: «Guardado por Dios».

Jehová Dios,

Tú, Creador, Sustentador, Dueño de todas las cosas,

No puedo escapar de tu presencia o control, ni tampoco deseo hacerlo.

Mi privilegio es estar sometido al imperio de tu omnipotencia, rectitud, sabiduría, paciencia, misericordia y gracia.

Tú eres el amor por encima del afecto paterno.

Admiro tu corazón, adoro tu sabiduría, me asombra tu poder, me postro ante tu pureza.

Solo el descubrimiento de tu bondad puede hacer desaparecer mi temor, atraerme hasta tu presencia, ayudarme a lamentar y confesar mis pecados.

Cuando examino mi culpa pasada y soy consciente de mi indignidad presente, acudo a ti tembloroso, yo cuyos cimientos son de polvo, yo que he condenado tu bondad, desafiado tu poder, pisoteado tu amor, y me he hecho acreedor de la muerte eterna.

Pero mi restitución no puede brotar de nada en mí, puedo destruirme pero no salvarme a mí mismo.

Sin embargo, tú me has ayudado por medio de Uno que es poderoso, porque hay misericordia en ti, y riquezas abundantes en tu bondad a través de Jesús.

Que siempre sienta mi necesidad de Él.

Que tu gozo restituido sea mi fuerza; que me proteja de codiciar el mundo, sustente la mente y el corazón en ausencia de consuelos, me avive en el valle de la muerte, obre en mí una imagen celestial, y me dé las primicias de la espiritualidad que conocen los ángeles y los santos que ya partieron.

Annamarie: El concepto de la culpa no es muy popular. Buscamos consejo, tratamos de escapar de sentirla o de que nuestros hijos se sientan de esa manera… Pero cierto sentido de culpa puede de hecho ser de ayuda. Mañana, Nancy nos hablará acerca de la libertad que viene de ser honestas con nuestra culpa. Te esperamos aquí, en Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1 Jeremy Taylor (Puritan).
2“I Am Ashamed,” Lyrics by D. A. Carson. Music by Ian Brown. Copyright © 1999, Christway Media, Inc.
3“Wonderful, Merciful Savior,” Dawn Rogers and Eric Wyse. Copyright © 1989 Word Music.
4“Power of the Cross,” Keith Getty and Stuart Townend. Copyright © 2005 Thankyou Music.
5“Nothing But the Blood,” Robert Lowry and Howard Doane, 1876.

2 Bennet, Arthur, ed. El valle de la visión, El estandarte de la verdad, 2014, p. 75. Print.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.